Diego de León y Navarrete

Siendo brigadier, y en plena Guerra Carlista, cargó a la cabeza de un escuadrón de caballería, con su montura al galope y lanza en ristre, asaltando la primera línea enemiga aprovechando el hueco de la tronera de un cañón, poniendo en fuga al enemigo. Una imagen que quedó para la historia y los grabados de la época.

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Teniente General
Gentil Hombre de Cámara de S.M.
Conde de Belascoain
Tres Veces condecorado con La Gran Cuz de San Fernando
De Carlos III
De Isabel La Católica
Diego de León y Navarrete González de Canales y Valdivia. Hijo de militar, Diego de León abraza la carrera de las armas a los 17 años. Tres años después es capitán del Regimiento de Coraceros de la Guardia Real, donde tiene ocasión de adquirir un intenso afecto por la institución monárquica, muy en particular por la reina Mª Cristina, esposa de Fernando VII, lo que marcaría la etapa más decisiva de su vida. Iniciada la primera guerra carlista con la muerte del monarca en 1833, Diego de León, tras solicitarlo reiteradamente a sus jefes, se incorpora al conflicto como Capitán de Dragones en un regimiento de húsares del Ejército del Norte, bajo el mando del General Alaix.
Muy joven ingresó en el ejército en el arma de caballería. Participando en Andalucía en la Primera Guerra Carlista, destacó inmediatamente por su valor y decisión, haciéndose famosa su costumbre de marchar en los ataques al frente de sus lanceros y cargar allí donde el enemigo fuera más numeroso. En Arcos, al mando de un escuadrón de sólo 70 jinetes, se enfrentó a una columna carlista, deteniéndola hasta que llegaron los refuerzos. Su comportamiento en esta acción fue tan heroico que su jefe ordenó se le impusiera en el mismo campo de batalla la Cruz Laureada de San Fernando.
Su arrojo, casi temerario, empieza a ser comentario común de todos los que le rodean y transciende a los cenáculos sociales y políticos de la capital. Se habla no sólo de su porte gallardo e impresionante, de esto último podían dar buena cuenta sus adversarios en el campo de batalla, sino también de su extraordinaria habilidad como jinete y en el manejo de la lanza, lo que sorprende a todos ya que este arma no se usaba en combate de asalto desde Carlos III, y había caído en total desuso a lo largo de la guerra de la Independencia.
Terminada la guerra, la convulsa situación provocada por el exilio de Dª Cristina acaecido en octubre de 1840, colocan a Diego de León en un «campo de batalla» para el que no tenía ni dotes ni vocación: la política. Su enfrentamiento con Espartero, al ocupar éste la regencia en mayo de 1841, y su voluntad decidida de reponer en el trono a la Reina Cristina, por la que sentía una verdadera lealtad y devoción, le hacen entrar en contacto con los generales O´Donnell, de la Concha, y otros muchos mandos del ejército que pensaban como él. Poco más hacía falta para empujar a la acción a quien nunca había conocido el conformismo o la cautela y en la tarde del 7 de octubre, acompañado por de la Concha y Pezuela, decide asaltar el Palacio de Oriente. La enconada resistencia de la guarnición hace fracasar estrepitosamente la operación.
Diego de León es apresado, y aunque dispuso de la oportunidad de huir a Portugal, fiel al concepto del honor que presidió toda su vida, rehúsa el ofrecimiento y se auto inculpa como único responsable del asalto a palacio. El Consejo de Guerra es inmediato y fulminante en su sentencia. La ejecución se produce en la mañana del 15 de octubre en los aledaños de la Puerta de Toledo adonde llega Diego de León aclamado por el pueblo de Madrid con su uniforme de gala. De él dice el General San Miguel, entonces Ministro de la Guerra: “La pena sufrida por el General de León no le deshonró ni menoscabó en lo más mínimo su gloria, tan justamente adquirida”.
La noche antes de la condena la propia Isabel II rogó a Espartero que le amnistiara pero este cegado por su odio irracional no quiso ceder a la petición de la reina.
No obstante Diego de León convirtió su propia muerte en otro acto heróico y legendario haciendo gala de su famosa máxima “la muerte menos temida da más vida”. No quiso aceptar proposiciones de huida y aceptó la pena que se impusiera por su intento de asalto al Palacio Real. Espartero siguió mostrándose inflexible a pesar de las numerosas peticiones de indulto que recibió e hizo ejecutar la pena de muerte. Desde la prisión se le trasladó al lugar de la ejecución, a las afueras de Madrid, concretamente en la puerta de Toledo. De León vistió su uniforme de gala. Al bajar de la carreta regaló unas monedas de oro a los soldados del pelotón y, una vez leída la sentencia sumarísima, se dirigió a los soldados y les dijo antes de dar él mismo las órdenes reglamentarias: «¡Que no os tiemble el pulso!¡Al corazón!». Fue fusilado el 15 de octubre de 1841.
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