Historias de la Historia de España. Capítulo 93; Éranse unos Símbolos y unos topónimos allá por tierras extranas.

simbolos
Entre los siglos XVI y XIX la corona española estuvo presente en todo el continente americano y pese a lo prolongado de ese dominio, son muchas las sombras que envuelven todavía la presencia hispana en el Nuevo Mundo. Mientras que la conquista y colonización de América del sur y central es algo de sobra conocido, la presencia española en los actuales Estados Unidos y Canadá ha caído en un extraño, y ciertamente lamentable, olvido, especialmente entre los propios españoles que desconocen la huella hispana en aquellas tierras. Todo el sur de los Estados Unidos, los actuales estados de California, Arizona, Nuevo México, Texas, Luisiana y Florida, formaron parte del Virreinato de Nueva España hasta bien entrado el siglo XIX, pero lo que no mucha gente conoce es que dicho Virreinato extendió sus fronteras hasta mucho más al norte, por medio de diversos asentamientos y fuertes a lo largo de toda la costa del Pacífico y del centro de Estados Unidos, asentamientos que fueron fundados por marinos, exploradores y aventureros durante todo el siglo XVIII y que llegaron hasta la mismísima Alaska donde toparon con el Imperio Ruso y los intereses expansionistas ingleses. Las actuales localidades de Valdez y Cordova en Alaska o las islas canadienses de San Juan, Lopez, Fidalgo o Cortes, son una pequeña muestra de la pervivencia de un gran número de topónimos españoles en la costa norte del Pacífico. En la bandera de Arizona los trece rayos de sol, que representan los trece condados del estado, son amarillos y rojos en recuerdo de la bandera española y en el escudo oficial de la ciudad de Los Ángeles, el mismo que llevan los coches de policía que hemos visto en innumerables películas, aparece la bandera de Castilla León por el mismo motivo. También en el Capitolio de Texas, sede del gobierno de dicho estado, luce el emblema de Castilla. En Estados Unidos hay localidades de nombre Madrid en los estados de Alabama, Colorado, Iowa, Nebraska, Maine, Nuevo México, Nueva York y Virginia. Estos son sólo unos pocos ejemplos que sirven para recordar que la presencia española en Norteamérica dejó una huella mucho más profunda de lo que imaginamos.
Un episodio particularmente olvidado de nuestra historia es la presencia española en Alaska y el norte de Canadá. Durante el reinado de Carlos III se reactivó la exploración española de América del Norte ya que la Corona no veía con buenos ojos la presencia de otras potencias europeas en unos territorios que, en virtud de la Bula Inter Caetera (1493), consideraba suyos por derecho. En 1789 el navegante sevillano Esteban José Martínez Fernández fundó San Lorenzo de Nootka, en la isla de Nootka, frente a Vancouver en lo que hoy es la Columbia Británica y un año después, en 1790, se fundaba el Fuerte de San Miguel. Ese mismo año el virrey de Nueva España envía una pequeña flotilla de tres naves comandada por el teniente de navío Francisco de Eliza a bordo de la fragata “Concepción” a la que acompañan el paquebote “San Carlos” al mando de Salvador Fidalgo y la balandra “Princesa Real”. El objetivo es reclamar, en nombre del Rey de España, aquellas tierras, explorarlas al detalle y frenar el avance de rusos, desde el norte, e ingleses, desde el este. Unos y otros eran conscientes de la aparente fragilidad de la corona española y trataron de sacar provecho a sabiendas de que España no podría, en última instancia, hacer valer sus derechos en lugares tan alejados de sus principales bases en el sur. Con Inglaterra, después de varios incidentes que hacían temer una guerra que España no estaba en condiciones de afrontar, se firmaron las convenciones de Nootka, entre 1790 y 1794, que abrían Alaska y la costa pacífica canadiense a la colonización inglesa. Con los rusos las cosas serían algo más peculiares aunque mucho menos perjudiciales para los intereses españoles.
En julio de 1790 Salvador Fidalgo entró en contacto con ellos y proclamó sin oposición la soberanía española sobre Alaska. Los asentamientos rusos en la zona, poblados mayoritariamente por cazadores y comerciantes de pieles, tenían serias dificultades para sobrevivir dada la hostilidad de los nativos y la escasez de víveres, así que lo último que querían era un conflicto con los españoles. Sin embargo, al contrario de lo que pueda pensarse, los rusos no se contentaron con aquella poco satisfactoria solución y decidieron marchar hacia el sur en busca de lugares más apacibles donde establecer bases sólidas y poder realizar así el sueño de una América rusa. Aquí es donde entra en juego un destacado miembro de la nobleza imperial, Nicolai Petrovich Rezanov, cofundador de la Compañía Ruso-Americana y principal impulsor del proyecto que llevó a la Rusia zarista a instalarse en las costas de California en el siglo XIX. Gracias al privilegio otorgado por el zar Pablo I a favor de la Compañía, ésta obtenía la explotación del territorio en el que se asentase durante 20 años renovables.
En abril de 1806 Rezanov arriba, al mando de la “Juno”, a San Francisco con el objetivo de firmar un tratado que permita a su Compañía instalarse en suelo californiano, negocio harto complicado pues las colonias tenían terminantemente prohibido comerciar con potencias extranjeras pues ello vulneraba el rentable monopolio de la metropoli. Rezanov, hombre hábil a la hora de tratar a la gente, supo ganarse la simpatía del gobernador y comandante español en San Francisco, don José Darío Argüello, cuya hija María de la Concepción Argüello, de apenas 15 años frente a los 42 del noble ruso, iba a jugar un papel involuntariamente determinante en todo el asunto. La historia de amor entre Rezanov y Conchita Argüello fue tan intensa como breve y durante las seis semanas que el ruso permaneció en San Francisco, no se separaron apenas ni un minuto según relata en su diario el médico de la “Juno” Georg Heinrich von Langsdorff. El buen doctor hablaba latín y a través del franciscano padre Uría, que también dominaba el idioma, puso en contacto a la pareja y entre ambos hicieron las veces de traductores. La pasión fue tal que Nikolai terminó pidiendo la mano de Conchita al comandante Argüello con la intención de llevarla a vivir a Rusia. Es muy probable que las intenciones iniciales de Rezanov fuesen las de ganar el favor del padre a través de la hija, pero parece que en poco tiempo la belleza, la dulzura y los encantos de la joven señorita Argüello ganaron el corazón de Rezanov con la misma intensidad con la que éste fascinó desde el principio a su enamorada.
El 21 de mayo de 1806 Rezanov partía de San Francisco rumbo a Rusia para confirmar el principio de acuerdo que había alcanzado con Argüello y poner en marcha el establecimiento de la Compañía en suelo californiano. El viaje fue muy largo y fatigoso y Rezanov enfermó hasta tres veces de neumonía, la tercera coincidió con una aparatosa caída del caballo en Siberia cuando trataba de llegar a San Petersburgo y el conde falleció en marzo de 1807 cerca de Krasnoyarsk. Su tumba fue destrozada durante la revolución bolchevique pero, según la versión más aceptada, sus restos fueron nuevamente enterrados en la Iglesia de la Trinidad de Krasnoyarsk a mediados de los años 50 del siglo XX. La tumba está coronada por una gran cruz blanca en la que por un lado se lee “Nickolai Petrovich Rezanov 1764 — 1807. Nunca te olvidaré” y en la otra “María Concepción de Argüello, 1791 — 1857. Nunca más volveré a verte” La historia del conde Rezanov y Conchita Argüello es recordada todavía en Rusia e incluso en pleno período soviético en 1983 se escribió una ópera rock, “Juno y Avos” que relata la historia de los dos amantes. Conchita esperó durante cinco años hasta que en 1811 recibió noticias de la muerte de su amado. Durante todo ese tiempo rechazó a cuantos pretendientes pidieron su mano y finalmente ingresó en un convento donde pasó el resto de su vida como monja hasta que falleció en diciembre de 1857.
Pese a la muerte de Rezanov los rusos no abandonaron California y en 1811 Ivan Alexandrovich Kúskov, empleado y administrador de la Compañía Ruso Americana, fundó el conocido como Fort Ross (posible derivación del nombre que le dieron los españoles: fuerte ruso) La Compañía estuvo operando en San Francisco hasta 1848 cuando, tras la derrota mexicana en la guerra con los Estados Unidos y la firma del tratado de Guadalupe Hidalgo, California y todo el norte de México, pasaban a manos estadounidenses y Rusia accedió a ceder el fuerte a los nuevos dominadores. México perdía así, en apenas 30 años, la mitad del territorio de lo que había sido el Virreinato de Nueva España que la metrópoli había mantenido intacto, e incluso incrementado, a lo largo de 3 siglos.

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A esta historia, una pequeña y romántica muestra de lo mucho hemos olvidado, habría que añadir las grandes gestas y calamidades, en muchos casos cubiertas de tragedia, de personajes como Vázquez de Coronado que llegó hasta la actual Kansas tras recorrer miles de kilómetros buscando las míticas siete ciudades de Cíbola, García López de Cárdenas primer europeo en llegar al Gran Cañón, Fernando de Alarcón el primero en navegar el río Colorado, Juan Ponce de León, descubridor de Florida mientras, según cuenta la leyenda, buscaba las fuentes de la eterna juventud o Hernando de Soto, quien avistó por primera vez el gran río Mississippi para después cruzarlo con 400 hombres y lanzarse a la exploración de Texas, Oklahoma y Arkansas; en su honor se erigió en Memphis un puente sobre el río que lleva su nombre. Mucho tiempo antes de que los colonos, ingleses primero, estadounidenses después, marcharan hacia el oeste y entraran en contacto con los nativos americanos, los españoles ya habían topado con todas las grandes naciones indias: navajos, cheyennes, apaches, comanches, sioux, arapahoes, pies negros etc e incluso con más de una se firmaron acuerdos y tratados. La presencia española e hispánica en América del Norte, en especial en lo que hoy son los Estados Unidos, es inmensa y debería empezar a reconocerse como merece pues se trata de historias dignas de ser contadas, conocidas y recordadas con orgullo y solemnidad pues forman parte de nuestro pasado, de nuestra historia.
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