Alonso de Contreras Discurso de mi vida; Cap. IV.

La_rendición_de_Juliers
En que se sigue viajes de Levante y sucesos hasta Estampalia
YO seguí mi viaje la vuelta de Berbería aquella noche, y amanecí en el Seco, diez millas largo, donde estaba una galeota de diecisiete bancos, que no me holgué de verla. La cual como me vio, enarboló un estandarte verde con tres medias lunas que llegaba al agua.
Mi gente comenzó a desmayar y el patrón dijo: «¡Ay de mí, que somos esclavos; que es la galeota de Cayte Mamí de Trípol!» Yo le reñí y dije: «Ea, hijos, que hoy tenemos buena presa». Paré y no navegué, por prevenirme; puse mi moyana en orden y enllenela de clavos y balas y saquillos de piedra, y dije: «Dejáme, que esta galeota es nuestra; cada uno tenga su espada y rodela a su lado, y los soldados con sus mosquetes» (que llevaba ocho que eran españoles, de quien me fiaba).
Comencé a caminar hacia la galeota; ella se estaba queda y hacía bien, porque yo ya no podía huir, aunque hubo pareceres de ello, pero era mi total ruina, además de la infamia. Díjelos: «Amigos, ¿no veis que de aquí a tierra de cristianos hay ciento veinte millas y que este bajel es reforzado y a cuatro paladas nos alcanzará y les damos valor en huir? Dejáme hacer a mí, que yo también tengo vida. Mirá, en llegando a abordar esprolongaremos y daremos la carga de mosquetería; ellos se meterán abajo a recibirla». Y cuando se levantasen a darnos la suya, les daría con la moyana que estaba a mi cargo y los arrasaría.

Toma de la galeota en los secos de los Gelves
Parecioles bien, y arbolando nuestras banderas fui con el mayor valor a embestirla, que se quedaron atónitos; y vista mi resolución, ya que estábamos cerca se puso en huida.
Seguila más de cuatro horas, no pudiéndola alcanzar, y mandé que no bogasen y que comiese la gente. La galeota hizo lo mismo sin apartarse. Torné a dar caza y ellos a recibirla, hasta la tarde, que hice lo mismo de no caminar y él hizo también lo mismo. Estúveme quedo toda la tarde y la noche, con buena guarda, por ver si se iría con la oscuridad, y yo hacer mi viaje a La Cántara. Antes de amanecer di de almorzar a la gente, y vino puro, por lo que se podía ofrecer, y amanecido me los hallé a tiro de arcabuz. Puse la proa sobre ellos y los iba alcanzando y tiré la mosquetería. Ellos apretaron los puños
en huir, yo en seguir, que no los quise dejar hasta que lo[s] hice embestir en tierra debajo de la fortaleza de los Gelves, donde saltaron en tierra, el agua a la cintura, porque esto todo es bajo, y aunque me tiraron algunas piezas, no por eso dejé de dar un cabo a la galeota, y saqué fuera, donde no me alcanzaba la artillería.

Habían quedado dentro dos cristianos, que eran esclavos, el uno mallorquín y el otro siciliano de Trápana. Hubo algunas cosillas, como escopetas y arcos y flechas y alguna ropa de vestir. Quitele las velas y la bandera, y el buque, con hartas cosillas que no quise por no cargar la fragata, lo mandé quemar. Partime de allí la vuelta de La Cántara y no había en el
cargador bajel ninguno. Olvidóseme decir de dónde era la galeota; y era de Santa Maura, que venía a Berbería [a] armar para andar en corso.
De La Cántara me fui a Trípol el Viejo, y en una cala que está doce millas me metí desarbolado todo un día y  noche, y a otro día al amanecer, pasaba un garbo cargado de ollas, con diecisiete moros y moras; no se me escapó ninguno, y metilos en mi fragata y eché a fondo el garbo, aunque le quité una tinaja llena de azafrán y algunosbarraganes.
Di la vuelta a Malta donde fui bien recibido. Dióseme lo que me tocaba de los esclavos (que los toma la Religión asesenta escudos, malo con bueno), y del monte mayor metocó a siete por ciento. Gastose alegremente con amigos yla quiraca, que era la que mayor parte tenía en lo queganaba con tanto trabajo.
Día de San Gregorio
En este tiempo se llegó el día de San Gregorio, que está fuera de la ciudad seis millas, donde va toda la gente y el Gran Maestre, y no queda quiraca en el lugar. Yo había de ir, y de celos que tenía no quise ir, ni que fuera la quiraca. Y este día, después de comer, estando con la tal quiraca tratando nuestros celos, oí disparar una pieza del castillo de San Telmo, cosa nueva, y al punto otra; salí a la calle y daban voces que se huían los esclavos del horno de la Religión, donde hacen el pan para toda ella. Partí al punto al burgo, donde tenía mi fragata, y pensando hallaría mi gente, fue en balde, porque se habían ido a San Gregorio. Tomé luego de los barqueroles que andan ganando a pasar gente y armé la fragata no metiendo más que la moyana y medias picas. Salí del puerto en seguimiento de los esclavos, que iban en una buena barca y llevaban por bandera una sábana.
Llegando cerca, les dije que se rindiesen y con poca vergüenza me dijeron que llegase; eran veintitrés y llevaban tres arcos con cantidad de flechas y dos alfanjes y más de treinta asadores. Torneles a decir que mirasen los había de echar a fondo, que se rindiesen, que no los harían mal, que obligados estaban a buscar la libertad. No quisieron, diciendo querían morir pues les había quitado la libertad. Di fuego a la moyana y perniquebré a cuatro de ellos y abordando me dieron una carga de flechazos que me mataron a un marinero e hirieron dos. Entré dentro y maniatados los metí en la fragata, y la barca que truje de remolco. Acerté a estropear uno de ellos, y era el cabo, y se iba muriendo de las heridas, y antes que acabase lo ahorqué de un pie y colgado de él entré en el puerto, donde estaba toda la gente de la ciudad en las murallas y el Gran Maestre, que había venido al sentir la artillería.
Llevaban más de doce mil ducados de plata y joyas de sus dueños que, aunque huían del horno, no había más que cuatro de él, que los demás eran de particulares; valiome lo que yo me sé. Salté en tierra, besé la mano al Gran Maestre y estimó el servicio y mandó que se me diese doscientos escudos. Pero si yo no me hubiera pagado de mi mano, no tocara ni un real, porque cargaron aquellos señores dueños de los esclavos, que eran todos consejeros, y aún me puso pleito uno por el que ahorqué a que se le pagase. No tuvo efecto, que se quedó ahorcado, y la quiraca satisfecha de no haber ido a la fiesta, porque gozó todo lo que hurté en la barca, de que hoy día tiene una casa harto buena, labrada a mi costa.
Libertad a los capuchinos
De allí a pocos días se ofreció que venían a Malta tres padres capuchinos de Sicilia, y se habían embarcado en un bajel cargado de leña y salió un bergantín y los cautivó. Súpolo el Maestre y a medianoche me envió a llamar y mandó en todo caso saliese del puerto en busca del bergantín, aunque fuese hasta Berbería. Hícelo, y llegado a Sicilia, a la Torre del Pozal, tomé lengua cómo el bergantín iba a La Licata; seguile y allí me dijeron había ido a Surgento; y allí me dijeron había ido hacia Marzara; y allí me dijeron que había ido hacia el Marétimo, isla, la vuelta de Berbería, que hay un castillejo del Rey: dijéronme que había más de siete horas se había partido a Berbería; resolvime seguirle. La gente se amotinó contra mí porque no llevaba el bastimento necesario. Y era verdad, pero yo me fiaba en que estaba en el camino la Madre de Dios de la Lampedosa, a quien le quitáramos todo el bastimento, y al morabito, con intención de pagárselo, y así se lo dije a todos, con que se quietaron.
Hice vela la vuelta de Berbería, en nombre de Dios, y a menos de cuatro horas la guarda de arriba descubrió el bajel; apreté a remo y vela porque no me faltase el día y ganábale el camino a palmos. El bergantín se resolvió irse a una isla que se llama la Linosa, con parecerle se salvaría por venir la noche; pero yo me di tan buena maña que le hice embestir antes de tiempo en la isla. Huyéronseme todos los moros, que eran diecisiete, y hallé el bergantín con solo los tres frailes y una mujer y un muchacho de catorce años y un viejo; retirele a la mar y estuve con buena guarda hasta la mañana. Era lástima ver los padres con las esposas en las manos.
Cenamos y a la mañana envié dos hombres diligentes a lo alto de la isla a reconocer la mar y que se quedase uno de guarda y el otro bajase con lo que había: dijo estaba limpia de bajeles la mar, con lo cual envié al bosque, que es chiquito, a pegar fuego por cuatro partes, y en el aire salieron todos diecisiete moros sin faltar ninguno. Aprisionelos y metí dentro de la fragata la mitad y en el bergantín la otra mitad, con otra mitad de mi gente, con lo cual hicimos vela la vuelta de Malta, donde entramos con el gusto que se deja considerar. Valiome mis trescientos escudillos el viaje, además del agradecimiento, con que echó un remiendo la quiraca.
Dentro de pocos días me enviaron a Levante a tomar lengua. Púseme en orden y partí de golfo Lanzado; fue el primer terreno que tomé el Zante, seiscientas millas distantes de Malta; entré en el Archipiélago, en la isla de Cerfanto. Una mañana topé un bergantinillo chico, medio despalmado, con diez griegos; metilos en mi fragata y pregunté dónde iban tan aprestados; dijeron que a Jío. Yo, como era bellaco, les dije que dónde tenían los turcos que traían; dijeron y juraron que no traían a nadie. Yo dije: «Pues estos tapacines, ¿cuyos son? ¿No veis que son en que comen los turcos, que vosotros no traéis éstos?» Negaron; yo comencé a darlos tormento y no como quiera. Pasáronlo todos excepto un muchacho de quince años a quien hice desnudar y que le atasen y sentasen en una piedra baja, y dije: «Dime la verdad; si no, con este cuchillo te he de cortar la cabeza».
El padre del muchacho, como vio la resolución, vino y echose a mis pies y díjome: «¡Ah, capitano!, no me mates a mi hijo, que yo te diré dónde están los turcos». Este tal se había ensuciado en el tormento: ¡Miren el amor de los hijos! Fueron soldados y trajeron tres turcos, uno señor y dos criados, con su ropa o aljuba de escarlata, aforrada en martas, y sus cuchillos damasquinos con su cadenilla de plata; echose a mis pies con una barba bermeja muy bien castigada. Despedí el bergantinillo con los griegos. Pero olvidábaseme que trajeron con el turco cinco baúles de estos redondos turquescos, llenos de damasco de diferentes colores y mucha seda sin torcer encarnada y algunos pares de zapaticos de niño Rescate que hice en Atenas del turco Traté de tomar lengua y éste me la dio, porque venía de Constantinopla y traía un caramuzal cargado, y de miedo de los corsarios venía en aquel bergantinillo que parecía estaba seguro, y tenía razón.
Díjome cómo la armada del Turco iba al mar Negro, con que descuidé y traté si quería rescatarse. Dijo que sí. Vinimos a ajustar, tras largas pláticas, en que me daría tres mil cequíes de oro, y que para ello había de empeñar dos hijos en Atenas, de donde era. Fui hacia allá y no quise entrar en el puerto, porque tiene la boca estrecha y pueden no dejar salir si quieren con veinte arcabuceros; fui a una cala que está cinco millas de la tierra. Fue necesario enviar uno de los dos criados con tiempo de tres horas, no más, para ir y venir. Hízolo y vino con él toda la nobleza de Atenas a caballo; cuando vi tanta caballería retireme a la mar y en una pica enarbolaron una toalla blanca, con que me aseguré y yo arbolé la de San Juan.
Entraron dentro tres turcos venerables y que yo saliese a ajustar; hícelo con uno que parecía o debía de ser el Gobernador por la obediencia que le tenían. Díjome que hasta otro día no se podía juntar el dinero; respondí que con irme estaba hecho, que bien sabía que Negroponte estaba por tierra muy poco camino y podían avisar a Morato Gancho, que era el Bey de aquella ciudad y podía venir con su galera, que era de veintiséis bancos, y cogerme; que si quería asegurarme de la mar y de la tierra que yo aguardaría lo que me mandase. Díjome que de la mar no podía, que de la tierra sí; yo dije: «Pues dame licencia, que me quiero ir, y llama a tus turcos que están dentro la fragata». Él, como me vio resuelto, me dijo que gustaba de ello, y así, delante de todos, alzó el dedo, diciendo: «Hola, Ylala», con lo cual es más cierto este juramento que veinte escrituras cuarentijas. Hablamos de muchas cosas, porque entendía español; adviértese que había enviado a llamar al Morato Gancho. Comimos de una ternera que se mató y en lugar de vino bebimos aguardiente de pasas de Corinto; hicieron que subiese a caballo, yo dije que no lo había ejercitado, sino el andar por mar; hiciéronlo ellos y corrieron y escaramuzaron que era de ver, porque los caballos eran buenos y traían todos encima de las ancas una cubierta corta de damasco de diferentes colores y eran más de doscientos cincuenta.
Trajeron el dinero en reales de a ocho, segovianos nuevos, y me rogaron los tomase, que no se hallaba oro. Dije al patrón que los tomase y contase, y parecíale que tanto dinero nuevo y tan lejos de donde se hace no hubiese alguna tramoya; vino a mí, díjomelo: mandele cortase uno y eran el centro de cobre y el borde de plata. Quejeme luego y juramentando por Alá que no eran sabidores de ello quisieron matar a dos venecianos, mercaderes, que lo habían traído, y lo hicieran si yo no les fuera a la mano. Rogáronme tuviese paciencia mientras se volvía a la ciudad a traer el dinero, y en cuatro caballos fueron cuatro turcos como el viento.
Estando en esto, asomó por la punta de la cala la galeota de Morato Gancho; yo cuando la vi me quedé helado, y al punto se pusieron a caballo y enarbolaron una bandera blanca en una lanza. La galera fue a la vuelta de ellos y la hicieron dar fondo lejos de mí, casi un tiro de arcabuz, que esta ley tienen estos turcos, y desembarcado el arraez, vino donde estaba yo con otros turcos; yo me fui para él y nos saludamos, él a su usanza, yo a la mía. Fue a ver al que yo tenía esclavo, pidiéndome licencia; yo mandé al punto le echasen en tierra con su aljuba y cuchillos como le tomé, que lo estimaron mucho. Estuvimos de buena conversación y me pidieron fuese a ver la galera; fuimos y al entrar me saludaron con las charamelas. Estuve un poco y luego nos salimos a tierra y pasamos en conversación hasta que vinieron con el dinero, que no tardó dos horas en ir y venir; trajéronlo en cequíes de oro y, más, me presentaron dos mantas blancas como una seda, dos alfanjes con sus guarniciones de plata, dos arcos y dos carcajes con quinientas flechas hechos un ascua de oro, mucho pan y aguardiente y dos terneras. Mandé sacar la seda por torcer y los zapaticos y dilos al que era mi cautivo, que me besó en pago de ello y, más, le di una pieza de damasco y otra presenté a el arraez de la galera; diome él unos cuchillos damasquinos. Con que ya anochecía y queriéndome yo partir me rogó cenase con él, que por la mañana me iría; acepté y regalome muy bien. Estando cenando envió un billete mi cautivo al arraez pidiéndole rescatase sus dos criados y que me los rogase; hízolo con grande instancia; envié por ellos al punto a la fragata y díjele: «Veslos aquí y a tu voluntad». Estimolo mucho. Dábame doscientos cequíes; no quise recibirlos y así me dijo: «Pues llévate este cristiano que me sirve en la popa a mí». Yo le dije que lo aceptaba porque cobraba libertad. Fuime a mi fragata y a la mañana envié a pedirle licencia para zarpar, djome que cuando yo quisiese; hícelo y, al pasar por cerca la galera, le saludé con la moyana; respondiome con otra pieza, con que nos fuimos cada uno su viaje. Tomé la derrota hacia el canal de Rodas y llegué a una isla que se llama Estampalia, con buena habitación de griegos. En ésta no hay Corregidor, sino es Capitán y Gobernador un griego con patente del General de la Mar.
Yo era muy conocido en todas estas islas y estimado porque jamás los hice mal; antes los  ayudaba siempre que podía. Cuando tomaba alguna presa de turcos y no la podía llevar a Malta, daba de limosna el bajel y les vendía el trigo o arroz y lino que de ordinario eran la carga que traían y fue tanto esto que, cuando había algunas disensiones grandes, decían: «Aguardemos al capitán Alonso», que así me llamaban, para que las sentenciase, y cuando venía me hacían relación y las sentenciaba, aunque aguardasen un año y pasaban por ella como si lo mandara un consejo real y luego comíamos todos juntos los unos y los otros.
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