Historias de la HIstoria de España; Capítulo 87. Érase un viaje transoceánico, un «Mar Dulce» y unos indios con mucha hambre.

solis

La primera expedición que documenta con certeza el descubrimiento del Río de la Plata, fue la realizada al mando del piloto mayor Juan Díaz de Solís, entre 1515 y 1516, por orden del rey Fernando el Católico. La intención de llegar a las islas Molucas descubriendo un paso entre los océanos Atlántico y Pacífico, se vio frustrada por la muerte de Díaz de Solís en el río de la Plata, debiéndose retornar a España. La expedición realizó la formal toma de posesión para España de los territorios que le correspondían al sur del Brasil portugués de acuerdo al Tratado de Tordesillas.
Las fuentes divergen acerca del lugar de nacimiento de Juan Pedro Díaz de Solís, a tal punto que no se ponen de acuerdo ni siquiera en su país de origen. Puede haber sido portugués o sevillano de Lebrija, y haber nacido en, o alrededor de 1470. Si en verdad había nacido en Portugal, podría tener orígenes castellanos5 u orígenes portugueses. Ingresó muy joven en la marina portuguesa como marino. Juan Díaz de Solis viajó muchas veces desde su juventud hasta la India como piloto de las armadas de la India, donde Portugal poseía colonias y administraba una gran actividad comercial. Al llegar a España se alistó en naves corsarias francesas en las que recorrió el Mar Caribe y desembarcó en Yucatán entre 1506 y 1507.
En 1509 Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón retornaron a España luego de realizar juntos un viaje de descubrimiento a América, pero una grave disputa entre ellos terminó con Solís en la prisión. Sin embargo, los magistrados estimaron que tenía la razón, y lo liberaron al poco tiempo recibiendo 34.000 maravedíes como recompensa. Herrera escribió que ese viaje, que con dos carabelas se inició en Sevilla en 1508, tomó el rumbo desde las islas de Cabo Verde al cabo de San Agustín y bordeando las costas del Brasil habrían llegado casi a los 40° de latitud Sur. En base a ese escrito de Herrera algunos autores consideraron que la expedición debió descubrir el río de la Plata, pero la escala en La Española, los objetos antillanos de oro con los que retornaron y diversos documentos de la época, demuestran que cumplieron la capitulación hecha con el rey dirigiéndose al mar Caribe, alcanzando las costas de Yucatán.
Por piloto llevarían a Pedro de Ledesma, que había ido con Colón a Veragua. La empresa se organizó con las dos naos fabricadas anteriormente en Vizcaya, que eran la “Magdalena” y la “Isabelita”.
Los expedicionarios partieron de España el 29 de junio de 1508 y cruzaron el Atlántico hasta las proximidades de Santo Domingo, desde donde enviaron una carta a Ovando. Siguieron luego hasta Cuba, las costas de Nicaragua y subieron a las de Honduras (las islas Guanajas). A partir de aquí singlaron al norte, por lo que Solís y Pinzón fueron los verdaderos descubridores del Golfo Dulce, el Cabo de las Hibueras y la costa de Yucatán. No encontraron el paso interoceánico y volvieron a España en agosto de 1509. Pinzón formuló algunas acusaciones a Solís, como consecuencia de las cuales fue encarcelado. El pleito fue sentenciado a favor de Solís, que fue recompensado con una merced de 34.000 maravedises. A esto se añadió poco después, al morir Vespucci, el nombramiento de Piloto Mayor (1512). Este título tuvo mucho que ver con el deseo del Rey Católico de encomendar a Solís otro viaje de descubrimiento para hallar el paso a la Especiería. Quiso organizarlo en 1512 y llevando además a su hermano Francisco de Solís y al portugués Juan Enriques, pero el Rey de Portugal conoció el proyecto y protestó airadamente por lo que fue preciso suspenderlo. En 1513 Vasco Núñez de Balboa descubrió la Mar del Sur en Panamá, lo que reactivó la ansiedad española por encontrar el estrecho interoceánico. Tras haber nombrado a Pedrarias Dávila Gobernador de Castilla del Oro, el Rey Católico capituló con Díaz de Solís (24 de noviembre de 1514) un viaje de descubrimiento “a las espaldas de la tierra donde agora está Pedro Arias, mi capitán general y gobernador de Castilla del Oro, y de allí adelante ir descubriendo por las dichas espaldas de Castilla del Oro mil e setecientas leguas, e más si pudiéredes, contando desde la raya e demarcación que va por la punta de la dicha Castilla del Oro delante de lo que no se ha descubierto hasta agora”. Se trataba por tanto de encontrar el Estrecho que comunicaba el Atlántico con el Pacífico y subir por éste océano hasta la altura de Panamá, desde donde Solís debía descubrir 700 leguas o más hacia occidente (hasta las islas Molucas). Esta vez se incrementaron las medidas para que la operación fuera secreta, para evitar reclamos portugueses, como consignó el mismo Rey, en sus instrucciones a Solís (“Habéis de mirar que en esto ha de haber secreto, e que ninguno sepa que Yo mando dar dineros para ello, ni tengo parte en el viaje, hasta la tornada”). El Piloto Mayor debía por ello preparar su expedición en Lepe, como si fuera suya, aunque la corona le entregó secretamente 4.000 ducados de oro para ella, de manos del contador Juan López de Recalde. El viaje se haría con tres naves, 60 tripulantes y mantenimientos para dos años y medio. El piloto Juan de Ledesma volvería a acompañarle. También irían en el mismo el contador y escribano Pedro de Alarcón y el factor Francisco de Marquina. El escaso número de tripulantes y la enorme cantidad de alimentos ponían de manifiesto que se iba a un objetivo muy lejano.
Juan Díaz emprendió su último viaje en la búsqueda del pasaje transoceánico, y en caso de encontrarlo, planeaba atravesar el océano Pacífico hasta alcanzar el Extremo Oriente. Viajaban en la expedición Juan de Ledesma, Pedro de Alarcón (como contador y escribano de la armada) y Francisco de Marquina (como factor), estos dos últimos nombrados por el rey, los pilotos Juan de Lisboa y Rodrigo Álvarez, el maestre Diego García de Moguer y el alférez Melchor Ramírez.
Luego de hacer una escala de reaprovisionamiento en Santa Cruz de Tenerife, en las islas Canarias, se dirigieron a la costa del Brasil, que alcanzaron al divisar el cabo San Roque, al sur del cabo de San Agustín, hacia donde los llevaron las corrientes marinas. Continuaron luego siguiendo hacia el sur la costa brasileña, pasando por el cabo Frío, la bahía de Guanabara (río de Genero, o río de Janeiro), en donde obtuvieron provisiones de los indígenas. Luego pasaron por el cabo de Navidad (¿el 25 de diciembre?), y alcanzando el río de los Santos Inocentes el 28 de diciembre (actual Santos). Díaz de Solís navegó lentamente hacia el sur a la vista de tierra, pasando el cabo de Cananea (isla de Cananéia, el 6 de enero) y alcanzaron luego una isla a la que Díaz de Solís denominó de la Plata (posiblemente la isla San Francisco o la isla de Santa Catalina, en donde obtuvieron provisiones de los indígenas), y una bahía ubicada a 27° Sur que se llamó de los Perdidos.
Prosiguió explorando la costa riograndense y la uruguaya, pasando el cabo de las Corrientes (posiblemente el de Santa Marta Grande) y la isla de San Sebastián de Cádiz el 20 de enero (cercana al cabo Polonio), alcanzando la isla de Lobos y Punta del Este el 2 de febrero. Allí tomó posesión de la tierra en nombre del rey de España, erigiendo una cruz al son de trompetas ante el escribano Alarcón, llamando al lugar Puerto de Nuestra Señora de la Candelaria (posiblemente en la actual Maldonado). En la capitulación se indicaba que la toma de posesión se hiciera donde haya algún cerro señalado o árbol grande.
Pasaron el Cabo de las Corrientes y fueron a surgir en una tierra en 29 grados y corrieron dando vista a la isla de San Sebastián de Cádiz, a donde están otras tres islas que dijeron de los Lobos, y dentro el Puerto de Nuestra Señora de la Candelaria que hallaron en 35 grados, y aquí tomaron posesión por la Corona de Castilla.
Relación de Herrera
Ingresaron así en el Río de la Plata, una enorme extensión de agua dulce fruto de la unión de los ríos Paraná y Uruguay, confundiéndolo con un brazo de mar sin salinidad, que Díaz de Solís bautizó mar Dulce, y pudo penetrar en él gracias al escaso calado de sus tres carabelas.
Fueron a surgir al Río de los Patos en 34 grados y un tercio, entraron luego en un agua que por ser tan espaciosa, y no salada, llamaron Mar Dulce, que pareció después ser el río que hoy llaman de la Plata y entonces dijeron de Solís. De aquí fue el Capitán con él un navío que era una carabela latina reconociendo la entrada por la una costa de el río, surgió en la fuerza de él cabe una isla mediana en treinta y cuatro grados y dos tercios.
Relación de Herrera
La Muerte de Solís
Díaz de Solís exploró el río con una carabela chica en busca del paso hacia el mar del Sur, pasando frente al río de los Patos (posiblemente el río Santa Lucía) e hizo escala en la isla Martín García, que bautizó así porque allí tuvo que sepultar al despensero de ese nombre, fallecido a bordo de la carabela, convirtiéndose Díaz de Solís en el primer europeo en poner pie en forma comprobada en lo que hoy constituye la República Argentina.
Ven sobre la costa “muchas casas de indios y gente, que con mucha atención estaba mirando pasar el navío y con señas ofrecían lo que tenían poniéndolo en el suelo; quiso en todo caso ver qué gente era ésta y tomar algún hombre para traer a Castilla”. Seducido por estas demostraciones de amistad, o quizá esperando conseguir víveres frescos y hacer algún comercio, Solís se embarca en un pequeño bote hacia la costa con el contador Alarcón, el factor Marquina y seis marineros más. Sabían que más al norte, en la costa atlántica, los indios eran bondadosos y ofrecían a los navegantes, frutas y otros géneros.
Una vez en tierra, en la margen izquierda del arroyo de las Vacas, se adentraron un poco alejándose de la orilla. Los nativos estaban emboscados, esperándolos, y como una avalancha cayeron sobre ellos con boleadoras y macana, y los apalearon y despedazaron hasta matarlos a todos, con la única excepción del joven grumete Francisco del Puerto, que se salvó y quedó cautivo con los indígenas.
La generalidad de los cronistas y otros testimonios de la época añaden que los indígenas descuartizaron los cadáveres a la vista de los que habían quedado en la carabela, y comieron los trozos de los españoles. No faltan modernos historiadores que niegan el hecho, considerándolo falso y como una de las muchas leyendas infundadas que hay en la conquista de América. Pero J. T. Medina logró probar, hace ya muchos años, que en efecto los indios mataron y comieron a los desdichados españoles, utilizando los testimonios de Diego García, y de muchos más, entre ellos los relatos del sobreviviente Francisco del Puerto.
No fueron los charrúas
No se sabe si los indígenas que dieron muerte a Solís y a sus hombres, fueron guaraníes de las islas del delta o los charrúas de la costa uruguaya.
La hipótesis de que los asesinos del descubridor del Plata fueron los charrúas del Uruguay ha quedado fuera del tintero, ya que no habitaban la zona en la cual desembarcó Solís. Los charrúas eran indígenas cazadores y recolectores nómadas, que vivían en las costas del Río de la Plata y del río Uruguay, también practicaban la pesca para lo cual contaban con grandes canoas.
Quedarían los guaraníes, pero los detalles de la muerte de Juan Díaz de Solís, de la manera en que fueron referidos, muestran un canibalismo diferente del practicado por los guaraníes, ya que están ausentes los elementos simbólicos que lo caracterizaban, lo mismo que su ceremonial preparatorio y su forma de ejecución.
Esto indicaría que los autores habrían sido indígenas guaranizados, que asimilaron nada más que algunos rasgos culturales sin aprender la significación global de una institución como el canibalismo de los guaraníes, que se distinguía precisamente por la forma estudiada en que se cumplían las sucesivas etapas conducentes a sacrificar y comer a un prisionero de guerra.
Siempre se aplicaban con el sentido de absorber las virtudes del inmolado, que generalmente era un guerrero hecho prisionero en combate. Todo ese ceremonial no tenía comparación con la manera repentina y precipitada en que, según las fuentes, procedieron los indígenas a matar y devorar en el sitio mismo a los extraños que acababan de desembarcar. Tampoco hay ningún relato de otro acontecimiento similar que hubiera ocurrido en alguna parte del Río de la Plata, por lo que algunos historiadores, como se dijo más arriba, han puesto en duda la veracidad de las narraciones consideradas clásicas. Pero el hecho de que dejaran con vida al joven grumete Francisco del Puerto obedece a las costumbres de sólo comer a los guerreros, dejando fuera a niños y mujeres.
El pobre grumete, abandonado por sus compatriotas, estuvo conviviendo muchos años con los indígenas, hasta que fue rescatado en 1527 por la expedición de Sebastián Caboto. Francisco del Puerto les sirvió como intérprete durante la expedición, pero un día consideró que no era suficientemente recompensado y tramó una venganza. Durante una operación comercial con ciertos indígenas, en el río Pilcomayo, organizó un ataque sorpresivo que infligió muchas bajas en los españoles. Nunca más se supo nada del grumete Francisco del Puerto.
Regreso sin Solís
Los demás integrantes de la expedición de Solís, regresaron a España, menos dieciocho marineros que quedaron abandonados en la isla de Santa Catalina (Brasil), a la cual llegaron a nado tras haber naufragado una de las carabelas.
Estos náufragos iban a tener un papel protagónico en la historia y conquista del Río de la Plata, ya que fueron ellos los que, rescatados por Caboto, dieron comienzo a la leyenda del rey Blanco que vivía en una sierra de plata. Como su nombre lo indica era toda de plata, y estaba en las inmediaciones del inmenso Río de Solís, también bañado de plata. Esta leyenda es la que originó las expediciones al Río de la Plata, todas con el objetivo de encontrar grandes cantidades de plata. Pero la plata de la que tanto se hablaba era la de los incas, en el Perú, y la del Potosí, en Bolivia. En las costas argentinas y uruguayas, sólo había de plata el reflejo de la Luna sobre el río.

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Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 1980.
Gandía, Enrique. “Descubrimiento del Río de la Plata, del Paraguay y del estrecho de Magallanes”. En: AA. VV. Historia de la Nación Argentina. El Ateneo y Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 2° edición, 1955. Tomo II, capitulo III.
Martínez Sarasola, Carlos. Nuestros paisanos los indios. Emecé. Buenos Aires, 1996.
Medina, José Toribio. Juan Días de Solís. Estudio histórico. Santiago de Chile, 1908.
Rubio, Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII. Salvat, 1953.
Villanueva, Héctor. Vida y pasión del Río de la Plata. Plus Ultra, 1984.
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