«Retratos de Españoles ilustres» Rodrigo Díaz de Vivar.

cid
El nombre de este famoso guerrero basta ya para significar el esfuerzo, la osadía, la actividad incansable, y la fortuna. Las fábulas mismas forjadas por los ignorantes cronistas que escribieron su vida manifiestan la admiración que supo inspirar á su siglo; y quando la historia quiere desmentir las hazañas que aquellos le atribuyen, se ve obligada á reconocer por ciertas otras tal vez mayores.
Rodrigo Díaz de Vivar, llamado vulgarmente el Cid, nació en Burgos hacia la mitad del siglo XI, de Diego Laynez, descendiente del célebre Juez de Castilla Lain Calvo. Crióse después de la muerte de su padre en el palacio mismo del Rey de Castilla Sancho I, Príncipe arrogante y ambicioso, pero el mejor soldado de su tiempo. Él derrotó á los Aragoneses, destronó á sus hermanos los Reyes de Galicia y de Leon, y reunió á su dominio todos los estados de su padre, menos la ciudad de Zamora, en cuyo sitio fue muerto. Rodrigo hizo en sus expediciones el aprendizage de la guerra, y contribuyó muy principalmente al logro de sus victorias y de sus conquistas.
Muerto Sancho le sucedió su hermano Alfonso, que vivía retirado en Toledo después de su desgracia. Este Rey manifestó al principio mucha confianza hacia el Cid, y le envió á Sevilla para cobrar las parias que en señal de vasallage le pagaba el Rey de ella. Rodrigo no solo cobró el tributo, sino que defendió á Sevilla invadida por los Moros de Granada, y los venció en una batalla. De allí volvió á Castilla cargado de gloria y de presentes, debidos á su valor y á su fortuna, pero envidiados de los cortesanos que desde entonces empezaron á malquistarle con el Rey. Y este irritado de que sin anuencia suya hubiese el Cid corrido las tierras de Toledo, dió al fin oidos á la calumnia, y le desterró de sus estados como á vasallo sospechoso.
En esta época empezó la verdadera gloria de Rodrigo. Salió de Castilla acompañado de los amigos y soldados que quisieron seguir su suerte; y con ellos y su esfuerzo supo grangearse un poderío y una autoridad independientes, y una consideración igual á la de qualquiera de los Príncipes que entonces señoreaban á España. Dirigióse primero á Barcelona y después á Zaragoza. El Rey de ella Almuctaman amenazado por su hermano Alfagib, que lo era de Dénia, y á quien ayudaban el de Aragón D. Sancho Ramirez y el Conde Berenguel de Barcelona, se entregó en manos del Cid para que le sacara de tan grande peligro. El General Castellano lejos de intimidarse con la superioridad de sus contrarios, asombró al Aragonés con su entereza y osadía, hizo prisionero al Conde, y destruyó para siempre todas las esperanzas de Alfagib. Los enemigos de Zaragoza, derrotados en quantas batallas dieron, tuvieron que comprar á fuerza de oro unos la libertad y otros la paz; y respetaron aquel estado mientras fue amparado por Rodrigo.
Eran pasados ya trece años desde su salida de Castilla quando se resolvió á volver á ella en 1088. Fué recibido del Rey Alfonso con grandes muestras de generosidad y agasajo, y favorecido con la donación de muchas villas y con el privilegio de hacer suyos todos los pueblos que conquistase de los Moros. Alentado con esto juntó por sí mismo al año siguiente un exército de siete mil hombres, y entró por tierras de Valencia poniendo espanto á todos los Príncipes comarcanos y haciéndolos tributarios suyos. Pero mientras la victoria unida constantemente á sns fatigas le llenaba de laureles y de fama, la calumnia y la envidia le perseguían en la Corte del Rey de Castilla, y procuraban echar al suelo la mal cimentada reconciliación.
Estas vergonzosas intenciones se cumplieron quando Alfonso partiendo á la defensa de Halahet esperó en vano á Rodrigo para que le ayudara en aquella empresa. La falta del Cid había consistido en una equivocación; pero el Rey considerándola como una traición, revocó quantas gracias le habia hecho; ocupó todos sus bienes, y mandó arrestar á su familia. Él quiso justificarse á la manera de aquel tiempo retando á sus acusadores: pero Alfonso no consintió el desafío; y permitió á Ximena Díaz su muger y á sus hijos que se fuesen á vivir con él.
Rodrigo entre tanto se sostenía y se enriquecía á fuerza de victorias: los rescates, los despojos y los saqueos servían á mantener su exército, que cada día se hacía mas numeroso. El Conde Berenguel no pudiendo olvidar la afrenta de haber sido su prisionero conspiró con algunos Reyezuelos Moros para destruirle. La guerra se hizo con toda la animosidad que prometían el rencor antiguo, la ansia de la venganza, y la grosería del siglo. Rodrigo se halló cercado por su enemigo en un valle, de donde era imposible la salida á menos de hacer un prodigio. El prodigio se verificó: la fortuna, la pericia y el esfuerzo sobrepujaron al número y al terreno; y el Conde vencido y aprisionado tuvo que devorar segunda vez el oprobio de verse á los pies del Cid implorando su clemencia.
Dio el héroe cima á sus gloriosos trabajos con la conquista de Valencia que gano á los Almoravides en 1094; con la derrota de un grande exército de Moros que vino á arrojarle de ella; y con la toma de la antigua y fuerte plaza de Murviedro. Su muerte acaecida en 1099 privó á los Christianos de todas estas ventajas: y él llevó al sepulcro el asombro y la admiración de los Sarracenos cuyo terror fue, y los lamentos de Castilla huérfana de su campeón mas famoso.
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