«Retratos de Españoles ilustres» Don Diego Mexía de Guzmán y Dávila, vizconde de Butarque y primer marqués de Leganés

leganes
Si el nacimiento y los parentescos dieron alguna vez tanta materia á la fama como á la fortuna, fue en D. Diego Mesía hijo del primer Conde de Ucéda. Por su madre Doña Leonor de Guzman era cunado del Conde-Duque, que valia tanto como decir que estaba destinado á representar el principal papel en la carrera de la milicia, que la había elegido mas quizá por caballería que por inclinación. Con el arrimo del Privado, la guerra que este alimentaba fuera de España, y la que suscitó dentro de ella, depositando en su mano la suerte de las armas y la de los Capitanes que las habían de mandar; ofreció á Leganés grandes ocasiones de exaltar su casa, su nombre, y su reputación.
Los títulos y honores de Marqués, de Gentilhombre de Cámara, y primer Caballerizo del Rey, de Comendador Mayor de León, y Trece en la Orden de Santiago, eran frutos de la Corte: faltábale á su noble ambición coronarse con los laureles que solo se ganan en las campañas por los esforzados, ó afortunados. Con motivo de la partida del Cardenal Infante D. Fernando para el gobierno de los Paises Baxos, se proporcionó á Leganés la ocasión de suceder al Duque de Feria en el cargo de General del exército de Españoles y Aliados, que debia formarse en la Alsacia, y pasar con S. A. á Flandes.
Nombrado Teniente General del Infante, baxo de cuyo supremo mando debían militar las tropas confederadas; muy en breve la fortuna, que esta vez ayudó al valor y á la diligencia, quiso, para desengaño de la posteridad, que el nuevo cargo que le había dado el favor, lo mereciesen en un dia su propia industria y virtud: la memorable batalla de Nortlingen, en que quedaron derrotadas las Fuerzas de la Liga Protestante, cubrió de gloria á Leganés á la vista del Infante y del Duque de Lorena. Las armas Francesas, que tenían invadida la Lombardia, y ocupado el Piamonte, provocaron su espada para que triunfase en otro clima con el cargo de Gobernador de Milán. En la primera campaña, que fue en 1639, se tomaron tres plazas; se sujetó á los Piamonteses con la rendición de Turin, y atemorizó á sus valedores. Esta magnífica perspectiva de victorias, mas que de hazañas, en que trabajó el valor de los Españoles, Napolitanos, y Alemanes no menos que la maquinación de los partidos, valió á Leganés la Grandeza, y el mando supremo de General de las empresas de Italia.
No fué la siguiente campaña tan próspera á las armas del Rey, ni á la reputación del Generalísimo, que baxo de los muros del Casal del Monferrato, fué sorprehendido con dolorosa pérdida de tres mil soldados, de la artillería, y bagage, quedando libre del bloqueo aquella plaza.
La política, y la necesidad de contentar al Príncipe Tomás de Saboya, no permitían que fuese Leganés mas tiempo arbitro de las armas aliadas. La guerra que se había comenzado en Cataluña en 1641 era árdua por su naturaleza, y peligrosa á la Real Corona: dos Generales se habían desgraciado en la primera campaña, sin haber adelantado la empresa como se esperaba; el Príncipe de Butéra acababa de perder la vida; y su antecesor el Marqués de los Velez había perdido antes la confianza, que es aún peor.
Aquella guerra doméstica, por muchas consideraciones, pedía un Caudillo altamente condecorado, y no menos acreditado en los exércitos que sostenido en la Corte: todas estas circunstancias, y la oportunidad de alejarle de Italia, traxéron á Leganés á España. Desde Tarragona abrió la segunda campaña, no solo combatiendo á los levantados, sino á las tropas francesas sus auxiliares, que tenían sitiada la plaza de Perpiñan, y ocupada la de Lérida. Rendida aquella al enemigo, tuvo Leganés que dirigir todas sus fuerzas contra esta última, contrarrestando á Mr. de la Mote, que tenia á su vista un exército de observación.
La batalla fué brava y sangrienta por ambas partes en la colina llamada de las Horcas, cuyo ventajoso terreno perdió el enemigo, y recobró después, repetida la acción en el llano con denuedo furioso de los combatientes y riesgo de la vida de ambos Generales. Cuéntase esta jornada con notable variedad, conforme eran varios los humores é intereses de las plumas que la escribiéron.
Descansaba en la Corte el Marqués, separado del estruendo de las armas, y aun parece que de su afición: habiendo visto sucederse en el mando de aquella complicada guerra otras Capitanes, que no le igualaron en la ciencia militar, ni le aventajaron tampoco en la fortuna. La experiencia de los malos sucesos que se repetían por diferentes manos, volvió á las de Leganés el bastón del exército del Rey: buscando un Xefe que conservase todavía en los ánimos de los soldados que no le veían la confianza que había perdido entre los cortesanos que no le podían ver. El Valído había caído de su puesto y privanza; y así el favor, que pudo trabajar en otras, ya no obraba en esta nueva elección: consultóse solo con la justicia, y con el deseo del acierto.
Era ya la quinta campaña la que iva á comenzar en 1646 el Marqués de Leganés, y era el famoso Duque de Arcurt el General enemigo contra quien se había de señalar. Lérida era entonces el tropiezo de la gloria de ambos Capitanes, como lo había sido en otros tiempos de la de Cesar y de los Legados de Pompeyo; á la vista de esta plaza, que padecía siete meses de asedio, fue atacado por los Españoles el Francés, y desalojado de sus lineas y atrincheramientos, con pérdida de la artillería, municiones, víveres, y bagage. Con esta victoria, que fué la mayor que habían tenido las armas del Rey, se hizo levantar el sitio de la plaza, retirarse á Balaguer las reliquias del enemigo, y confesar que era vencible el nunca vencido Arcurt.
Y como este triunfo fuese extraordinario, ó no esperado; se inventó un nuevo y nunca visto premio para el vencedor, qual fue el título de Vicario General de los exércitos y armas de España. Y para que en todas las empresas de la Monarquía tuviese parte ó con su consejo ó con sus manos; se le encargó también en 1648 el mando de la guerra contra Portugal, en la que no fue mas dichoso que su antecesor el Marqués de Tabara: el mal era ya mayor que el remedio.
Leganés feneció, no como lo envidió Montecúculi á Turena, en el lecho del honor; murió en su casa y en su cama, de Presidente del Consejo de Flandes, en 16 de febrero de 1655; pero vivió y acabó con la general reputación de insigne Capitán y Soldado: y este renombre, con que honráron su memoria los Tercios Españoles en lo restante de aquel siglo, quedó como vinculado en su título é ilustrísima Casa.

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El marqués de Leganés (a la izquierda a caballo) en La rendición de Juliers, obra de Jusepe Leonardo.

El marqués de Leganés (a la izquierda a caballo) en La rendición de Juliers, obra de Jusepe Leonardo.

Felipe IV le concedió la Grandeza de España en 1634, declarada perpetua en 1640.
El 24 de septiembre de 1635 se le nombró gobernador y capitán general del Estado de Milán. En este puesto tuvo que hacer frente a la alianza de los duques de Parma, Mantua y Saboya que, apoyados por la Francia de Richelieu, pretendían mermar la supremacía española en Italia. Las tropas de Odoardo I Farnesio fueron derrotadas con facilidad, aviniéndose el duque a firmar la paz en 1637. En ese mismo año desalojó a los franceses comandados por Rohan del paso de la Valtellina y obtuvo algunas victorias gracias a la guerra civil desatada en Saboya a la muerte del duque Víctor Amadeo I.
En 1638 Leganés conquistó las fortalezas de Breme y Vercelli. En 1639 lanzó una gran ofensiva en el Piamonte conquistando gran número de fortalezas llegando a la ciudadela de Turín donde no pudo doblegar la resistencia de la regente Cristina de Borbón apoyada por los franceses.
En la primavera de 1640 trató de tomar la fortaleza de Casale pero la intentona fue impedida por las tropas francesas del conde d’Harcourt que hizo que la empresa de Leganés acabara en una trágica retirada: miles de hombres quedaron en el campo de batalla y un gran botín en manos francesas.
En noviembre de 1641 le fue otorgado el mando del ejército de Cataluña para luchar contra los insurrectos catalanes apoyados por Francia. A pesar de algunos éxitos iniciales en Tarragona, su estrepitosa derrota en la Batalla de Lérida (1642) le hicieron caer en un cierto grado de desgracia hasta que a la caída en 1643 de su protector, el conde-duque de Olivares, fue relevado del cargo.
A pesar de todo esto, en 1645 fue nombrado virrey nominal de Cataluña y en 1646 defendió con éxito Lérida, que había sido conquistada en 1644 por el anterior virrey, Felipe de Silva, del ataque francés. Esta derrota supuso la destitución inmediata de d’Harcourt. Leganés permaneció en el puesto hasta 1648.
Fue nombrado presidente del Consejo de Italia tras el fallecimiento del conde Monterrey, (junio de 1653), anterior titular, ocupando el puesto hasta su muerte (febrero de 1655).
El marqués de Leganés además de por su carrera política fue conocido por ser uno de los mayores coleccionistas de arte de su tiempo. La colección de don Diego alcanzó un total de mil trescientas treinta y tres obras, reunidas en los años en que éste conoció el auge de su carrera política y militar. Rubens lo calificó como “uno de los mejores conocedores de arte que hay en el mundo”.
Desde 1630 hasta 1642 su colección pasó de treinta lienzos a más de mil doscientos. Aunque su relevancia residía fundamentalmente en la reunión de obras de artistas contemporáneos que se encontraban en la cumbre de su carrera, especialmente flamencos, como el mencionado Rubens, quien realizó para Leganés la pareja de cuadros de altar de La Anunciación (Rubenshuis, Amberes) y de la Inmaculada Concepción (Museo del Prado, Madrid), o Anton van Dyck, quien retrató al marqués (Fundación Banco Santander, Madrid) y a su esposa, Polixena Spínola (Museo del Prado, Madrid).
La colección albergaba además escenas de caza y fábulas, realizadas por Paul de Vos y Frans Zinder (Musées Royaux des Beaux-Arts de Belgique, Bruselas); algunas de las mejores escenas de batallas flamencas de Pieter Snayers; varios retratos de Gaspar de Crayer, como Retrato de Felipe IV con enano (Palacio de Viana, Madrid); guirnaldas y naturalezas muertas de Daniel Seghers, Clara Peeters, Alexander van Adrianssen y Frans Ykens; paisajes de Paul Brill, Jan Brueghel el Viejo, Joost de Momper y Jan Wildens, entre otros. Leganés se interesó también por la pintura de los primitivos flamencos, especialmente El Bosco, Roger van der Weyden y Mabuse, y por los flamencos del siglo XVI como Antonio Moro o Quentin Massys.
La colección del marqués también se caracterizaba por la atención a la pintura italiana adquirida presumiblemente durante su época como gobernador de Milán, con obras de los principales artistas del Renacimiento como ­Rafael, Correggio, Palma el Viejo, ­Perugino, Andrea del Sarto, Giorgione, los Bassano, Veronés o Tiziano, de quien poseía el retrato de Federico de Gonzaga, I duque de Mantua (Museo del Prado, Madrid). También se encontraban obras de autores manieristas y barrocos como Bronzino, Giovanni Battista Crespi, Ludovico Cigoli, Guido Reni, Francesco del Cairo, Gaudenzio Ferrari, Giovanna Garzoni, Paris Bordone, Rosso Fiorentino y Scipione Gaetano.
La pintura española estaba representada por obras de Velázquez, José de Ribera Juan van der Hamen y Pedro de Orrente, de quien disponía de doce fábulas mitológicas. Otros pintores contemporáneos como Francisco Collantes o Juan Fernández, el Labrador se mezclaban con autores de fines del siglo XVI, como Alonso Sánchez Coello, Juan Pantoja de la Cruz, Juan Fernández de Navarrete y El Greco.
Su colección permaneció prácticamente indivisa durante los siglos XVII y XVIII, pasando de manos del tercer marqués de Leganés, muerto éste en 1711 sin descendencia, a los condes de Altamira, en cuya posesión se mantuvo hasta la ruina de esta casa a principios del siglo XIX.
En 1833 el resto de la colección fue subastada públi­camente. Sin embargo, las obras ­que actualmente pueden disfrutarse en el Museo del Prado son fruto de los muchos regalos que Leganés hizo a Felipe IV y que pasaron a engrosar la colección real.

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El conde duque de Olivares, John Elliott.
En estado de guerra. Felipe IV y Flandes, 1629-1648; René Vermeir.
Milán español, Gianvittorio Signorotto.
El marqués de Leganés. Apuntes biográficos, Francisco Arroyo Martín. En la revista Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, H. Moderna, t. 15, 2002, págs. 145-185 [1]
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