«Retratos de Españoles ilustres» Íñigo López de Mendoza.

santillana
Don Iñigo Lopez de Mendoza, primer Marques de Santillana, uno de los personages que mas se distinguieron en la edad de Juan el II, nació en Carrion de los Condes el año de 1398 de D. Diego Hurtado de Mendoza y Doña Leonor de la Vega.
Era en la guerra intrépido y osado, ostentando en las batallas mas ardimiento que prudencia. Así se le vio en el campo de Araviana esperar con trescientos hombres las fuerzas de novecientos enemigos; y quando dispersa la mayor parte de los suyos no le quedaba otro recurso que la fuga, hacerse fuerte con solos quarenta de ellos, y espantar con su resolución á los contrarios, que no osaron acometerle. La misma temeridad manifestó por defender á Alcalá, donde peleando con un enemigo excesivamente superior en el número de tropas, se le vió balancear esta desigualdad con su actividad y esfuerzo, y no retirarse del campo sino quando se vió herido y totalmente desamparado de sus gentes. En la guerra que se hizo á los Moros tomó por asalto á Huelma después de quatro días de combate, y aquejó y humilló á aquellos bárbaros mas que ningún caudillo de su tiempo; y en la batalla de Olmedo fue uno de los que principalmente contribuyeron al logro de aquella victoria contra los turbulentos Infantes de Aragón.
Pero en la situación en que las cosas estaban entonces ningún General podía desplegar sus talentos abiertamente. La guerra se hacia mas bien por correrías que por expediciones importantes: y los Grandes de Castilla envueltos siempre en parcialidades, empleaban toda su actividad en formar ó prevenir conjuraciones, y desgarraban el estado con sus agitaciones y querellas. Las débiles manos de Juan el II, incapaces de gobernar el timón de la Monarquía, convidaban con su nulidad á qualquier ambicioso que se quería apoderar de él. Todo su reynado fue una continua borrasca soplada por el partido de los Infantes de Aragón, por el de D. Alvaro de Luna, y por el de los Grandes que inclinándose alternativamente ya á aquellos, ya á este, templaban con su influencia la arrogancia del que vencía. En unas circunstancias tan tristes, Santillana, sordo á la pasión y á la parcialidad, siguió siempre el partido que le señalaba el bien público: y quando después de la batalla de Olmedo, en que el bando de los Infantes fue destruido, D. Alvaro de Luna, orgulloso con la victoria, empezó á abusar despóticamente de ella, y á desconocer los consejos de los que se la hicieron ganar; entonces la facción de los Grandes, entre cuyos xefes estaba Santillana, irritada de su insolencia, le derribó de la privanza y le conduxo á un suplicio.
Lo mas extraordinario que hay en la historia de este hombre es que en medio de tanta agitación y turbulencias hallase lugar para cultivar incesantemente los estudios, cuyos principios le enseñaron en la niñez, y que amó apasionadamente toda su vida. Después del título de buen ciudadano y hombre virtuoso no le hay mas bello que el de hombre sabio. El Marques que los reunió todos en su persona, y que tenia por máxima que la ciencia no embota el hierro de la lanza, ni hace floxa la espada en la mano del caballero, se distinguió por su amor á las letras, por la protección que siempre dispensó á los sabios, y por las obras que escribió así en verso como en prosa. Su erudición era grande respecto de las circunstancias de un tiempo en que los libros eran tan raros: y su reputación en poesía igualaba á la del Cordobés Juan de Mena, el mas sobresaliente talento de aquel siglo. Santillana, amigo de este Poeta, á quien después de muerto erigió un suntuoso sepulcro, no manifestó en sus versos un espíritu tan elevado y tan grandioso; pero tenia mas naturalidad y mas dulzura: y sus serranillas se leen aun con placer á pesar de la rudeza de su estilo. Él fue el primero de los que hicieron versos endecasílabos en lengua castellana: novedad que nuestra poesía no adoptó hasta mucho tiempo después; que Boscan se adjudicó, y que debió todo su crédito no á este mal Poeta, sino á nuestras relaciones con la Italia.
El Marques de Santillana murió en Guadalaxara el ano de 1458; querido estimado y respetado de todos sus contemporáneos, que le miraban como un modelo de virtud, de discreción y de sabiduría. Las alabanzas que le prodigan todos los monumentos de su tiempo no pueden ser sospechosas, porque al fin Santillana ni fue Ministro ni Rey: y quando ellas se ven repetidas en los siglos siguientes, sin que nadie se haya levantado á desmentirlas, la posteridad no debe dudar ya del concepto que se merece el hombre ilustre á quien se tributaron.
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