Contad los Muertos.

Melo

Don Francisco de Melo y de Castro, marqués de Tordelaguna, gobernador de los Países Bajos españoles y de Borgoña, escribía con toda parsimonia un memorándum a su rey aquella mañana tan inquieta del 17 de mayo. Su sombrero estaba colocado en un extremo de la mesa, encima de un montón de papeles. Muy cerca del escritorio, clavada en la tierra, presidía la estancia una bandera de tono azul claro, con una franja del mismo color pero un poco más oscuro, sobre la que se atravesaban las grandes aspas rojas de Borgoña. Aunque se encontrara en una tienda de campaña, grande y convenientemente adornada, el elegante noble portugués poseía tanta prestancia que con su sola figura hacía creer al visitante que se hallaba en el palacio real. Su fino bigote negro, que en sus extremos adoptaba una graciosa y aristocrática curva hacia arriba, le daba tal solemnidad que imponía el respeto más profundo a sus subordinados más inmediatos. A pesar de tener ya los cuarenta y seis años, su cabello seguía siendo negro intenso, aunque en los últimos tiempos comenzaba a escasear, lo que le producía cierto fastidio.

Inclinada su mirada sobre una mesa muy amplia, repleta de mapas y legajos, trataba de concentrarse para exponer de manera adecuada sus alegaciones y peticiones, compensándolas con halagos y parabienes. Desde que Olivares se había marchado, ahora que se decía que Su Majestad Católica quería tomar el remo y llevar de modo personal los asuntos trascendentales del inmenso Estado, se había convertido en una verdadera obra de arte solicitar al monarca el envío de nuevas cantidades de dinero y de tropas. La cuestión era peliaguda, porque si el solicitante se dedicaba sólo a instar el socorro real, sin más, corría el riesgo cierto de no ser atendido, ni siquiera contestado. Era preciso, por lo tanto, exponer de manera escueta el estado de necesidad en que se hallaba el ejército de Flandes; reconocer a continuación que los problemas más acuciantes para la monarquía no consistían en remediar la situación de Europa central, sino en sofocar la revuelta catalana, que desde hacía tres años tenía convulsa la península y privaba de un tranquilo y merecido sueño al soberano. Y era ahí donde los años que don Francisco de Melo había dedicado a la alta diplomacia le iban a servir, pues ése era el momento de sugerir que quizás aliviara algo la inmensa preocupación originada por los catalanes el hecho de atacar a los franceses por la retaguardia, es decir, por el norte, amenazando el corazón de esa nación, que era París, situada a un poco más de cinco jornadas.

Se deleitaba dándole vueltas una y otra vez a cierta vieja idea, nacida un siglo antes, en el momento de máximo esplendor del poderío español, y que ahora, en tiempos de penuria económica y anímica, nadie recordaba ya. Era la difícil pero viable misión de penetrar por el norte francés y emprender a continuación una carrera victoriosa que terminase en las calles mismas de París, abriendo de par en par las puertas del palacio del Louvre. Sólo había que ahondar en la propuesta de atacar el norte de Francia desde Flandes, ya defendida por el conde de Monterrey en 1625, el año en que se rindió Breda. Sólo tendría que desarrollarla y llegar hasta sus últimas consecuencias. En vez de realizar el tímido gesto de enseñar los dientes al enemigo, habría que abalanzarse sobre él, dispuesto a engullirlo de un solo bocado. Era posible aprovechar el vacío de poder producido en el país vecino, que no amigo, tras la muerte del cardenal-duque de Richelieu a finales del año anterior y el previsible fallecimiento del rey Luis, que agonizaba en París en esos mismos momentos. Atacando a los franceses desde Flandes y poniendo en peligro su propia capital, según el ejemplo de Carlos V en el siglo pasado, les obligaría a acudir en defensa de su territorio. De esta forma conseguiría debilitar el empuje de los ejércitos franceses que ayudaban a los catalanes en su revuelta independentista contra los demás españoles.

Era el mismo objetivo militar que siete años atrás estuvo a punto de conseguir el cardenal-infante don Fernando, el hermano menor del rey, su digno antecesor. Aquella misma mañana le había llegado un correo que le anunciaba que todavía no se había procedido a la elección del nuevo primer ministro francés. La situación de acefalía era idónea para dar un golpe de mano y capturar algunas plazas fortificadas, como la de Rocroi, frente a cuyas murallas había acampado el ejército de Flandes cinco días antes. De vez en cuando su mente recomponía las piezas requeridas para llevar a cabo en 1643 el sueño que Manuel Filiberto de Saboya no pudo culminar en 1557 cuando, después de aplastar a los franceses en San Quintín, solicitó permiso a Felipe II para aprovechar la ventaja obtenida en esa batalla y conquistar París, al alcance de su mano. El rey prudente se había negado con contundencia, más que por la virtud que le hizo famoso, por evitar que el gobernador de Flandes realizara una gesta de tal importancia que le convirtiera en rival digno de ser tenido en consideración.

Cierto, Su Majestad Católica no le ordenaba expresamente que atacara la Francia septentrional, pero don Francisco de Melo creía haber captado que ése era el verdadero deseo del monarca. Al distinguirlo el año anterior con el marquesado de Torrelaguna por su indiscutible victoria sobre los franceses en la batalla de Honnecourt, le había enviado una cariñosa carta donde le manifestaba que «confiaba en su genio militar para reducir al enemigo» y que «esperaba por su mano el remedio de todo», a lo que añadía que «tenía la esperanza de contar algún día con él para empresas aún más altas». Aunque se trataba de frases que podían interpretarse en más de un sentido, el gobernador general de los Países Bajos españoles y de Borgoña había entendido, desde el mismo momento en que leyó el mensaje real, que tenía concedido un permiso indefinido para invadir el norte francés si con ello resultaba algún beneficio para España. La caída de Olivares no había supuesto cambio alguno en la política exterior del Estado, como lo demostraba el hecho de que, al parecer, según informes confidenciales recién recibidos, el nuevo valido del rey iba a ser precisamente don Luis Méndez de Haro, sobrino del conde-duque, lo que cabía considerar como un signo evidente de la continuidad de la estrategia belicista de su antecesor.

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También interpretaba, aunque esto ya no lo había de comentar con nadie, como era lógico, que su éxito militar podría llevar aparejado que el cargo que ostentaba interinamente le fuera atribuido en un futuro con carácter fijo e indefinido.

Y, aunque era aún más difícil de lograr, nada le impedía soñar con obtener algún día la privanza del Estado. Ahora que había caído Olivares y que el papel de Haro, su sobrino, iba a ser sin duda más limitado, tenía conciencia de que era el momento oportuno para conseguir unos cuantos triunfos bélicos en Europa, precisamente cuando la llamada guerra imperial parecía estar del todo agotada y muy cercana a la solución final. Una victoria de renombre en el norte francés sería, sin duda, su mejor credencial para regresar a España como el hombre fuerte cuyo puesto sólo podía estar al lado del mismo rey Felipe.

El célebre Ambrosio de Spínola había estado a punto de lograrlo dos décadas antes, a raíz de la rendición de Breda. Al presentarse en Madrid dispuesto a ganarse a la corte con sus exquisitos modales italianos, sedujo a los más importantes miembros del Consejo de Estado y habría conseguido su objetivo final si no hubiera tenido la mala suerte de toparse con la formidable pujanza del conde-duque de Olivares, entonces en su mejor momento, que le cerró, decidido, el paso. Don Luis de Haro no poseía la envidiable posición que disfrutó antaño su tío ni tenía su poderoso carácter, lo que posibilitaba el buen éxito de la empresa. Como era obvio, para ser eficaz necesitaba más dinero, lo que también solucionaba, en parte al menos, el problema de las tropas. Sabía más que bien que, en los últimos años, se había convertido en una empresa casi imposible conseguir  para el ejército de Flandes nuevos reclutamientos en la península.

Ya era bastante difícil hacer levas castellanas para la guerra catalana, que amenazaba con romper la unidad peninsular.

Como le sucede a la bota de vino de solera, de la que se extrae el líquido selecto que transmite a los demás barriles de vino joven la esencia de la exquisitez, los españoles eran también la esencia del Ejército, los que marcaban a los demás el camino. El valor de un soldado español era ejemplo para los italianos y los valones, aunque quizá no fuera así para los mercenarios alemanes, que desde hacía mucho se habían convertido en tropas secundarias, debido a su indisciplina y falta de

reciedumbre. Ya nadie consideraba que un lansquenete alemán, en su época el soldado más temido, junto con el piquero español, pudiera formar parte de una fuerza de choque. Por lo pronto, tenía que explicarle al soberano las razones por las que se encontraba ahora en una enorme tienda de campaña, entre una montaña de documentos militares. Desde que asumió unilateralmente el mando supremo de las operaciones, tras la desgraciada muerte del cardenal-infante en el sitio de Aire a causa de unas misteriosas fiebres tercianas, un año y medio antes, le había cogido cierto gusto a los asuntos militares. Su primer contacto con la guerra se produjo en 1635, cuando intervino en la espantosa batalla de Tornavento.

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Poco tiempo después recibió el mando de las tropas de Lombardía con la categoría de maestre de campo general. Con el cargo más alto, el de general en jefe, que ostentaba entonces como gobernador general, había derrotado el año anterior a los franceses en Honnecourt y Su Majestad Católica le había premiado generosa pero merecidamente por esa victoria concediéndole un nuevo título, el cual había  añadido a los de conde de Assumar y marqués de Illescas, que ya poseía con anterioridad. Estaba convencido de que, en el Ejército, como sucede también en la política, lo importante era simular, aguantar lo mejor posible las situaciones adversas y golpear sin piedad cuando se ocupaba una posición favorable.

Todos los que habían iniciado la guerra imperial ya estaban muertos: el emperador Fernando, el intrigante príncipe palatino Anhalt-Bernburg, el pérfido Richelieu, el gran rey sueco Gustavo Adolfo y los demás gloriosos generales como Spínola, Feria, Nassau, Wallenstein, Tilly o el cardenal-infante don Fernando. El mismo rey cristianísimo, el amanerado Luis XIII, estaba a punto de concluir su lenta agonía. Y hasta Olivares era un cadáver, al menos desde el punto de vista político. Los dirigentes actuales luchaban por inercia, para continuar lo que habían emprendido sus antecesores, aunque sin comprender de veras cuáles eran las razones de tanta destrucción y muerte, por más que Francisco de Quevedo hubiera escrito:

El quitarle Mantua a quien lo heredaba, comenzó la guerra, que nunca se acaba.

 Su vida había estado dedicada a la alta política, a gestionar los intereses de España desde una perspectiva más elevada. Había recorrido media Europa sirviendo a su rey, primero como embajador en Saboya en 1632 y en Alemania en 1635, y, después, ya con el lucrativo cargo de virrey, en Sicilia. Conocía la realidad europea y la peninsular, y todavía no sabía cuál de las dos era más compleja.

 Más que la interminable guerra imperial que se desarrollaba en Europa desde hacía veinticinco años, don Francisco de Melo creía que habían sido las sublevaciones de Portugal y de Cataluña las que costaron el puesto a Olivares. La continuada ausencia de la corte por parte del rey Felipe, enfrascado en las campañas de Aragón, permitieron que la reina Isabel de Borbón, en su calidad de gobernadora, encabezase la llamada conspiración de las mujeres, cuyo fin no era otro que eliminar al conde-duque y sustituirlo por otro grande, de preferencia el duque de Alba. Aunque portugués de nacimiento, pues vino al mundo en Extremoz, un pueblo del Alemtejo cercano a Badajoz, se había convertido en un castellano más, debido a los años dedicados al servicio de Felipe IV. Comenzó desde abajo, pues era hidalgo pobre, y fue escalando puestos poco a poco: de gentilhombre del rey pasó a ser embajador, y de diplomático se convirtió con el tiempo en político y militar. Por eso no se había mostrado solidario en su día con la revuelta que instaló

en el trono de Portugal a Juan IV, su pariente, un Braganza como él, lo que le costó el destierro perpetuo de su país de origen y la confiscación de todos los bienes que tenía en tierras lusitanas.

La guerra imperial era otra cosa.

 Se inició en algún lugar remoto y por motivos muy complejos. El conflicto se fue prolongando durante muchos años, hasta producir poco a poco la extenuación de los países contendientes. En los primeros tiempos, España, como siempre, ayudó al emperador alemán frente a la coalición de Estados protestantes. Los intereses peninsulares estaban muy bien defendidos, porque entonces vivía el gran Ambrosio de Spínola, aunque genovés, el mejor general español de los últimos tiempos, el gran paladín de Flandes.

 Desde que supo que su protector, don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde de Olivares y duque de Sanlúcar la Mayor, había caído en desgracia, comenzó a temer que su puesto como máxima autoridad en Flandes pudiera estar también en peligro en un futuro no muy remoto, a poco que se encadenaran una serie de acontecimientos adversos. Por lo pronto, su cargo era interino. Hacía muchas décadas que se había ido consolidando la costumbre de que el gobernador general de los Países Bajos españoles y de Borgoña debía tener sangre real, como ocurrió cuando fue nombrado don Juan de Austria, a quien siguieron Alejandro Farnesio, los archiduques de Austria Ernesto y Alberto, la infanta Isabel Clara Eugenia y el cardenal-infante don Fernando. Ni siquiera personajes tan importantes como el conde de Mansfelt, el conde de Fuentes o el marqués de Aytona habían pasado de ser interinos. Nadie era imprescindible, como se demostró en el último mes de enero con la forzada dimisión del conde-duque. Para evitar que a él le sucediera lo mismo, había creído conveniente hacer partícipe al soberano de las decisiones que iba adoptando en su complicado cometido. Al fin y al cabo, había sido amigo de Su Majestad Católica antes de serlo de su valido. Fue el rey Felipe IV quien le había recompensado largamente sus desvelos con títulos nobiliarios, honores y grandezas que sólo unos pocos elegidos podían alcanzar.

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 La larga reflexión quedó interrumpida al entrar en la tienda Domenico Silenzi, el paje que don Francisco de Melo tenía a su servicio desde su época como maestre de campo general en Lombardía. Como su señor, el italiano estaba a punto de pasar ese punto de la madurez en que, de forma imperceptible, se comienza ya a descender inexorablemente hacia la senectud. Domenico no poseía el porte aristocrático de don Francisco, alto y un poco grueso, lo que le daba aún más distinción. Por el contrario, el paje tenía un tronco en extremo delgado y su piel era cetrina; parecía que estaba enfermo, pero esa primera impresión se desvanecía al instante cuando se le oía hablar. Entonces sus negros ojillos se movían con tanta suavidad, acompañando lo que decía, que el interlocutor se convencía al instante del buen estado de salud del italiano.

 —El general de la caballería de Flandes, duque de Alburquerque, desea ver a Su Excelencia — anunció a su señor—.

 Está aguardando ahí fuera. El tono del italiano era profundo y sedoso. Siempre invitaba a la tranquilidad, a la seguridad. Con una mano, el marqués le indicó que le hiciera pasar. Desapareció el paje tras la cortina y sin pausa entró don Francisco Fernández de la Cueva, octavo duque de Alburquerque, recién nombrado para su flamante puesto. Era muy moreno, delgado y de estatura media; su cara reflejaba mucha agudeza por el brillo de los ojos negros, que con frecuencia se entrecerraban expresando complicidad cuando percibía algún matiz interesante. Aunque era muy joven, su frente preconizaba una inminente calvicie, pues dos profundas entradas la ampliaban considerablemente. Fue él quien comenzó a hablar, una vez que don Francisco de Melo le indicó que se sentase a su frente, al otro lado de la enorme mesa.

 —Querría hacer llegar a Su Excelencia nuestra preocupación por el hecho de que, al parecer, las tropas francesas pretenden entrar en conflicto, en contra de lo previsto. En concreto, durante esta madrugada, unos ciento cincuenta fusileros del bando enemigo se adentraron en nuestras líneas y ocuparon una media luna de los nuestros.

 El tono empleado por aquel general, nacido veinticuatro años antes, era muy conciliador.

 —Esto es normal, mi querido Francisco. Ya sabes que nuestros amigos están muy molestos con nosotros. Somos para ellos como una astilla que se mete en la carne y duele como una mordida de pantera mientras la tenemos en nuestro interior. Hemos invadido su territorio y eso explica que estén deseando expulsarnos, como nosotros a ellos de Cataluña, vuestra región de procedencia.

 Don Francisco de Melo se rió de su propia ocurrencia.

 Siempre trataba con familiaridad a los nobles españoles, como era el caso de Alburquerque. Con los extranjeros era mucho más distante.

 —No lo pongo en duda —intervino Alburquerque—, pero la cosa es que, de no ser por nuestro descuido, la iniciativa francesa de esta noche no habría prosperado.

 —¿Cuál es la razón de ello? El marqués alzó levemente la ceja derecha, mirando al joven general.

  —Según mis informes, el general Gassion ha sorprendido a los nuestros, e incluso ha logrado entrar en la plaza de Rocroi para suministrar refuerzos y víveres a la población.

 El tono de Alburquerque era grave.

 —Pero tú sabes, como yo, que esa plaza la tienen perdida los franceses. Su baluarte no es muy sólido, aunque tengan  cinco bastiones y un foso bastante profundo. La guarnición es más bien escasa, pan comido para nuestro ejército, por más que la hayan doblado con esa escaramuza de la noche pasada.

 El marqués había dejado de lado la cortesía para exponer con toda crudeza su opinión.

 —No discutiré lo que dice Su Excelencia. Para eso es el general en jefe de este ejército. Lo que trataba de expresar es que, con esa pequeña incursión, los franceses han logrado elevar la moral de los sitiados, que ahora se sentirán más fuertes, y ya sabemos lo importante que es ese aspecto a la hora de defender un baluarte.

 Aceptaba la autoridad del marqués de Torrelaguna. En Flandes se habían producido muchos motines de las tropas y numerosas disputas entre los altos mandos, pero ahora todos estaban convencidos de que esa práctica era perniciosa en grado sumo.

 —En tal caso, es menester que se sancione con firmeza al oficial encargado de la vigilancia. Daré las órdenes oportunas.

 Don Francisco de Melo dirigió la mirada hacia Alburquerque, que se vio obligado a asentir. A continuación inició el gesto de levantarse, dando por concluida la conversación. Más al parecer Alburquerque se traía entre manos otro asunto que todavía no había puesto sobre la mesa:

  —Pido a Su Excelencia que perdone mi insistencia, pero es que aún hay algo más —indicó el joven duque.

 —Pues apresúrate a exponerlo, querido Francisco. Tengo mucho que hacer.

 —Se trata del conde de Bucquoy. Como sabe Su Excelencia, ese maestre de campo tenía a su cargo las fuerzas que  anoche fueron sorprendidas por los franceses. Cuando le he reprendido esta mañana por su, llamémosle así, ligereza, se ha insolentado conmigo, y me ha manifestado que él tiene mucha más categoría militar que yo y no va a soportar que un jovencito venga ahora a sacarle los colores.

 Alburquerque se había ido acalorando a medida que narraba los sucesos que tanto le afectaban.

 —Mal asunto éste, mi querido Francisco. El conde de Bucquoy es un magnífico militar y maneja muy bien la división de Hainault, con ochenta y dos compañías de caballos y cuatro regimientos de infantería. Me dolería mucho tener que despedirle y que regresara a sus dominios de Mons, pero lo que ha hecho es muy grave.

 Don Francisco de Melo meditaba al hablar, según su costumbre.

 —Ya conoce Su Excelencia que el duque y yo hemos tenido más de un enfrentamiento. Me da la impresión de que no soporta que Su Majestad me haya ascendido a general de la caballería de Flandes, y que se encuentre ahora bajo mis órdenes. No es cierto que se trate de premiar a un aristócrata español que ha puesto mucho dinero para conseguir el puesto, de eso me acusa. Su Excelencia sabe que me alisté voluntario en el ejército español como simple soldado, armado sólo de mi pica y mi espada. Así ayudé a vencer a los franceses en Fuenterrabía. De ese mismo modo pasé luego a Flandes, hasta que fui ganándome poco a poco la confianza de mis superiores, y en especial la de Su Excelencia.

 Alburquerque estaba muy nervioso. —Por favor, querido Francisco, te ruego que no sigas. Sé a la perfección que fueron tus méritos personales y no los económicos o de sangre los que se recompensaron con tu ascenso a maestre de campo, con mando en el tercio de Zamora.

 Y también soy consciente de que fue tu heroico comportamiento en la batalla de Honnecourt lo que te valió tu nuevo cargo, Su Majestad Católica te nombró directamente, después de leer nuestros informes, por supuesto. El marqués hablaba muy despacio, escuchándose a sí mismo.

 —Os lo agradezco — dijo Alburquerque, más tranquilo. En la batalla de Honnecourt este bravo general había tenido una intervención decisiva. Después de ser rechazado por dos veces en su asalto al muro francés, se quitó la armadura, encorajinado, y se lanzó al asalto sin más armas que su espada. El gesto prendió al segundo en el ejército español, que le siguió como un solo hombre. Fue el comienzo de una enorme victoria.

 —Así que, por preciado que me sea el conde de Bucquoy, no puedo tolerar que se insubordine con uno de sus superiores. El asunto queda resuelto: Bucquoy será despedido hoy mismo. Daré las órdenes oportunas. El general en jefe había tomado ya una decisión. Lo que no iba a decir al joven duque de Alburquerque era que la razón para adoptar esa decisión no tenía sentido estrictamente militar, sino cariz personal. Aunque se trataba de un proyecto aún en fase muy primitiva, tenía pensado casar al duque de Alburquerque con una de sus tres hijas.

 —No esperaba tanto de Su Excelencia. Yo sólo pretendía que se le reprendiera y… Alburquerque conocía muy bien las virtudes militares de Bucquoy y quería evitar el perjuicio que su ausencia pudiera originar.

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