Gabriel de Espinosa, “el pastelero que suplantó a un rey”.

pastelero de madrigal

Existen infinidad de historias que parecen absolutamente novelescas y que incluso nos parecerían exageradas si no fueran ciertas. Una de mis preferidas es la del pastelero de Madrigal, el pastelero que quiso ser rey.
Era por entonces Portugal una gran potencia mundial. Barcos lusos señoreaban las costas africanas en ambos océanos, pero donde no llegaban los barcos, no tenían influencia. Los portugueses no habían sido capaz de cumplir su vieja añoranza de poder avanzar hacia el interior.
Fue entonces cuando llegó un nuevo rey de Portugal, Don Sebastián. Era un buen mozo: joven, atractivo, rubio, de ojos azules, muy carismático… consiguió infundir en su país un espíritu de cruzada que apuntaba a garantizarse el control del oro africano al igual que España había hecho con el oro americano. El idilio entre rey y reino estaba garantizado.
Nada más alcanzar el trono, Don Sebastián organizó una gran operación contra Marruecos. Pero el resultado fue catastrófico y marcó el cénit del imperio portugués y el inicio de su decadencia. La derrota final llegó en Alcazarquivir, cuando el ejército invasor fue rodeado y los generales rogaron al joven Rey que huyera. En vez de hacerlo, convencido de que Dios luchaba junto a él, Don Sebastián cargó contra las nutridas filas enemigas y… no se supo nada más de él. Sospecho que tanta devoción por Dios hizo que este se encariñara con él y lo llevara ante su presencia.
Tras su desaparición, el trono de Portugal quedaba sin herederos, y sólo era cuestión de tiempo que el poderoso Felipe II de España se hiciera con su jugoso reino vecino. Al no encontrarse jamás el cadáver, sin embargo, surgió el llamado sebastianismo, la leyenda de que llegaría un buen rey para ayudar a la nación portuguesa en cuando esta lo necesitara.
Siendo un rey tan querido y estando el reino en manos extranjeras, era de esperar que la esperanza de su regreso creciera entre los portugueses. Además, infinidad de sucesos ayudaron a apuntalar teorías que hoy llamaríamos “conspiranoicas”. Por ejemplo, un grupo de caballeros huidos de Alcazarquivir intentaron llegar a Ceuta, pero los ceutíes, temerosos de una trampa, se negaban a abrir la puerta… Hasta que los caballeros empezaron a decir que el rey iba con ellos. Efectivamente entraron con un hombre embozado que embarcó al día siguiente rumbo a Lisboa… y ahí se perdió la pista. Hay quien sospecha que, quizás, los caballeros mintieran.
Entre las ganas de muchos de ver el regreso de Don Sebastián, y el innegable atractivo que tenía eso de convertirse en rey, no tardaron en aparecer farsantes que intentaron hacerse con el trono. Nuestra historia es la de uno de ellos, Gabriel de Espinosa.
Era Gabriel un huérfano natural de Toledo, residente en Madrigal de las Altas Torres (Ávila), de oficio pastelero. Diose la casualidad de que en esta población se encontraba un convento de monjas agustinas que tenía como más importante inquilina a doña Ana de Austria, hija bastarda del también bastardo Juan de Austria y, por lo tanto, sobrina de Felipe II. En la misma villa, se encontraba el intrigante fray Miguel dos Santos, dominico portugués que había sido desterrado a Castilla por sus conspiraciones contra el dominio de Felipe II sobre Portugal.
El taimado fraile quedó estupefacto al conocer a Gabriel de Espinosa y encontrarle un increible parecido físico con el añorado rey. No le fue difícil convencerle de que la vida de rey era preferible a la de pastelero y comenzó una complicada conspiración destinada a restituirle en el trono.
Pero un rey necesitaba una reina, y aquí entraba Ana de Austria que, la verdad, no estaba muy contenta con seguir recluida en un monasterio (había sido forzada a ello, salía más barato que casarla). No sabemos hasta qué punto doña Ana se creyó que aquel pastelero era el desaparecido Don Sebastián o hasta qué punto quiso creerlo, pero en cualquier caso, se prometieron casarse tan pronto como se hubiera producido la coronación.
Con prometida de sangre real y todo, le sería más fácil al fraile conseguir el apoyo de la nobleza. Y una serie de caballeros descontentos con la dominación española viajaron en secreto hasta Madrigal donde “reconocieron” al pastelero como el mismo rey Don Sebastián revivido. La operación iba tomando cuerpo.
Ahora lo que necesitaban era dinero, y Gabriel de Espinosa fue enviado a Valladolid con unas joyas de doña Ana en la intención de convertirlas en dinero. Grave error. El pastelero, una vez se vio ante el Pisuerga cargado de oro, trabó “amistad” con una buena moza que quedó tan impresionada ante tanta riqueza junta que no dudó en correr a avisarlo a las autoridades. Por si acaso. Ni que decir que Gabriel de Espinosa fue detenido. Que eso de que un tipo con pinta plebeya cargue con tanto oro no deja de ser extraño.
Una vez preso, Gabriel confesó que las joyas se las había dado la misma doña Ana de Austria. Los perplejos alguaciles estaban desconcertados, pero como esas joyas debían proceder de algún sitio decidieron escribir al respecto, y de forma muy respetuosa, a la interesada.
Entonces fray Miguel cometió un error que hasta produce sonrojo por su inocencia. Envió una carta al pastelero en la cual le daba trato de “Majestad”, ni que decir que la carta fue interceptada. Poco después llegó la respuesta de la monja que soñaba con ser reina: “Estimado Señor: Me he enterado habéis preso por sospecha de hurto a Gabriel de Espinosa, pastelero de esta villa, a quien aprecio, y siendo mío lo que lleva encima, sírvale esta de descargo y no habiendo ya motivos, dejadle en libertad. Con ella me haréis merced y no se hable más, no se levanten ruidos injustos y maliciosos.”
Todo era demasiado raro para aquellos alguaciles, que dieron parte a sus superiores. No era malo el servicio de inteligencia español, por aquel entonces, y tanto viaje de nobles portugueses a una pequeña villa castellana era algo digno de ser examinado con prudencia. Sabiendo que fray Miguel era un antiguo conspirador, y viendo la carta llamándole “Majestad”, sumaron dos y dos. El asunto fue llevado ante el mismísimo rey prudente.
Doña Ana de Austria, que ingenuamente seguía creyendo que efectivamente se trataba de Don Sebastián, se alegró de la noticia al suponer que cuando el Católico Rey de las Españas supiera “la verdad” le daría libertad y corona a su prometido. No pensaban lo mismo ni el fraile ni el pastelero, cuando entraron en la sala de torturas.
Muchos interrogatorios se sucedieron, en general superficiales, reiterativos y plagados de contradicciones, sobre todo los que se hicieron bajo tormento. Innumerables cartas se cruzaron entre los comisionados y el Rey, quien fue el verdadero juez de aquel caso.
Acusado de crimen de lesa majestad, Espinosa fue condenado a la horca, cumpliéndose la sentencia en la tarde del 1 de agosto de 1595, en la plaza pública de Madrigal, donde todos quedaron sorprendidos del orgullo de su mirada, la cólera con que citó a don Rodrigo ante el Tribunal de Dios y la tranquilidad que tuvo ajustándose la soga al cuello. Luego, su cuerpo fue decapitado y hecho cuartos, siendo los despojos expuestos al pueblo.
Trasladado a Madrid fray Miguel de los Santos, y acusado del mismo crimen que Espinosa, fue primero degradado al estado laico, y después, a mediodía del jueves 19 de octubre, ahorcado en la plaza pública. Al pie del cadalso insistió en su inocencia diciendo haber creído que Espinosa era don Sebastián. También decapitado, su cabeza fue transportada hasta Madrigal para acompañar por unas horas a la del Pastelero.
La culpa de doña Ana de Austria se saldó con un encierro en el convento agustino de Ávila. Allí, desprovista de privilegios, pasó poco más de 3 años, hasta que su primo Felipe III, a poco de suceder a su padre, la hizo devolver al de Madrigal, donde, restituida su influencia y recobrada la tranquilidad de espíritu, fue elegida priora. Ocupó aquel cargo hasta que en 1611, dejando la orden de San Agustín, pasó a ser abadesa del cisterciense monasterio de las Huelgas de Burgos, la mayor dignidad eclesiástica a que una mujer podía aspirar. Y por cierto que actuó como una magnífica prelada, quizás la mejor que tuvo nunca aquel real sitio.
Publicado 1st August 2012 por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros
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