«Retratos de Españoles ilustres» Diego García de Paredes, el “Sansón de Extremadura”.

sansón
Diego Garcia de Paredes nació en Truxillo el año de 1468, y fue hijo de Sancho Ximen de Paredes, conocido por su valor y la moderación de sus costumbres en los revueltos tiempos de nuestro Henrique IV. No tuvo en su niñez otra educación ni otros juegos que el salto, la lucha, la carrera y los demás exercicios de agilidad y de fuerza: llegado á la juventud, ansioso de guerra y de combates, abandonó su casa, y pasó á Italia, donde la necesidad le obligó á alistarse entre los guardias del Papa Alexandro VI.
Allí estaban entonces Juan de Urbina, Zamudio, el Capitán Pizarro y otros guerreros, todos Españoles, que se ilustráron sobre manera en el discurso de aquellas turbulencias. Paredes, su igual en corazón y ardimiento, descollaba sobre ellos por sus fuerzas personales, que en aquel tiempo tenían todavía mucha influencia en los sucesos de la guerra. Jugando un dia á la barra fue insultado por un Romano; y á pesar del tropel que tomó la parte del ofensor, sin mas armas que la barra, se hizo temblar de todos matando cinco, hiriendo á diez, y maltratando á muchos. Este lance llegado á noticia del Papa y de Cesar Borja, dió a conocer á Paredes, y fue hecho Capitán de una compañía alistada entonces contra los Ursinos.
En esta guerra él fue el primero que asaltó á Montefiascon, rompió con sus manos las cerraduras de las puertas, dió entrada á sus gentes, y desbarató á los enemigos que se habian hecho fuertes en la plaza. Diéronle tanta nombradía esta y otras proezas semejantes, que los Generales parece se disputaban la ventaja de tenerle en sus banderas. Cesar Borja, Próspero Colona, Gonzalo de Córdoba, y Villalba el que arrojó á los Franceses de Navarra, debieron tal vez á él solo sus victorias mas decisivas. Hostía, Cefalonia, Fosara y Faenza le viéron en distintos tiempos ser el primero en el asalto de sus murallas, el mas furioso en la refriega, y el mas activo en su rendición.
Era entonces el tiempo de los desafios. La Europa, apenas salida de la barbarie, daba la reputación de mas bravo á quien salía mas veces vencedor en semejantes combates. ¿Quién en ellos pudiera medirse con Paredes, á quien el arnés mas pesado no agoviaba mas que una gala, y en cuyas manos era un juguete la maza mas robusta? Así salió victorioso en casi todos sus duelos, que fuéron muchísimos, sin tener jamás la afrenta de verse vencido.
Despues de la batalla de Cirinola, en que se desplegáron con tanto brillo sus virtudes marciales, fue á rendir á Canosa, que los enemigos cedieron con condición de que los dexasen retirarse á Melfi. En tanto que la capitulación venia firmada del Gran Capitán, quiso tener el gusto de ver el castillo, fiándose de la lealtad y confianza de los Franceses; pero estos indignos de su nombre, luego que le vieron dormido asaltaron la puerta del quarto en que reposaba con intención de asesinarle. En tal extremidad la indignación y la necesidad le dieron fuerzas para defenderse, hasta que sus soldados sospechando la traición asaltaron la fortaleza, y le libertaron. Victoria mucho mas ilustre todavía con su moderación; puesto que autorizándole ya el derecho de la guerra á dar muerte á los traidores, él los dexó retirarse á Melfi, según les tenia ofrecido.
Ocupaban los Franceses el puente del Garellano, y la habían fortificado con una formidable batería. El General Español intentaba forzarlo, y Paredes le ponía delante las dificultades de la empresa. Ya que no conocéis el miedo, le dixo Gonzalo, no le pongais vos en mí. Paredes despechado se retira á su tienda, coge un montante, y se entra por el puente. Los enemigos no se cuidaron de emplear su artillería en aquel hombre solo, y él hizo señal de querer hablarles. Un considerable número de gente se adelantó á recibirle, y luego que le vió delante de la batería, sacando el montante empezó á lidiar con ellos: los suyos acudieron á sostenerle, y él pudo retirarse de la refriega sin daño alguno, después de una acción tan temeraria.
Reduxo el Ducado de Sora, y tomó á Rosano. Por premio de tantos servicios le dieron á Coloneta, de que el Rey Católico le despojó después para contentar á los Argevinos, sin darle indemnización ninguna. Entonces irritado dexó el servicio de la España; hízose corsario, é infestó los mares. Pero de allí á poco cansado de aquel exercicio volvió á Italia, y asistió á la batalla de Rabena, donde sin poderse valer fue hecho prisionero. Llevábanle los vencedores por un puente, y él sacudiéndose de sus guardas arrojóse al rio, y se salvó á nado. Sirvió al Emperador Maximiliano en la guerra contra Venecia, y vuelto á España militó también en la de Navarra, donde venció á los Franceses. Su muerte acaeció en 1530 de resultas de una caída.
Este guerrero, que por sus fuerzas y sus hazañas renovaba la memoria de Hércules, tenia también como el campeón de la fábula sus accesos de melancolía que le ponían intratable. Acontecíale en semejantes ocasiones apedrear hasta á su mismo hijo, y su muger no pudiendo sufrir este humor atrabiliario, tuvo que separarse de él. En lo demás era humano y comedido, como puede serlo un soldado de su clase. Su generosidad con los infames de Canosa es digna de eterna alabanza; y fueron tales la estimación y respeto que conservó toda su vida por el Gran Capitán, en cuyos laureles había tenido tanta parte, que en medio del palacio, y á oídos del Rey Fernando, nada aficionado a Gonzalo, dió un alto testimonio de su integridad y sus virtudes, haciendo callar á sus envidiosos detractores.

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El 11 de febrero de 1504 terminaba oficialmente la guerra en Italia con el Tratado de Lyon. Nápoles pasó a la corona de España y el Gran Capitán gobernó el reino napolitano como virrey con amplios poderes. Gonzalo quiso recompensar a los que le habían ayudado combatiendo a su lado y nombró a Diego García de Paredes marqués de Colonnetta (Italia). Tras el final de la guerra, Diego regresó a España como un auténtico héroe, aclamado por el pueblo allí por donde pasaba. Sin embargo, fue en su patria donde se encontró con la dura realidad: la ingratitud real. A pesar de que Fernando el Católico le había entregado el marquesado de Colonnetta, Diego García, a quien nadie compraba con títulos nobiliarios, fue uno de los más fervientes defensores de Gonzalo de Córdoba dentro de la atmósfera de intrigas en la Corte, y cuando todos evitaban su cercanía, ahora que parecía caer en desgracia, llegó a defenderle públicamente desafiando ante el mismísimo rey Católico a todo aquél que pusiera en entredicho la fidelidad del Gran Capitán al Monarca:
En cierta ocasión, mientras los nobles esperaban a que Fernando el Católico terminase sus oraciones, entró Paredes de forma súbita en la estancia, quien hincado de rodillas dijo: «Suplico a V.A. deje de rezar y me oiga delante de estos señores, caballeros y capitanes que aquí están y hasta que no acabe mi razonamiento no me interrumpa». Todos quedaron asombrados, expectantes ante la posible reacción del monarca por semejante osadía, pero Paredes prosiguió: «Yo, señor he sido informado que en esta sala están personas que han dicho a V.A. mal del Gran Capitán, en perjuicio de su honra. Yo digo así: que si hubiese persona que afirme o dijere que el Gran Capitán, ha jamás dicho ni hecho, ni le ha pasado por pensamiento hacer cosa en daño a vuestro servicio, que me batiré de mi persona a la suya y si fueren dos o tres, hasta cuatro, me batiré con todos cuatro, o uno a uno tras otro, a fe de Dios de tan mezquina intención contra la misma verdad y desde aquí los desafío, a todos o a cualquiera de ellos»; y remató su airado y desconcertante discurso arrojando su enorme guante en señal de desafío. Fernando el Católico por toda respuesta le dijo: «Esperad señor que poco me falta para acabar de rezar lo que soy obligado». El rey permaneció unos instantes en silencio, dando lugar a que los difamadores dieran un paso al frente y defendieran su honor desmintiendo las acusaciones de Paredes. Sin embargo, ninguno de los allí presentes se arriesgó a romper el tenso silencio del ambiente y enfrentarse al Sansón de extremadura. García de Paredes decía la verdad, había ganado una vez más. Después de concluir sus oraciones, el monarca se acercó a Paredes y colocando sus manos sobre los hombros de Diego, le dijo: «Bien se yo que donde vos estuviéredes y el Gran Capitán, vuestro señor, que tendré yo seguras las espaldas. Tomad vuestro chapeo, pues habéis hecho el deber que los amigos de vuestra calidad suelen hacer»; y Fernando el Católico, sólo él, porque nadie se atrevió a tocarlo, hizo entrega a Paredes del guante arrojado en señal de desafío. Cuando el incidente llegó a oídos del Gran Capitán, éste selló una amistad inquebrantable con aquél que le había defendido públicamente exponiéndose a la ira de un rey.

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  • Miguel Muñoz de San PedroDiego García de Paredes: Hércules y Sansón de España[34] editado por ESPASA-CALPE, S.A. Madrid, 1946.
  • Memorias de Diego García de Paredes: Breve suma de la vida y hechos de Diego García de Paredes, incluida en las Crónicas del Gran Capitán, págs. 255-259, obra de Don Antonio Rodríguez Villa, de la Real Academia de la Historia: (Nueva Biblioteca de Autores Españoles. Vol. 10. Ed. Antonio Rodríguez Villa. Madrid, Bailly/Bailliére e hijos, 1908).
  • Crónica llamada las dos conquistas del reino de Nápoles, Zaragoza, 1554, incluida en la Crónica del Gran Capitán[35]. La autoría de esta obra, inicialmente atribuida a Hernando del Pulgar, fue posteriormente puesta en entredicho.
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