La peregrinación a Jerusalén de Don Fadrique Enriquez de Ribera (IIª Parte).

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… Entre tanto, se dispuso la necesaria intendencia en orden a criados, medios de locomoción y víveres, cursándose cartas a mercaderes paisanos que tenían oficina abierta en Venecia y a la chancillería pontificia para que le librasen caudales llegado el momento. Pero, sobre todo, llama la atención lo bien documentado que iba el Marqués, para mermar los peligros y seguir al pie de la letra los itinerarios al uso. De manera, que no sólo había leído obras de astronomía y navegación, desde Ptolomeo de Alejandría hasta Alfonso X El Sabio, sino también libros de viajes y aventuras, desde el Libro de las maravillas de Marco Polo a La gran conquista de Ultramar. Además de volúmenes directamente relacionados con las peregrinaciones, como el Viaje de la Tierra Santa de Bernardo de Breydenbach, la guía romana titulada Opusculum de mirabilibus novae et veteris urbis Romae de Francesco de Albertinis y el Bocabulario de quatro lenguas (Hebraea, Caldaea, Graeca et Latina). Completaban el expediente viajero sendos portulanos mediterráneos, un Mapamundi y una Carta de Marear. Encomendada la hacienda a su hermano, arreglados los pormenores del viaje, aparejada el alma tras confesión y comunión, don Fadrique y su séquito marchan por los caminos de Poniente.
Los caminos de Poniente
La partida es descrita por el manuscrito del Viaje a Jerusalén y por la Historia de Bornos que escribiera Pedro Mariscal. El 24 de noviembre de 1518, el Marqués de Tarifa, a la edad de cuarenta y dos años, después de la colación en el monasterio Jerónimo de Bornos, emprende peregrinación hacia la Ciudad Santa. El cortejo que le acompaña, compuesto por su mayordomo don Alonso de Villafranca, un capellán y ocho criados, inicia su andadura por tierras de sus estados señoriales, ante la expectación que una procesión de bordones despertaba entre sus vasallos. La recua de acémilas que se dirige hacia la frontera pirenaica, siempre ceñida a la costa levantina, rinde visita a la Virgen de Monserrat, se adentra en el Rosellón por el col de Perthus y alcanza la bella campiña provenzal en plenos los rigores del invierno. Entre villas de recreo y bosques adormecidos, que unos meses más tarde estallarán en un perfume de lavándulas, recala en la ciudad de Marsella. Y, como suele ser moneda corriente entre los forasteros que la avistan por primera vez, ensalza la bonanza de su puerto: «el más seguro que puede ser, porque adonde están los navios es un braço de mar que entra… que «nunca allí en tiempo ninguno la mar está más que una alberca».
La ruta prosigue por el Delfinado, atravesando los Alpes por el puerto de Monginevro, donde unos porteadores bajan al Marqués «en una carretilla por la mucha nieve que había». Este constituía el mayor escollo orográfico del itinerario terrestre, pues los pasos alpinos sólo eran domeñados gracias a los trineos y a la pericia de los guías lugareños, desde donde escogían los puertos mediterráneos más convenientes en cada caso para emprender su singladura hacia Palestina. A través de la fértil llanura lombarda y de las prósperas ciudades repúblicas de la Italia septentrional, el Adelantado de Andalucía alcanza Milán con los marzales. En esta «ciudad muy grande y de mucho trato», no puede por menos que comparar el tamaño de su catedral con la de Sevilla, así como sus campos bien labrados con las vegas andaluzas cultivadas por hortelanos moriscos. En pleno esplendor primaveral, el 12 de mayo de 1519, don Fadrique Enriquez llega a Venecia, el pórtico a las futuras maravillas orientales. Y la perla del Adriático le deslumbra, como sucedía a la mayoría de los viajeros occidentales, al punto de describirla como «la más hermosa población que ay en la Christiandad, porque sino se vee, no se puede juzgar ». Las mismas sensaciones nos ha legado Fray Antonio de Aranda cuando en 1529, cantada la salve y otros versos de alegría, empezó a navegar a vela tendida desde la perla del Adriático. Y años más tarde hallamos repetida esta imagen idílica en la obra del propio Miguel de Cervantes, que pone en boca del Licenciado Vidriera la comparación de la capital de Su Serenísima República con la de México: «Estas dos ciudades se parecen en las calles, que son todas de agua: la de Europa, admiración del mundo entero, la de América, espanto del nuevo mundo».
Lo más común era que los palmeros se concentrasen en Venecia a medida que se aproximaba el estío, procesionando en las fiestas del Corpus y de la Ascensión para aparejar las conciencias, puesto que la ciudad de los canales se había especializado en esta modalidad excursionista. A tal efecto, los viajeros eran alojados en fondaco por «naciones» o lenguas y aliviaban sus males en ospedali, en tanto concertaban un contrato escrito con un patrón naviero estipulando al detalle las cláusulas correspondientes. En previsión de abusos, el Dogo concedía licencias oficiales a los capitanes, nombraba intérpretes que apostados en la Plaza de San Marcos o en el puente de Rialto ayudaban a los peregrinos a sacar pasaje, comprar bastimentos y cambiar monedas. Asimismo, en lares europeos o palestinos adquirían la famosa Guía del Peregrino, redactada por los custodios fi-anciscanos de Monte Sion y reimpresa en sucesivas ediciones para actualizarla, que, junto a oraciones e himnos para cada ocasión, contenía la relación de lugares sagrados y aun la recompensa evangéhca a obtener en cada uno de ellos.
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Sin embargo, otros peregrinos obviaban este primer tramo caminero y embarcaban directamente en ciudades portuarias para verificar la singladura mediterránea, zarpando de Génova, Barcelona o Sicilia rumbo a Alejandría. Desde este nudo cosmopolita, atravesaban Egipto dedicándole todo tipo de lindezas nilóticas, rendían visita al monasterio de Santa Catalina en el Sinai y proseguían trecho hasta la Ciudad Santa. Tal es el trayecto seguido por Pedro de Escobar Cabeça de Vaca hacia 1585, por el sacerdote olotí Miquel Matas en 1602 y por el franciscano Antonio del Castillo en 1656  Entre tanto, el grueso de peregrinos jerosolimitanos aguardaban en Venecia la formación de una flota regular, que solía hacer sendas travesías en primavera y verano, aprovechando las buenas condiciones de navegabilidad del Mare Nostrum, Allí es donde don Fadrique Enriquez se iguala con el patrón Marco Antonio Dandolo en 1519, para navegar el primero de julio en la nao Coreça junto a ochenta y cinco peregrinos más, entre los que amista con el músico Juan del Enzina que luego le dedicará su poemario intitulado Trivagia. También en la «ciudad invisible» recala Ignacio de Loyola a fines de 1523, obteniendo licencia del Dogo Andrea Gritti para embarcarse hasta Chipre, desde donde debe regresar disuadido por los guardianes franciscanos de su intención de prédica en Tierra Santa ante el clima belicoso creado tras la reciente conquista de Rodas por los turcos. Antes de levar anclas, desde el capitán a los peregrinos, comulgaban y hacían «otras diligencias provechosas a sus conciencias».
Con la llegada del peregrino a la meta, a pesar de las molestias y peligros pasados, se siente embargado por la emoción al contemplar el lugar sagrado. Cual laetitia spiritualis que se respira en el extremo del viaje iniciático al saberse en la Tierra Prometida. Es entonces cuando entran en escena los ritos de aproximación al encuentro con el misterio divino. En la peregrinación cristiana, el romero participa en la procesión, el cántico, la oración, el beso de la talla o el icono y la ofrenda que le vincula con la divinidad. Lo que en Jerusalén se experimenta rememorando la Pasión de Cristo. Y será en el santuario, en la iglesia del Santo Sepulcro, donde el peregrino confiese sus pecados y participe en la celebración de la eucaristía, en el que obre su ansiado encuentro con Dios.
De forma que, después de una cena de bienvenida y de pernoctar en el hospital de Santiago, los viajeros de la Dolfina y la Coreça pasaron a someterse a un recorrido organizado por los lugares santos bajo la guía de los franciscanos de Monte Sion. Una agotadora jornada se dedicaba a visitar los misterios: oratorio de la Virgen, tumbas de mártires, lugar de elección de Santiago como obispo… Otra, a los restos patrimoniales: Templo de Salomón, ermita de la conversión de San Pablo, agujero de la Cruz… Y en todo momento y lugar, las omnipresentes rehquias: clavos, coronas, pedazos de la cruz, huesos de santos y hasta ¡huellas del Señor! Los musulmanes, que acogían a sus propios peregrinos, no les iban a la zaga a los cristianos y les daban la répHca mostrando en la mezquita de Omar ¡un pelo del profeta! Amén de vigilias y misas nocturnas en la iglesia del Santo Sepulcro, a ceremonia ritual por excelencia de la peregrinación consistía en armas nuevos caballeros de dicha Orden, en el recordatorio cruzado a los aspirantes romeros. Este privilegio, reservado a una minoría aristocrática, había ido deformando sus valores originales: el aquitano Nompar de Caumont, en 1419, se hace acompañar de un caballero de Rodas para el acto de investidura; el andaluz Pero Tafur, en 1437, se atribuye el papel de maestro de ceremonias; el alemán Félix Fafri, en fin, en el año 1483, esgrime como probanzas no tanto la buena reputación como la fortuna suficiente. No debe extrañarnos, pues, que don Fadrique Enriquez perciba el capítulo como una práctica rutinaria, pues las averiguaciones de hidalguía «aunque se solía a cada uno decir, dijese de siete en siete, por abreviar». Para concluir entregando una limosna obligatoria de diez ducados a cambio de las cartas de calidad nobiliaria.
El programa de visitas a Tierra Santa se completaba con excursiones facultativas a Belén, Nazaret y al río Jordán, que son consideradas estaciones fuera de Jerusalén. El Marqués de Tarifa observa con ojos piadosos escenarios y rehquias bíbhcas, aunque ya emplea expresiones dubitativas, del tipo «y dicen» o «como me lo contaron, así lo cuento». Y es que muchas de las gracias espirituales se obtenía contemplando vistas tan ingenuas como la playa donde San Pedro pescaba, el lugar donde Pilatos se lavó las manos, la fuente donde María hacía la colada familiar, el plantón de la zarza de Moisés o un hueco en el pesebre « a do dicen que la estrella de Oriente se quedó parada en el cielo». Un repertorio queJaaría hoy flaquear la fe del creyente más pintado, pero que, por paradójico que nos parezca, en parte sigue siendo aún recorrido por los peregrinos actuales. Sea como fuere, de vuelta a cubierta, aproaron rumbo casa, y, tras una incómoda escala en Chipre y una pehgrosa tormenta en aguas griegas, recalaron en la laguna véneta en noviembre de 1519. El amanuense sevillano anotó en su diario: «en el viaje a Jerusalén tardé quatro meses y quatro días».
El retiro edénico en la casa de Pilatos
En la Europa del Renacimiento, las peregrinaciones a Tierra Santa irán despojándose de la idea medieval de errance, de aventura arriesgada de los paladines cruzados que pretendían liberar Jerusalén del yugo agareno. Puesto que ahora, modificados sus argumentos ideológicos, se convertirán en viajes de lujo para personas principales de los estamentos privilegiados, a los que algunos de sus protagonistas calificarán de «camino sin pesadumbre». Además, la ruptura confesional, la intolerancia que llevó a las guerras de religión, hizo que jubileos e indulgencias fuesen puestos en tela de juicio por reformistas y reformados. De resultas, mientras los luteranos y calvinistas abominarán de lo que consideraban un itinerario mercantilizado, los católicos se reafirmarán en las convicciones tradicionales, máxime cuando el Concilio de Trento justifique la peregrinación con prudencia. El único punto de encuentro entre los teóricos papistas y protestantes menos extremistas será la idea de la peregrinación «como senda espiritual del cristiano».
Casa_de_pilatos_Jardín_Grande
Mas al Marqués de Tarifa, que a su regreso a casa había doblado el meridiano de su vida, los frentes teológicos y militares le empezaban a quedar anclados en el pasado. Afirmada su fe por mor del peregrinaje, reforzada su cultura humanista gracias a la experiencia italiana, don Fadrique encarna el modelo de noble moderno que en su juventud militara en las armas y en su madurez lo hiciera en las letras. Es por eso que, para rendir culto a sus progenitores, encargó al escultor genovês Antonio María de Carona innovadoras obras sepulcrales. Poco después, implantó el rezo de las siete estaciones de cuaresma, reconocido en 1527 por bula del papa Clemente VIL Mandó levantar el Hospital de las Cinco Llagas, que el vulgo conocerá como el de la Sangre, recordando su visita a las instalaciones sanjuanistas en Rodas, sobresaliendo «su botica, que se juzga por la más abundante de Medicinas de todo el Reyno, de la quales se dan graciosamente a quelesquiera pobres de la ciudad con receta de algún Médico». Y, sobre todo, se hizo construir el palacio de los Adelantados o de los Quattor Elementa, rebautizado en 1540 cqmo Casa de Pilatos por el canónigo Saavedra al crear el Vía Crucis a la muerte de don Fadrique. Porque será en ese locus amoenus donde se retire el peregrino jerosolimitano para vivir en paz sus postrimerías. Las huellas de la peregrinación las fijó el Marqués de Tarifa en su palacio de la colación de San Esteban y en los tesoros descriptivos de su manuscrito. En la Casa de Pilatos, porque su fachada nos recibe aún hoy con cruces jerosolimitanas, citas bíblicas e inscripciones alusivas a la romería. Y el interior alberga los nuevos ideales artísticos italianos, como los medallones de emperadores romanos, el patio con bustos y con personajes mitológicos, los mármoles de Carrara y las esculturas genovesas que esmaltan las estancias y el cenotafio de la cartuja de las Cuevas.
Esto hace del Adelantado de Andalucía un introductor de las formas artísticas del Renacimiento en la ciudad de la carrera de Indias, despertando entre otros nobles la fiebre por construir el palazzo clásico, así como el coleccionismo de piezas griegas, romanas y obras recién salidas de los talleres itálicos. Pero la impronta del periplo también está en las páginas de su diario peregrino, que atesora los frutos espirituales y materiales del viaje, en forma de datos, leyendas y panorámicas de los países recorridos. De forma que se suceden las observaciones geográficas, naturalistas, urbanas, militares y costumbristas, entre las que cobran especial interés a nuestro tema su percepción de Tierra Santa, el contraste entre la belleza leída en las Sagradas Escrituras y la realidad patrimonial de un país semiruinoso.
De alguna manera, gracias a su mentalidad moderna, a su ánimo abierto a las novedades, se apropia de las «maravillas» literarias para plasmarlas en el manuscrito vivido de su peregrinación^^. Desde la penumbra de su biblioteca, desde la luminosidad de sus jardines, don Fadrique Enriquez soñaba con la visión de Sevilla como la Nueva Jerusalén terrenal. Por eso ordenó con esmero el rito de su último viaje. Cuando fallece en 1539, será enterrado en la cartuja de las Cuevas junto a sus antepasados, portando como compañía el hábito de Santiago y algunas reliquias de Tierra Santa. En su testamento cita la sentencia de San Agustín: «peligrosa cosa es esperar a la postrera hora que es muy breve…». Tan efímera como su peregrinación desde Sevilla a Jerusalén. La fugaz Odisea al Paraíso de un noble renacentista.
La casa de Pilatos
El origen del nombre de su palacio en Sevilla, conocido como “Casa de Pilatos”, proviene de un Vía Crucis que se comenzó a celebrar en la ciudad en la década de 1520, a la vuelta de su peregrinación a Tierra Santa (se conservan los azulejos que representan cada una de las estaciones a lo largo del mismo). En sus primeros años comenzó a celebrarse en el interior de la capilla dentro del propio palacio. En 1529, debido al gran número de personas dispuestas para realizar la estación de penitencia, decidieron empezarla junto a la puerta exterior del recinto palaciego, en lo que vino a considerarse la primera estación, siendo finalizado en el templete de la Cruz del Campo.
Joaquín González Moreno, archivero de la Casa de Pilatos y conservador del Palacio durante más de 30 años, fue la persona que recuperó esta tradición al localizar la documentación que sobre este hecho existía en el archivo de Medinaceli de Madrid y restablecer en 1971 el Vía Crucis de la Cruz del Campo, que durante el siglo XVI sería el germen de la Semana Santa en Sevilla.
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