El Último Conquistador, La batalla de Acoma.

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El Camino Real de Tierra Adentro era la ruta que llevaba desde la ciudad de México hasta la de Santa Fe de Nuevo México, actualmente capital del Estado homónimo integrado en los Estados Unidos; y durante más de dos siglos fue el cordón umbilical que mantuvo ligada a esta remota provincia del septentrión de la Nueva España. Cada tres años partía la llamada ‘conducta’, una caravana que trasladaba ganados, aperos y gentes, para mantener la colonización española en aquellas tierras. A través del Camino Real de Tierra Adentro penetró la cultura hispana en el Suroeste de Estados Unidos.
Cuando la corona española decide no abandonar la provincia de Nuevo México, ruinosa en todos los sentidos, sino mantenerla por razones de no desamparar a los indios ya cristianizados, el virreinato de Nueva España organiza un sistema para abastecer regularmente las misiones, presidios y ranchos del norte. Es la llamada conducta, caravana de carretas que parte cada tres años de la ciudad de México con destino a la tierra de frontera. Iniciaba el largo y dificultoso recorrido de seis meses tras la época de lluvias.
En el convoy viajaban frailes, colonos y soldados de escolta, así como múltiples artículos: plantones, semillas, muebles, instrumentos musicales, vestuario, papel, tinta, etc. A la retaguardia seguían ovejas, caballos, vacas, cerdos, cabras y el resto de muestrario de la ganadería española lista para ser transplantada en el septentrión hispano. A la vuelta, los carros cargaban vino, productos agrícolas, pieles de bisonte, mantas y otras mercancías de Nuevo México, que eran vendidas en la famosa feria anual de Chihuahua, y más adelante acopiaban plata procedente de las minas del Paral, Guanajuato y Zacatecas.
Todo este surtido humano y material viajaba a bordo de treinta y dos sólidos carretones de cuatro ruedas tirados por bueyes, con toldos arqueados y capaces de transportar dos toneladas de carga. Los bueyes, aunque menos espantadizos que las mulas, eran más lentos y se desenvolvían peor en terrenos lodosos y en fuertes pendientes, lo que hizo que paulatinamente los trenes de carros fueran reemplazados por recuas de mulas manejadas por arrieros que redujeron el tiempo de viaje a cuatro meses.
Muchas eran las incertidumbres que enfrentaban los viajeros. Las crecidas de los ríos, como las del Nazas, podían forzar semanas de espera en las orillas hasta poder vadearlos. En el otro extremo aparecían las sequías prolongadas, que hacían sufrir lo indecible a hombres y animales.
Lo más temido era la travesía de la llamada Jornada del Muerto, más allá de El Paso, cien kilómetros sin un solo ojo de agua donde aprovisionarse. También se sentían amedrentados ante las dunas de Samalayuca, arenas móviles que obligaban a dar un gran rodeo a la caravana. Eran tantos los inconvenientes como los temores, y tantas las presentes decepciones como las supuestas riquezas que esperaban allá lejos.
Con todo, confrontando los deseos con los recelos, el mayor de los peligros era el de los asaltos. Había bandas especializadas que desde México a Querétaro acechaban la caravana, repleta de valiosos artículos. Y, sobre todo, a partir de Zacatecas, la mayor amenaza fueron los ataques indios, más frecuentes a medida que se progresaba hacia el Norte. Su objetivo principal eran los caballos, pero no desdeñaban otras rapiñas e incluso mujeres y niños. Las tropas de los presidios hacían relevos para dotar al convoy de una protección adicional, y cuando la caravana se adentraba en las áreas más comprometidas, para pasar la noche los carros formaban un círculo con las personas y los animales dentro.
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Siguiendo los estudios históricos de los investigadores Fernando Martínez Láinez, Carlos Canales Torres y Borja Cardelús, para completar en tiempo y circunstancias la historia del acontecimiento hay que remontarse al año 1550, cuando el rey-emperador Carlos I dicta instrucciones para que no se realizase ninguna conquista o exploración hasta que un organismo especial instituido en cada Audiencia examinase si las conquistas se podían hacer “sin injusticias a los indígenas que viviesen en esas tierras”. Ante tal imposición, el virrey de Nueva España, Álvaro de Zúñiga, marqués de Villamanrique, ordenó que se explorase y colonizase Nuevo México de acuerdo a estos principios, mantenidos también por el rey Felipe II.
El primer proyecto serio para colonizar las tierras al norte de Chihuahua fue el de Gaspar Castaño de Sousa (o Sosa), en 1580 y el segundo el de Cristóbal Martín, en 1583. Hubo otras propuestas de expedición como la de Hernán Gallegos, la de Francisco Díaz de Vargas, y solicitudes colonizadoras como la de Francisco de Urdiñola, conquistador de Nueva Vizcaya, y la de Juan Bautista de Lomas y Colmenares.
La Corona española, resuelta a la colonización de Nuevo México, en el septentrión del continente americano, apenas un siglo antes descubierto, y a que se hiciera conforme a las ordenanzas de 1573, abrió la oferta de candidatos con la condición de que el peso financiero habría de ser asumido por ellos; lo que limitaba la posibilidad a los hombres más ricos de Nueva España.
Hubo varios aspirantes, pero la elección recayó en Juan de Oñate, hijo de Cristóbal de Oñate, uno de los descubridores de las minas de Zacatecas, casado con Isabel Tolosa Cortés Moctezuma, nieta del conquistador de México y bisnieta del emperador azteca.
Recibió el permiso real en septiembre de 1595, pero a partir de ahí comenzó un martirio burocrático causado por los envidiosos funcionarios del virreinato, celosos de que Oñate pudiera unir la gloria a su enorme fortuna. El contrato estipulaba que Oñate debía financiar una expedición colonizadora, para descubrir y poblar “con toda paz, amistad y cristiandad”, compuesta de 200 hombres bien armados y equipados, con sus familias, cinco sacerdotes y un lego; 1.000 reses (cabezas de vacuno), 3.000 ovejas churras, 1.000 carneros, 150 potros y 150 yeguas, además de caballos para los expedicionarios; equipos, aperos, mobiliario, herramientas y material de repuesto para las carretas, los vehículos de ruedas y las cabalgaduras; a lo que se sumaba un transporte de harina de trigo, maíz, carne en salazón, galletas, aves de corral, frutos secos, útiles corrientes para la administración de la comitiva: papel, tinta; y un surtido de medicinas. A cambio de ello recibía el título de Gobernador, Adelantado y Capitán General de Nuevo México, por dos generaciones, con derecho a otorgar encomiendas y repartimientos de indios. Algo muy importante para convencer a los indecisos: los nuevos colonos tendrían la condición de hidalgos.
Correspondía al virrey el suministro de las municiones, tres mil libras de pólvora, y los cañones, más de diez mil proyectiles de arcabuz.
Cuando parecía que todo estaba listo, el virrey Luis de Velasco, mentor de Oñate, fue nombrado virrey del Perú, sustituyéndole Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, que impuso un retraso considerable a la partida. El nuevo virrey tenía un candidato propio, y le contrariaban los lógicos deseos de Oñate de prescindir de la Administración del virreinato y entenderse directamente con el rey.
El propio Felipe II tuvo que despachar la orden de salida de la expedición, pero los funcionarios virreinales forzaron una nueva inspección, para desesperación de Oñate, varado en Santa Bárbara, en Chihuahua, con su gente, y que veía como mermaban sus fondos y desertaban los hombres. Esta última inspección fue hostil, y los mezquinos burócratas a punto estuvieron de conseguir su propósito de desbaratar la partida. Pero el corajudo Oñate al fin pudo dar la orden de marcha el 26 de enero de 1598, más de dos años después de obtener el permiso.
La larga caravana de hombres, animales y carretas (83 carros tirados por bueyes) ocupaba una legua, y en ella viajaban sus dos sobrinos, los Zaldívar y Gaspar de Villagrá, que cantaría la épica del viaje en un largo poema de pocas cualidades literarias pero de enorme interés histórico.
Con el fin de evitar errores, Vicente de Zaldívar, sobrino de Oñate, partió en vanguardia con 17 hombres para abrir camino y destruir obstáculos que pudieran perjudicar a la expedición.
En febrero, fray Diego Márquez, el franciscano que acompañaba a la expedición, había decidido regresar a México, y el capitán Farfán, que le acompañó en su retorno, se incorporó de nuevo a la expedición acompañado de dos padres y ocho hermanos franciscanos que se unieron al grupo principal el 3 de marzo y serían los responsables de la evangelización de Nuevo México.
Avanzando hacia el Norte, pararon junto a un río al que llamaron Jueves Santo y donde acamparon en Semana Santa.
Cuando Oñate salió de Santa Barbara (actual Chihuahua), esta localidad era hasta entonces la más septentrional de Nueva España, y final de uno de los cuatro caminos del virreinato. Todos los caminos nacían en México: el primero iba hasta Veracruz, al Sureste, el segundo llegaba a Acapulco, al Suroeste, el tercero a Guatemala, al Sur y el cuarto, el de Durango, era el citado que finalizaba en Santa Bárbara. Más allá se perfilaba el Río Grande y un territorio por descubrir.
La partida del Adelantado Oñate, con sus 83 carros y 7.000 cabezas de ganado, al fin tuvo efecto.
Oñate desechó el itinerario seguido por sus predecesores y eligió un atajo a través de las dunas de Samalayuca, arenas móviles que obligaba a dar un gran rodeo para evitar su peligro, que no obstante llevó a la caravana por una ruta más directa hasta El Paso, señalando el trazado de lo que sería el Camino Real de Tierra Adentro.
Antes de llegar al Río Grande hubo que atravesar el río de las Conchas, para lo que fue preciso construir un puente disponiendo 24 ruedas de las carretas atadas con amarras, remontando a continuación hasta el Río Grande, alcanzado el 20 de abril y cruzado el día de la Ascensión. En la orilla norte, actual ciudad de El Paso, levantaron una capilla que a las tres semanas ya estaba lista para la celebración de la primera misa. El 8 de septiembre de 1598 fue el día señalado para dar gracias por la suerte que hasta el momento acompañaba a los expedicionarios. El superior de los franciscanos, fray Alonso Martínez, ofició la misa y fray Cristóbal de Salazar dio el sermón. Al cabo, Juan de Oñate celebró una ceremonia con carácter oficial en la que tomó posesión de Nuevo México en nombre de España y de su rey Felipe II. Ese fue el primer Día de Acción de Gracias de la historia de los Estados Unidos, que antecede en 23 años al de los Padres Peregrinos de Plymouth. Hubo banquete, baile, juegos y se representó una obra de teatro compuesta por Marcos Farfán, con tema evangelizador; probablemente fue la primera representación teatral, propiamente dicha, de la historia de los Estados Unidos.

Acoma

Repuestos en parte de las penalidades pasadas, la ruta siguió camino septentrional hasta Santo Domingo Pueblo, desde donde Oñate decidió enviar mensajeros a las poblaciones vecinas anunciando su llegada, quiénes eran y la ocasión del encuentro. La toma de contacto con los indígenas fue amistosa y de común acuerdo exploradores y autóctonos quedó fundada, al norte de Santo Domingo, la población de San Juan de los Caballeros, tanto por la condición de hidalgos ganada por todos los colonos como por la hospitalidad indígena. Pronto el núcleo de la colonia se trasladaría a un valle próximo pero más amplio, en la confluencia de los ríos Chana y Grande, fundándose San Gabriel, el 18 de agosto de 1598 (la segunda ciudad fundada en los actuales Estados Unidos, tras San Agustín de la Florida), capital durante diez años hasta la fundación de Santa Fe en entre 1607 y 1610 (Villa Real de la Santa Fe de San Francisco de Asís); desde entonces capital de Nuevo México.
En las proximidades de San Gabriel estableció la caravana su campamento de invierno hasta decidir por dónde proseguir la ruta; el invierno de 1598-99.
Era obvio que la pobreza de San Gabriel no podía ser el destino de una expedición tan amplia y costosa. Hubo conatos de revuelta, sofocados enérgicamente por Oñate y sus fieles, así como una deserción de cuatro soldados. Oñate designó a Gaspar Pérez de Villagrá, soldado y poeta, héroe de la historia de Nuevo México al cabo, para dar con ellos y traerlos de vuelta para ser juzgados. Tras una persecución épica por kilómetros de territorio indómito y desconocido, detuvo a dos que fueron condenados a muerte y ejecutados en San Gabriel.
Pero el malestar persistía y también las dudas sobre la conveniencia del proyecto. Por lo que Oñate, a imitación de su predecesor Pedro Castañeda de Nájera, quien refería maravillas a descubrir en aquellos lugares nuevos, se animó a buscar el atractivo de nuevas y mejores tierras, metales preciosos y perlas, para el asentamiento y la colonización.
Asentados provisionalmente en el lugar los nuevos residentes, Oñate envió comisionados a México en busca de refuerzos colonizadores y, a la vez, despachaba a sus oficiales para reconocer los confines y las posibilidades de la provincia. Vicente Zaldívar exploraba hacia el Este, teniendo el encuentro con los indios de Acoma, y él, al igual que otros predecesores, se dejó seducir por los cantos de sirena de la Gran Quivira (asentamiento indígena mencionado por Francisco Vázquez de Coronado del que no se ha vuelto a tener noticia, desde el que inició travesía descubridora hacia el Gran Cañón del Colorado García López de Cárdenas, primer europeo en documentar el paraje). Atravesó las montañas Manzano y, bajo la guía de José, el indio superviviente de la desgraciada expedición de Leyva de Bonilla, se internó a través de Oklahoma en las llanuras de los cíbolos, los búfalos de las praderas, dirigiéndose hacia el Sur después para alcanzar la actual Texas sin hallar cosa que se pareciese a la deslumbrante ciudad de los sueños de tantos conquistadores, la que inútilmente persiguieran Coronado, Castaño o Chamuscado.
Era el turno aventurero de Oñate, dirección al Oeste, con la idea de llegar al océano Pacífico. Cruzó el territorio de Arizona, encontró el río Colorado y siguió su curso, llegando hasta su desembocadura en el extremo del Mar de Cortés, lo que consideró un hallazgo geográfico prometedor como posible puerto para el abastecimiento de Nuevo México. A la vuelta, en el lugar llamado El Morro, en el occidente de Nuevo México, dejó impresa en una piedra una famosa inscripción: “Por aquí pasó el Adelantado don Juan de Oñate, al descubrimiento del Mar del Sur, a 16 de abril de 1605”. Cuando regresó a San Gabriel no traía plata ni perlas en las alforjas, pero sí un montón de narraciones fabulosas, contadas por los indios de aquellos páramos: gentes que caminaban sobre un solo pie; otros que se alimentaban con el solo olor del alimento, sin dejar excrementos; tribus cuyos miembros tenían una enorme oreja con la que se envolvían al dormir. Una buena colección de fantasías con las que esperaba ganar el apoyo de las autoridades virreinales. Pero después de seis años de asentamiento de la colonia, no eran precisamente leyendas fantásticas lo que el virrey deseaba oír.
Cinco meses duró la ausencia de Oñate de la base de San Gabriel, tiempo suficiente como para que los colonizadores, desalentados por no hallar las riquezas que esperaban, abandonaran en gran medida el poblado y regresaran a la seguridad de México. Oñate se había dado cuenta de la magnitud de las distancias, imposibles de afrontar con medios precarios y aún menos con urgencias. Desistió de llegar al océano de poniente en aquella ocasión, coincidiendo en el camino de regreso con su sobrino Juan Zaldívar, conviniendo ambos en intentarlo de nuevo en breve. Pero no sería posible a causa de un acontecimiento que la historia conoce como La Guerra de la Roca.
La vía que abrió Juan de Oñate, colonizador de gran valor y talento, constituye una de las principales vías culturales de los Estados Unidos, pues en la práctica las comunicaciones entre El Paso y Santa Fe trazan aquel primer Camino Real de tierra adentro. Durante siglos, este camino supuso la mayor vía de intercambio cultural y de mercancías, gracias a la cual las comunidades indígenas del Suroeste de los Estados Unidos de América mantuvieron sus tradiciones, consiguiendo una mejora sustancial en sus condiciones de vida que ha permitido su supervivencia hasta el presente.

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acoma (1)

El odio de los acoma se va a descargar en la figura de su tercer visitante: Juan de Zaldívar. Al aproximarse el maese de campo con una pequeña escolta, no sólo le recibieron bien sino que le invitaron a ascender el Peñol de Acoma y recibir allí abundantes provisiones con que Zaldívar pudiera abastecer al ejército. Dejando su campamento en el llano, ascendió la peligrosa rampa escalonada con 16 de sus camaradas. Las provisiones habían de ser traídas de diversos almacenes desperdigados por el pueblo. Sabemos que las primeras plantas de las casas-terrazas de los indios eran usadas como almacenes de sus cosechas. Seis soldados quedaron cerca de Juan de Zaldívar. Arriba, el cielo brillaba sobre la dura roca. La llanura quedaba abajo a unos cuarenta metros. La ocasión era propicia para la venganza. Los indios arengados por Zutacapan
Alborotados todos lebantaron
Un portento estruendo de alaridos
Juan de Zaldívar, que era consciente de que debería evitar la lucha, decidió retirarse; pero un capitán de su escolta, bravucón y desafiante, le reprochó lo que él juzgaba cobardía. El momento propicio pasó y la lucha se hizo inevitable.
Salió Zutacapán feroz diziendo,
Mueran, mueran á sangre y fuego, mueran,
Todos estos ladrones que han tenido,
Tan grande atrebimiento y desberguença,
Que sin ningún temor ni buen respecto,
Han querido pisar los altos muros
De aquesta illustre fuerça.
Con sus poderosas mazas o macanas incrustadas de guijarros cayeron sobre los españoles y les forzaron a replegarse al despeñadero donde muchos se lanzaron y
Muertos llegaron dando cien mil botes,
Por los más crudos riscos lebantados.
Zaldívar quedó solo ante Zutacapán: estaba dispuesto a vender cara su vida. El combate, como en todos los poemas épicos, se hace cuerpo a cuerpo entre los dos héroes de la historia, hasta que
Al fin con gran cuidado fue bajando,
De aquel Zutacapán la fuera maça
Con tan valiente fuerça que assentada
Sobre las altas sienes del Zaldívar,
Allí rendido le dexó entregado,
Al reposo mortal y largo sueño
Que á todos nos es fuerça durmamos.
Viendo los indios que Juan Zaldívar yacía sobre la roca, con una terrible algarabía se acercaron a descargar sus macanas sobre el cuerpo inerte de Zaldívar.
En la confusión, los cinco soldados que quedaban vivos
El valiente Zapata y Juan de Olague,
El gran León, y fuerte Cavanillas,
Y aquel Pedro Robledo, el animoso,
Se fueron a gran prisa retirando
Hasta llegar a un salto lebantado,
Da más de cien estados descubiertos,
De donde todos cinco se lançaron.
Estos españoles salvaron su vida, excepto Robledo que se mató en la caída. Los otros cuatro cayeron sobre un banco de arena y aunque conmocionados y maltrechos pudieron ser auxiliados por los soldados que guardaban los caballos. Divididos en pequeños grupos para prevenir emboscadas fueron tomando otras rutas hasta retirarse al Real de San Juan. Precavido, el general Oñate dio un gran rodeo para evitar su paso por Acoma.
La fuerza de los acomenses se extendió por la comarca. Sus mazas eran más ágiles y más peligrosas en su meseta que los pesados arcabuces que eran incapaces de ser cargados con premura y cuyos tiros necesitaban hacerse con distancia. Arriba en su roca su superioridad era indiscutible; abajo en la llanura los temibles caballos y las armas de fuego tenían superioridad. Su fortaleza, una vez más, era su protección y su ayuda.
Un serio problema se les presentaba a Oñate y a los españoles concentrados en San Juan: los indios no podían quedar sin castigo. De ser así, sus vecinos imitarían su ejemplo. Por otro lado, el castigo no podría fallar: la roca de Acoma tenía que ser conquistada. La superioridad de las armas españolas era la única posibilidad de establecer la colonia en terreno hostil. Oñate tenía a sus órdenes 200 soldados mientras que sólo en Acoma había más de 300 guerreros. Los indios navajos estaban dispuestos a ayudarles. Oñate tenía que dividir sus fuerzas pues no podía dejar sin protección familiar el Real de San Juan en donde vivían los colonos sin protección militar.
De acuerdo con las Leyes de Indias, el general no podía empezar una guerra hasta probar primero que la causa era justa. Esta prerrogativa estaba en manos de los padres misioneros. Oñate sabía que cada Adelantado de Su Majestad, después de servir su turno debería pasar por un juicio de Causa en que cada decisión podría ser juzgada. El canto XXV de Villagrá se dedica en su totalidad a explicar las razones aducidas para justificar la guerra justa contra Acoma. El general eligió a la persona más idónea para vengar la muerte del maese del campo: su hermano Vicente Zaldívar, el sargento mayor del ejército.
El general dio instrucciones a su sobrino para que conquistara con paz y evitara la guerra con los acomenses. Tales condiciones nunca podrían ser admitidas y ninguno ignoraba que la batalla era inminente. De acuerdo con el general, Vicente Zaldívar debería
Con muchas suzbidad allí llamase;
De paz aquella gente, pues avia,
Rendido la obedencia y entregasen,
Todos los movedores que causaron,
El passado motín…
También les mandaba que abandonaran la roca y que asentaran su pueblo en el llano en donde pudieran ser instruidos en la religión católica. Si los indios no cumplían esto, les aguardaba un castigo ejemplar.
Unos 70 soldados elegidos por su valor, entre ellos el misionero Alonso Martínez, se aprestaron a defender el honor de España y a vengar la muerte de sus camaradas bajo las órdenes del sargento mayor. Entre los elegidos para la empresa estaba también nuestro poeta-soldado. Oñate despidió a sus hombres exhortándoles a que recibiesen la comunión y que no olvidasen la caridad cristiana. Les previno contra los excesos de la venganza y les despidió consciente de que aquel 12 de enero de 1599 podría ser importantísimo para su gobierno.
No bien hubo salido el ejército de Zaldívar, cuando los rumores se hicieron sentir de que el Real había de ser atacado por los indios comarcanos. El general Oñate tenía la responsabilidad de proteger a los colonos y se aprestó a la defensa del pueblo distribuyendo a sus hombres por los distintos lugares accesibles del Real. Había pocos hombres capaces de luchar; pero como los heroínas de la Araucana
… doña Eufemia valerosa
Hizo seguro el campo con las damas,
Que en el Real avia, y fue diziendo,
Que si mandara el General bajasen
Que ellos defenderían todo el pueblo
Mas que si no, que solas las dexasen,
Si asegurar querían todo aquello.
El general quedó contento de ver en embras un valor de tanta estima y mandó que doña Eufemia se encargase de defender aquel barrio de la ciudad y así las damas con gallardo donaire passeavan los techos y terrados vigilando la proximidad de una emboscada.
En lo alto de la roca de Acoma los indios pueblos también hacían sus preparativos de guerra. En su kiva se habían reunido sus caciques para tomar acción.
Chumpo, el Néxtor de esta épica, dio su opinión:
Yo soy, de parecer que con recato
Si en el hecho quereis aseguraros
Que nuestros hijos todos y mugeres,
Salgan de aqueste fuerte, y nos quedemos,
No mas que los varones.
Pero Zutacapán, bravucón, quiso afear el miedo de los precavidos con la ayuda de su hechicero. En las experiencias pasadas, los espías de Acoma habían reportado que en las fiestas de sortijas y cañas los españoles usaron sus armas, pero en cambio no se mataban, por lo cual
Bien claro conozimos y entendimos
No ser sus armas mas que solo asombro
Y al fin todo alboroto, pues sus rayos,
Si assi quereis llamarlos, no hirieron
a ninguno de todos los que andavan,
En medio de sus truenos poderosos.
Los 70 hombres de Zaldívar se aproximaban por el camino de Zia. Llevaban provisiones sólo para dos semanas, obligándose así a acortar el tiempo necesario para la conquista de Acoma. Al ser divisados desde lo alto de la roca los indios dieron sus terribles alaridos de guerra mientras que el pequeño destacamento iba observando que la fortaleza tenía
dos grandes peñoles lebantados.
Mas de trescientos passos decididos
Los terribles assientos no domados
Y estaba un passaman de uno al otro,
De riscos tan sobervios que ygualavan,
Con los disformes cumbres nunca vistas,
Desde cuios assientos fue contando
Zatacapán la gente que venía…
Esta orografía de la roca se describe aquí por primera vez en las crónicas y coincide con la actual configuración de la meseta en que una gran área se une por un estrecho pasadizo a la meseta sur que está deshabitada. En este estrecho passaman de Villagrá hay grandes fisuras en las rocas erosionadas que cortan la superficie. Por lo tanto ni es ni era usado en la época de la conquista.
El canto XXVII y el canto XXVIII del poema se dedica a la descripción de los bailes ceremoniales que hicieron en Acoma para implorar la ayuda de sus dioses. Bailes que tienen todo el sabor de las danzas guerreras que hasta hoy usan los indios de Acoma. Llevaban la misma pintura en sus cuerpos desnudos, se ataviaban con las pieles y máscaras de sus animales sagrados, cuyo espíritu imploraban y bailaban con los mismos ritmos y contorsiones de hoy día. Así los describen los españoles en 1599.
Y assi salio bramando con su gente,
Qual jugando la maça y gruesso leño,
Qual la sobervia galga despedida,
Del lebantado risco, peñasco,
Qual tirava la piedra, qual la flecha,
Qual de pintados mantos se adornava,
Y de diversas pieles y pellicos,
Otros tambien alli se entretejian,
Entre cuias libreas se mostrava,
Vna grandiosa suma nunca vista,
De barvaras bizarras, muy hermosas,
Las partes bergonçosas enseñando,
A vuestros Castellanos, confiadas,
De la victoria cierta que esperaban,
Tambien entre varones y mugeres,
Andavan muchos barvaros desnudos,
Los torpes miembros todos descubiertos,
Tiznados, y embijados de unas rayas
Tan espantables, negras y grimosas,
Qual si demonios brauos del infierno,
Fueran don sus melenas desgrañados,
Y colas arrastrando, y unos cuernos,
Desmesurados, gruessos y crecidos,
Con cuios trajes todos sin verguença,
Saltaua como corços por los riscos,
Diziéndonos palabras bien infames.
Mientras los indios se preparaban a luchar invocando a los espíritus, los españoles preparaban su estrategia. Antes de salir el alba un grupo elegido de 12 soldados, entre los cuales iba nuestro capitán, debería esconderse entre las cuevas de la meseta sur, que estaba deshabitada. Lo difícil sería pasar a la meseta principal a través de los peligrosos pasadizos erosionados. Para ello deberían arrastrar un madero que sirviera de puente entre roca y roca. Al amanecer darían el grito de ¡Santiago! y se lanzarían todos los demás a ascender la roca por el camino más asequible. De esta manera los indios abandonarían sus puestos de la meseta sur y concentrarían su fuerza en rechazar a los españoles que ascendían a la meseta habitada.
Pero los indios habían elegido a un capitán de guerra extraordinario. Era Giocombo, el nuevo Caupolicán del oeste americano. Con prudencia y sagacidad preparó su táctica. Sus indios, escondidos también en las rocas, deberían dejar pasar a los españoles sin molestarlos y una vez arriba cortarían su retirada cogiéndoles entre dos fuegos.
Antes de la batalla fue también, como el héroe araucano a despedirse de su compañera Luzcoija, que no quería dejarle partir.
Que si vienes Señor para boluerte
Que el alma aqui me arranques, que no es justo,
Que viua yo sin ti tan sola vn hora,
Y assi la boz suspensa, colocando,
Aguardando respuesta fue diziendo,
El afligido baruaro señora,
Iuro por la belleza de essos ojos,
Que son descanso y lumbre de los mios,
Y por aquesos labios con que cubres,
Las orientales perlas regaladas,
Y por aquestas blandas manos bellas,
Que en tan dulze prision me tienen puesto,
Que ya no me es possible que me escuse,
De entrar en la batalla contra España,
Por cuia causa es fuerça que te alientes,
Y que tambien me esfuerçes, porque buelua,
Aquesta triste alma à sólo verte,
Que aunque es verdad que teme de perderte,
Firme esperança tiene de gozarte,
Y aunque mil vezes muera te prometo,
De boluer luego à verte y consolarte,
Y porque assi querido amor lo entiendas,
El alma y coraçon te dexo en prendas.
Era el día de san Vicente, onomástico del sargento mayor, y el padre Martínez ofreció el sacrificio de la santa misa por vez primera entre las rocas de Acoma. Todos los españoles habían comulgado (lo que fue el Viático para muchos), menos un soldado que, obstinado, no había aceptado la reconciliación religiosa.
El padre les recordó:
Que aquese es el valor de Castellanos,
Vencer sin sangre y muerte, al que acometen…
La batalla había llegado a su momento decisivo. Mientras el ejército trepaba por el camino esperado, los doce valientes avanzaban en sus posiciones acercándose a los suyos. Para salvar las hendiduras de las rocas iban usando el tronco de árbol preparado. Ya habían salvado la primera zanja cuando fueron sorprendidos por los indios valientes de Giocombo. La retaguardia no pudo ayudar porque un soldado en su premura había arrastrado el árbol al otro lado de la segunda zanja. Los españoles sitiados pidieron a voces que pusieran el madero-puente entre las zanjas para ayudarles.
Oyendo pues aquesto retiréme,
Porque entendí Señor que à mi dezia,
Cosa de nueve passos, y qual Curcio
Casi desesperado fui embistiendo,
Aquella primer çanja, y el sargento
Pensando que pedazos me haría,
Assione del adarga, y si no suelta
Sin duda fuera aquel el postrer tiento,
Que diera a la fortuna yo en mi vida,
Mas por largarme presto fui alentando,
La fuerça de aquel salto de manera,
Que al fin salvè la çanja y el madero,
No libre de temor y de rezelo
Fui como mejor pude alli arrastrando,
Y puesto en el passage los dos puestos,
Passaron con presteza, allí los vuestros
(soldados del Rey Felipe II).
Villagrá con su impetuosidad e imprevisión acostumbrada se convirtió en el héroe de la jornada. Todavía hoy en lo alto de Acoma, los guías indios señalan el lugar del salto que, como el de Alvarado en México, ha pasado a la historia.
La lucha calle a calle, casa a casa, fue horrorosa. Ningún lado se daba por vencido. Los españoles pegaron fuego a la ciudad para ver si los indios queres se rendían. Hubo un intento de rendirse Zutacapán, pero al saber las condiciones que imponían los castellanos de Juan Zaldívar, el guerrero indio volvió a la lucha. Según Villagrá, la lucha duró tres días; los acomenses, como nuevos numantinos, prefirieron arrojarse a las llamas antes que entregarse al enemigo. Se mataron los unos a los otros y dejaron que el fuego consumiese la ciudad.
Giocombo es el primero que recuerda a sus hombres la promesa:
Firmes en la promesa que juramos,
Que à la felice muerte las gargantas
Las demos y entreguemos, pues no queda
Para nuestra salud mayor remedio.
La bravura de los indios y sus jefes, en especial Giocombo y Bempol, hace que Zaldívar quiera la paz. El viejo Chumpo es el único que la acepta
Echándole los braços el Sargento
En peso le tomó y con gran respecto,
Abraçado le tuvo por buen rato
Y después que con mucho amor le dixo,
Razones y palabras de consuelo…
Zaldívar pudo así encontrar los restos de su hermano que habían sido consumidos por el fuego en una gran pira a la que ofrecieron los indios sus plumas, mantas, pellicos, flechas y macanas en agradecimiento por haber obtenido la muerte del castellano.
En este lugar se levantó una cruz mientras que el poema dice que Zaldívar dijo:
¡Aquí fue Troia nobles caballeros!
La paz se hizo en Acoma. Estaba claro que había vencedores y vencidos. El orgullo indio no pudo comprenderlo. Por vez primera su roca había sido ocupada. Era necesario explicar la situación de alguna manera honrada. Entre ellos se corrió el rumor de que un ser sobrenatural, acompañado de una mujer, había venido en ayuda de los españoles.
El desconocido iba
En un blanco cavallo suelto, y tiene,
la barra larga, cana y bien poblada,
Con él buscaban a
Vna bella donzella tambien buscan,
Mas hermosa que el sol, y mas que el Cielo,
No pudiendo encontrarles entre los españoles y Zaldívar le respondió a Chumpo
Que son bueltos al Cielo, donde tienen
Del assiento su morada, y que no salen,
Si izo es à defendernos u ayudarnos…
Santiago sigue caminando en su caballo por la vía láctea de Nuevo México. En muchas iglesias, hoy día, le vemos todavía matando a moros (no indios) adornados de turbantes y de rojas capas. La Virgen María también tiene un culto muy extendido.
La paz de Acoma no podría traer amistad; el odio al invasor va a durar hasta la revuelta de todos los indios pueblos en 1690. Como presagio del futuro Villagrá cierra su poema con el heroico suicidio de dos jóvenes acomenses.
Ellos, al colgarse y morir antes que entregarse a la justicia española, increparon así a los soldados.
Soldados advertid que aquí colgados,
Destos rollizos troncos os dexamos,
Los miserables cuerpos por despojos,
De la victoria illustre que alcançastes,
De aquellos desdichados que podridos,
Estan sobre su sangre rebolcados,
Sepulcro que tomaron, porque quiso,
Assi fortuna infame persequimos,
Con mano poderosa y acabarnos,
Gustosos quedareis, que ya cerramos,
Las puertas al viuir, y nos partimos,
Y libres nuestras tierras os dexamos,
Dormid à sueño suelto, pues ninguno,
Boluio jamas con nueua del camino,
Incierto y trabajoso que lleuamos,
Mas de una cosa ciertos os hazemos,
Que si boluer podemos á vengarnos…
lo harían nuevamente.
Esta historia de Acoma sirvió de lección a todos los indios del valle del río Grande. La Superioridad de España fue reconocida y tolerada. Juan de Oñate trasladó su campamento a San Gabriel en 1601. Ocho años más tarde fundaría su capital Santa Fe. Estos pueblos, en contacto directo con los españoles, se hispanizaron rápidamente; los que estaban más lejos toleraron la presencia de España, porque la incumbencia en su vida y negocios no se hizo sentir y, por lo tanto, mantuvieron sus costumbres vivas a través de la dominación hispana y anglosajona. En un aspecto, sin embargo, España insistió en civilizarles, y lo hizo a través del sistema misional que los franciscanos extendieron aún a los más remotos puntos de Nuevo México. La misión era la agencia del gobierno español más efectiva en la frontera del Norte. Gracias a esta campaña misional y no de exterminio, el historiador Bolton cree que los indios conquistados por España aún existen. En otros lugares de América han sido exterminados o desaparecidos.
En las leyes españolas se ve bien claro que España trató de convertir, proteger, civilizar y explotar a los nativos. Cuando el sistema de encomienda se desacreditó por sus abusos, el sistema misional le sustituyó. El misionero se convirtió en agente del Rey y de la Iglesia.
A pesar de lo separada que quedaba Acoma del centro de influencia hispana, allí llegó enseguida su misionero que construyó su iglesia y su escuela. El misionero se convirtió así en diplomático, arquitecto, maestro y relator de las necesidades de la colonia ante el virrey.
Los conquistadores fueron en muchos casos soldados brillantes, pero su historia sería incompleta si no hubieran llevado a su lado al misionero que con su hábito pardo franciscano fue la figura más conocida por el indio. El se quedó allí cuando los soldados terminaron la conquista. Para ellos, la conquista de almas duraría toda su vida.
Aunque numerosos libros publicados en los Estados Unidos nos hablen y exageren los horrores de la conquista se hizo una incorporación gradual y absorción en la coherente cultura de la nación conquistadora que se creía estar más civilizada,
En las leyes de indias y en el testamento de Isabel la Católica en 1504 se dieron instrucciones para que se enseñara a los indios y se les educase como ciudadanos de España. Las primeras escuelas empezaron a funcionar en 1550.
The Equestrian

En esta foto se puede apreciar el tamaño colosal de la estatua dedicada a Juan de Oñate en la ciudad norteamericano de El Paso, en Nuevo México. Obra del escultor John Sherrill Houser, la realizó entre 1997 y 2006 . Tiene 18 toneladas de peso y 10 metros de altura , estatua ecuestre de bronce más grande del mundo. Inagurado el monumento en abril de 2007, algunos descendientes de los indios Acoma protestaron por este homenaje para un hombre al que acusan de crueldad con su pueblo. Sin duda existió esa crueldad, la hay en toda guerra de conquista, pero también hay que señalar que eran apenas dos centenares de soldados españoles en un territorio hostil , con miles de indios que podían acabar con ellos si se unían. Era también una cuestión de supervivencia. No es fácil juzgar los actos de los hombres en circunstancias así (imagen procedente de http://www.institutofranklin.net )

Zaldívar envía un mensajero a la ciudad. Insta a los indios a rendirse y entregar a los asesinos de su hermano y del resto de españoles. Caso contario asaltará la ciudad. Los indios no se rinden. Aquellos soldados españoles pertenecían a la estirpe de los hombres que en los últimos siglos habían cambiado la historia del mundo. Zaldívar decidió: la ciudad inconquistable de Acoma, la ciudad de las nubes, debía ser tomada. Zaldívar planea el asalto. Doce hombres son encargados de hacer llegar tan alto como sea posible el pedrero. El metal engrasado para que no hiciese ruido, fuertemente armados, los rostros ennegrecidos, lentamente, los 12 españoles inician la escalada de la roca procurando no ser vistos, ni oídos. Zaldívar, desde otro punto, al amanecer lleva a cabo un ataque de distracción. Los doce escaladores habían alcanzado lo más alto de un risco pero éste se hallaba separado por un ancho y profundo tajo del núcleo de la ciudad. Cargan el cañón y abren fuego varias veces contra las casas indias. Con los españoles manteniendo el fuego contra la ciudad transcurre el día. Los indios empezaban a entender que la defensa de Acoma no sería fácil. En la noche siguiente se organiza a los soldados para que suban al risco varios troncos de árboles. El objetivo es construir un puente pasa salvar el tajo que les separa de la ciudad.
En la madrugada todo está preparado. Los españoles se concentran en el risco salvo un grupo que queda guardando los caballos. Inician el asalto cruzando el inestable puente.
Son acribillados a flechazos pero consiguen entrar en la ciudad. Sin embargo una cuerda se corta y el puente cae. Un grupo de españoles en la ciudad queda aislado de sus compañeros que no han tenido tiempo de cruzar. El grupo aislado es duramente atacado. Se defienden con dureza. Los españoles desde el otro lado no pueden abrir fuego por no herir a sus compañeros. Hay que reponer el puente como sea. Será Gaspar Pérez de Villagrá quien salte el tajo que separa ambos grupos de españoles, consiga alcanzar la cuerda del puente y vuelva a elevarlo.
Todos los españoles entran en la ciudad. En una desproporción de 10 contra uno comienzan a abrirse paso entre un enjambre de guerreros indios con sus picas, dagas y espadas. Palmo a palmo la ciudad se va tomando. Los indios acaban refugiándose en sus casas. Hay un parón en la lucha y Zaldívar vuelve a exigir que le entreguen a los culpables y la ciudad jure lealtad al Rey de España. No hay respuesta.
Zaldívar tomará la ciudad casa por casa. Al fin, los indios aceptaron la rendición. Acoma había sufrido un castigo terrible. Pronto, entre todos los indios pueblo, corrió la voz de que los españoles habían tomado la ciudad inexpugnable de las nubes. Ante Oñate los indios pueblo se presentaron en señal de sumisión en la ciudad de San Gabriel. Así supo Oñate de la victoria de Zaldívar que llegaría poco después a la ciudad. 70 españoles contra 500 guerreros indios habían tomado la ciudad inexpugnable de Acoma y salvado la presencia de España en Nuevo México.
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2 comentarios sobre “El Último Conquistador, La batalla de Acoma.

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