«Retratos de Españoles ilustres» Álvaro de Luna.

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.Luna
La casa de Luna, ilustre en Aragon, y fecunda en varones esclarecidos, de los quales muchos habían servido bien y fielmente a los Reyes de Castilla, produxo por los años de 1390 á D. Alvaro, hijo bastardo de otro D. Alvaro, Señor de Cañete, Alfaro, Juvera y Cornago, y Copero mayor de Henrique III. Muerto el padre, solo heredó D. Alvaro, que aun era niño, según algunos el Señorío de Juvera, y segun otros ochocientos florines que un fiel criado, que se llamaba Juan de Olio, pudo conseguir que le déxase en su testamento.
Educado D. Alvaro, aunque huérfano y desamparado de su padre, con la finura que exigía su qualificado linage, fue introducido á los diez y ocho años de edad en la Corte del Rey D. Juan el II por sus tios D. Pedro de Luna, Arzobispo de Toledo, y D. Juan Martínez de Luna, con el apoyo de Gómez Carrillo de Cuenca su deudo, y Ayo de aquel Soberano. La poca edad que entonces tenia el Rey, y las gracias y artificio con que D. Alvaro supo insinuarse desde luego en su corazón, le hiciéron dueño de su privanza, y le provocáron á que aspirase á un poderío, al que con menos proporciones y por mucha que hubiese sido su ambición, tal vez hubiera renunciado.
Al amor con que el Rey se empeñó en distinguir á D. Alvaro fue consiguiente el colmarle de beneficios: no solo le enriqueció con el Señorío de S. Esteban de Gormaz, sino que le honró con el título de Condestable, dignidad de primer órden en el Reyno. Sentidos los Grandes de estas y otras distinciones, no paráron hasta precisar al Rey á que le sepárase de la Corte. Salió en efecto desterrado D. Alvaro de palacio el año de 1428, pero no del corazon de su Monarca: era tan excesivo el amor que le tenia, que lejos de disminuirse, parece que se acrecentaba con la ausencia. “Ningún dia (dice el P. Juan Mariana) amaneció alegre para el Rey, nunca le viéron, sino con rostro torcido y ánimo desgraciado después que le quitaron á D. Alvaro; de él hablaba entre día, y de él pensaba de noche, y ordinariamente traia delante su entendimiento, y se le presentaba la imagen del que ausente tenia”.
Viendo este exceso de pasión, y que la vuelta de D. Alvaro habia de ser forzosa; por afecto unos, por temor otros, y otros por lisonja, la solicitáron con eficacia, poniendo por medianero al Rey de Navarra. Como por parte del Rey habia poco que vencer para que D. Alvaro, que se había retirado á su villa de Ayllon, volviese á la Corte, se verificó su regreso al año y medio de su salida. El transporte del Rey con la vista de D. Alvaro, y las mercedes que con esta ocasion le hizo, fuéron un nuevo testimonio de lo mucho que le amaba, le aseguráron en su autoridad y valimiento, y le pusiéron al nivel de los mayores personages del Reyno.
En este grado de opulencia, y viudo ya D. Alvaro de Doña Elvira Portocarrero, pasó á segundas nupcias con Doña Juana Pimentel, hija de D. Rodrigo Alonso, Conde de Benavente, las que se celebráron con la mayor solemnidad, y siendo padrinos los Reyes. En todo lisonjeaba la fortuna al Condestable: un Rey empeñado en colmarle de beneficios se los prodigaba de tal suerte, que previniendo sus deseos ni lugar le dexaba á codiciarlos: sus enemigos mismos de acuerdo con su felicidad se desvelaban por aumentársela á costa de los mas sensibles sacrificios: el Maestrazgo de Santiago, á que aspiraban muchos con justicia, se le proporcionáron algunos que no solo combatían contra su fortuna, sino contra su vida: sin ser soldado de profesión le coronó de laureles la victoria en varias ocasiones en que quiso serlo; en una palabra, no ponia la mano en cosa alguna en que no superase el éxito á sus miras.
Parecía que una suerte tan decidida y constante por espacio de mas de quarenta años no podia padecer alteración; pero la inestabilidad de las cosas humanas se burló de unas esperanzas tan halagüeñas. Cansada la fortuna, y con ella los enemigos que D. Alvaro, arbitro de las gracias del Rey, se habia hecho, y oprimidos de su prepotencia, ó envidiosos de ella, conmovieron á varios pueblos, que unidos se determinaron á representar los males que ocasionaba al Estado su privanza. El Rey, que ya miraba con alguna tibieza al Condestable, particularmente después que muerta la Reyna le habia violentado á contraer segundo enlace con la Infanta de Portugal Doña Isabel, quando por sí trataba de casarse con Madama Regunda de Francia, oyó las quejas que le daban de sus excesos, las consideró fundadas, y mandó prender á D. Alvaro y procesarle.
No faltó quien avisase á D. Alvaro del golpe que se le preparaba, para que se pusiese en salvo; pero demasiado satisfecho de sí mismo y del Rey, no quiso huirle. Estaba á la sazón la Corte en Burgos, y para mayor seguridad fue conducido D. Alvaro á Valladolid, y después á Portillo, y encargada su custodia á Diego de Zúñiga. Antes de salir para su prisión solicitó una audiencia del Rey; y habiéndosele denegado, le escribió un billete en que le manifestaba su gratitud y sus servicios, y asimismo su pesar de no haberse retirado con tiempo á su casa, á exemplo de grandes varones que lo hicieron.
Falto de amigos quien había grangeado tantos, procuró por sí descargarse de los delitos que le imputaban; mas visto por los jueces el proceso, ó según un sabio defensor suyo redempta lingua calamo conducto argento vel auro, pronunciáron contra él sentencia de muerte, que fue executada con lágrimas, hasta de sus mismos enemigos, en la plaza de Valladolid el año de 1453 á los sesenta y tres de su edad. Así acabó este varón verdaderamente grande, y por la misma variedad de fortuna maravilloso. Murió con aquella presencia de espíritu que caracteriza á las almas sublimes, y su cuerpo fue sepultado de limosna en la Iglesia de S. Andrés, desde donde se le trasladó á la de San Francisco, y después con pompa á su Capilla de Santiago de la Catedral de Toledo.
Fue D. Alvaro de Luna de estatura pequeña y facciones menudas, pero graciosas, duro para el trabajo, agudo, decidor, y amante de las letras. Tuvo dos hijos del segundo matrimonio, y algunos naturales, poseyó riquezas inmensas, y fue progenitor de mas de ciento y setenta casas, ilustres todas, en España y en Italia.
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