Alonso de Contreras, Discurso de mi Vida. Capítulo VII.

nrdlingenterciotorralto

 

En que se sigue los sucesos de alférez
ALCANZONOS mi capitán, que desde la Corte había ido a su tierra y se había detenido hasta entonces que supo cómo marchaba la infantería. Hallonos en Llerena y holgó de ver tan buena compañía y dijo que se espantaba hubiese sabido gobernar gente bisoña. Quedamos muy amigos, además que yo le sabía granjear.
Segunda jornada
Vino orden nos entretuviésemos en Extremadura sin entrar en Portugal, con que la aramos de barra a barra. Llegamos a una tierra que se llama Hornachos, que toda era entonces de moriscos, fuera del cura, y estando alojado en casa de uno de ellos, donde tenía mi bandera y cuerpo de guarda, llegó un soldado que se llamaba Vilches y me dijo: «¡Ah, señor alférez!, yo he hallado una trovadura».
Díjele: «¿Cómo?» Respondió: «Yo estoy alojado en una casa que no ha habido remedio a darme de cenar, porque dice que no tiene más de arrope e higos; y buscando por la casa si había gallinas, entré en un aposento que estaba a lo último de la casa, donde había un tapador en el suelo, redondo, como silo; escarbé y hallé que era postizo; levantele y estaba oscuro abajo. Y, pensando habría allí las gallinas escondidas, encendí una candelilla que llevaba en la bolsa y bajé, que había una escalera de mano. Cuando me vi abajo me arrepentí, porque, arrimados a las paredes, había tres sepulcros muy blancos y la bóveda también blanca. Sospecho que están enterrados allí algunos de estos moros; si vuesa merced quiere que vamos, no puede dejar de, si son entierros, que no tengan joyas, que éstos se entierran con ellas». Yo dije: «Vamos».
Cueva de armas de Hornachos Y tomando mi venablo nos fuimos los dos solos y entramos en la casa y pedimos una vela; la huéspeda, afligida viéndome en su casa, nos la dio, que no estaba el huésped en ella. Bajamos al silo, y como yo vi los sepulcros, juzgué lo que el soldado, y con la punta del venablo comencé a hurgar y en un punto se despegó la tabla que estaba debajo de la cal; y era una caja grande, hecha aposta, de madera, y por de fuera estaba de cal, que parecía sepulcro. Estaba lleno de arcabuces y bolsas con balas, de que recibí gran consuelo y contento, por parecerme que de aquellas armas armarían mi compañía y nos tendrían más respeto por donde pasábamos, porque como íbamos con espadicas solas, y alguno sin ellas, en muchos lugares nos perdían el respeto. Abrilos todos y eran lo mismo. Díjele al soldado: «Vuesa merced se quede aquí hasta que dé cuenta al Comisario». Y así lo hice, porque fui al punto y se lo dije. Él se vino conmigo con su alguacil y secretario, y viendo los sepulcros me dijo a mí y al soldado: «Vuesa merced ha hecho un gran servicio al Rey. Váyase a su casa y no le salga de la boca esto, porque importa». Y al soldado lo mismo. Fuímonos a mi casa y dijo el soldado: «Señor, que es mi posada ésta y no he cenado». Diole ocho reales para que se fuese al mesón, con que el soldado fue más contento que la pascua. Yo quise dar cuenta a mi capitán, pero no quise; lo uno porque me había encargado el secreto y lo otro porque no estaba bien con él, porque andaba solicitándome la moza.
A la mañana, muy de mañana, me envió un recado el capitán con las cajas, que habíamos de marchar; que me espanté, porque habíamos de estar allí tres días. Hícelo y marchamos y, estando de partencia, me dijo el Comisario: «Vaya vuesa merced con Dios, que a fe, si no tuvieran una cédula real para poder tener armas ofensivas y defensivas, que no había sido malo el lance. Pero con todo, vuesa merced no diga nada». Partimos a un lugar que se llama Palomas, y estuvimos dos días, y luego partimos a otro que llaman Guareña, donde tuvieron los soldados con la gente de la tierra una reñida pendencia, que hubo tres muertos y heridos de una y otra parte. Y en la pendencia decían los soldados a voces: «¡Cuerpo de Cristo, no estuviéramos armados de las armas de Hornachos!», que el soldado lo había ya dicho a sus camaradas y aun yo lo dije más de cuatro veces.
Apaciguose la pendencia y fuímonos de allí, donde llegó el Comisario a castigarlos dentro de pocos días. El Comisario era un capitán del número; no se dice su nombre por algún respeto y en el discurso de este libro hallarán la polvareda que levantó estos sepulcros de armas, que queda hasta que le toque su vez. Mi capitán deseaba holgarse con la mujer que yo llevaba, y aunque se lo había hecho saber con recados a la mujer, no pudo conseguir nada: que tan buena se había hecho siendo tan mala. Y llegando a un lugar que se llama El Almendralejo, después de alojada la compañía, que era casi noche, cené y mandé acostar la mujer, que iba preñada en tres meses. Enviome a llamar el capitán y dijo: «Vuesa merced tome ocho soldados y vaya al camino de Alange y estése embo[s]cado, porque por ese camino se han de huir esta noche cuatro soldados, que lo sé cierto por aviso que me han dado». Yo lo creí, y mandando ensillar una jaca que tenía, me partí dejando acostada la mujer. Y sabiendo el capitán que yo era partido, se vino a mi posada y entró a visitar a la Isabel de Rojas, que así se llamaba, y de lance en lance quiso echarse con ella. La mujer se resistió tanto que la obligó a dar voces y el capitán, como vio esto, arrebató de un mallo que tenía en el aposento (que yo me deleitaba de jugar al mallo) y la dio tantos palos que fue menester entrar la guarda y el huésped a quitársela. Fue de suerte que luego quebró en sangre y malparió dentro de tres horas.
Yo, descuidado en el campo aguardando los que se huían, vi que ya no había dos horas hasta el día y dije: «Señores, vámonos, que basta la burla, si es que me la ha hecho el capitán, porque si se habían de huir había de ser a prima noche». Llegué a mi casa y, entrando en el aposento, hallé quejándose a Isabel. Pregunté qué tenía y díjome que aquella tarde había caído del pollino y que había quebrado en sangre y aun malparido. A esto vi que andaban algunos soldados hablándose al oído y diome alguna sospecha. Apreté a la mujer y dije me dijera la causa; no fue posible, sino lo dicho. Salí acá fuera y llamé un soldado de quien me fiaba y preguntele si había habido algo. Respondió: «Señor, tan gran bellaquería no es posible que se calle.
Aquí llegó el capitán y ha puesto a la señora Isabel como está por ser mujer de bien. Y ¡voto a Dios! que yo ni mis camaradas no hemos de estar mañana a estas horas en la compañía, que a él no le conocemos; que vuesa merced nos sacó de nuestras casas». Díjeles: «Vuesa merced se reporte, que si el capitán ha hecho algo, Isabel le debió dar ocasión». «No, ¡voto a Dios!, sino porque no se quiso echar con él». Herida del capitán Con esto mandé echasen cebada a la jaca y compuse un portamanteo con un poco de dinero y mis papeles, y fuime en casa del capitán, que ya amanecía, y llamé a la puerta.
Respondiome un criado flamenco que se llamaba Claudio; díjome que su amo dormía, que no le podía despertar. Dije que había un correo de Madrid, con que avisó a su amo y dijo que aguardasen; vistiose, no del todo, y mandó que entrase. Entré y, empuñando la espada, le dije que era ruin caballero en lo que había hecho y que le había de matar. Él metió mano a una espada y broquel, pero como la razón tiene gran fuerza, le di una estocada en el pecho que di con él en tierra. Dijo: «¡Ay, que me ha muerto!» El criado quiso ayudar, pero no le valió, que al salir llevó un trasquilón en la cabeza. Tomé mi jaca y fuime camino de Cáceres, donde tenía unos amigos caballeros del Hábito de San Juan y conteles el caso. Avisaron luego al Comisario, que vino volando. Y supe había hecho información contra mí y en virtud de ella me condenó a cortar la cabeza por el haber ido a matar a mi capitán a su casa; que es el mayor delito que hay en la milicia el perder el respeto a los superiores. Envió la información a Madrid y toda estaba en mi favor, si no es el haber perdido la obediencia al capitán, el cual sanó de su herida, aunque pasó gran riesgo de la vida. Escribí al señor don Diego Brochero y mandome que me presentase en la Corte, que él lo acabaría; hícelo aconsejado de aquellos caballeros.
La mujer, después de convaleciente, la dio el Concejo del Almendralejo con que fuese de allí a Badajoz, que desde allí sabría lo que había de hacer, porque no supo de mí en muchos días, donde abrió tienda en casa de su padre y madre, que no es de las peores casas de Extremadura. Yo llegué a Madrid y fui en casa del señor don Diego Brochero, el cual había visto la información en el Consejo de Guerra y había hallado a todos los consejeros de mi parte. Mandó me presentase en la cárcel de la Villa y que de allí diese un memorial al Consejo: como estaba preso a orden del Consejo, que suplicaba mandasen ver la información y que lo que había hecho con el capitán no era por cosas tocantes al servicio del Rey. Estimaron mucho esta acción de que me presentase preso y luego diese memorial. Diéronme un despacho para el señor don Cristóbal de Mora, que era Virrey y Capitán General de Portugal, porque no supe lo que era, aunque el señor don Diego Brochero me dijo que fuese contento, que buen despacho llevaba, y a fe que iba con harto miedo. Las compañías se estaban despacio en Extremadura. Yo fui por algunos lugares donde había pasado y me hicieron mucha merced, porque siempre procuré hacer bien y no mal. Llegué al Almendralejo y hablé a los alcaldes y me regalaron; díjeles cómo llevaba aquella orden del Rey y pregunté por Isabel. Dijeron que la habían enviado a Badajoz, donde ella quiso ir después de convaleciente, y que les había pesado de lo que había sucedido; que a otro día no había quedado la mitad de los soldados, porque se fueron todos. Después supieron cómo no tenía veinte soldados de más de ciento cincuenta. Y fue verdad: que no entré en Lisboa con más de catorce soldados y un atambor.
Despedime de los alcaldes y fui a Badajoz, que todavía me duraba el amor. Topé a Isabel ganando en la casa pública y cuando me vio entrar en ella, al punto se levantó y cerró la puerta y me dijo: «¡Ah, señor galán!, suplico a vuesa merced una palabra». Llevome en casa del padre y comenzó a llorar; dije: «¿Por qué llora?» Dijo: «Porque había tenido dicha de ver a vuesa merced y, aunque estoy aquí, no he dormido con hombre después que faltó vuesa merced». Saltó la madre y dijo: «Y ¡como que soy buen testigo de eso!, y que me han regalado más de cuatro caballeros de la ciudad porque se la diese alguno, lo cual no he podido alcanzar con Isabel; pero cierto que ha tenido razón en guardar respeto a un mozo como vuesa merced». «Beso a vuesa merced las manos, señora, por el favor», dije yo. Y tratando con Isabel de nuestros negocios, me dijo que tenía seiscientos reales y buena ropa: ¿qué quería que hiciésemos? Dije que irnos a Lisboa. Quedamos de acuerdo el hacerlo. Yo me fui aquella noche a una posada y ella se vino a dormir y cenar conmigo.
Badajoz con el Corregidor Algunos que la pretendían quisieron darnos mala noche, porque trajeron al Corregidor a la posada, diciendo era yo el mayor rufián que había en España; en suma, llegó al mejor sueño y, como los hombres parecen diferente desnudos que vestidos, comenzó a tratarme como a rufián y para llevarme a la cárcel era necesario vestirme. Después que lo hube hecho le dije: «Señor Corregidor, mientras no conoce vuesa merced a las personas no las agravia». Y díjele quién era, que ya me conocía por lo sucedido en El Almendralejo, y cómo aquélla era la mujer por quien había sucedido lo del capitán y cómo llevaba aquella orden del Consejo.
Holgose mucho de oírme y conocerme; pidiome perdón, diciendo le habían dicho que era el mayor rufián de España. Rogome que me quedase en mi posada y que me fuese a Lisboa lo más presto que pudiese, que si había menester algo, me lo daría. Yo se lo agradecí, con que se fue y yo me torné a acostar. Estuve dos días en aquella ciudad, que me miraban como a toro, no dejando volver a Isabel a la casa, donde la trajo el padre su ropa, con harto pesar que se le iba tal hija. Fuimos a Lisboa con mucho gusto. Estuvimos más de veinte días sin que viniesen las compañías y al cabo de ellos llegó la mía con otras cuatro y, antes que desembarcasen, fui a dar el despacho al señor don Cristóbal de Mora, que me hizo mucha merced y dijo: «Vaya a los barcos y entre con su compañía». Dije que el capitán podría hacer alguna cosa por no nos haber visto desde que le herí; mandó un ayudante que le llevase un recado. Hízolo y dijo que quería hablar al General. Fue y díjole que tuviese paciencia, que lo mandaba el Rey, pero que presto se acabaría el estar yo con él. Desembarcamos la bandera que se había embarcado en Alcántara y marchamos al castillo, donde nos tomaron muestra, y en ella reformaron mi compañía, con lo cual quedamos apartados el Capitán y yo.
Diome licencia el señor don Cristóbal de Mora para la Corte y una paga, con que me fui con Dios luego y llegué a Valladolid, donde me dieron ocho escudos de ventaja para Sicilia y me fui a servir, trayendo a Isabel conmigo hasta Valladolid, donde murió en su oficio. ¡Dios la haya perdonado! Víneme a Madrid, vi a mi madre y pedila su bendición, y con ella me partí para Barcelona y allí me embarqué en un bajel cargado de paños y llegué a Palermo en diez días. Gobernaba el señor duque de Feria el año de 1604 aquel reino.
Senté mi ventaja en la compañía del capitán don Alonso Sánchez de Figueroa. Quiso el Duque armar unos galeones para enviar en corso y, sabiendo que yo era práctico, me rogó quisiese capitanearlos; hícelo y partí para Levante donde le traje una jerma cargada del bien del mundo, de lo que se carga en Alejandría y más otro galeoncillo inglés que había tres años que andaba hurtando, en el cual había hartas cosas curiosas. Lo que hubo en el discurso de este viaje dejo por no enfadar con más cosas de Levante.
Con lo que me tocó de esta presa me encabalgué, que estaba sobrado. Mudé la plaza a la compañía del señor marqués de Villalba, hijo primogénito del Duque.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s