«Retratos de Españoles ilustres» Hernando de Alarcón.

alarcon

Entre los célebres Españoles, que llevaron la primera vez á Italia el arte de los rebatos y emboscabas moriscas, ocupa el primer lugar, como valiente campeador y experimentado maestro, Hernando de Alarcon, á quien por sus grandes servicios, autoridad y puestos militares, llamaron después el Señor Alarcon, así como á Antonio de Leyva el Señor Antonio: excelencia con que fueron entonces distinguidos solo estos dos Capitanes.
Fueron sus padres D. Diego Ruiz de Alarcon, caballero de antigua y muy ilustre ascendencia, y Doña Isabel de Llanes y Santoyo, y tuvo su cuna en la Villa de Palomares de Huete en 1466. En los entretenimientos de su niñez, que cifraba en figurar esquadrones y trazar combates, descubrió su natural inclinación á la guerra; pues los juegos, que en los muchachos no suelen influir siempre en la vocación de su carrera, podemos decir que fueron en este los preludios de sus bélicos exercicios y victorias. Para llegar á este grado de merecimientos y de reputación, había hecho su aprendizage de armas desde la edad de 16 años en las guerras que precedieron á la toma de Granada por los Reyes Católicos, al lado de su tio Pedro Ruiz de Alarcon, baxo de cuya conducta estrenó sus inexpertos ojos y su espíritu, ya que no podia aún su brazo y su consejo, en los sitios de Alhama y Loxa, y en otras jornadas hasta la rendición de Cohin, en que murió peleando el que hasta allí habia sido su tio y su ayo juntamente: y como si dentro de su misma familia estubiese vinculada la escuela de este jóven soldado, continuó las restantes campañas de teniente de la compañía de ginetes de otro tio suyo, D. Martín de Alarcon que fué su capitán y preceptor. ¿Quien le diria á Hernando que la primera salida de su casa paterna para la vecina guerra de Granada, habia de ser la despedida de su casa y de su patria, para pasar á regiones extrañas á señalar su valor y sus talentos militares al lado de los Navarros, Pescáras, Leyvas, y Moncadas, en aquellas famosas facciones en que la bizarría y el pundonor eran como virtudes de moda entre los guerreros Españoles, quando todavía se hermanaba la antigua caballería con la moderna táctica? Pasó al Reyno de Nápoles con Gonzalo Fernández de Córdoba, baxo de cuya conducta militó con cien ginetes, dando muestras en el socorro de Seminára de lo que habia de ser mas adelante. De hecho, no hubo en aquella guerra empresa de importancia en el consejo, ó de peligro en las armas, en que no se valiese de Alarcon el Gran Capitán, pues fiaba tanto de su valor como de su prudencia y lealtad, que en él andubieron siempre á competencía. Gonzalo, á quien llamó después su maestro, y autor de su fortuna y reputación militar, fué testigo de su intrepidez en la escalada y toma de Cefalónia; y fuelo también, en las batallas de Seminára y del Garellano; de su ardimiento y arte de estratagémas. Y así como se cometian á su animosidad los hechos de bizarría en el campo, se encargaban á su entereza y capacidad la defensa y el gobierno de las plazas y ciudades.
Acabada felizmente la primera y segunda guerra de Nápoles, y restituidos á España el Rey Católico y el Gran Capitán, el amor, que nunca ha estado reñido con el valor, y mas en la deliciosa Italia, donde era común rendirse los mas altivos campeones al imperio de esta pasión, hizo á Hernando no menos viva guerra en el ocio de la paz que la había hecho él á los enemigos en los campos de Marte. Para librarle de la nota de débil, ó de vencido, ni aun en este género de lid, fué llamado á España; y el Rey Católico, que sabia conocer y estimar las virtudes militares de Hernando, no quiso dexarlas mas tiempo ociosas: nombróle para la expedición, contra Trípoli y Bugía que había de mandar en 1510 el Conde Pedro Navarro. Renovada la guerra de la Santa Liga en Italia, volvió Alarcon al teatro de sus pasadas victorias, que debia serlo de nuevos trabaxos y proezas. Estrenó su valor y su desgracia en la famosa batalla de Ravéna, en la qual quedó herido y prisionero. Desde entonces hasta los postreros años de su larga vida no cesaron los negocios de la guerra y de la política de ocupar el brazo y la cabeza de Alarcon en servicio del Rey Católico, y del Emperador D. Cárlos, que sucediendole en los derechos, dio origen á nuevas pretensiones sobre varios Estados de la deseada y siempre afligida Italia. Ambas Calábrias le recibieron por su Gobernador General; Sicilia por restaurador de la pública tranquilidad, y la Lombardia le vió otra vez gobernando la caballería ligera del exército coligado de España y del Imperio, en donde hizo acciones de experto Capitán; y no tuvo pequeña parte en las victorias de las armas españolas é imperiales en la segunda guerra contra Venecianos, no habiendo ocasión de empeño grande en que no se adelantase su bizarría con rara felicidad. Rota la guerra entre España y Francia fue nombrado Alarcon Comisario General del exército de la Liga: y entre los célebres sucesos de aquella campaña se cuentan, el sitio de Milán, y la batalla de la Bicoca, en que triunfaron las armas españolas. En la segunda campaña de 1523 se señaló en la defensa de Milán contra Lautrech, ya con vigorosas salidas, ya con fortificaciones de nuevo arte ó invención. En la famosa batalla de Pavía, mandaba una banda de caballería, que rompió al esquadron del Rey Francisco I: y así de derecho le tocó la custodia de tan ilustre prisionero, y su conducción á España y su guardia. Apenas había vuelto á Italia, quando tuvo que pasar de Nápoles á Roma recien saqueada, librándola del último estrago. El Papa Clemente VII, arrestado por los Imperiales en el castillo de S. Angelo, fué entregado á su guardia, mereciendo en esta ocasión gracias de entrambos Príncipes, pues sirvió y obedeció al suyo, sin faltar á la humanidad y decoro debido al Santo Padre.
Descansaba en Nápoles Alarcon en 1531, quando le mandó el Emperador volver á servir el cargo de General de las armas, para prevenir aquel Reyno contra el Turco. Ofrecióse en 1535 la jornada de Túnez, y el Señor Alarcon tampoco podía faltar á una empresa tan famosa, de cuyos felices sucesos había de ser uno de los principales instrumentos, consultado para dirigir los campos y atrincheramientos, en cuyo arte era perito maestro. Retirado en Castelnovo, acabó allí la vida cargada de años y hazañas á 17 de enero de 1540.

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