Alonso de Contreras. Discurso de mi vida. Capítulo V

La_expugnación_de_Rheinfelden_por_Vicente_Carducho
En que se sigue hasta que vine a Malta otra vez de
Levante
Llegada a Estampalia
LLEGADO que fui a Estampalia entré en el puerto.
Era día de fiesta y así como conocieron que era yo, avisaron y al punto bajaron casi toda la tierra; y el capitán Jorge, que así se llamaba, apellidándome «Omorfo Pulicarto» (que quiere decir «mozo galán»), venían muchas mujeres casadas y doncellas, en cuerpo, con sus basquiñas a media pierna y jaquetillas coloradas con media manga casi justa y las faldas de ella redondas hasta media barriga, medias de color y zapatos y algunas chinela abierta por la punta; y algunas las traen de terciopelo de color, como el vestido, también quien puede de seda y, quien no, de grana. Sus perlas, como las traemos en la garganta acá, las traen en la frente, y sus arracadas y manillas de oro en las muñecas quien puede. Entre éstas había muchas que eran mis comadres, a quien había yo sacado de pila sus hijos.
Venían todos tristes, como llorando, y a voces me pidieron les hiciese justicia, que una fragata de cristianos había, con engaño, llevádoles el papaz, que es el cura, y que habían pedido por él dos mil cequíes. Yo dije dónde estaba o cuándo le habían cautivado; dijeron que esta mañana y no habían oído misa, y era esta hora las dos de la tarde. Torné a preguntar: «Pues ¿dónde está la fragata de cristianos que le llevó?» Dijeron que en el Despalmador, que es un islote cerca dos millas. Enderecé allá con mi fragata y muy en orden, porque era fuerza el pelear aunque eran cristianos, porque son gente que arman sin licencia, y todos de mala vida, y hurtan a moros y a cristianos como se veía, pues cautivaba el cura y lo rescataba en dos mil cequíes.
Presa de la fragata que llevaba el cura de Estampalia
En suma, yo llegué al islote con las armas en la mano y la artillería en orden; hallé la fragata con una bandera enarbolada con la imagen de Nuestra Señora; era la fragata chica, de nueve bancos con veinte personas. Mandé al punto entrase el capitán de ella en mi fragata, que al punto lo hizo y preguntele dónde había armado. Dijo que en Mesina; pedile la patente y diómela, pero era falsa, y así luego hice entrar en mi fragata la mitad de la gente y que les echasen esposas y envié a su fragata otros tantos.
Comenzaron a quejarse diciendo que ellos no tenían culpa, que Jacomo Panaro les traía engañados (que así se llamaba su capitán), diciéndoles traía licencia del Virrey, y que querían ir sirviéndome al cabo del mundo y no andar un punto con el otro, que ellos no habían sabido quería cautivar al papaz y que así como vieron entrar mi fragata en el puerto, quiso huirse el capitán con el papaz y ellos no quisieron sino aguardar. Con esto me resolví a que no les echasen esposas y desembarqué al capitán en el islote, desnudo, sin sustento ninguno, para que allí pagase su pecado muriendo de hambre. Partí con las dos fragatas a la tierra y llegado al puerto, estaban casi toda la gente de ella. Desembarqué al papaz, y así como le vieron comenzaron a gritar y a darme mil bendiciones. Supieron cómo dejaba desnudo al capitán en la isla y sin comida; pidiéronme de rodillas enviase por él. Dije que no me enojasen, que así se castigaban los enemigos de cristianos, ladrones, que agradeciesen que no le había ahorcado. Subimos a la iglesia del lugar, dejando en guarda las fragatas, sin que subiese sino una camarada.
En entrando en la iglesia se sentaron en bancos los más caballeros, si es que los había; quiero decir los más granados, que en todas partes hay más y menos. A mí me sentaron solo en una silla, con una alfombra debajo los pies y, de allí un poco, salió revestido el cura, como de Pascua, y comenzó a cantar y a responder toda la gente con «Cristo Saneste», que es dar gracias a Dios; incensome y después me besó en el carrillo y luego fue viniendo toda la gente, los hombres primero y luego las mujeres, haciendo lo mismo. Cierto es que había hartas hermosas, de que no me pesaba sus besos, que templaba con ellos los que me habían dado tantos barbados y bien barbados. De allí salimos y fuimos a casa del capitán, donde se quedaron a comer el papan y la parentela; enviaron luego a las fragatas mucho vino y pan y carne guisada y frutas de las que había en abundancia.

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Cuando me quisieron casar en Estampalia
Sentámonos a comer, que había harto y bueno; sentáronme a la cabecera de mesa; no lo consentí, sino que se sentase el papan. Sentáronse las mujeres del capitán y su hija, que era doncella y hermosa y bien ataviada; comiose y hubo muchos brindis, y acabada la comida dije que me quería ir a las fragatas. Levantose el papan con mucha gravedad y dijo: «Capitán Alonso, los hombres y mujeres de esta tierra te han cerrado la puerta y quieren, rogándotelo, seas su caudillo y amparo, casándote con esta señora hija del capitán Jorge, el cual te dará toda su hacienda y nosotros la nuestra y nos obligaremos a que el General de la Mar te dé el cargo de capitán de esta tierra, que con un presente que le hagamos y pagarle el jarache acostumbrado no habrá contradicción ninguna y todos te seremos obedientes esclavos. Y advierte que lo hemos jurado en la iglesia y que no puede ser menos. Por Dios que nos cumplas este deseo que tenemos muchos días han».
Yo respondí que era imposible hacer lo que me pedían porque, además de que había de tornar a Malta a dar cuenta de lo que se me había encomendado, era dar nota de mi persona y no dirían quedaba casado en tierra de cristianos y con cristiana, sino en Turquía y renegado la fe que tanto estimo. Además, que aquella gente que traía quedaban en el riñón de Turquía y se podrían perder y así sería yo causa de su perdición, perdiendo su libertad. Y aunque les pareció mis razones fuertes, era tanto el deseo que tenían que dijeron me había de quedar alli. Vístoles con tal resolución, dije que fuese mi camarada a las fragatas y diese un tiento a ver cómo lo tomaba mi gente, y conforme viera, haría yo.
Bajó mi camarada y contó el caso, de que todos se espantaron; y si acá arriba me tenían amor, mucho más me tenían ellos. Con lo cual comenzaron a armarse y sacaron una moyana de cada fragata y la pusieron en un molino de viento que estaba enfrente de la puerta, poco distante, y enviaron a decir con mi camarada que si no me dejaban salir, que habían de entrar por fuerza y saquear la tierra, que ¿ése era el pago que daban de las buenas obras que siempre les había hecho? Espantáronse de tal amor y dijeron que no estaban engañados en haberme querido por señor, que por lo menos les diese la palabra de que volvería en habiendo cumplido con mis obligaciones; yo se la di y quisieron diese la mano a la muchacha y besase en la boca; yo lo hice de buena gana y estoy cierto que si quisiera gozarla no hubiera dificultad. Diome el papan tres alfombras harto buenas y la muchacha dos pares de almohadas bien labradas y cuatro pañizuelos y dos berriolas labradas con seda y oro. Enviaron gran refresco a las fragatas y despedime, que fue un día de juicio.
De Estampalia me fui a una isla que se llama Morgón, y allí despedí la fragata con juramento que me hicieron de no tocar a ropa de cristianos, porque en aquellas tierras no se ha de andar más de con una fragata y ésa bien armada y hermanada la gente y en un pie como grulla. De Morgón me fui la vuelta de la isla de San Juan de Padmos, donde escribió el Apocalipsis el Santo Evangelista, estando desterrado por el emperador, y aquí está la cadena con que le trajeron preso. En el camino topé una barca de griegos que llevaba dentro dos turcos, el uno renegado, y era cómitre de la galera de Azan Mariolo. Venía de casarse en una isla que se llama Sira. Écheles sus manetas y despedí la barca. Preguntele si había junta de armada, como a persona que era fuerza el saberlo; dijo que no. Con que seguí mi viaje y, tomando lengua en la ciudad de Padmos, hallé la misma nueva; aquí se toma cierta porque hay un castillo que sirve de convento y es muy rico. Tienen tráfago de bajeles en todo Levante y traen las banderas como los bajeles de San Juan. Con esto me fui a una isla que está cerca quince millas, desierta, que se llama el Formacon, con pensamiento de hacer las partes del damasco y dinero, que por esto era tan amado de mi gente, que no aguardaba el hacer las partes en Malta.
Caza de(l] jefer genovés
Envié tres hombres a lo alto a que hiciesen la descubierta la vuelta de tierra firme y a la mar y que con lo que hubiese viniese uno abajo y, entretanto, mandé que se sacasen a tierra los cuarteles y el damasco. Estando en esto llegó uno de los de arriba y dijo: «Señor capitán, dos galeras vienen hacia la isla». Torné a mandar que metiesen el damasco y cuarteles dentro y mandé hacer el caro a las velas y enjuncarla[s] y que estuviesen izadas. Luego bajaron los otros dos diciendo: «Señor, que somos esclavos». Mandé se sentase cada uno en su lugar y zarpé el hierro y me estuve quedo. Yo estaba en una cala. Las galeras no tenían noticia de mí por la navegación que traían, porque si la tuvieran ciñeran la isla, que era chica, una por cada lado. Y así me estuve quedo cuando asomó la una por la punta, a la vela. No me vio hasta que ya había pasado buen rato, y como vio la fragata volvió sobre mí, que estaba muy cerca; la otra galera hizo lo mismo y amainaron de golpe con gran vocería. Vine a quedar mi popa con la proa de la galera y el arraez o capitán se puso con un alfanje encima de sus filaretes, no dejando entrar a nadie dentro, porque en bulla no la trabucasen, y dando voces: «¡Da la palamara, canalla!» (la palamara es un cabo que quería darme la galera para tenerme atado).
Yo, como los vi tan embarazados, dije entre mí: «¡O cien palos o libertad!», y cazando la escoba que tenía en la mano icé vela y alargueme de la galera; icé la otra vela y la galera, como estaba la una y la otra embarazada con la vela en crujía, primero que hicieron ciaescurre e hicieron vela tras de mí, ya yo estaba a más de una milla de ellos.
Comenzáronme a tomar el lado de la mar y yo era fuerza que para salir pasase por debajo de su proa. Faltó el viento y diéronme caza ocho ampolletas, sin que me ganasen un palmo de mar. Tornó a venir el viento e icé vela, y ellos y todo. Tiráronme de cañonazos con el artillería, y con una bala me llevaron o pasaron el estandarte de arriba del árbol y otra bala me quitó la forqueta de desarbolar, donde se pone el árbol y entenas cuando se desarbola, que está abajo. Temí mucho no me echase a fondo, y más que para alcanzarme usó de astucia marinera, y fue que cargaba toda la gente a la proa de la galera por ver la fragata, y no la dejaba caminar; y haciendo retirarla con tres bancadas hacia la popa, comenzó a resollar la galera y me iba acercando palmo a palmo.

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Solimán de Catania, jefer genovés
Yo, como me vi casi perdido, valime de la industria. Ellos me tenían ganada la mar y yo iba de la parte de tierra, que era fuerza embestir en ella o pasar por sus proas. En este paraje hay un islote cerca de tierra firme que se llama el Xamoto; tiene un medio puerto donde solemos estar cubiertos con las galeras de Malta para hacer alguna presa. Yo enderecé la fragata hacia allá e hice que subiese un marinero encima del árbol con una gaveta con pólvora y que hiciese dos humadas y que luego, con un capote, llamase a la vuelta del islote. Las galeras que vieron esto, amainaron de golpe e hicieron el caro, volviendo a deshacer su camino con cuanta fuerza pudieron, pensando que estaban allí las galeras de Malta, con que en poco tiempo no nos vimos. Yo me fui a una isla que se llama Nacaria, donde estuve con buena guarda, porque es alta y descubre mucho, hasta otro día al anochecer, que me partí para la isla de Micono, donde topé una tartana francesa cargada de cueros de cabras que venía de Jío; diome nueva cómo el arraez que me dio caza con las dos galeras, que se llamaba Solimán de Catania, jefer genovés, había estado a la muerte de pesar de habérsele escapado una fragata debajo de la palamenta. Díjele que yo era y se espantó el patrón de la tartana y no acababa de decir y avisome que estaba de partencia para irme a buscar y aguardar a la salida del Archipiélago.
Con esto me resolví de hacer el viaje para Malta y aguardé una tramontana recia, con que me hice a la vela y salí de estos cuidados. Llegué a Malta, donde se espantaron del suceso, e hicimos las partes del dinero y damasco, sacando del monte mayor para un terno para la iglesia de Nuestra Señora de la Gracia, que se dio con mucho gusto, y asimismo se descuidó en que no había armada por aquel año.
Salida delArchipiélago
De allí a pocos días me enviaron a corsear con dos fragatas, una del Maestre y otra del Comendador Monreal, mi amo antiguo, sin orden de tomar lengua. Partí de Malta con las dos fragatas, que parecían dos galeras, con treinta y siete personas en cada una. Engolfeme la vuelta de África y tomé el primer terreno en Cabo de Bonandrea, setecientas millas de golfo. Costeé las salinas y fuime a Puerto Solimán a refrescar la aguada, donde quiso mi desgracia que pasaban a La Meca (donde está el cuerpo de Mahoma) gran cantidad de moros, los cuales me hicieron una emboscada alrededor de un pozo donde había de ir a hacer el agua, que todo es juncales altos alrededor y, como los moros andan desnudos y de su color, no los vio la gente.
Desdicha en Puerto Solimán
Iban veintisiete marineros con barriles y dieciséis soldados españoles con sus arcabuces, y estando sobre el pozo se descubrió la emboscada y dieron sobre la gente. Los marineros echaron a huir sin barriles y los soldados a pelear retirándose. Y al trueno de los arcabuces salí yo con otros veinte hombres a socorrerlos, que ya venían cerca de la marina, y visto el socorro se detuvieron. Cautiváronme tres soldados y matáronme cinco que me hicieron falta; nuestra gente cautivó dos, un viejo de sesenta años y otro poco menos. Alzamos bandera de paz y tratamos del rescate; yo les daba sus dos por dos, y el otro le rescataba. Dijeron que no, que todos tres, que los que yo tenía me los llevase. Dejámoslo y tornáronme a llamar diciendo si quería los barriles llenos de agua, que qué les daría. Dije que yo no había menester agua, sino los cristianos (y cierto que había menester más los barriles con el agua que la gente, porque no me había quedado vasijas en que meterla, sino dos carreteles y si no me lo dan era fuerza perdernos), y como de burla dije: «¿Qué quieres por cada barril lleno?» Pidieron un cequí de oro, y aunque se lo quisiéramos dar era imposible, porque no habíamos hecho presa. Díjeles que no teníamos cequíes; dijeron: «Pues danos bizcocho». Contenteme y diles por cada barril lleno de agua una rodela llena de bizcocho, que no me hacía falta.
Recogí todos mis veintisiete barriles y tomé a rogarlos me diesen los dos cristianos por los suyos; no quisieron y, así, traté de enterrar en la playa los muertos y puse una cruz a cada uno. A la mañana los hallé encima de la arena, que me quedé espantado pensando los hubiera desenterrado algunos lobos, pero cuando los vi me asombré, porque estaban sin narices y sin orejas y sacados los corazones. Pensé perder el juicio y arbolé bandera de paz y dije lo mal que lo habían hecho; respondieron llevaban a Mahoma a presentarle aquellos despojos en señal de la merced que les había hecho. Yo, con la cólera, dije que había de hacer lo mesmo de los dos que tenía; dijeron que querían más diez cequíes que treinta moros. Y así, delante de ellos, les corté las orejas y narices y se las arrojé en tierra diciendo: «Llevá también éstas», y atándolos espalda con espalda, me alargué a la mar y los arrojé a sus ojos y caminé la vuelta de Alejandría. No topé nada en esta costa y pasé a la ciudad de Damiata que es Egipto y entré en el río Nilo por si topaba algún bajel cargado: no topé nada. Atravesé a la costa de Suria que hay ciento treinta millas. Llegué a las riberas de Jerusalén, que están veinticuatro millas de aquella santa ciudad. Entré en el puerto de Jafa y hallé unas barcas; huyose la gente.
De allí pasé a Castel Pelgrín, en la misma costa; de allí a Cayfas. En una punta de este puerto hay una ermita, un tiro de arcabuz de la mar y menos, donde dicen reposó Nuestra Señora cuando iba huyendo a Egipto. Caminé delante al puerto de San Juan de Acre y había dentro bajeles, pero eran grandes y hube de pasar adelante, a la ciudad de Beruta; también pasé y llegué a la de Surras, que estas dos ciudades y puertos son de un poderoso que casi no reconoce al Gran Turco; llámase el Amí de Surras. Un hermano de éste vino a Malta y fue festejeado y regalado y tornado a enviar con grandes presentes que le hizo la Religión y así somos hospedados los bajeles de Malta y regalados en sus puertos, que, para si estos señores príncipes cristianos quisiesen emprender la jornada de Jerusalén, tan santa, hay lo más andado en tener estos puertos y por amigos estos que ponen treinta mil hombres en campaña, y los más son a caballo. Entré en el puerto de Surras y, como vieron era de Malta, me regaló el Gobernador, que no estaba allí el Amí, y me dio refresco.
Presa en la Tortosa
Pasé la vuelta de Trípol de Suria, gran ciudad, pero a la larga porque no saliesen dos galeras que hay allí. Fuime a la isla de la Tortosa, que está enfrente de la costa de Galilea, poco distante; es una isla chica y llana y florida todo el año. Dicen estuvo en ella escondida Nuestra Señora y San Josefe, de Herodes; yo me remito a la verdad. Aquí despalmé mis fragatas y comimos muchos palominos, que hay infinitas palomas y tienen los nidos en unas que debieron de ser antiguamente cisternas.
Lance del s. XVII

Lance del s. XVII

En todas estas partes ya se deja entender que estaría siempre con buena guarda, la cual hizo señal que venía un bajel; fui a verlo y era caramuzal turquesco. Puse en orden mi gente y al emparejar con la isla le salí al encuentro. Peleó muy bien, que lo saben hacer los turcos, y al último le rendí, con muerte de cuatro marineros míos y un soldado, y de ellos trece muertos. Cogí vivos y heridos veintiocho y, entre ellos, un judío con toda la tienda de bujerías, que era tendero. Estaba cargado de jabón lindo de Chipre y algún lino. Hice que toda la gente de la otra fragata se metiese dentro y llevasen la fragata de remolco, y se fuesen a Malta, porque para dos fragatas me faltaba mucha gente, y quedeme con la mía bien armada.

De allí costeé a Alejandreta, donde estaban los almoacenes, que saqueamos, y de allí entré en la Caramania, costeándola hasta Rodas en esta forma: de Alejandreta al Bayaso, de allí a Lengua de Bagaja, y de allí a Escollo Provenzal, Puerto Caballero, Estanamur y Atalia, Puerto Ginovés, Puerto Veneciano, Cabo de Silidonia, la Finica (aquí hay una fortaleza buena), Puerto Caracol, el Cacamo, Castilrojo, Siete Cavas, Aguas Frías, La Magra, Rodas, y de allí me fui a la isla de Scarponto, de donde me engolfé para la isla de Candía. Y en el golfo me dio una borrasca que me hizo correr dos días y dos noches, camino del Archipiélago, y el primer terreno que tomé fue una isla que se llama Jarhe, donde dicen está uno de los cuerpos, San Cosme o San Damián.
Diéronme los griegos refresco por mis dineros y, en tomándolo, me partí para la isla de Estampalia, donde me querían casar. Entré en el puerto y bajó todo el lugar por mí, pensando venía a cumplir la palabra. No hubo remedio de saltar en tierra, diciéndoles que quedaban las galeras de Malta, con quien había venido, en la isla de Pares y que yo me había alargado a verlos y si habían menester algo.

Sintiéronlo mucho y diéronme gran refresco y dijeron cómo, después que me fui el viaje pasado, habían ido con una barca por el capitán Jacomo Panaro a la isla y le habían traído y regalado hasta que llegó una tartana francesa, que venía de Alejandría, y se lo habían dado para que lo llevasen a tierra de cristianos, habiéndole dado buen refresco y diez cequíes para su camino. Yo me despedí de ellos y me fui mi viaje. Y en el Golfillo de Nápoles de Romania topé con un caramuzal cargado de trigo con siete turcos y seis griegos. Los griegos juraban que el trigo era suyo y con el tormento confesaron era de turcos. Eché los griegos en tierra y caminé con el caramuzal a Brazo de Mayna, que hay poco camino.

Este Brazo de Mayna es un distrito de tierra que está en la Morea, asperísimo, y la gente de ella son cristianos griegos; no tienen habitación ninguna si no son en grutas y cuevas y son grandes ladrones; no tienen superior electo, sino el que es más valiente a ése obedecen; y aunque son cristianos, jamás me parece hacen obras de ello. No ha sido posible el sujetarlos los turcos, con estar en el centro de su tierra; antes a ellos es a quien hurtan los ganados y se los venden a otros. Son grandes hombres del arco y las flechas. Yo vi un día que apostó uno a quitarle una naranja de la cabeza a un hijo suyo con una flecha a veinte pasos, y lo hizo con tanta facilidad que me espantó. Usan unas adargas como broqueles, pero no son redondas, y espadas anchas y de cinco palmos y más. Son grandes corredores y se bautizan cuatro y cinco veces y más, porque los compadres tienen obligación de presentarlos algo; y así, siempre que pasaba por allí, bautizaba algunos.

Azotes que di al compadre de Brazo de Mayna

 Llegué al puerto Cualla, que este es su nombre, con mi caramuzal de trigo; luego vino mi compadre, que se llamaba Antonaque y era el capitán de aquella gente, con su aljuba de paño fino y sus cuchillos damasquinos con cadenas de plata y su alfanje con guarnición de plata. En entrando en la fragata, luego me besó, mandé nos diesen a beber, como era costumbre. Díjele cómo traía aquel caramuzal de trigo, que si me lo quería comprar. Dijo que sí y concertámosle en ochocientos cequíes con bajel y todo, que él solo valía más. Dijo que por la mañana traería el dinero, que se había de recoger. Y a medianoche me cortaron los cabos con que estaba dado fondo y lo llevaron a tierra; cuando echamos de ver el daño no tenía ya remedio, porque estaba ya encallado el bajel.
Amaneció y ya no había casi trigo dentro: que tan buenos trabajadores eran. Vino luego mi compadre con otros dos, excusándose que él no había tenido culpa, que ya yo conocía la gente. Yo hice que no se me daba nada y mandé nos diesen almorzar y, estando almorzando, hice levantar el ferro y salir fuera con mi fragata. Dijo: «Compadre, échame en tierra». Dije: «Luego, compadre, que voy a hacer la descubierta», y en estando fuera dije: «Compadre, fuera ropa», que es decir se desnudase; él dijo que era traición. Dije: «Mayor es la que vos habéis hecho; pocas palabras y fuera ropa y agradeced que no os ahorco de aquella entena».
Desnudose en carnes y tendiéronlo agarrado de cuatro buenos mozos, y le dieron con un cabo embreado más de cien palos, y luego le hice lavar con vinagre y sal, a usanza de galera, diciendo: «Envía por los ochocientos cequíes o si no, he de ahorcarte». Vio que iba de veras y envió uno de los que traía, echándose a nado, que no quise llegar a tierra. Trájolos en una hora y menos, en un pellejo de un cabrito, con lo cual se fueron a nado, que son bravos nadadores. Y desde este día me llamaban en Malta y el Archipiélago el compadre de Brazo de Mayna. Salí de allí la vuelta de la Sapiencia y de allí me engolfé para Malta, donde llegué en cinco días y se holgaron con mi venida. Habían vendido el jabón y los esclavos que envié con el caramuzal y la otra fragata. Hicieron las partes, tocome buen por qué, con que la quiraca pasaba adelante con su fábrica de la casa. Entró también en parte los ochocientos cequíes y los siete esclavos que traía yo. Holgámonos unos días, que no fueron muchos, porque luego me tocaron arma, mandándome despalmar la fragata sin saber para adónde; es a saber, hubo nuevas que el Turco armaba una gruesa armada y no sabían para dónde, con que estaban con cuidado en Malta y usaron de su buen juicio para salir de este cuidado en esta forma. Cuando el Gran Turco apresta una armada para fuera de sus tierras, los judíos le proveen con una cantidad gratis, y cuando es la armada dentro de sus tierras, hacen lo mismo, pero diferente cantidad. El recogedor del distrito de la Caramania y Constantinopla está en Salonique y este tal sabíamos estaba en una casa fuerte, cinco millas de la ciudad con su casa, y los señores me dieron orden fuese por él, como si fuera ir a la plaza por unas peras. Diéronme una espía y un petardo e hice mi partencia en nombre de Dios.

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Traída del judío de Salonique
Llegué al Golfo de Salonique no con poco trabajo, que está en el riñón de la Turquía, pasado el Archipiélago, que también toma parte de él. Salté en tierra con dieciséis hombres y mi petardo y la espía, que me temí harto de él. Llegamos a la casa que estaba como una milla de la marina y menos, púsose el petardo, hizo su efecto, entramos y cogimos el judío, su mujer y dos hijas pequeñas y un criadillo y una vieja, que los hombres se huyeron. Cargué con ellos al punto sin dejarlos tomar ni una aljuba y sin que saquease la gente un trapo y caminé a la marina, donde por mucha prisa que me di, tenía, embarcándome, más de cuatrocientos caballos, el agua a los pechos, alanceándome; pero no hicieron nada, que estábamos ya dentro la fragata. Comenzaron a dar carreras por aquella campaña, y yo saludándolos con mi moyana que echaba cinco libras de bala. Ofrecíame el judío todo lo que yo quisiese porque lo dejase con toda la seguridad y aunque pude no me atreví, porque luego me dijo para dónde era la armada, que era contra los venecianos, y pedíanlos un millón de cequíes o que les tomaría a Candía, que es una isla tan grande como Sicilia de longitud y está en tierras del Turco y sus mares. Consolele diciendo vería a Malta.
Viniendo mi viaje topé con una barca de griegos y preguntando de dónde venían, dijeron de los despalmadores de Jío. Pregunté si había algunas galeras, dijeron que no y que se había partido Solimán de Catania, Bey de Jío, con su galera bastarda, y que había dejado a su mujer allí en una recreación. Dijo mi piloto: «¡Juro a Dios que la hemos de llevar a Malta, que sé esa casa como la mía! Y pues se ha ido anoche Solimán con la bastarda, estarán descuidados».
Presa de la húngara amiga de Solimán de Catania
Yo no me atrevía por llevar lo que llevaba. Animome tanto y asegurómelo, que fue menos de lo que decía. Aguardamos la noche y a la media en punto desembarcamos con diez hombres y el piloto, y se fue como a su casa y llamó y habló de parte de Solimán, como que venía de Jío, y abrieron. Entramos dentro y sin ninguna resistencia cogimos la turca renegada, húngara de nación, la más hermosa que vi. Cogimos dos putillos y un renegado y dos cristianos esclavos, de nación corso el uno y el otro albanés. Cogimos la cama y ropa sin haber quien nos dijese nada. Embarcámonos y caminamos a más no poder hasta salir del Archipiélago, que Dios nos dio buen tiempo.
La húngara no era mujer, sino amiga; regalela con extremo, que lo merecía. Aunque en rebeldía, supe que Solimán de Catania había jurado que me había de buscar y, en cogiéndome, había de hacer a seis negros que se holgasen con mis asentaderas, pareciéndole que yo me había amancebado con su amiga, y luego me había de empalar. No tuvo tanta dicha en cogerme, aunque me hizo retratar y poner en diferentes partes de Levante y Berbería, para que si me cogiesen le avisasen estos retratos. Supe los habían llevado de Malta cuando llevaron la húngara y los putillos rescatados, que fue el segundo año, siendo proveído por rey de Argel.

CONTINUARÁ…

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