“¡Desperta Ferro!”

roger
En una época en la que el islam no parecía tener enemigo, el Imperio Bizantino se vio inmerso en una situación poco deseable. Nada más y nada menos que se le venía encima como una sombra destructora el poder turco. La solución parecía presentarse en la figura de un hombre, Roger de Flor, y su grupo de soldados almogávares, la conocida como Gran Compañía Catalana. Los resultados no pudieron ser mejores. Pero la ambición del capitán mercenario pasaría los limites de Miguel IX y Andrónico II, quien mandaría asesinar al brindisini. Los almogávares, lejos de amedrentarse, respondieron a tal acto con una furia inusitada, que heriría al Imperio Bizantino muy hondo. La conocida como “Venganza Catalana”.

Los orígenes de Roger de Flor. Nacido para la guerra

Roger de Flor nació en el año 1266 fruto de la relación entre un oficial germano, Ricardo de Flor, y una mujer de clase alta de Brindisi, ciudad italiana en la que nacería Roger. Cuando su padre falleció, la familia cayó en la ruina y su tutela pasó a ser cuestión de la Orden del Temple. Allí creció y medró, llegando a ser Sargento, título que le incluía en el grueso del grupo de hermanos que se encargaban del combate.
En el ataque mameluco a la ciudad de San Juan de Acre, Roger se destacó en la defensa, teniendo papel fundamental en el desalojo de la ciudad, gracias al mando que ocupaba sobre una nave de la orden, la Halcón. Sin embargo fue objetivo de las sospechas de sus hermanos, al ser acusado por la apropiación de tesoros del temple aprovechando el desorden del asedio mameluco. Por ello fue expulsado, teniendo que buscarse la vida como mercenario.

Así llegó a Sicilia, donde reinaba Federico II de Sicilia, cuarto hijo (tercer varón) de Pedro III, llamado el Grande, Rey de la Corona de Aragón. La situación en la isla no era en absoluto calmada. El dominio de la Corona de Aragón sobre Sicilia no estaba consolidada (tan solo hacía diez años que Sicilia pasó a formar parte de la corona) y además, numerosas casas aspiraban a ostentar el título de Reyes de Sicilia. Entre estas casas destacaba la de Anjou, con la que finalmente estallaría la guerra.
Apreciando la experiencia militar de Roger de Flor, el Rey pronto contó con él. Al mercenario se le entregó el mando de un importante contingente de soldados, los almogávares. Estos eran fieros guerreros montañeses de los territorios de Aragón y Cataluña. Siendo soldados ligeros, luchaban con un par de azconas (pequeñas lanzas arrojadizas), un cuchillo largo llamado cortell (que se encargaban de afilar concienzudamente antes del combate) y un pequeño escudo redondo. La valía de estos guerreros no estaba tanto en su armamento como en su aspecto. Según cuentan, tenían prohibido afeitarse por completo, y vestían siempre una simple túnica, lo que les daba un aspecto fiero, que se veía apoyado por sus gritos de guerra: “Aur, aur! Desperta ferro!”.
Los almogávares tendrían un papel fundamental en la conocida como Guerra de Sicilia, que se vio finalizada con la firma del tratado de Caltabellota, que reconocía a Federico II como Rey del Trini (Isla de Sicilia), mientras que Carlos II de Anjou conservaba el poder en el Reino de Nápoles (hasta entonces un mismo reino). La firma del tratado no solo tendría importancia en cuanto a que se daba por finalizada la guerra, sino que tendría impacto directo en los almogávares. Uno de los puntos del tratado era la total desmovilización del ejército de Sicilia, lo que dejaba a los almogávares completamente parados.
Tras la guerra, las preocupaciones de Roger de Flor aumentan, pues teme que Federico II, reconocido creyente y amigo de la iglesia le entregue a la Santa Sede, que le condenaría por los cargos que le llevaron a la expulsión del Temple. Roger, conocedor de que el emperador bizantino necesitaba tropas para defenderse del avance turco, no dudó un instante, y formando la Gran Compañía Catalana, compuesta por unos tres mil soldados almogávares, marchó hacia Constantinopla.
Los Almogávares en Oriente

Poco tardó la Gran Compañía en entrar en conflicto. Y no contra los turcos precisamente, sino con los genoveses residentes en Constantinopla, en lo que se conocería mas adelante como la “Masacre de los genoveses”. Tal desorden creado por la compañía, lejos de ser castigado, se vio favorecido por el propio emperador Andrónico II Paleólogo, que solo intervino cuando los almogávares amenazaban seriamente con destruir la colonia comercial genovesa.
Tras este acontecimiento, ocurrido durante la celebración de la boda de Roger de Flor con Irene Paleologina, hermana del emperador Andrónico II y por el cual adquirió el título de Megaduque del Imperio, cruzó el estrecho con sus hombres, llegando por fin a Anatolia, donde los turcos avanzaban por tierras bizantinas, derrotando a los ejércitos del imperio. En octubre de 1303 Roger de Flor se encontró ante su primera batalla de verdad en tierras orientales. En las ruinas de Cízico se encontraron los almogávares con el ejército turco, acampado y confiado por su amplia superioridad numérica. Roger, de despierto ingenio, aprovechó la confianza turca para atacar el campamento por sorpresa, masacrando al ejército enemigo, el cual sufrió enormes bajas.

Las noticias llegaron a oídos del emperador, que muy satisfecho, hizo volver a Roger de Flor a Constantinopla. Roger dejó acampada su compañía en el Cabo de Artacio mientras el se presentaba ante el contento Andrónico, quien le pagó holgadamente el salario de la compañía y con el que comenzó a planear las futuras campañas. Viendo el éxito cosechado, el emperador mandó a Roger de Flor la liberación de la ciudad de Filadelfia, bajo sitio turco.
Al abandonar la capital, Roger volvió a ponerse al mando de la Gran Compañía y avanzó hacia la ciudad. El ejército turco, que sabía de las intenciones de los almogávares, levantó el asedio y presentó batalla en el campo de Aulax, donde los turcos volverían a ser duramente derrotados por las fuerzas mercenarias, que entrarían triunfantes en Filadelfia. Roger, para asegurarse de la defensa de la ciudad y sus alrededores, viajó con sus hombres a las fortalezas cercanas, que habían caído en manos turcas. Una vez asegurada la defensa, se apresuró a pedir nuevas pagas al emperador por contribuciones de guerra.
La compañía continuó con sus exitosas campañas, con las que Roger de Flor y los almogávares iban aumentando su fama y temor, y con ello, su ambición. En 1304, la compañía se vio apoyada por la llegada de Bernat de Rocafort, quien se alzaría como mano derecha de Roger al mando de la Gran Compañía. Ambos avanzarían, tras hacer retirarse a los turcos, hacia los Montes Tauro, donde tendría lugar la más importante de las batallas de las que lucharían los almogávares en Anatolia: la batalla de Kibistra.
En esta batalla se enfrentarían los almogávares contra las fuerzas turcas, compuestas por aproximadamente 30.000 hombres. Los almogávares comenzaron la batalla como de costumbre, al grito de “Desperta Ferro!” mientras sus lanzas chocaban contra el suelo. Finalmente, se lanzaron al ataque, chocando con las filas turcas, que resistieron la acometida. Sin embargo, los almogávares, formando pequeños grupos, comenzaron a abrir brechas en la linea turca, aislando pequeños contingentes enemigos y eliminándolos por completo. Tras la gran batalla, el ánimo de los almogávares estaba por las nubes, igual que su ambición. Una ambición que el emperador Andrónico II comenzaba a temer de verdad.
El asesinato de Roger de Flor

Los almogávares se sentían victoriosos y su comportamiento comenzó a ser incontrolable incluso para Roger. Una vez terminada esta última campaña, los almogávares se dedicaron a saquear y asesinar a todo aquel que se le ponía por delante. Lo malo es que esto no lo hacían en tierras turcas, sino en tierras bizantinas, donde se supone que eran aliados que servían al imperio. Así se dirigieron hacia la ciudad de Magnesia, donde habían llegado ya las noticias de los abusos de los mercenarios catalanes y aragoneses.
Por ello, al llegar a la ciudad, los almogávares se encontraron las puertas cerradas. En el interior, la pequeña guarnición de la Gran Compañía había sido asesinada por los ciudadanos y por los mercenarios alanos que luchaban también para el emperador Andrónico II. Ante la noticia, Roger no lo dudó y puso cerco a la ciudad. Sin embargo, el emperador le llamará a la parte europea de su imperio para combatir junto a su hijo, Miguel IX Paleólogo a la amenaza búlgara del norte. Hacia allí se dirigió la compañía, que poco contenta con los últimos acontecimientos, siguió arrasando lo que encontraban.
No se dieron mucha prisa en acudir en ayuda de Miguel (lo que enfadaría sobremanera al hijo del emperador), lo que hizo que antes de llegar en auxilio de los bizantinos, la guerra entre estos y búlgaros ya estuviese resuelta. En octubre de 1304, los almogávares reciben la orden de detenerse en la península de Gallípoli, donde por orden de Roger de Flor, los almogávares comenzarían tareas de fortificación de campamentos y de aprovisionamiento. Roger, que se encontraba en una posición incomoda respecto al emperador, marchó a Constantinopla para los festejos que estaba organizando el emperador. Allí es recibido con todos los honores, pero Roger se mostró poco dado a fiestas. Lo primero que hizo fue pedirle al emperador las pagas de los soldados. Andrónico pronto pagó, pero intentó jugársela al Megaduque; el dinero que se le dio era moneda sin valor.
Para colmo, se presentó en plenas celebraciones Berenguer de Entenza, noble aragonés que llegó a la capital del imperio con nuevas embarcaciones y unos mil hombres para apoyar a los almogávares de Roger de Flor. Aprovechando la llegada del noble, Roger encontró la oportunidad de devolverle la jugada al emperador; en pleno banquete, Roger anuncia al emperador su rechazo al titulo de Megaduque, título que otorga al recién llegado Entenza. Con ello, Roger pretendía obtener el título de César del imperio, al estar casado con la hermana del emperador. Andrónico, aunque encolerizado, no tiene otra opción mas que ceder a la petición de Roger, pues sabe que de negarse, los almogávares podrían causar estragos. Tras este incidente, las relaciones entre Roger de Flor y Andrónico II quedarían rotas.

Satisfecho de como han acabado las cosas en Constantinopla, marcha de la ciudad hacia Gallípoli, donde están acantonadas las tropas almogávares, junto a Berenguer de Entenza y sus tropas. Sin embargo, a mitad de camino, decide desviarse hacia Adrianópolis, por petición de Miguel IX, junto con los refuerzos de Entenza, quien, en calidad de jefe de la tropa en ausencia de Roger, se dirige hacía el campamento almogávar en la península de Gallípoli.
Mientras Roger se dirigía hacia la ciudad de Adrianópolis, Miguel se encargó de guarnecerla con una buena cantidad, unos nueve mil, de mercenarios alanos, mercenarios que se habían visto enemistados con los almogávares por diferentes conflictos que habían surgido durante las campañas contra los turcos. En un ambiente de falsa amistad, Miguel recibió con un banquete a Roger de Flor para celebrar su nuevo título de César del Imperio, al que se invitó a todos los almogávares que le acompañaban. Era la sublimación de un plan que tanto el emperador como su hijo llevaban tiempo pensando para acabar con el poderoso mercenario y antiguo templario. Durante la celebración, los alanos de la ciudad masacraron a los desprevenidos almogávares, incluido el propio Roger de Flor.
El asedio de Gallípoli y el inicio de la “Venganza Catalana”

Miguel IX no pudo acabar más satisfecho con la masacre de Adrianópolis. Roger de Flor, que tantos quebraderos de cabeza había traído al imperio, estaba muerto, y todos los almogávares que le habían acompañado a la ciudad yacían muertos por las calles, gracias a la rápida y limpia acción de los mercenarios alanos, más obedientes que los almogávares. Lo que restaba sería fácil, o al menos eso pensaba el hijo del emperador. Solo había que asediar la fortificación que habían levantado en Gallípoli los almogávares y el problema quedaría resuelto.
Por ello, a su orden, las fuerzas bizantinas avanzaron hasta la península, atacando a los almogávares que se encuentran en el camino y que todavía no se habían enterado de la muerte de su comandante. Sin embargo, las noticias viajaron más rápidas que las fuerzas imperiales, y pronto llegaron a Entenza, que ordenó el aprovisionamiento del fuerte. Había que prepararse para el asedio que estaba por venir. Aquí empezaron ciertas desavenencias entre los propios almogávares, pues Entenza abogaba por resistir el asedio, pero otro ya conocido almogávar, el Senescal Rocafort y sus seguidores eran más partidarios de la lucha en campo abierto, a pesar de su reducido número.

Así, antes de la llegada de Miguel, Berenguer de Entenza eligió de entre los almogávares un fuerte contingente, que embarcó en las galeras que le acompañaron a Constantinopla, sumadas a las que ya contaba la compañía. Dedicándose a navegar durante unos días, en los que los bizantinos ya han puesto asedio a los almogávares que habían dejado atrás, desembarcó por fin en las costas de Tracia. Ya admitiendo el estado de guerra contra el Imperio Bizantino, Berenguer de Entenza comenzó a asolar las tierras de Tracia, saqueando, destruyendo y matando a todo aquel que se le pusiese por delante, fuese soldado bizantino, mujer o niño. Se daba inicio a lo que se conocería como la “Venganza Catalana”.
Los almogávares, apenas un millar, habían conseguido destruir en muy poco tiempo una parte importante del Imperio Bizantino, lo que fue una inyección de moral a los mercenarios, que se encontraban en una situación muy complicada; se encontraban en el corazón de su enemigo, sin saber cuando iban a ser atacados. Tras la rapiña llevada a cabo, Entenza decidió volver a Gallípoli a romper el asedio, esta vez por tierra. Continuaron hacía el sur, derrotando a los bizantinos que se les presentaban, en lo que parecía una tormenta imparable. Pero la venganza se detuvo con más venganza. Un potente contingente genovés se presentó ante los almogávares, a los que derrotaron y aniquilaron sin piedad. Uno de los pocos que se salvó, fue el propio Entenza, que fue apresado con el fin de ser vendido al emperador, quién le guardaba rencor tras recibir el título de Megaduque tras la jugada de de Flor.
Rocafort, que tenía orden de permanecer dentro de la fortificación, tuvo noticias de la caída de Berenguer de Entenza. Era un momento clave, en el que la moral de los almogávares volvía a caer, al estar asediados sin poder hacer nada más que esperar. Por ello, Rocafort tomó el mando, y decidido, ordenó salir y atacar a las tropas bizantinas en una maniobra que sorprendió a los propios mercenarios, pero que sorprendió más aun a los soldados bizantinos. El resultado fue atroz. Los almogávares, no mas de tres millares, causan una aplastante derrota a los bizantinos, quienes pierden alrededor de veinte mil hombres. El asedio quedaba roto.
La furia de los almogávares se desata

Tras la dura derrota sufrida por sus tropas, Miguel IX, que comandaba un segundo ejército muy cerca de Gallípoli, avanzó decidido a acabar de una vez por todas con aquellos montañeses aragoneses y catalanes que tanto mal estaban haciendo en tierras bizantinas. Sería la batalla definitiva, pues Miguel conducía los restos del ejército bizantino. Unos veinte mil hombres. Mientras tanto, Bernat de Rocafort consiguió enterarse del avance de Miguel, y presto salió a su encuentro con sus tres mil almogávares. Pese a la gran diferencia numérica, Rocafort no eludió el combate, y ambos ejércitos se encontraron en Apros.

La batalla fue brutal. Con sus característicos gritos desatados, los almogávares , llenos de moral, atacaron de frente a la infantería bizantina, intimidada por las anteriores acciones bélicas de los almogávares, cuya fama ya se extendía por los confines del imperio bizantino. Resistieron poco la acometida mercenaria y comenzaron a retroceder hasta la huida. Mientras, en los flancos las caballerías se enfrentaban. La caballería alana decidió abandonar la batalla poco después de entablar combate, y la caballería bizantina no consiguió aguantar las acometidas de los almogávares. La batalla estaba perdida, pero Miguel avanzó con su guardia hacia Bernant de Rocafort, a quien hirió levemente. Peores heridas sufrió Miguel, quien salvó la vida gracias a su guardia personal.
Tras la batalla, el ejército imperial había desaparecido literalmente. La mayoría murieron, otros desaparecieron, y otros se pasaron al bando almogávar. Constantinopla ya no tenía fuerzas con las que enfrentarse a los almogávares. Y lo sabían. Y también lo sabían Rocafort y el resto de capitanes. Por ello, ahora reforzados, comenzaron de nuevo a asolar las tierras de Tracia, quemando hasta los cimientos numerosas ciudades como Rodestión e Istina, esta, cercana a Constantinopla, hacía las funciones de puerto, y allí se resguardaba la flota imperial, arrasada a la llegada de los almogávares, que de las 150 galeras que encontraron, quemaron la mayoría. Concretamente, todas las que no se pudieron quedar. Tras estos acontecimientos, Rocafort separó de su compañía a cuatrocientos hombres, que bajo mando del capitán Fernán de Arenós, marcharían hasta la propia Constantinopla, no para combatir, sino para intimidar a los pocos soldados que quedaban en la ciudad. Cuando estos cuatrocientos guerreros volvían junto a Rocafort, un ejército de tres mil hombres les salió al paso. De nuevo, una aplastante victoria almogávar.
Así, siguieron arrasando Tracia hasta le llegada del invierno de 1305, en el que volverán a su ya fuerte baluarte, Gallípoli. Allí descansan hasta que a principios de 1306 reciben una noticia que los almogávares reciben ociosos. Los nueve mil alanos que habían participado en la masacre de Adrianópolis habían sido licenciados y se dirigían a sus tierras. Aquellos que habían cometido tal atropello contra los montañeses aragoneses debían pagar, y por ello, Rocafort mandó salir de Gallípoli en busca de los alanos, dejando en la fortificación a doscientos soldados. Poco tardan los almogávares en encontrar a los alanos, que avanzan lentos, al ir acompañados de sus familias. No hay piedad, y en un día entero de combate, ocho mil quinientos alanos mueren, consiguiendo huir tan solo quinientos hombres aproximadamente. Roger de Flor había sido vengado. Pero la furia de los almogávares no iba a acabar aquí, ni mucho menos.

CONTINUARÁ…

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