Desenfrenó a los caballos, desenvainó su espada y quitándose el sombrero, abrió la portezuela del carruaje de Olivares. Tiburcio de Redín.

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Maestre de campo de los Tercios de Infantería Española
Capitan de Mar y Guerra

Lealtad: España

Caballero de Santiago
Barón de Bigüezal

Tiburcio de Redín y Cruzat, (Pamplona 1597, La Guaira (Venezuela) 1651). 
Fue un militar y marino de comportamiento ejemplar en lo castrense, pero de vida agitada y conflictiva. Al llegar a la madurez, su vida sufrió una profunda y repentina transformación al descubrir su vocación misionera para seguir el camino clerical que habían seguido la mayoría de sus hermanos.

Fray Baltasar de Lodares, en su obra “Los franciscanos capuchinos de Venezuela” basado en un retrato existente en el Museo del Prado (Madrid), atribuido al padre Juan Ricci, lo presenta en los siguientes términos: “El entrecejo fruncido como un nubarrón de tormenta, sobre su mirada dura y desafiadora; los bigotes encabritados por las puntas, el mentón audaz y provocativo, orlado de un pelillo áspero e impertinente; la cabeza revuelta e indómita, cayendo sobre el cuello; las botas altas y pesadas”.

En su memoria se le dédico el nombre de una calle en Pamplona, su ciudad natal.Tiburcio de Redín y Cruzat, (Pamplona 1597, La Guaira (Venezuela) 1651), Barón de Bigüezal, Caballero de Santiago.

 

En su memoria se le dédico el nombre de una calle en Pamplona, su ciudad natal.

Esta sobresaliente personalidad navarra heredó la casa de sus apellidos y fué cuarto hijo de los Barones Don Carlos de Redín y Doña Isabel de Cruzat. Hermano mayor de Don Tiburcio, fué Don Juan, que muy joven vistió el hábito de San Benito, obtuvo el grado de Doctor y más tarde el Profesorado en Teología, muriendo sin pasar de la edad madura todavía, en el Real Monasterio de San Martín, de Madrid, dejando edificados, por lo admirable de su virtuosa vida, a sus hermanos en religión y a cuantas personas le conocieron y trataron en el mundo.

El segundo hermano fué el Eminentísimo Príncipe Frey Martín de Redín y Cruzat, Caballero de la soberana Orden de San Juan de Malta y Gran Maestre de la misma, electo el 17 de Agosto de 1657; con antelación había sido Gran Prior de la misma milicia en Navarra. Asistió a diversas campañas con el Marqués de Spínola, con el nieto del Gran Capitán (segundo Gonzalo de Córdoba), y con el Cardenal de Borbón, desempeñando altos destinos y mandos militares en España, falleciendo en Malta el día 5 de Febrero de 1660.

El tercero tuvo por nombres Miguel Adrián, ostentó los títulos de Barón de Bigüezal, Señor de Redín y Caballero de Santiago. Sirvió en los Tercios de Flandes e Italia y en varios Virreinatos americanos, muriendo victima de su temerario heroísmo, en un combate naval sostenido con los holandeses en las proximidades de la Habana.

* * *
El cuarto varón nacido de los citados Don Carlos y Doña Isabel, llamado Tiburcio y cuya celebridad había de sobrepasar extraordinariamente a la de sus hermanos, nació en Pamplona el 11 de Agosto de 1597.

De este celebérrimo personaje, en unas páginas del «Nobiliario de Navarra» dijo el Sr. D. Joaquín Argamasilla, Marqués de Santa Cara (tomo 3.º, págs, 183 y sigts.) lo que aquí con su autorización, copiamos: «Habiendo perdido a su padre cuando aún era muy niño, se educó bajo la solícita dirección de la Baronesa su madre, mujer de gran entereza de carácter y sólida virtud, que procuró inculcarle las más altas ideas de honor y caballerosidad. Excitada la viva imaginación de Don Tiburcio por los relatos de los gloriosos hechos de armas en que habían lucido el valor y generosas prendas de su padre y hermanos, continuadores de la noble tradición de su linaje, desde luego aspiró a ingresar en la carrera de las armas y obtuvo de su madre, cuando aún no contaba más que catorce años, el permiso de pasar a Italia, donde su hermano Don Miguel Adrián tenía el mando de una compañía.

Después de recibir la bendición materna y de oir los severos y sabios consejos con que la buena Baronesa previno su corazón e inteligencia, ciñóse la espada y acompañado de un criado, tomó el camino de Milán. Su corta edad retrasó dos años su entrada oficial en el ejército; pero por Octubre del año 1613 pertenecía ya, como soldado, a la compañía que mandaba Don Juan de Silva.

En la imposibilidad de trazar aquí ni aún a grandes rasgos su biografía, nos hemos de concretar a decir que tal fué su ardimiento y su diligencia en los combates y comisiones de guerra en que intervino; tal su heroica conducta en la toma de Vercelli, en cuyo asalto, a pesar de estar gravemente herido, siguió batiéndose con verdadera temeridad, a imitación de lo que hiciera su antecesor Don Juan Gil Martínez de Redín en la batalla de Aibar; tales fueron sus hazañas en los combates de guerra con el Duque de Saboya, campaña que terminó brillantemente el Gobernador del Milanesado Marqués de Hinojosa, el cual confió a Don Tiburcio el mando de una compañía, a pesar de su escasa edad de veinte años, no cumplidos; tal fué, en suma, su comportamiento como militar y como caballero, que cuando a fines de 1619 vino a Madrid por asuntos de familia, llegó precedido de reputación y fama tales, que se le abrieron las casas de los más elevados personajes.

Su bizarría y buen continente, su destreza en el jugar las armas y otros ejercicios corporales, le hicieron pronto popular en la Corte; pero más que todo contribuyó a que su nombre corriese diariamente de boca en boca, la impetuosidad y violencia de su carácter, un tanto brusco e inconsiderado, que le empeñó en innumerables lances, desafíos y aventuras.

El valor era su divisa

Tiburcio de Redín, era tajante a la hora de solventar situaciones difíciles, lo que le hacía ser temido por los que se veían obligados a enfrentarse con el aristócrata pamplonés. Uno de los ardides, que empleó en una ocasión, fueron de los que le hicieron pasar a la historia legendaria; en esa ocasión, fue conocedor de que un pirata holandés le estaba esperando a que se hiciera a la mar con su bajel; pero Redín mandó cargarlo con piedras, para aparentar que iba sobre cargado de tesoros.

Redín ordenó inutilizar la artillería de su buque y reforzó a la tripulación con infantes españoles, se hizo a la mar sin preocuparse de los que le esperaban. Sopesando vencer la embestida, el buque holandés, puso rumbo de encontrada hacía la nao española, al llegar le pidieron cuartel aduciendo que su capitán estaba gravemente enfermo, al mismo tiempo que todos los españoles aparentaban estar enormemente asustados.

Persuadido el capitán holandés de que eran ciertos los hechos, pasó a tomar el buque español y se dirigió a la cámara del capitán, supuestamente enfermo, al entrar se encontró con que Redín le descerrajó un tiro que lo echó por tierra, sirviendo al mismo tiempo de aviso a la gente de Redín para que abordaran la nave holandesa. La reacción de los piratas, fue intentar disparar sobre su propio buque, que ya había sido abordado y conquistado por los españoles, pero como encontraron la artillería inutilizada, no tuvieron más remedio que resignarse a ser apresados por los españoles.

Esta acción sucedía en unas circunstancias especiales, ya que Redín iba como arrestado con destino a España, por orden de la Real Audiencia de Santo Domingo y por una de sus acostumbradas travesuras. Es este caso, poco más se le podía pedir, ya que las que utilizaba con sus enemigos, también lo hacía con los amigos, era su forma de ser. En este caso, la jugada le salió redonda, puesto que logró entrar en la bahía de Cádiz, con el buque holandés apresado.

Por su conflictivo carácter, siempre andaba huyendo de la justicia, su vida era una constante zozobra, y los accidentes y las pendencias inevitablemente se le atravesaban en su camino. Una de las veces que se encontraba en Madrid, y obligado a huir de la justicia que lo andaba buscando, su ingenio se impuso una vez más y logró esquivarlos haciéndose pasar por un lisiado paralítico.

Regresó a Sevilla y de nuevo tuvo que salir huyendo, por la persecución, está vez de un marido celoso, pero otra vez su inventiva se puso de manifiesto; se dirigió a su general y le pidió le entregara el mando de cuatro bajeles, con el pretexto de tener una misión oficial para realizar un servicio señalado.

El año 1622 recibió el Real Despacho de Capitán de Mar y desde entonces sirvió en las Reales Armadas con el mismo brillante comportamiento que en el ejército de tierra, llegando a obtener al cabo de algunos años de constantes trabajos y peligros, en los que riñó más de cien combates marítimos e hizo prisioneras suyas treinta embarcaciones enemigas de alto bordo, en su mayoria holandesas, el alto grado de Maestre de Campo y General de las galeras Reales. Fueron teatro de muchas de sus campañas los mares americanos, en los que pasó gran parte de los veinticuatro años
que sirvió a su Rey y a su Patria, sin que un solo día decayese su ánimo atrevido y constante.

Para dar idea de lo arrebatado de su genio, sólo referiremos uno de los muchos incidentes de su vida que lo ponen bien de manifiesto.

Habíale el Rey confiado el mando superior de una Armada que acababa de formarse en Cataluña, expresándose, por cierto, el Real Despacho en términos harto honoríficos para Don Tiburcio; y éste, a quien el mismo Monarca había conferido atribuciones para dirigir todo lo concerniente al pertrecho y tripulación de las naves, venía recabando del Ministro y famoso favorito Conde-Duque de Olivares ciertas disposiciones y medidas que estimaba necesarias para el cumplimiento de su misión. No se daba prisa el Ministro en atender las indicaciones de Redín y hasta puso últimamente dificultades para recibirle, lo que fué muy bastante para que cierto día, agotada la poca paciencia que aún con sus superiores gastaba Don Tiburcio, y amostazado por la descortesía, esperase en las Cuatro Calles el paso de la lujosa carroza del Conde-Duque de Olivares, cuando éste se dirigía al Retiro, y haciendo señas a los cocheros y postillones para que parasen, se dispusiera a interpelar al Conde-Duque No le hicieron caso aquellos criados; pero él abalanzándose a las cabezas de los caballos, les desenfrenó de unos cuantos bruscos tirones, y desenvainando su espada y quitándose el sombrero, abrió la portezuela del carruaje, y con la mayor naturalidad expuso sus deseos al asombrado Ministro, que nada por lo pronto, se atrevió a reprocharle, antes bien le dió palabra de despachar sus pretensiones.

Hombre tan atrevido, audaz y pendenciero, que jamás admitió contradicción y que gustaba de fiarlo todo a su propio derecho y a su extraordinaria fuerza y destreza, se sintió un día llamado por Dios a vida austera, pobre y humildísima, e ingresó, en medio del asombro de cuantos le conocían, en el convento de Capuchinos de Pamplona (1638): y lo hizo en calidad de lego, con el propósito, que en vano intentaron quebrantar el mismo Obispo y los Superiores de la Orden, de no pasar de esta ínfima categoría.

En su nueva existencia, que comenzó cuando contaba poco más de cuarenta años, y estaba en el apogeo de su fama y con fundadas esperanzas de grandes aumentos en su brillante carrera, dió aún mayores pruebas de lo extraordinario de su espíritu, consiguiendo a costa de un incesante esfuerzo de la voluntad, dominar su genio rebelde y colérico, para com placerse en los empleos y ocupaciones más humildés y ordinarios.

En los trece años de vida religiosa, conociendo sus Superiores el partido que podían sacar de hombre tan poco común, a más de encomendarle la fundación de diversas misiones en el Congo (Africa) y en varios puntos de América, le mandaron repetidas veces a la Corte con pretensiones, cerca del Rey y de sus Secretarios, que fácilmente obtuvo por la gran influencia que conservaba, debida a sus no olvidados servicios y también a sus muy comentadas aventuras.

También fué a Roma a tratar con el Sumo Pontífice Inocencio X algunos asuntos referentes a conventos de su Orden; y el Papa, que debía estar bien impuesto de las dotes extraordinarias de aquel pobrecillo fraile, le anunció su propósito de hacerle optar por el Generalato de la Armada Pontificia, a la sazón vacante por muerte de uno de los Colomas; o por la púrpura y el capelo cardenalicio.

Rechazó firme y humildemente ambas ofertas el hermano Francisco de Pamplona (nombre que había tomado en vez del suyo, siguiendo la costumbre de los Capuchinos), y como el Papa insistiera, levantándose Redín, con ademán enérgico, pronunció estas palabras notabilísimas, que pintan un carácter y el estado de su espíritu: «Beatisimo Padre; yo soy un hombre pecador y de natural altivo y soberbio, y Dios, por su misericordia, me ha puesto en este estado, para que haga penitencia de mis pecados. Si Vuestra Santidad no me ayuda a ser humilde, me perderé, porque SOY TAL, QUE LA TIARA DE SAN PEDRO NO ESTARÁ SEGURA DE MI ALTlVEZ Y SOBERBIA, EN LA DlGNÍSlMA CABEZA DE VUESTRA BETITUD» .

Vuelto a América, donde continuó con celo verdaderamente apostólico sus trabajos de misionero, prosiguió admirando al mundo con la fama de su ardiente caridad y modestia, hasta el día de su fallecimiento que ocurrió en el puerto de la Guayra el 31 de Agosto de 1651, con las más evidentes señales de una dichosa predestinación. Al fallecimiento de su hermano Don Miguel Adrián, acaecida hacia el año 1633 había heredado con los títulos de Barón de Bigüezal y con el Señorío de este pueblo y el de Redín, los demás bienes del mayorazgo, incluso el acostamiento de cuarenta mil maravedises que aquél disfrutaba. Al entrar en la orden franciscana renuncio todos esos honores y beneficios en
favor de su hermana Doña Rosa de Redín y Cruzat, la cual, estaba casada desde el año 1629 con Don Francisco de Lodosa y Navarra-Mauleón, Señor de Sarria y de Larrain, Copero Mayor de Navarra.»

Curiosidades

En una ocasión, estando de viaje, se encontró en un mesón de Tudela, donde unos matones intentaron abusar de la mesonera y de sus hijas; Redín les recrimino su actitud, pero los fanfarrones viendo delante de ellos un pobre fraile, no lo tomaron en cuenta y siguieron con su molesta diversión. Esto hizo resucitar las mañas del viejo capitán, por lo que sirviéndose de un látigo, comenzó a darles tales trallazos de manera que los otros no tuvieron otra opción que la de darse a la fuga.

En otra ocasión en que se dirigía al sur de España, se hospeda en un pueblo de Toledo; el curioso ventero, amigo de enterarse de vidas ajenas, entabla diálogo con el recién llegado clérigo:-¿Es cierto que el célebre soldado, don Tiburcio de Redín ha tomado él hábito capuchino? -Sí, hermano -le responde el fraile ¡Gracias a Dios!, -contesta el ventero- que se ha corregido; pero…, ¿Cree ud.. padre que perseverará en los votos que ha hecho?-Confío en Dios que sí, hermano, -le responde fray Francisco de Pamplona- ¡Vive Dios…! -exclama el ventero-, mucho me temo…, porque hombre más tremendo que ese no lo he conocido jamás. Cuando pasaba por aquí, eran seguras las riñas, las heridas, la sangre…

El ventero seguía con su retahíla, comentando la turbulenta vida del personaje, mientras éste le escuchaba dando cuenta de un plato de lentejas. Cansado el fraile de tanta historia mundana que le apartaba de sus pensamientos evangélicos, secamente le suelta al ventero: -Perdón, hermano…. ¡Yo soy Tiburcio de Redín!

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Fuente:JOAQUÍN ARGAMASILLA
Marqués de Santacara.
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