«Retratos de Españoles ilustres» Fernando Nuñez de Guzmán.

fernando
Pocos hombres habrá mas acreedores á ser comprehendidos en el catálogo de los varones ilustres que Fernando Nuñez de Guzman. Su linage, su carácter, su vasta erudición y su conducta le hacen lugar de justicia en un padrón tan distinguido. Nació en Valladolid el año de 1473, y su padre, sugeto de importancia en la Corte de Fernando el Católico, y su Tesorero mayor de Aragon, no perdonó medio de darle una crianza fina y sobresaliente. Deseoso de que siguiese la carrera de las armas logró que le condecorase el Rey quando apenas tenia edad para ello con el hábito militar de Santiago; pero decidido Fernando muy de antemano por la de las letras, sin chocar con los designios de su padre, obtuvo su permiso para emprenderla libremente.
Era por entonces en España un objeto de tanto interés para los sabios el estudio de las lenguas griega y latina, que habia pocos que no se dedicasen á él, como á un principio esencial de todas las ciencias: sabíalo Fernando, y como su empeño era caminar en su carrera sobre las huellas de los que las seguían con honor, abrazó los mismos medios, aunque áridos y escabrosos. Las muchas riquezas de su padre habían proporcionado á Fernando algunos progresos, particularmente en la latinidad, dentro de su propia casa; pero convencido de que un estudio privado no podia llenar sus ideas, ni perfeccionarlas en ramo alguno, pasó á la Universidad de Salamanca, que á la sazón abundaba en excelentes profesores, entre ellos el inmortal Antonio de Lebrija.
No es fácil comprehender á qué términos llevó Fernando su ilustración con el estudio que hizo en esta Universidad: no solo se instruyó sólidamente en las lenguas latina y griega, á que se dedicó como á primer objeto, sino que hizo lo mismo en la Retórica, en la Eloqüencia, en la Poética y en la Historia natural, logrando en todas los conocimientos mas sublimes. Nada le satisfacía sin embargo: admiraba la sabiduría de Lebrija, de quien era discípulo, y conocía bien á fondo la de otros sabios maestros, a cuyas cátedras asistía también; pero ansioso de saber mas, y llegada á su noticia la fama que tenían en Bolonia Soviniano Peloponeso y Felipe Beroaldo, no sosegó hasta que hizo viage á Italia por oirlos.
Acaso estos sabios no lo serian tanto como publicaba su fama, ó como Fernando habia creído; lo cierto es que á pocas lecciones que tomó suyas, satisfizo sus deseos, y dió muestras de no necesitar mas de su doctrina. No obstante se detuvo algún tiempo en Bolonia, y recorrió mucha parte de la Italia, en donde se hizo admirar, y adquirió el renombre de Pinciano, tomado del lugar de su nacimiento, que conservó después, y con el que se ha transmitido su memoria á la posteridad. Como el mundo sea el libro en que mas pueden aprender los hombres, Fernando, que no lo ignoraba, se aprovechó de este viage haciéndole enteramente objeto de su estudio. De todo sacó fruto; las leyes, las costumbres, la naturaleza, el arte, quanto vio en Italia, fecundizó su ingenio, y le dió motivo para muchas observaciones, que contribuyeron á la universalidad de sus conocimientos.
Creyendo ya inútil su mansión en Italia, determinó su regreso á España, en donde le esperaban con impaciencia sus deudos y amigos, y algunos con empeño de llevarle á la Corte. Resistía Fernando todo destino que le distraxese del estudio; y aunque á fuerza de instancias logró el llevarle consigo el Conde de Tendilla, vivió descontento hasta que el Cardenal Ximenez de Cisneros le ocupó en la grande obra de la Biblia Poliglota, encargándole la difícil versión que hizo de los Setenta Intérpretes. Esta comisión honorífica proporcionó á Fernando la cátedra de Griego de la Universidad de Alcalá; mas la envidia, que comenzó á turbar su reposo, le obligó á abandonarla y á retirarse á Salamanca, en cuyas escuelas obtuvo otra igual, no sin terribles competidores de su sobresaliente mérito.
Ademas del Griego ensenó en esta Universidad el Latín, la Retórica y la Historia natural de Plinio. Así como sus obras, entre ellas las Anotaciones á las de Séneca, las Observaciones sobre las de Pomponio Mela, y sobre los pasages obscuros y truncadas de Plinio y la referida versión de los Setenta Intérpretes, califican los frutos de su ingenio y de su estudio; así bien acreditan los de sus lecciones y doctrina sus afamados discípulos León de Castro, el Cardenal Francisco Bobadilla, Christóbal Calvete, Gerónimo Zurita, Christóbal Orozco, Lorenzo Balbo, y los dos hermano Juan y Francisco Vergara. Todo era singular en este varón eminente; pero lo mas extraordinario fue que ni el verse aplaudido de los sabios, preferido al mismo Lebrija su maestro por Lucio Marineo Sículo, solicitado de la Corte y lleno de bienes de fortuna, altero su modestia, ni le hizo mudar de vida. Célibe, continente, enemigo de los placeres, moderado en la conversación, aunque gracioso y de humor festivo, sin ambicion, y siempre entregado al estudio, murió en el añó de 1553, cumplidos ya los ochenta de edad. En su testamento dexó su librería, que era numerosa y escogida, á la Universidad de Salamanca; y bien persuadido, como se ve en sus escritos filóficos, de que el cuerpo es una verdadera prisión del alma, ordenó que en su sepulcro se grabasen estas palabras: Maximun vitae bonum mors. Epitafio que puesto por él le acredita tanto como el que en honor suyo compuso el sabio Andres Scoto.
Hic Ferdinande jacet, quem totus non capit orbnis.
Los panegiristas de Granada Juan Francisco Pedraza y Juan Villeno de Biedma le hacen hijo de aquella ciudad; pero tan sin fundamento como observa con su acostumbrada crítica D. Nicolás Antonio en su Biblioteca Nueva.
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