Alonso de Contreras. Discurso de mi Vida. CAPÍTULO VI.

476674_10150954056349120_578544119_11679481_482053933_o
LIBRO SEGUNDO
En que se da cuenta de mi venida a España y peregrinos sucesos que me sucedieron
CAPÍTULO VI
En que cuenta cómo salí de Malta y fui a España, donde fui alférez O llegué a Malta, donde fui recibido como se deja considerar, que con el aviso se quietó todo y dejaron de traer la infantería que habían enviado a hacer a Nápoles y a Roma, italiana, que la española va de Sicilia en semejantes ocasiones.
Peor le sucedió a mi piloto, que le cogieron dentro de cuatro meses, yendo en corso en una tartana, y le desollaron vivo e hincharon su pellejo de paja, que oí está sobre la puerta de Rodas. Era griego, natural de Rodas, y el más práctico en aquellas tierras de cuantos pilotos hubo. A estos tiempos, que estaba gastando mi hacienda que tanto me costaba el buscarla, topé la quiraca con una camarada mía encerrados, a quien estaba haciendo tanto bien. Dile dos estocadas, de que estuvo a la muerte y, en sanando, se fue de Malta de temor no le matase, y la quiraca se huyó. Aunque me echaron mil rogadores y rogadoras, jamás volví con ella, que como había en qué escoger, presto se remedió, y más, que era yo pretendido  como los oficios de importancia. Estuve muchos días de asiento, y aun meses, en Malta, que fue milagro, hasta que me enviaron a Berbería con una fragata; y en nueve días fui y vine y traje un garbo cargado de lienzo, que henchí casi un almacén, y catorce esclavos.
Valiome bien esta presa, y cuando dentro de pocos días llegó al puerto un galeón catalán que venía de Alejandría cargado de ricas mercadurías para España, y acordándome de mi tierra y madre a quien jamás había escrito ni sabía de mí, me resolví de pedir licencia al Gran Maestre, que me la dio de mala gana, poniendo su rostro con el mío  al despedir.
Embarqueme en el galeón (se llamaba «San Juan»), y en seis días llegamos a Barcelona. Supe que la Corte estaba en Valladolid y sin ir a Madrid pasé a la Corte, donde había salido una elección de capitanes. Presenté mis papelillos en Consejo de Guerra, donde era uno de los Consejeros el señor don Diego Brochero, que después fue Gran Prior de Castilla y León. Cobrome voluntad, aunque tenía noticia de mí, y díjome si quería ser alférez de una de las compañías que se habían de levantar luego. Dije que sí y a otro día que fui a verle me dijo fuese a besar las manos al capitán don Pedro Jaraba del Castillo, por la merced que me había hecho de darme su bandera. Fui alférez Di mi memorial en el Consejo de Guerra pidiendo me aprobasen, y en consideración de mis pocos servicios fui aprobado. Recibí dos tambores, hice una honrada bandera, compré cajas y mi capitán me dio los despachos y poder para que arbolase la bandera en la ciudad de Écija y marquesado de Pliego. Tomé mulas y con el sargento y mis dos tambores y un criado mío, tomamos el camino de Madrid, a do llegamos en cuatro días. Fuime a apear en casa de mi madre, que había estado dieciséis años sin saber de mí y más. Cuando ella vio tantas mulas se espantó; yo me hinqué de rodillas pidiéndola su bendición y diciéndole que yo era su hijo Alonsillo. Espantose la pobre y estuvo confusa porque se había casado segunda vez y pareciole que un hijo grande y soldado no lo había de llevar bien, como si el casarse fuera delito, aunque en ella lo era por tener tantos hijos. Animela y despedime, yéndome a una posada, que en su casa no la había, y aun para ella y su marido era tasada. A otro día me puse muy galán, a lo soldado, con buenas galas, que las llevaba, y con mi criado detrás con el venablo, fui a verla y a visitar su marido.
Quisieron comiese allí aquel día; sabe Dios si tenían para ellos y así envié bastantemente lo que era menester para la comida, que sobre ella llamé mis hermanicas, que eran dos, y las di algunas niñerías que traía de estas partes y asimismo para que las hiciesen de vestir y a los otros tres hermanillos para todos di, que no me faltaba. Di a mi madre treinta escudos, que le pareció estaba rica, con que la pedí la bendición y a otro día me partí para Écija, encomendándola el respeto al nuevo padre.
Llegué a Écija, túvose Ayuntamiento, presenté la patente, salió que se me señalase la Torre de Palma en que arbolase la bandera. Toqué mis cajas, eché los bandos ordinarios, comencé a alistar soldados con mucha quietud, que el Corregidor y caballeros me hacían mucha merced por ello.
Es costumbre haber juego en las banderas, y tenía cuenta del barato un tamborcillo. Echábalo en una alcancía de barro y a la noche la quebraba y sacaba lo que había caído, con que comíamos. Un día entraron en el cuerpo de guardia, que era una sala baja de la torre con una reja a la calle, y entraron cuatro valientes que ya habían estado otras veces allí y rompieron la alcancía y se pusieron a contar despacio lo que había dentro, que eran veintisiete reales. Metióselos uno en la faldriquera diciendo al tamborcillo: «Dígale al alférez que estos dineros habíamos menester unos amigos». Con lo cual el tamborcillo llamó al cabo de escuadra y cuando vino ya se habían ido. Topome el tamborcillo que venía a darme cuenta de todo, como lo hizo. Mandele que se fuese al cuerpo de guarda y que allí me lo contase como había pasado; el tamborcillo lo hizo y entrando yo, me dijo: «Señor, aquí ha venido Acuña y Amador y otros camaradas y rompieron el alcancía y sacaron veintisiete reales, diciendo que dijese al alférez que lo habían menester unos amigos». Yo dije luego: «Pícaro, ¿pues qué importa que esos señores lo llevasen? Todas las veces que vinieren dadles lo que pidieren como si fuera para mí, que, pues lo toman, menester lo han». Cuando
dije esto había muchos amigos suyos delante que fueron a contárselo luego y supe que habían dicho: «El alferecillo, ¡pobrete cuál es!»
Prisión de los valientes
Comencé a imaginar cómo castigar tal desvergüenza hecha en una bandera. Compré cuatro arcabuces que puse en el cuerpo de guarda, además de doce medias picas que tenía, y dejé pasar algunos días, con que se aseguraron y entraban en el cuerpo de guarda. Yo tenía más de ciento veinte soldados, aunque los cien estaban alojados en el marquesado de Pliego y conmigo tenía veinte, gente vieja a quien socorría, y un día que estaban en el cuerpo de guarda muy descuidados hice encender cuerdas y que tomasen los arcabuces y se entrasen tras mí. Para esto llamé la gente más alentada y diles orden que tirasen si se defendiesen; y a la puerta quedó la demás gente con sus medias picas. Tomé mi venablo y entrando en la sala dije: «Él y él y él (nombrando seis de ellos), que son muy grandes ladrones. Desármense». Pensaron era de burlas y como vieron las veras, comenzaron a querer meter mano a las espadas, pero los arcabuceros entraron con sus cuerdas caladas, diciendo: «Acaben», con que se fueron desarmando; y habiéndolo hecho los fui desnudando en camisa y, atraillados, con toda la guarda, los llevé y entregué al Corregidor, que era don Fabián de Monroy, que cuando vio los ladrones, daba saltos de contento diciendo: «Éste me mató un perro de ayuda y éste me mató un criado». Lleváronlos a la cárcel y de allí a trece días ahorcó los dos, sin que bastase cuanta nobleza había en aquella ciudad, que hay mucha.
A mí me quedaron las capas y espadas y coletos, muy buenos jubones y medias y ligas, sombreros y dos jubones agujeteados, famosos, y algún dinerillo que tenían encima, con que socorrí y vestí algunos pobres soldados. Esta fue la paga de mis veintisiete reales.
Jornada a la putería de Córdoba
Luego supe cómo, en son de pedir limosna, andaban unos soldados, que no lo eran, por los cortijos, robando en campaña. Tomé mis cuatro arcabuceros y una gentil mula y fui a buscarlos. Tuve noticia estaban en Córdoba; fui allá, donde se levantaba otra compañía del capitán Molina. Apeeme en el Mesón de las Rejas y fuime solo a la casa pública, por ver si los topaba, conforme las señas, y por ver aquella casa. Estando hablando con una de las muchas que había, llegó a mí un gentilhombre sin vara con un criado, y dijo: «¿Cómo trae ese coleto?» (que era de ante). Dije: «Puesto». Dijo: «Pues quítesele». Respondí: «No quiero». El criado dijo: «Pues yo se lo quitaré». Iba a ponerlo por obra; fue fuerza sacar la espada, que ellos no fueron perezosos a hacerlo, pero yo fui más pronto, pues herí malamente al Alguacil Mayor, con que todas las mujeres cerraron las puertas y la de la calle también. Quedeme dueño de la calle, que era angostísima, y no sabiendo qué hacerme, porque era la primera vez que entraba en semejantes casas, fuime hacia la puerta de la calle, que estaba cerrada con golpe. Y aún no hallaba a quien preguntar, porque al herido lo llevaron dentro o se fue, que debía de saber la casa. Y casi luego oí dar golpes a la puerta, que se halló un picarillo a abrirla con tanta diligencia que no supe de dónde había salido. Entró de golpe el Corregidor, con tanta gente como se deja entender, y queriendo arremeter conmigo, dije: «Repórtese vuesa merced», con la espada en la mano. Y entonces lo mismo era que hubiera mil que uno, porque no cabían más en la calle, dando voces: «¡Prendedle!» Nadie lo quería hacer, y cierto que hubiera una desdicha si no viniera con el Corregidor el capitán Molina, que me conoció y dijo: «Repórtese vuesa merced, señor alférez».
Como le oí hablar, conocile y dije: «Haga vuesa merced que esos señores lo hagan, que por mí aquí estoy». El Corregidor, como oyó nombrar alférez, dijo: «¿De quién es alférez?» Dijo Molina: «De la compañía que se levanta en Écija». Respondió el Corregidor: «Y ¿es bueno que venga a matar aquí la justicia?» Yo le dije todo lo que había pasado. Mandome me fuese a Écija luego; dije que sí haría, que había venido en busca de unos soldados que eran ladrones, con que nos despedimos y se fue con el capitán y su gente.
Yo me volví al mesón para tratar de mi viaje, cuando me dijo uno de mis cuatro soldados: «Aquí buscan a vuesa merced dos hidalgos». Salí y dije: «¿Qué mandan vuesas mercedes?» Respondió el uno: «¿Es vuancé el alférez?» Dije: «Sí, ¿qué quiere?» Y con los dedos abiertos, frotándose el bigote, comenzó: «Llos hombre de bien, como vuancé, es justo llos conozcamos para servillos. Aquí nos envía una mujer de bien, que su hombre se lo ahorcaron en Granada por testigos falsos.
Ha quedado viuda y está desempeñada y no mal fardada. Hale parecido vuancé bien y le ruega vaya a cenar esta noche con ella».
Para mí todo lo que me dijo era latín, que no entendía aquellos términos ni lenguaje. Díjeles: «Suplico a vuesas mercedes me digan qué ha visto esa señora en mí que me quiere hacer merced». Respondió: «¿Es poco haber vuancé reñido como un jayán hoy y herido a un alguacil, el mayor ladrón que hay en Córdoba?» Entonces eché de ver que era mujer de la casa, con que les dije que yo estimaba la merced, pero que estaba en vísperas de ser capitán y me podía atrasar mis pretensiones, que me holgara de no tenerlas para hacer lo que me pedían, con lo cual los despedí y me fui a poner a caballo. Amanecí en Écija; fuime a mi cuerpo de guarda, hallé mi gente sosegada sin que hubiese habido desórdenes, de que no me holgué poco.
De allí a tres días vino un soldado y dijo: «Señor alférez, en el Mesón del Sol está una mujer que busca a vuesa merced y ha venido de fuera. No tiene mal parecer». Fui allá, que era mozo, y vi la mujer, que la tenía el huésped en su aposento. No me pareció mala la moza, y comenzando a tratar de dónde venía, dijo que de Granada, huyendo de su marido y que se quería amparar de mí sin que la viese nadie. A mí me había parecido bien. Trájela a mi casa, regálela, teniéndola escondida, y prometo que estaba casi enamorado cuando un día me dijo: «Señor, quisiera descubrirle un secreto, y no me atrevo». Apretela, rogándoselo me lo dijese, y tomándome la palabra que no me enojaría, comenzó: «Señor, yo vi a vuesa merced un día, tan bizarro y alentado en la casa de Córdoba, cuando desenfadado hirió aquel ladrón de alguacil, que me obligó a venirme tras vuesa merced; viendo que no quiso aquella noche cenar conmigo, habiéndoselo enviado a suplicar con unos hombres de bien. Y aunque después de haber quedado sola, por haber ahorcado en Granada a un hombre que tenía, he sido requerida de muchos de fama, me pareció no podía ocupar mi lado…» ¡ninguno mejor que yo!, representándome que en toda el Andalucía no había mujer de mejor ganancia, como lo diría el padre de la casa de Écija. Quedeme absorto cuando la oí y, como la quería bien, no me pareció mal nada de lo que dijo; antes me pareció que había hecho fineza grande por mí en venirme a buscar y solicitar.
Vino el Comisario a tomar muestra y socorrer la compañía para que marchásemos. Recogí la que tenía en el marquesado de Pliego y en toda di de muestra ciento noventa y tres soldados. Marchamos la vuelta de Extremadura para ir a Lisboa, con mucho gusto. Yo llevaba mi moza con más autoridad que si fuera hija de un señor, y cierto que quien no sabía que había estado en la casa pública le obligaba a respeto, porque era moza y hermosa y no boba.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s