El Último Shah de Persia.

El 16 de enero de 1979 Mohammad Reza Pahlevi, Shah de Irán, tiene que abandonar su país tras el triunfo de la Revolución Islámica. Un año después fallece en El Cairo, sexto y último destino de su  peregrinaje, víctima de un cáncer. Se iniciaba la llamada ‘maldición del Shah’.

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Mohammad Reza Pahlaví. Nació en Teherán, 26 de octubre de 1919  y falleció en el El Cairo, 27 de julio de 1980, ostentaba el tratamiento de Su Majestad Imperial y portaba los títulos de Shahanshah (Rey de Reyes) y Aryamehr (Luz de los Arios), monarca de Irán desde el 16 de septiembre de 1941 hasta la revolución iraní de 11 de febrero de 1979. Él fue el segundo y último monarca de la casa de Pahlavi de la monarquía iraní y la dinastía Pahlaví y el último Shah o emperador de Irán.
Nació en el barrio teheraní de la Puerta de Qazvín en una casa alquilada por su padre, el oficial de la brigada cosaca de Ahmad Shah Qayar, Reza Jan Mirpanŷ Savadkuhí, comandante del regimiento de Hamadán (conocido como tras su coronación como Reza Shah Pahlaví) (1877-1944), y por la esposa de este Nimtaŷ Ayromlú, después conocida como Tayolmoluk Ayromlú.
Tres meses después del golpe de estado del 22 de marzo de 1921 que llevó al poder a su padre, la familia se muda a una casa más grande, donde vivirían padre y madre, su hermana mayor Shams (1917-1996), su hermana melliza Ashraf, su hermano menor Alí Reza y el propio Mohammad Reza, entonces de dos años de edad. Fue en esa casa donde éste comenzó a aprender de su preceptora Madame Arfa’ la lengua francesa y una serie de aspectos generales sobre la cultura occidental, la Revolución francesa, los pensadores occidentales y la historia de Occidente.
Reza Jan fue coronado como Reza Shah teniendo Mohammad Reza siete años de edad. Para la ceremonia, celebrada en el Palacio de Golestán, fabricaron una ‪‪corona especial para uso del pequeño príncipe, a quien se reservó uno de los edificios del mismo palacio para adiestrarlo allí en los protocolos y tradiciones reales. Sería instruido además en la escuela Madrese-ye Nezam junto a veinte compañeros selectos, intentando el monarca, sin éxito, que se tratase a su hijo, heredero del trono, como al resto
Completó su formación previa en Palacio, asistiendo al Instituto Le Rosey, prestigiosa escuela Suiza, hasta 1935. A su vuelta a Irán, realizó la carrera militar en la Academia Militar de Teherán, que completó en 1938.
Mohammad Reza sucedió a su padre, simpatizante de la Alemania Nazi durante la Segunda Guerra Mundial que fue obligado a abdicar, en agosto de 1941, por Reino Unido y la Unión Soviética. Durante el periodo que duró la guerra Irán permaneció ocupada por británicos y soviéticos, y el nuevo Shah Reza Pahlaví colaboró con los aliados.
Unió los partidos políticos en uno solo, el Partido del rey y emprendió una política de modernización: expropiación de latifundios, sufragio femenino, tendencia al laicismo, etc. Estas reformas (llamadas “revolución blanca”).
En 1967 se corona Emperador de Irán en una fastuosa ceremonia a la que asistieron personalidades de todo el mundo. Pospuso la ceremonia porque, según él, no había honor en ser rey de un país empobrecido.
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Tras el fin de la guerra en 1946 sufre un atentado en el cual recibió seis disparos de un fanático religioso de la extrema derecha iraní llamado Fakhr Arai.
El 13 de agosto de 1953 el Shah firma un decreto por el que destituye a Mossadegh y nombra al coronel Fazlollah Zahedi primer ministro (fue posteriormente suegro de su hija, Shahnaz). Pero Mossadegh arresta al coronel que lleva el documento, que no es otro que Nematollach Nassiri, quien más tarde llegaría a ser el jefe de la Savak. Las calles se llenan de multitudes que protestan por la decisión del Shah. En vista del panorama éste, junto con su esposa Soraya, toma un avión para huir, primero a Bagdad y luego, a Roma. Durante ese proceso, Allen Dulles, jefe de la CIA, se desplaza a Roma, con intención de coordinar la acción conjunta con Mohammad Reza, para destituir a Mossadegh.
En Teherán multitud de comunistas controlaban las calles y celebraban la partida del Shah. Entonces el ejército salió de sus cuarteles y empezó a acordonar a los manifestantes. En la madrugada del 19 de agosto, se dio orden a los agentes iraníes de lanzar a la calle a todos los efectivos que fueran capaces de conseguir.
Los agentes se dirigieron a los clubes deportivos, donde reclutaron un extraño revoltijo de atletas y gimnastas con los que formaron un grupo de manifestantes extraordinario que hicieron desfilar por el bazar lanzando gritos a favor del Shah.
Por la tarde Zahedi salió de su escondrijo. El Shah volvió del exilio. Mossadegh fue encarcelado. Los líderes del partido Tudeh, partido comunista de Irán, fueron asesinados. Estados Unidos nunca reconoció el papel que la CIA había desempeñado en aquellos acontecimientos, hasta las recientes declaraciones de Barack Obama; sin embargo el que más habló de ello fue el mismo Dulles que en una entrevista, a la pregunta de si era verdad que «la CIA había gastado millones de dólares para reclutar a personas que se manifestasen en las calles y para otras acciones dirigidas a derrocar a Mossadegh» (que había nacionalizado la producción de petróleo, antes BP, y así, tras el golpe de estado del Sha, volvía a manos de los anglosajones), Dulles contestó: «De acuerdo, sólo puedo decir que es del todo falsa la afirmación de que gastamos mucho dinero para conseguir este objetivo».
El descontento popular, alcanza su punto álgido en 1978: se teme una revolución y el presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, pide al Shah que emprenda reformas democratizadoras. Mohammad Reza pone entonces en pie varios gobiernos liberalizadores que caen uno tras otro. La revolución parece inminente y, en efecto, el 16 de enero de 1979 el Shah debe exiliarse.
La revolución desatada es furibundamente antimonárquica. Los ciudadanos buscan, con sus protestas, acabar con una monarquía prooccidental, megalómana y elitista. Mientras, el ejército permanecía impasible, en observación neutral y, el primer ministro, Zahedi, actúa en la oscuridad, el anciano teólogo y agitador Jomeini da los últimos toques a su proyecto de república islámica,. La administración Carter, a la zaga desde 1978 tras su pretendido apoyo a Reza, le ha dado finalmente su beso de la muerte .
Occidentalización de Irán
Reza Pahlevi heredó el trono muy joven, con apenas veinte años. Al principio continuó las tímidas reformas que había iniciado su padre. Unos años más tarde decidió acelerarlas poseído por la creencia de que estaba llamado a culminar una misión histórica, la de llevar de la mano a su viejo reino de la Edad Media al siglo XX. Tendría que hacerlo durante su propia vida para entregar a sus herederos un país rico, plenamente industrializado y convertido en una potencia de primera fila.
Transformar en tan poco tiempo un país tan vasto, poblado y diverso era imposible a través de los métodos tradicionales. A países mucho más homogéneos como la propia Inglaterra le había llevado un siglo llegar a la meta. A Francia y Alemania más o menos lo mismo. Otros como España o Italia lo llevaban intentando desde hacía cien años y no terminaban de amarrarse a la modernidad. Aunque, claro, los dolientes europeos del sur carecían de un valioso recurso que a él le sobraba: el petróleo. Con sus jugosas rentas podría hacer realidad cualquier proyecto y hacerlo a toda velocidad.
Inspirándose en la planificación soviética, anunció a finales de los años 40 los llamados planes septenales. Siete años de desarrollo perfectamente planificado, dotado por una generosa partida presupuestaria. Entre 1955 y 1962 gastó mil millones de dólares en construir infraestructuras, pozos petroleros y presas hidroeléctricas. Esa sería la base del poderío persa, que a finales de siglo habría de igualarse al de las grandes potencias, con las que su hijo podría codearse de tú a tú.
A partir del 62 los planes fueron quinquenales y las cantidades asignadas al plan se multiplicaron. En quince años enterró cerca de 100.000 millones de dólares en planes de todo tipo, a cada cual más delirante. Creó industrias por doquier, puertos, aeropuertos, líneas de ferrocarril, polos petroquímicos, minas, oleoductos y gasoductos que atravesaban el país buscando los puertos de atraque de los sedientos petroleros occidentales. Persia marchaba bien, se invertían cada año mareantes cantidades de dinero en los sectores más insospechados y un torrente de extranjeros afluía al país atraído por las oportunidades de negocio.
Los persas, que no eran ajenos a tanto trasiego y a tanto gasto faraónico, no tardaron en bautizar a los planificadores como los “masachuseti”, ya que la mayor parte de ellos venían de las universidades de Massachussets, donde los capitostes del régimen Reza Pahlevi y Farah Dibah en EEUU en 1977enviaban a educarse a sus hijos. Decían renegar del socialismo y regirse por la lógica del capitalismo, en el que, con todo, no terminaban de creer. El desarrollo en Irán lo propulsaría el Estado conforme a un mapa de ruta dibujado previamente.
El Sha, entretanto, mostraba radiante su satisfacción. Persia había encontrado la auténtica tercera vía, a la que denominaron “revolución blanca”. Lo cierto es que no se diferenciaba mucho de la roja. Con las grandes obras llegaron las movilizaciones de población. Los “masachuseti” consideraban que era absurdo que hubiese tantos pueblos dispersos por todo el país. Los colectivizadotes trazaron un plan maestro para reorganizar toda la agricultura. Arrebataron tierras al clero -con la iglesia hemos topado amigo Shah- y crearon de la nada los “shakraks”, ciudades modelo en las que se levantaron colegios, hospitales y bloques de viviendas.
Reza Pahlevi pensaba que, con estas medidas drásticas, Persia daría un paso de gigante. Rotas las lealtades tribales, doblegado el poder de los clérigos y aplastadas las tradiciones centenarias que lo condenaban al subdesarrollo, el país se encaminaría raudo y sin ataduras hacia un mañana espléndido. Se equivocaba. Mientras los buldózer del Ministerio de Planificación arrasaban más y más aldeas, los jóvenes desarraigados emigraban a las ciudades y se refugiaban en las mezquitas, donde daban con los clérigos que el Sha había condenado al ostracismo. Ofrecían un bálsamo para su desazón, coranes, rezos y la esperanza de que la pesadilla pronto acabaría, gracias al regreso del ayatolá Jomeini, exiliado en la ciudad santa de Nayaf, en el vecino Irak.
Por mucho misticismo que irradiase Jomeini, los miembros del partido único gubernamental, el Rastakhiz (Renacimiento), no veían motivo de temor. Gracias al encarecimiento del petróleo, Teherán ingresaba más dólares que nunca,
lo que le permitía profundizar en las reformas y mantener un nutrido y bien armado ejército que disuadía a la oposición de cualquier tentativa de revuelta. La imagen del Sha, para colmo, era inmejorable en el exterior.
En 1971 gastó 200 millones de dólares en una extravagante celebración que conmemoraba los 2.500 años de monarquía persa desde su fundación por Ciro el Grande. Todos los líderes internacionales se rifaban su presencia y le obsequiaban con prestigiosas condecoraciones. Unas cincuenta coleccionaba en el palacio de Niavaran, un lujoso complejo que Pahlevi hizo construir al norte de Teherán. Dos de ellas españolas, la Orden del Yugo y las Flechas en 1957 y la de Carlos III en 1975.
Pero dentro de Irán el descontento crecía. Como era de esperar, los planes habían conseguido lo contrario de lo que se proponían. Los sectores nacionalizados eran improductivos y un desastre organizativo. Algo similar sucedía con la agricultura y la minería. Las reformas políticas, encaminadas a mejorar la condición de las mujeres o a luchar contra el analfabetismo se percibían como parte indisoluble del odiado régimen ingenieril, no como un avance necesario. Los clérigos, cada vez más influyentes y radicalizados, servían como correa transmisora de la insatisfacción generalizada.
A finales de 1977 comenzaron las primeras huelgas y protestas en la calle. El Gobierno las reprimió sin darles mayor importancia. Luego se produjo el silencio y, en enero de 1979, el estallido revolucionario. Nadie lo vio venir ni alcanzó a entenderlo en toda su magnitud. Reza Pahlevi podría haber ahogado el motín en un baño de sangre, pero no era Stalin. Sus refinadas formas parisinas le impedían mancharse las manos y quedar como un repulsivo déspota delante de sus amigos occidentales. 
Pocas semanas después el ayatolá Jomeini aterriza en Teherán y su peculiar agradecimiento a Washington consiste en que sus seguidores más fanáticos tomen al asalto la embajada estadounidense. El personal diplomático se convierte en rehén durante 444 días de los revolucionarios. Es el inicio de la hasta hoy vigente guerra fría entre los dos países reavivada en los últimos días.
Un referéndum popular aprueba la República Islámica de Irán. Jomeini apuesta por un papel activo de la religión en los asuntos políticos, cuya vía de expresión es el nacionalismo.
¿Pero…qué ocurrió con la familia imperial?
El Sha se había casado en tres ocasiones: su primer matrimonio lo contrajo con Fawzia de Egipto, sobrina del rey Faruk (de ahí su exilio en Egipto). Con ella tuvo una hija.
Tres años después se casó con Soraya, ‘la princesa de los ojos tristes’ bellísima pero estéril, causa que provocó su divorcio siete años después. Finalmente se unió a la que sería su esposa hasta el fin de sus días Farah Diba, en 1958 convirtiéndola en emperatriz, Shahbanu, título creado específicamente para ella, en una fastuosa ceremonia . El matrimonio tuvo cuatro hijos.
Pero el triunfo de la Revolución y el forzado exilio acabó con la Familia Real Persa . Sus tres hijos pequeños, las princesas Farah Naz, de 17 años, Leyla de 8 y el príncipe Alí Reza, de 12 años, se refugiaron en Texas durante los primeros días y acompañaron a sus progenitores en su tortuoso peregrinaje hasta su destino final, Egipto, donde se instalaron algún tiempo. El trauma les marcaría para siempre. La primera en perder la vida por una dosis de barbitúricos fue la princesa Leyla, el 10 de junio del 2001, en un hotel de París. El suicidio de Ali Reza Pahlevi a los 44 años, menor de los hijos varones del matrimonio ocurrió el 4 enero del pasado 2011.
El lujo y los millones de dólares que poseían, “presuntamente desviados” de los recursos iraníes, no consiguieron ayudarles a superar su sentimiento de profundo desarraigo.
Los sueños de grandeza del presunto heredero de Ciro y Darío condenaron a sus descendientes a un trágico destino.

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Cairo En medio de majestuosas exequias, dignas de un emperador, fue inhumado ayer el cadáver del ex soberano iraní. En el centro de la capital, la multitud gritaba «Alá es el único Dios», mientras sonaba una salva de veintiún cañonazos y el impresionante ritmo de los tambores que precedían al féretro, colocado sobre un armón de artillería y recubierto por la bandera iraní, llenaba el aire de la ciudad. En el cortejo no figuraba ningún jefe de Estado, a excepción de Sadat, y sólo Marruecos había enviado un representante especial.
Por fidelidad a su amigo, al que había concedido asilo en Egipto, el presidente Sadat acompañó el cadáver hasta su última morada. Por el ex sha de Irán, el presidente egipcio desafió todas las medidas de seguridad y caminó durante cuarenta minutos por las calles de El Cairo a merced de un eventual francotirador.
funeral

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MIÉRCOLES, 30 de julio de 1980 El PAis
La Vanguardia
Libertad dDigital
theiranian.com

 

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