Alonso de Contreras. Discurso de mi vida; Cap. III.

Lance del s. XVII
Lance del s. XVII
Junta con los valencianos en Nápoles
A pocos días que estuvimos allí en buena reputación y en una casa de camaradas los tres, sin admitir otras camaradas, una noche vino a nuestra casa un soldado de la misma compañía, valenciano, con otro; dicen eran caballeros. Y nos dijeron: «Vuestras mercedes se sirven de venir con nosotros, que nos ha sucedido aquí, en el cuartel de los florentines, un pesar». Nosotros, por no perder la opinión de levantes, dijimos: «¡Vamos, voto a Cristo!», y dejamos el ama sola en casa. Yendo por el camino hallamos un hombre que debía de estar haciendo el amor; y quedándose atrás el valenciano, oímos dar una voz. Volvimos a ver lo que era y venía el valenciano con una capa y un sombrero, y díjonos: «No se quejará más el bujarrón». Yo le dije qué era aquello; dijo: «Un bujarrón que le he enviado a cenar al Infierno y me ha dejado esta capa». Yo me escandalicé cuando tal oí, y arrimándome a una de mis camaradas, le dije: «Por Dios, que venimos a capear y no me contenta esto». Respondió: «Amigo, paciencia por esta vez, no perdamos con éstos la opinión». Yo dije: «Reniego de tal opinión».
Y llegando a una casa donde vendían vino, que al parecer era donde les habían hecho el mal, entramos por un postigo y, diciendo y haciendo, comenzaron a dar tras el patrón y dando cuchilladas a las garrafas de vidrio, que eran muchas, y asimismo a las botas de vino a coces, de suerte que las destampañaron y corría el vino como un río, e dueño, de la ventana, dando voces. Salimos por el postigo a la calle, y de la ventana dieron a una camarada de las mías con un tiesto, que lo derribaron redondo y quedó sin sentido; y a las grandes voces que daban llegó la ronda italiana y comenzamos a bregar y menear las manos; el caído no se podía levantar, que era lo que sentía. Últimamente, nos apretaron con las escopetas de manera, y con las alabardas, que a uno de los valencianos le pasaron una muñeca de un alabardazo y prendieron juntamente con el que estaba en tierra. Nosotros nos retiramos hacia nuestro cuartel, y la ronda, llevando los presos, toparon con el muerto, a quien quitaron la capa del valenciano; dieron aviso al cuerpo de guardia principal de los españoles y salió luego una ronda en busca de mi camarada y de mí y del otro valenciano. Y habiéndonos despedido del valenciano, nos íbamos a casa por la miseria que había para irnos, cuando vimos la ronda, con cuerdas encendidas, a nuestra puerta; yo dije: «Amigo, cada uno se salve, pues no me quisiste creer cuando la capa». Y echando por una callejuela me fui hacia el muelle, y en una posada que está junto la aduana llamé adonde estaba un caballero del Hábito de San Juan, que había venido de Malta a armar un galeón para ir a Levante, amigo mío, que se llamaba el capitán Betrián, y vístome se espantó. Contele la verdad, y escondiome y tuvo veinte días hasta que estuvo de partencia, y aquella noche me embarcó y metió en la cámara del bizcocho, donde sudé harto hasta que estuvimos fuera de Nápoles, que me sacó fuera y me llevó de buena gana hasta Malta. Y el valenciano y mi camarada, a quien derribaron con el tiesto, los ahorcaron dentro de diez días. De las otras camaradas no supe jamás.
CAPÍTULO III
En que trata hasta el milagro de la isla de Lampedosa
Vuelta a Malta con Betrián
EN Malta se holgó el Comendador Monreal de verme y al cabo de algunos días que estuvimos allí nos partimos para Levante, con el galeón y una fragata. Estuvimos más de dos meses sin hacer presa y un día, yendo a tomar puerto en cabo Silidonia, hallamos dentro un bizarro caramuzal que era como un galeón. Embestimos con él y los turcos se echaron en la barca a tierra por salvar la libertad. Ordenó el Capitán fuésemos tras ellos, con ofrecimiento de diez escudos por cada esclavo. Había un pinar grande y yo fui uno de los soldados que saltaron a tierra en seguimiento de los turcos. Llevaba mi espada y una rodela y sin pelo de barba.
Presa de la bandera
Embosqueme en el pinar y topé con un turco como un filisteo, con una pica en la mano y en ella enarbolada una bandera naranjada y blanca. Llamando a los demás, yo enderecé con él y le dije: «¡Sentabajo, perro!» El turco me miró y rió diciéndome: «Bremaneur casaca cocomiz», que quiere decir: «Putillo que te hiede el culo como un perro muerto». Yo me emperré y embracé la rodela y enderecé con él, con que ganándole la punta de la pica le di una estocada en el pecho que di con él en tierra y quitando la bandera de la pica me la ceñí. Y estaba despojando cuando llegaron dos soldados franceses diciendo: «A la parte». Yo me levanté de encima del turco y embrazando mi rodela les dije que lo dejaran, que era mío, o que los mataría. Ellos les pareció que era de burla y comenzamos a darnos muy bien, sino que llegaron otros cuatro soldados con tres turcos que habían tomado y nos metieron en paz, con lo cual nos fuimos todos juntos al galeón sin que despojásemos al herido de cosa alguna. Contose todo al Capitán, el cual, tomada la confesión al turco, dijo que yo solo era el dueño de todo. Los franceses casi se amotinaban, porque yo solo era español en todo aquel galeón y había de franceses más de cien. Y así hubo de dejar el Capitán el caso hasta Malta, delante de los señores del Tribunal del Armamento. Tenía el turco encima cuatrocientos cequíes de oro; el caramuzal estaba cargado de jabón de Chipre. Metieron gente dentro y enviose a Malta, y nosotros nos quedamos a buscar más presas, y fuimos la vuelta de las cruceras de Alejandría.
Pelea con la xelma
Y de parte de tarde descubrimos un bajel al parecer grandísimo, como lo era. Tomámosle por la juga por no perderle; y así nos encontramos a medianoche, y con el artillería lista le preguntamos: «¿Qué bajel?»; respondió: «Bajel que va por la mar»; y como él venía listo también, porque de un bajel no se le daba nada, a causa que traía más de cuatrocientos turcos dentro y bien artillado, dionos una carga que de ella nos llevó al otro mundo diecisiete hombres, sin algunos heridos. Nosotros le dimos la nuestra, que no fue menos; abordámonos y fue reñida la pelea, porque nos tuvieron ganado el castillo de proa y fue trabajoso el rechazarlos a su bajel. Quedámonos esta noche hasta el día con lo dicho, y amaneciendo nos fuimos para él, que no huyó; pero nuestro capitán usó de un ardid que importó, dejando en cubierta no más de la gente necesaria y cerrados todos los escotillones, de suerte que era menester pelear o saltar a la mar. Fue reñida batalla, que les tuvimos ganado el castillo de proa muy gran rato, y nos echaron de él, con que nos desarrizamos y le combatíamos con el artillería, que éramos mejores veleros y mejor artillería.
Aquí vi dos milagros este día que son para dichos: y es que un artillero holandés se puso a cargar una pieza descubierto y le tiraron con otra de manera que le dio en medio de la cabeza, que se la hizo añicos, y roció con los sesos a los de cerca, y con un hueso de la cabeza dio a un marinero en las narices, que de nacimiento las tenía tuertas. Y después de curado, quedaron las narices tan derechas como las mías, con una señal de la herida. Otro soldado estaba lleno de dolores que no dejaba dormir en los ranchos a nadie, echando por vidas y reniegos. Y aquel día le dieron un cañonazo o bala de artillería raspándole las dos nalgas, con lo cual jamás se quejó de dolores en todo el viaje, y decía que no había visto mejores sudores que el aire de una bala. Pasamos adelante con nuestra pelea aquel día a la larga, y viniendo la noche trató el enemigo de hacer fuerza para embestir en tierra, que estaba cerca, y siguiéndole nos hallamos todos dos muy cerca de tierra, con una calma, al amanecer, día de Nuestra Señora de la Concepción, y el capitán mandó que todos los heridos subiesen arriba a morir, porque dijo: «Señores, o a cenar con Cristo o a Constantinopla». Subieron todos y yo entre ellos, que tenía un muslo pasado de un mosquetazo y en la cabeza una grande herida que me dieron al subir en el navío del enemigo, con una partesana, el día antes cuando ganamos el castillo de proa. Llevábamos un fraile carmelita calzado por capellán y díjole el Capitán: «Padre, échenos una bendición, porque es el día postrero». El buen fraile lo hizo, y acabado mandó el Capitán a la fragata que nos remolcase hasta llegar al otro bajel, que estaba muy cerca; y abordándonos fue tan grande la escaramuza que se trabó que, aunque quisiéramos apartamos, era imposible, porque había echado un áncora grande, con una cadena, dentro del otro bajel, porque no nos desasiéramos. Duró más de tres horas y al cabo de ellas se conoció la victoria por nosotros, porque los turcos, viéndose cerca de tierra, se comenzaron a echar a la mar, y no veían que nuestra fragata los iba pescando. Acabose de ganar, con que después de haber aprisionado los esclavos se dio a saquear, que había mucho y rico. Y eran tantos los muertos que había dentro que pasaban doscientos cincuenta, y no los habían querido echar a la mar porque nosotros no lo viéramos. Echámoslos nosotros y vi aquel día cosa que para que se vea lo que es ser cristiano; digo que entre los muchos que se echaron a la mar muertos, hubo uno que quedó boca arriba, cosa muy contrario a los moros y turcos, que en echándolos muertos a la mar, al punto meten la cara y cuerpo hacia abajo y los cristianos hacia arriba; preguntamos a los turcos que teníamos esclavos que cómo aquél estaba boca arriba y dijeron que siempre lo habían tenido en sospecha de cristiano y que era renegado bautizado, y cuando renegó era ya hombre, de nación francesa. Reparamos nuestro bajel y el preso, que todos dos lo habían menester, y tomamos la vuelta de Malta, donde llegamos en breve tiempo.
Que no jugasen
Y como la presa era tan rica, mandó el capitán nadie jugase, porque cada uno llegase rico a Malta. Mandó echar los dados y naipes a la mar y puso graves penas quien los jugase, con lo cual se ordenó un juego de esta manera: hacían un círculo en una mesa, como la palma de la mano, y en el centro de él otro círculo chiquito como de un real de a ocho, en el cual todos los que jugaban cada uno metía dentro de este círculo chico un piojo y cada uno tenía cuenta con el suyo y apostaban muy grandes apuestas, y el piojo que primero salía del círculo grande tiraba toda la puesta, que certifico la hubo de ochenta cequíes. Como el Capitán vio la resolución, dejó que jugasen a lo que quisiesen: ¡tanto es el vicio del juego en el soldado! En Malta puse pleito por mi esclavo que tomé en tierra en cabo Silidonia, y habiéndose hecho de una parte y otra lo necesario, dieron sentencia los señores del Armamento: ue los cuatrocientos cequíes entrasen en el número de la presa y que a mí se me diesen cien ducados de joya por el prisionero y la bandera, con facultad que la pusiese en mis armas por despojo si quería, lo cual hice con mucho gusto, y entregué la bandera a una iglesia de Nuestra Señora de la Gracia.
Tocome con las partes y galima que hice más de mil quinientos ducados, los cuales se gastaron brevemente. Y viendo que las galeras de la Religión estaban de partencia para Levante a hacer una empresa, me embarqué en ellas por venturero, y en veinticuatro días fuimos y vinimos, habiendo tomado una fortaleza que está en la Morea, que se llama Pasaba, de la cual se trajeron quinientas personas entre hombres y mujeres y niños, el gobernador y mujer, hijos y caballo, y treinta piezas de artillería de bronce, que se espantó el mundo, sin perder un hombre; verdad es que pensaron era la armada de cristianos que estaba en Mesina junta. Luego, el mismo año, que fue 1601, fueron las mismas galeras a Berbería a hacer otra empresa; embarqueme venturero como el viaje pasado y fuimos y tomamos una ciudad llamada La Mahometa. Fue de esta suerte:

Toma de La Mahometa
Llegamos a vista de la tierra la noche antes que hiciéramos esta empresa y caminamos muy poco a poco hasta la mañana, que estuvimos muy cerca. Mandó el General que todos nos pusiésemos turbantes en la cabeza, y desarbolaron los trinquetes, de suerte que parecíamos galeotas de Morato Raez (y ellos lo pensaron) enarboladas banderas y gallardetes turquescos y con unos tamborilillos y charamolas, tocando a la turquesca. De esta manera llegamos a dar fondo muy cerca de tierra; la gente de la ciudad, que está en la misma lengua del agua, salió casi toda: niños y mujeres y hombres. Estaban señalados trescientos hombres para el efecto, que no fueron perezosos a hacerlo y con presteza embistieron con la puerta y ganaron, con que quedó presa; yo fui uno de los trescientos. Cogimos todas las mujeres y niños y algunos hombres, porque se huyeron muchos. Entramos dentro y saqueamos, pero mala ropa, porque son pobres bagarinos. Embarcáronse setecientas almas y la mala ropa; vino luego socorro de más de tres mil moros, a caballo y a pie, con que dimos fuego por cuatro partes a la ciudad y nos embarcamos. Costonos tres caballeros y cinco soldados que se perdieron por codiciosos, con que nos volvimos a Malta contentos, y gasté lo poco que se había ganado, que las quiracas de aquella tierra son tan hermosas y taimadas que son dueñas de cuanto tienen los caballeros y soldados.

Lengua del armada del Turco De allí a pocos días me ordenó el señor Gran Maestre Viñancur fuese a Levante con una fragata a tomar lengua de los andamentos de la armada turquesca, por la práctica que tenía de la tierra y lengua. Llevaba la fragata, entre remeros y otros soldados, treinta y siete personas, de que yo era capitán, y para ello me dieron mi patente firmada y sellada del Gran Maestre. Fui a Levante y entré en el Archipiélago; tuve noticia de unas barcas cómo la armada había salido de los castillos afuera y que quedaba en una isla que se llama el Tenedo, y que iba la vuelta de Jío. Yo me entretuve hasta ver que llegase a Jío, y sabiendo que estaba allí, aguardé a ver si iba a Negroponte, que está en la Morea, fuera del Archipiélago; porque si no sabía la certidumbre si iba a tierra de cristianos o se quedaba en sus mares, no hacía nada.
Y es a saber que todos los años el General de la Mar sale de Constantinopla a visitar el Archipiélago, que son muchas islas habitadas de griegos, pero los corregidores son turcos, y de camino recoge su tributo, que es la renta que tiene, y hace justicia y castiga y absuelve; además, que todas aquellas islas le tienen guardado su presente, conforme es cada una, y tiene la habitación y muda los corregidores. Trae consigo la real con otras veinte galeras, que están en Constantinopla, la escuadra de Rodas, que son nueve, las dos de Chipre y una de las dos de Alejandría, dos de Trípol de Suria, una de Egipto, otra de Nápoles de Romania, tres de Jío, otras dos de Negroponte, otra de la Cábala, otra de Mitilín. Éstas no son del Gran Turco, solas las de Constantinopla y las de Rodas; que las demás son de los gobernadores que gobiernan estas tierras que [he] nombrado. Acuérdome de las dos de Damiata, que es por donde pasa el Nilo, y en él están estas dos galeras, y juntas hace[n] su visita, como digo, en el Archipiélago. Y cuando ha de salir de él y venir a tierra de cristianos se juntan las de Berbería, Argel, Bizerta, Trípol y otras que arman para hacer cuerpo de armada, como lo hicieron este año, pero si no llegan a despalmar y tomar bastimentos a Negroponte, no hay pensar vayan a tierras de cristianos.
Supe de cierto despalmaban y tomaban bastimentos en Negroponte y fuime a aguardar a Cabo de Mayna, y del dicho cabo descubrí la armada que era de cincuenta y tres galeras con algunos bergantinillos. Partime para la isla de la Sapiencia, que está enfrente de Modón, ciudad fuerte de los turcos, y cerca de Navarín; de allí me vine al Zante, ciudad de venecianos en una isla fértil, y estuve hasta saber había partido de Navarín, y atravesé a la Chefalonia, también isla de venecianos, y de allí me vine de golfo a la Calabria, que hay cuatrocientas millas. Llegada a Ríjoles y aviso de la armada Tomé el primer terreno y di aviso cómo la armada venía, y costeando la tierra fui dando aviso hasta llegar a Ríjoles, donde tuve noticia cierta iba a saquear, como lo había hecho otro general su antecesor que se llamaba Cigala.
Fui bien recibido del gobernador de Ríjoles, que era un caballero del Hábito de San Juan que se llamaba Rotinel, el cual se previno llamando gente de su distrito y caballería, y fue menester darse buena prisa porque la armada estuvo dada fondo en la fosa de San Juan, distante de Ríjoles quince millas, al tercer día; y por los caballos que iban y venían de la fosa de San Juan a Ríjoles supimos cómo la armada echaba gente en tierra. El Gobernador les hizo una emboscada que les degolló trescientos turcos y tomó a prisión sesenta, con que se embarcaron sin hacer daño ninguno. Y a mí me mandó el Gobernador me metiese en mi fragata y atravesase el foso y diese aviso a las ciudades Tabormina y Zaragoza y Augusta, que están en la costa de Sicilia, enfrente de la fosa de San Juan, distante veinte millas; lo cual hice atravesando por medio de su armada, y habiendo hecho lo que se me ordenó pasé a Malta y di aviso de lo referido y estúvose con cuidado, aunque la armada vino a la isla del Gozo, donde tenemos una buena fortificación, y como estaban ya con aviso, cuando el enemigo quiso desembarcar, la caballería que hay en aquella isla no se lo consintió, ni que hiciesen agua. Este fin tuvo este año la armada del Turco en nuestras tierras. Pasáronse algunos días con las quiracas, y enviáronme a Berbería a reconocer la Cántara, que es una fortaleza que está en Berbería cerca de los Gelves, y es cargador de aceite, y se tenía nueva cargaban dos urcas para Levante.
Ermita de la Lampedosa
Salí del puerto de Malta con mi fragata bien armada camino de Berbería, y a medio camino hay una isla que llaman la Lampedosa, donde cogimos a Caradalí, aquel corsario; tiene un puerto capaz para seis galeras y hay una torre encima del puerto muy grande, desierta. Dicen está encantada y que en esta isla fue donde se dieron la batalla el rey Rugero y Bradamonte: para mí, fábula. Pero lo que no lo es: hay una cueva que se entra a paso llano; en ella hay una imagen de Nuestra Señora con un Niño en brazos, pintada en tela sobre una tabla muy antigua y que hace muchos milagros; en esta cueva hay su altar en que está la imagen, con muchas cosas que han dejado allí de limosnas cristianos, hasta bizcocho, queso, aceite, tocino, vino y dinero. Al otro lado de la cueva hay un sepulcro, donde dicen está enterrado un morabito turco que dicen es un santo suyo y tiene las mismas limosnas que nuestra imagen, más y menos, y mucho ropaje turquesco; sólo no tiene tocino. Es cosa cierta que esta limosna de comida la dejan los cristianos y turcos porque cuando llegan allí, si se huye algún esclavo, tenga con qué comer hasta que venga bajel de su nación y le lleve, si es cristiano o turco; hémoslo visto porque con las galeras de la Religión se nos ha huido moros y quedádose allí hasta que ha venido bajel de moros y se embarca en él, y en el ínter come de aquel bastimento.
Saben si son bajeles de cristianos o moros los que quedan allí en esta forma: la isla tiene la torre dicha, donde suben y descubren a la mar, y en viendo bajel, van de noche entre las matas y al puerto, y en el lenguaje que hablan es fácil de conocer si es de los suyos; llaman y embárcanlo; esto sucede cada día. Pero adviértese que ni él ni ninguno de los bajeles no se atreverá a tomar el valor de un alfiler de la cueva, porque es imposible salir del puerto; y esto lo vemos cada día. Suele estar ardiendo de noche y día la lámpara de la Virgen sin haber alma en la isla, la cual es tan abundante de tortugas de tierra, que cargamos las galeras cuando vamos allí, y hay muchos conejos. Es llana como la palma, bojea ocho millas. Toda esta limosna, que es grande, no consiente la imagen la tome ningún bajel de ninguna nación, si no son las galeras de Malta y lo llevan a la iglesia de la Anunciada de Trápana. Y si otro lo toma no hay salir del puerto.

CONTINUARÁ…

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