Revuelta de las Alpujarras.

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En la ciudad de Granada y en la parte oriental del reino sobrevivía una sociedad musulmana autóctona numerosa. -y en aumento- y con su propia clase dirigente. Desde el punto de vista político, el reino de Granada fue simplemente anexionado a Castilla en 1492 y no conservó ningún tipo de autonomía. De hecho, la intención de Castilla era absorber y asimilar Granada lo más rápidamente posible, sin conservar nada de su autonomía y despreciando el tratado de capitulación concertado con Boabdil. Concluida su reconquista se instalaron señores cristianos en sus tierras ricas, bien dotadas de infraestructuras agrarias y bien cuidadas.
Pronto los siguieron oficiales y eclesiásticos todos dispuestos a sacar el mayor provecho de aquel rico reino. Se produjo así una situación de «colonialismo» dentro de la propia España: unos colonos nuevos, una población sometida a una opresión civil y militar. También los moriscos tenían sus protectores, como el virtuoso Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, que dedicó su vida a convertir a los musulmanes mediante métodos benevolentes y respetuosos con su cultura, y la familia Mondéjar, cuyos miembros desempeñaban, por herencia, el cargo de capitán general de Granada, y que frecuentemente arriesgaron su cargo y su reputación en la defensa de los moriscos. Pero la política oficial no era todo lo coherente que cabría esperar, los moriscos fueron perseguidos frecuentemente y sólo podían librarse de esta persecución a cambio de importantes subsidios de sus ambiciosos gobernantes.
La economía de los moriscos de Granada, como lo había sido durante su época que había sido un reino musulmán, descansaba básicamente en el comercio de la seda con Italia. Granada, al igual que Almería y Málaga, tenía talleres que producían finas sedas en telares en la mayor parte de los pueblos. La seda era prácticamente el único cultivo comercializable de las región de las Alpujarras. La producción y la manufactura de la seda era una importante fuente de impuestos que la Hacienda exploto al máximo y los moriscos como forma de comprar el favor real entregaban a regañadientes como forma de proteger su integridad física. A partir de 1559 los agentes empezaron una cruzada con la intención de comprobar todos los títulos de propiedad con el fin de reclamar la mayor parte de las tierras para la corona. Esta estratagema fue muy dañina para los moriscos que sólo podían recurrir en su defensa con títulos de propiedad árabes que eran despreciado en la campaña existente contra su lengua y cultura.
Sin embargo, no hay que atribuir únicamente a los castellanos de la responsabilidad en la crisis que sobrevino en las relaciones entre el Estado y los moriscos de Granada, y que llegó a su punto álgido en el decenio de 1560. En la costa mediterránea del Norte de África, Argel libraba una guerra religiosa y económica contra la Corona Hispánica. Los turcos se encontraban más lejos pero en todo el Mediterráneo se sentía su creciente poder que amenazaba con el dominio del mar y que ponía en peligro el comercio. Tras el sitio de Malta en 1565 el peligro de la presencia en el Mediterráneo occidental se incremento y durante todo el decenio existió tanto un incremento de la frecuencia y la dureza de los ataques corsarios contra la costa granadino, desde sus bases en Tetuan, Cherchell y Argel. En este contexto muchos existía una convicción de que estos actuaban con la ayuda de los moriscos que se encontraban en la Península. Se les acusaba de haber entrado en contacto con jerifes marroquíes, piratas de Tetuan e incluso con el sultán de Constantinopla, además de haber colaborado como espiás en la conquista de Malta. Puede ser que existiesen estos contactos pero, desde luego, se magnifico su importancia y llevo a pensar a muchos que con su colaboración se estaba llevando a cabo una operación concertada en la que Granada era el lugar elegido por los musulmanes para una invasión de la Península.
El Sitio de Malta de 1565. El Sitio de Malta, pintura de Egnazio Danti del siglo XVI (Museos Vaticanos). Al final de la península que forma el Monte Sceberras, ocupada por la artillería turca, se encuentra el fuerte San Telmo, donde todavía resisten los Caballeros de Malta (atención a las banderas). Al otro lado del Gran Puerto se puede ver Birgu y San Ángel (con una gran bandera de la Orden), asediado desde todos los puntos excepto por Senglea y San Miguel, al que le une un pontón y que también es atacado duramente desde Sceberras, además de por mar, dónde una empalizada marítima lo protege de la flota turca que, cargada de jenízaros, el 15 de julio, se hundió por los cañonazos recibidos desde San Ángel. Abajo a la izquierda, se muestra el plano de La Valeta —aquí denominada Melita, Malta en latín— coronada por San Telmo
En la seguridad interna también preocupaban porque muchos de los moriscos se habían convertido en bandoleros y piratas que asolaban aquellos territorios donde eran numerosos como Valencia y Andalucía, y donde actuaban con total impunidad y con el apoyo de la población, o al menos, eso es lo que se creía.
Por otro lado existía un odio visceral por parte de los cristianos viejos que se alimentaba ante la prosperidad del artesano y el comerciante moriscos, y por otro lado, la obstinación de estos por mantener su cultura y religión, el Corán y no la Biblia era el principal texto sagrado en Granada, cosa imperdonable en el contexto de una España profundamente cristiana.
Ante la tensión existente la Corona decidió pasar a la acción y no siempre de la mejor manera. La chispa de la rebelión morisca se produjo cuando en noviembre de 1566 el inquisidor general Diego de Espinosa preparó conjuntamente con Felipe II considerando que era el momento de atender las advertencias de Pío V. En efecto, el Papa había recibido al arzobispo Guerrero (cuya sede era la granadina) al concluir el Concilio de Trento, cuando el arzobispo pasó por Roma antes de su regreso a España. Y el Papa le hizo presente su extrañeza, por cuanto habiendo destacado como lo había hecho, como uno de los prelados más celosos por defender los principios tridentinos, era sin embargo el obispo que regía la diócesis menos cristiana de toda la Cristiandad. Algo que había que remediar urgentemente. Asunto que Guerrero expuso a Felipe II y lo cual debió de causarle un gran impacto, en su católica convicción El edicto imponía unas prohibiciones que atentaban en extremo contra la cultura morisca. Por la nueva disposición los moriscos de Granada estaban obligados a aprender el castellano en el plazo de 3 años, y a partir de entonces se consideraría delito hablar, leer o escribir el árabe en público o en privado. Se les exigía también que abandonaran sus vestimentas, sus apellidos moros, sus costumbres y sus ceremonias y se les prohibía la práctica del baño, so pretexto de que ofrecía la oportunidad de practicar las abluciones rituales prescritas en el Corán. El final de este edicto era acabar con cualquier vestigio del pasado musulmán de la península y que en sus reinos sólo existieran buenos cristianos. Primeramente, los moriscos que ya habían sufrido disposiciones semejantes creyeron que por medio del dinero podrían conseguir la suspensión del edicto. Su representante, Jorge de Baeza, se trasladó a Madrid para protestar ante Felipe II, mientras que su anciano notable Francisco Núñez Muley presentaba un memorándum a la Audiencia de Granada en el que manifestaba la lealtad de los moriscos, tanto en el presente como en el pasado. Pero día de Año Nuevo de 1567, Pedro de Deza, presidente de la Audiencia de Granada, promulgó el edicto y comenzó a imponer su cumplimiento.
Las negociaciones se prolongaron durante un año y, cuando los moriscos comprendieron la inutilidad de sus esfuerzos y que el edicto esta vez iba en serio explotó súbitamente todo su resentimiento reprimido y decidieron la insurrección una vez más. La fecha que eligieron fue el día de Nochebuena de 1568 y, aunque los insurgentes no consiguieron que se levantara el Albaicín rápidamente, extendieron la revuelta por las montañas de las Alpujarras, entre S. Nevada y la costa. De hecho, el auténtico núcleo de la rebelión estuvo en las montañas que extendería su influencia hacia las llanuras. Era fundamentalmente un movimiento rural, siendo menor la participación de las ciudades, donde la “integración” en la cristiandad era algo mayor.
Los moriscos de Granada buscaron apoyos en Valencia y enviaron misiones a los países norteafricanos, a Argel y Tetuán, y también a Constantinopla, en busca de ayuda y de apoyo militar. De Argel recibieron voluntarios, municiones y alimentos, que pagaron con el envío de prisioneros cristianos. Argel aprovecho el momento de desconcierto que suponía la rebelión para conquistar Túnez en 1570. El sultán Selim II también aprovecho la ocasión para progresar en el Mediterráneo oriental y cuando envió su tropa no fue en ayuda de los moriscos granadinos a los que consideraba sus aliados en las líneas enemigas, sino en cambio lo hizo para atacar a Chipre. Bajo estos datos podemos considerar que los moriscos recibieron más apoyo moral que un verdadero apoyo logístico y militar que podría haber hecho cambiar el desenlace de la revuelta.
La guerra de Granada sobrevino en un momento delicado para la Corona en que tenía serios problemas fuera de sus fronteros que le robaban los recursos necesarios para atajar la rebelión. Además, durante el primer año de las hostilidades, la indecisión de la táctica a adoptar contra los rebeldes ayudo a estos a hacerse fuertes. Alcanzar a los rebeldes en sus lugares recónditos de las montañas y aislar a sus aliados en la costa era una difícil misión para unas tropas acostumbradas a luchar en campo abierto, por otro lado, era muy difícil -por no decir imposible- bloquear la larga línea costera de territorio rebelde con sus innumerables calas y su fácil acceso para los barcos procedentes de Argel de donde recibían la poca ayuda que provenía del exterior. En esas circunstancias, la guerra se convirtió en una larga y confusa guerra de guerrillas, en las que predominó la ferocidad, nacida de la desesperación en los moriscos y de la debilidad entre los españoles. Los monfíes -bandoleros moriscos organizados en bandas y que actuaban en la Sierra Nevada- eran musulmanes fanáticos que asesinaban y torturaban a cuantos sacerdotes caían en sus manos, pero que sin embargo eran héroes ensalzados por una población oprimida por el cristiano vencedor. Un ejemplo de la virulencia de las operaciones está la toma de Serón por parte de los moriscos que se saldo con la muerte de 150 hombres y la esclavitud para 80 mujeres. Los cristianos tampoco escatimaban medios y el 3 de febrero de 1569 Francisco de Córdoba encabezo una fuerza de 800 hombres para conquistar el promontorio rocoso de Inox, cerca de Almería. Los cristianos consiguieron superar la resistencia de los moriscos y no tuvieron piedad. Mataron a 400 hombres, 50 fueron presos y enviados a galeras y esclavizaron a 2700 mujeres y niños. Sólo unos días más tarde, el marques de Mondéjar cuando capturó el fuerte de Guajar pasó por las armas a todos sus ocupantes, hombres y mujeres. En enero de 1570 se envió a D. Juan de Austria, hermanastro del rey, a luchar contra la rebelión- con tropas regulares italianas y de las comarcas orientales de la Península sustituyendo a la milicia andaluza- temiéndose que pudiera llegar la tan temida intervención musulmana desde el exterior. Se comenzó una política de expulsión de los moriscos de las tierras llanas con el fin de aislar a los rebeldes en las montañas y evitar su aprovisionamiento. Por decreto de junio de 1569, 3.500 moriscos fueron expulsados de la ciudad de Granada y dispersados por La Mancha. Los rebeldes de la montaña, privados de apoyo, perseguidos de manera implacable, tuvieron que rendirse en el transcurso del año 1570, siendo su líder Aben Abó traicionado y asesinado por sus propios seguidores.
El levantamiento había durado 2 años y había puesto en jaque al poderoso ejército y consumido los recursos de la Corona. Por tanto, las condiciones para la solución del conflicto tenían que ser duras, para evitar cualquier rebrote del conflicto. La única solución que pudieron aportar al conflicto, que continuaría en diferentes estadios hasta la expulsión de los moriscos en 1609, fue la deportación de estos a otras partes de los territorios peninsulares de la Corona. Se decidió deportar a todos los moriscos del reino de Gra­nada, hubieran participado o no en el levantamiento, en una medida extraordinariamente desproporcionada. El 28-10-1570 se dio la orden de evacuación, fijando D. Juan de Austria la fecha del 1 de noviembre para su resolución. Los moriscos, encadenados y esposados, fueron conducidos en largos convoyes hacia las ciudades y aldeas de Extremadura, Galicia, La Mancha y Castilla la Vieja, sin la menor consideración por su integridad física. El duro viaje invernal se cobró numerosas victimas y se cree que debieron perecer en el trayecto no menos de un 20%. A pesar de todo, la expulsión no fue total y en 1587 vivían todavía en Granada unos 10.000 moriscos. Medida tan rigurosa conllevaba un altísimo peligro; que los moriscos en su desesperación ofrecieran nuevos alzamientos. Para evitarlo, se disimuló la orden como un alejamiento provisional, de cara al invierno, poniendo como excusa que, al no haberse cogido cosecha alguna, el hambre sería general y sólo había una manera de ayudarles; llevarles a donde la guerra no hubiera dañado las cosechas. Así el comisario de Baza, Alonso de Carvajal, presentaba la solución:
[…] por no haberse podido sembrar, a causa de la inquietud que la guerra ha traído consigo, como por la esterilidad del año, se ha reducido esta provincia a tanta penuria que imposible poderse sustentar en ella, por lo cual… Su Majestad ha tomado resolución que por el presente los dichos cristianos nuevos se saquen deste Reino y se llevan a Castilla y a las otras provincias donde el año ha sido abundante y no han padescido a causa de las guerras […] donde con gran comodidad podrán comer y sustentarse […] se podrá considerar para qué tiempo y cómo se podrán volver a sus casas […] sin que se les quiten ninguna cosa dellos […]
Finalmente, parecía haberse resuelto el problema de Granada. Para llenar el vacío provocado por tan inmensa emigración, las tierras abandonadas fueron confiscadas por la corona y ofrecidas en condiciones favorables, junto con ganado y utensilios, a colonos procedentes de Galicia, Asturias, León y Burgos. Sin embargo, el resultado de la operación no fue totalmente satisfactorio. Aunque la corona obtuvo sustanciosos beneficios de las confiscaciones y ventas de tierras a inmigrantes pobres, a magnates, monasterios e iglesias, surgieron nuevos problemas y revivieron otros del pasado. Muchas de las tierras ofrecidas, situadas en las Alpujarras y en otras zonas montañosas, eran pobres, porque los cristianos viejos ya ocupaban las mejores vegas de las llanuras. Muchos de los nuevos pobladores, defraudados en sus expectativas, se desanimaron y acabaron por marcharse. Así pues, aunque la población cristiana de Granada era importante e iba en aumento, las Alpujarras y la zona costera de las proximidades se encontraban poco pobladas y suponían un problema de seguridad interna.
En realidad, la política de deportación no resolvió nada en Granada y agravó el problema morisco al extenderlo a toda Castilla donde antes no existía, a pesar de que su concentración de núcleos moriscos eran menores. Los moriscos alpujarreños con la vitola ya de fieros y rebeldes, al esparcirse por las dos mesetas, por Extremadura y Andalucía occidental, llevaron ese aire inquieto a los antiguos mudéjares castellanos, que estaban resignados a su suerte. De ese modo, al extinguir el problema morisco granadino, Felipe II lo que consiguió fue generalizarlo en el resto de buena parte de Castilla. Así pues, fue creciendo la sensación en toda la comunidad cristianovieja que el problema morisco era de muy difícil solución, por cuanto se mostraban irreductibles y en ellos no avanzaba el proselitismo cristiano. no fueron demasiado bien recibidos por sus vecinos castellanos y asimilarlos y convertirlos al cristianismo no era una tarea fácil. El conjunto de la población cristiana se mostró cada vez más hostil hacia ellos, a medida que fue adquiriendo conciencia de su existencia. Más tarde, a principios del reinado de Felipe III, en los círculos oficiales se consideraba que la política de dispersión había sido un error de cálculo. Durante los 40 años siguientes siguieron siendo un motivo de preocupación contaste. La intención había sido dispersarlos en números reducidos a lo largo de una superficie extensa, pero los moriscos tendían a abandonar los lugares que les habían sido asignados, y sus hábitos trashumantes hacían que fuera difícil seguir sus huellas, tendiendo a reagruparse. Muchos de ellos regresaron incluso a Granada, donde se decretó una nueva expulsión, de menores proporciones, en 1584. La frustración de sus nuevas condiciones de vida despertó en ellos tendencias criminales, y algunos se integraban en bandas de proscritos que vivían de los frutos del robo y la violencia.
Los moriscos eran odiosos para la masa de la población porque evadían las responsabilidades nacionales en los asuntos religiosos y bélicos, dedicándose sosegadamente a incrementar su numero. Pero, sobre todo a ojos de sus contemporáneos cristianos, ganaban demasiado y gastaban demasiado poco. Estas afirmaciones no eran demasiado ciertas pero eran creídas sin fisuras por los cristianos viejos no existen testimonios estadísticos de que el crecimiento demográfico entre los moriscos se produjera porque evadían sus responsabilidades. Además, su situación económica no era en la mayoría de los casos tan boyante como la creencia popular les atribuía Sin embargo, lo que verdaderamente los hacía odiosos ante el resto de la población es la creencia, en muchos casos cierta, de que seguían procesando la religión musulmana tal como exponía el arzobispo de Toledo “son verdaderamente mahometanos, como los de Argel”, cosa intolerable en la ortodoxia cristiana del momento, por lo que siguieron siendo unos inadaptados objetivo del odio popular. Existe un pasaje de Cervantes en su obra Coloquio de los perros en las Novelas ejemplares que refleja perfectamente los sentimientos populares:
Por maravilla se hallará entre tantos unos que crea derechamente en la sagrada ley cristiana; todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado, y para conseguirle trabajan y no comen; en entrando el real en su poder, como no sea sencillo, le condenan a cárcel perpetua y a escuridad eterna; de modo que ganando siempre y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España. Ellos son su hucha, su polilla, sus pìcazas y sus comadrejas; todo lo llegan, todo lo esconden y todo lo tragan. Considérese que ellos son muchos y que cada día ganan y esconden poco o mucho, y que una calentura lenta caba la vida como la de un tabardillo; y como van creciendo, se van aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la experiencia lo muestra. Entre ellos no hay castidad, ni entran en religión ellos ni ellas; todos se casan, se multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación. No los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje; róbandonnos a pie quedo, y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos.
La Corona, paladín del cristianismo, no podía consentir la existencia de una minoría heterodoxa en su tierra y fruto de esto fue el decreto de 1609 en el que decretaba su expulsión definitiva y que no fue más que un reflejo de la impotencia de las instituciones por asimilar esta minoría Y este conflicto precedería a la gran empresa de la monarquía filipina en su lucha contra el Islam: la constitución de la Santa Liga, que llevaría a las naves del Rey, mandadas por don Juan de Austria, al mayor triunfo cristiano de todo el Quinientos: la jornada de Lepanto.
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FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M.: Felipe II y su tiempo. Ed. RBA Coleccionables, S.A. Barcelona. 2005
FLORISTÁN, A (Coord.): Historia Moderna Universal. Ed. Ariel, S.A. Barcelona. 2005
LYNCH, J: Los Austrias. Ed. RBA Coleccionables, S:A. Barcelona. 2005
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