Francisco de Cuellar

766px-Invincible_Armada
Desconocemos el lugar y fecha de nacimiento del capitán Francisco de Cuéllar, si bien, la segunda debió ser posterior a 1563, ya que en su narración afirma que sirvió desde que tuvo edad para ello.
Respecto al lugar de nacimiento no hay ningún documento que afirme un lugar u otro, pero la opción más extendida es la villa segoviana de Cuéllar.1 La especial devoción de Cuéllar por “Nuestra Señora del Ontañar” podría apuntar a Arnedo en La Rioja o bien en Navahermosa, Toledo. El uso de ciertas palabras en el texto como “casiña” o “casares” podrían indicar un origen leonés o extremeño. Pero hoy por hoy ninguno de los anteriores lugares cuenta con respaldo documental.
Todo indica que se alista en el ejército que va a invadir Portugal en 1581 -siguiendo su narración y las hojas de servicios descubiertas por Rafael Girón- y participa en toda la anexión del reino vecino. Acto seguido se va a embarcar con Diego Flores Valdés en su expedición al Magallanes, siendo capitán de infantería española en la fragata Santa Catalina. Esta expedición durará hasta 1584 y llevará a Cuéllar al fuerte de Paraíba en Brasil, para desalojar a los colonos franceses que se habían apoderado de la región.
Tras regresar de Indias, Cuéllar va a participar en la expedición a las Azores bajo el mando del marqués de Santa Cruz. Aparece cierta referencia en la narración “El hacerme este bien nació del francés, que había sido soldado en la Tercera, que le pesó harto verme hacer tanto mal”.
La Grande y Felicísima Armada sufrió terribles pérdidas en las tormentas que se produjeron en otoño de 1588. Cuéllar era capitán del San Pedro cuando este barco rompió la formación de la Armada en el Mar del Norte. Fue condenado a morir en la horca por desobediencia por el General Francisco de Bobadilla. Enviaron a Cuéllar al galeón, San Juan de Sicilia, para que el Auditor General Martín de Aranda ejecutase la sentencia.
La sentencia de muerte no se ejecutó y Cuéllar permaneció a bordo hasta que el galeón – que formaba parte del escuadrón Levante, que sufrió numerosas bajas (con menos de 400 supervivientes de los 4.000 que zarparon) – se ancló cerca de la costa de Irlanda, a una milla de Streedagh Strand en el actual Condado de Sligo, en compañía de otros dos galeones. Al quinto día de estar anclados, los tres barcos fueron arrastrados hacia la costa y destrozados en pedazos. De la tripulación de los tres barcos (1.000 hombres) 300 sobrevivieron.
Los habitantes locales agredieron, robaron y desnudaron a los que llegaron a la costa, pero Cuéllar que se había agarrado a una tabla, consiguió llegar a la orilla sin ser visto y se escondió entre la maleza.
Cuéllar siguió deambulando perdiendo a veces la consciencia. En un momento él y su acompañante fueron descubiertos por dos hombres armados, que los cubrieron para dirigirse al pillaje en la orilla. En otro momento vio a 200 jinetes cabalgando por la playa.
Cuéllar se arrastró y vio 800 cadáveres esparcidos en la arena, de los que los cuervos y perros salvajes se alimentaban. Se dirigió a la Abadía de Staad, una pequeña iglesia que había sido incendiada por las autoridades inglesas y cuyos monjes había escapado: vio a doce españoles colgando de ganchos atados a las barras de hierro de las ventanas que quedaban en las ruinas de la iglesia. Una mujer de la zona le recomendó que se alejara del camino, después se encontró con dos soldados españoles, desnudos, que le informaron de que los soldados ingleses habían matado a los 100 españoles que habían caído en sus manos.
De los cientos de marineros que consiguieron alcanzar las playas, la mayoría fueron masacrados por las tropas ocupantes. Algunos, no más de trescientos, consiguieron formar grupos de resistencia junto a las anárquicas milicias locales; por otro lado, más voluntariosas que eficaces. Aquella guerra era de sable y cuchillo, de un salvajismo visceral y de principios irreconciliables. No se tomaban prisioneros.
Juntos se acercaron a la playa y vieron cuatrocientos cadáveres en la arena. Se detuvieron para enterrar los cadáveres de dos oficiales cuando cuatro locales se les acercaron con la intención de tomar lo que quedaba de las ropas de Cuéllar. Otro les ordenó que los dejaran en paz y condujo a los españoles a su poblado. Caminaron descalzos con el frío, por un bosque donde encontraron a dos jóvenes que viajaban con un viejo y una joven: los jóvenes atacaron a Cuéllar, que recibió una cuchillada en una pierna antes de que el viejo interviniese.
Le quitaron su ropa, una cadena de oro por valor de mil ducados y cuarenta y cinco coronas de oro. La mujer se aseguró de que le devolvieran su ropa y tomó un pequeño cofre que contenía reliquias, que se colgó al cuello antes de partir. Un muchacho le ayudó a curar sus heridas y le trajo comida.
Cuéllar siguió el consejo del muchacho de no acercarse al poblado, y se mantuvo comiendo bayas y berros. Fue atacado de nuevo por otro grupo de hombres que le dieron una paliza y le quitaron su ropa. Se cubrió con un faldón de helechos y ramas. Llegó a una población desierta donde encontró a otros españoles. Tras pasar algún tiempo en este lugar, encontraron a un joven que hablaba latín y que los condujo al territorio del señor Brian O’Rourke en el actual Condado de Leitrim.
En tierras de O’Rourke se encontraban seguros. En un pueblo se refugiaban setenta españoles. Cuellar se dirigió al norte con un grupo en busca de un barco español anclado, pero el barco había partido. Volvieron a la tierra de O’Rourke, donde la esposa del señor fue su anfitriona.
Cuéllar observó la sociedad, percibiendo que esas gentes vivían de modo salvaje, pero que eran amistosos y seguían los usos de la Iglesia. Escribió que, de no haber sido por su hospitalidad, él y sus compañeros no habrían sobrevivido. Concluyó que en esas tierras no había justicia ni derecho, ya que todo el mundo hacía lo que quería.
En noviembre de 1588, Cuéllar se desplazó al territorio de Maglana (MacClancy) con otros ocho españoles. Permaneció en uno de los castillos del señor – probablemente en Rosclogher en la orilla sur del lago Melvin. Les llegaron nuevas de que los ingleses habían enviado mil setecientos soldados contra ellos (los ingleses llegaron al mando del hermano de Richard Bingham, gobernador de Connacht. El sitio duró diecisiete días). En respuesta el señor optó por huir a las montañas, mientras que los españoles defendían el castillo. Disponían de dieciocho armas de fuego – mosquetes y arcabuces – y consideraron que el castillo de Rosclogher era inexpugnable, debido a su ubicación en tierras que evitaban el uso de artillería.
 El señor de aquellas tierras prefirió buscar refugio en el impenetrable bosque, mientras que la tropa española decidió defenderse entre aquellos sólidos muros. Finalmente, los ingleses se aburrieron soberanamente de tanto disparo fallido y desperdicio de munición, mientras que los españoles tiraban a placer desde arriba. Para más inconveniente, los cañones de los sajones no tenían ángulo suficiente de tiro y eran muy complicados de manejar en aquel roquedal. Mientras se comenzaban a retirar, la desgracia súbita de una tormenta perfecta se abatió sobre ellos. No sólo no estaban al abrigo o protección de nada que les pudiera albergar, sino que el agua bajaba con un ímpetu incontrolable por el cauce por el que se retiraban aquellos desdichados. Aquello más bien parecía el fin del mundo. Total, un descalabro en toda regla. Algo más de un millar de rubicundos ingleses habían sido devorados por la hambrienta torrentera. Nunca tan pocos pusieron en fuga a tantos.
MacClancy regresó con regalos para los defensores, incluida la oferta a Cuéllar de la mano de su hija, que Cuéllar declinó. En contra del criterio del jefe, los españoles dejaron estas tierras diez días antes de Navidad, dirigiéndose al norte. Encontraron que el obispo de Derry, Redmond O’Gallagher, tenía otros doce españoles a su cargo, a los que intentaba ayudar a llegar a Escocia.
Tras seis días, Cuéllar y los otros diecisiete zarparon hacia Escocia. Dos días después alcanzaron las Hébridas y poco después la costa escocesa. Cuéllar permaneció en Escocia seis meses, hasta que los esfuerzos del Duque de Parma le obtuvieron pasaje para Flandes. Los holandeses esperaban en la costa y el barco de Cuéllar naufragó y muchos de los supervivientes se ahogaron o los mataron tras capturarlos. De nuevo se encontró en una situación similar a la que había vivido en Irlanda, cuando entró en la ciudad de Dunquerque con sólo su camisa. Escribió el relato de su experiencia y continuó en Flandes algunos años más.
O’Rourke fue colgado en Londres por traición en 1590; entre las acusaciones que se le hicieron estaba la de socorrer a los supervivientes de la Armada. MacClancy fue capturado por el hermano de Bingham en 1590 y decapitado.
Sobre Francisco de Cuéllar hay que decir que se puso manos a la obra y creó células de información muy activas que posteriormente y durante mucho tiempo reportarían puntualmente al bien engrasado espionaje de Felipe II. Adoptó un bajo perfil en general para pasar lo más desapercibido posible, mimetizó a los suyos con toda suerte de inventos, actualizó la práctica del camuflaje, diseñó sacos parecidos a los de patata con profusión de aderezo vegetal para mejor ocultar a sus hombres, llevó a cabo exitosamente varias emboscadas y en ocasiones evitó otras sabiamente, para mantenerse en el más posible anonimato cuando convenía a sus intereses. Cuando se vive tanto tiempo rodeado de niebla, uno acaba pensando que es parte de la misma.
El capitán Cuéllar servirá en el ejército de Felipe II a las órdenes de Alejandro Farnesio, el conde de Fuentes y Mansfeld durante los años siguientes. Entre 1589 y 1598 participa en el Socorro de París, las empresas de Laón, Corbel, Capela, Châtelet, Dourlens, Cambrai, Calais, Ardres y el sitio de Hults. Entre 1599 y 1600 estará bajo mando del duque de Saboya en la guerra de Piamonte. En 1600 pasará a Nápoles junto al virrey Lemos.
En 1601 será nombrado capitán de infantería en uno de los galeones con destino a las islas de Barlovento (Antillas), si bien hasta 1602 no embarcará hacia Indias con la flota de galeones de don Luis Fernández de Córdova.
Parece que estas fueron las últimas campañas militares del capitán. Entre 1603 y 1606 residirá en Madrid a la espera de nuevos destinos. Es posible que volviera a pasar a América en 1607.
Nada se sabe del lugar de fallecimiento del capitán Cuéllar o si tuvo descendencia.

___________________________________________________________

Fuentes:

El capitán Cuéllar, el héroe desconocido que hizo huir a un millar de ingleses

Leer más:  El capitán Cuéllar, el héroe desconocido que hizo huir a un millar de ingleses – Blogs de Empecemos por los principios  http://bit.ly/OdalGy

VELASCO BAYÓN, Balbino (1996). Historia de Cuéllar (Cuarta edición edición). Segovia. ISBN 84-500-4620-3.
Periódico Hoy: Irlanda recuerda a la Armada Invencible.
Periódico El Adelantado: Francisco de Cuéllar, capitán de la Armada Invencible.
Francisco de Cuéllar, la huella segoviana en Irlanda.
Periódico Ideal: El náufrago de la Invencible.
Periódico El Adelantado: El tirón de la novela histórica.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s