Francisco de Aldana

Nápoles, 1537 ó 1540 – Alcazarquivir, Marruecos, 4 de agosto de 1577

aldana

La historia de hoy va sobre uno de los poetas renacentistas más importantes de nuestro país, aunque su nombre no sea tan conocido como otros coetáneos como Garcilaso de la Vega o Miguel de Cervantes.
Un español de aquellos del siglo XVI, valientes, titánicos y hercúleos, que derrochando su sangre, su sudor y sus lágrimas levantaron en nombre de Dios y de España aquel Imperio en el que no se ponía el sol.
Francisco de Aldana se ganó la vida repartiendo estopa a manos llenas, espadazo va espadazo viene, jugándose una y otra vez el pellejo ante los herejes, primero, más tarde ante la morisma, que sería la encargada de finiquitarle en Marruecos, en la trágica derrota de los portugueses en Alcazarquivir.
Aunque viniera de gente de moderada alcurnia, el capitán era querido por la tropa, el mayor halago para un militar, probablemente más allá del valor y la fiereza en el combate. El coraje le venía de antiguo. Uno de sus tíos, Juan de Dios de Aldana, a la sazón alférez del rey Alfonso V de Portugal, fue espanzurrado y pasó a mejor vida en la batalla de Toro, sosteniendo la bandera de su señor con los dientes, pues ya le habían desmembrado los brazos. Y su padre, fue oficial de altísimo rango de la tropa española en la Florencia de Cosme I de Médicis.
Su juventud la pasó en Florencia, entregado al estudio de las lenguas clásicas y de los autores de la antigüedad, de los que llegó a ser un buen conocedor; además llegó a dominar incluso una docena de lenguas. Como poeta, es uno de los representantes del neoplatonismo en la poesía española.
Quevedo (más bien espía que militar), Cervantes, Lope de Vega y Calderón. Tipos que empuñaban con el mismo ánimo y envite el arcabuz y la pluma, la daga y el tintero. Cervantes tenía a Aldana por «El Divino», Quevedo lo llamó «doctísimo español, elegantísimo soldado, valiente y famoso soldado en muerte y en vida» y Lope de Vega le dedicó encendidos versos: «Tenga lugar el Capitán Aldana / entre tantos científicos señores, / que bien merece aquí tales loores / tal pluma y tal espada castellana».
Como su padre y su hermano se consagró a la carrera militar, que no tardó pronto en detestar ansiando la vida contemplativa, y combatió como capitán en San Quintín, donde tuvo una actuación destacada, tanto que el rey Carlos I de España lo mencionaría por su valor; y, ya general de Artillería, fue enviado a Flandes en 1572 bajo el mando de don Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez
Mientras se curaba en el hospital, calló el soldado y habló el genial poeta: «¡Oh galanamente y bien / está mi mal remediado. / Herido y despedazado / y habrá de quedar también / tras cornudo, apaleado». Se refería con cruel ironía a las críticas recibidas por su gestión artillera en aquella industria de Haarlem.
El de Alba fue sustituido por Luis de Requesens, y el bravo oficial recibió un encargo lejos de sus dotes guerreras, aunque no humanas: intermediar con la soldadesca que andaba rebelada por no cobrar durante meses y meses su soldada. Los amotinados acabaron organizando una gresca formidable conocida como el Saco de Amberes, donde se dieron a descoyuntar holandeses de lo lindo, con aquella terrorífica frase que pasó a la Historia para mostrar su ira: «Cenaremos en Amberes o desayunaremos en el infierno».
A la postre, Francisco de Aldana consiguió mediar ante la tropa, pero la desilusión entre lo que veía en la guerra y lo que se imaginaba que vivían otros en la corte afiló su lengua y su pluma: «Mientras, cual nuevo sol, por la mañana / todo compuesto andáis ventaneando / en jaca sin parar, lucia y galana, / yo voy sobre un jinete acá saltando / el andén, el barranco, el foso, el lodo, / al cercano enemigo amenazando».
De vuelta en España, en 1571 fue alcalde del castillo de San Sebastián y un gran consejero y amigo del rey, Felipe II de España.
Su Majestad Católica le tiene por uno de sus más bravos capitanes, le tiene en alta estima, y también sus versos comienzan a ser conocidos más que bien reconocidos. Escribe entonces Gil de Polo, otro escritor de la época: «Este es Aldana, el único monarca que junto ordena versos y soldados». Pero aquel soldado ha perdido media vida en sus esfuerzos. Y quiere soledad, quiere sosiego, quiere la paz que no ha tenido, sentirse a gusto en contacto con la Madre Natura, acercarse por fin a Dios. Y así escribe su Epístola a Arias Montano, el sabio secretario de Felipe II: «Y porque vano error más no me asombre,/ en algún alto y solitario nido / pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre…».
Felipe II enterado de los acontecimientos surgidos en la mauritania decide enviar a don Francisco para que eche un buen vistazo. Nuestro querido caballero no dice que no, y disfrazado de comerciante judío y aprovechando su don de lenguas (y unas cuantas triquiñuelas que le enseñara su nodriza, una negra africana) inicia las pesquisas deuna misión secreta consistente en recorrer el Norte de África para conocer las auténticas fuerzas del sultán de Marruecos. Su misión es un éxito, regresando con valiosa información que desaconseja el ataque.
Sin embargo, por aquellos años, en Portugal, el soberano Don Sebastián soñaba con iniciar una cruzada contra tierras marroquíes, y aunque todo apuntaba a que era una locura, nadie podía hacerle desistir de su proyecto, ya que se consideraba “el capitán de Dios”. Felipe II, tío de Don Sebastián decidió enviar a Aldana a Portugal con el fin de convencer a su sobrino de lo temerario de su plan. Contra todo pronóstico, y gracias al enorme poder de convicción del rey Portugués, el mismo Aldana fue convencido de lo heroico de dicho plan, pasando a apoyar la invasión.
Batalla de Alcázarquivir
Después de muchos contratiempos, la expedición partió de Lisboa, rumbo a Ceuta, por aquel entonces bajo dominio Portugués.
El grueso de la tropa desembarcó en Arcila, donde descansó unos días, ordenó sus diecisiete mil soldados y se dirigió hacia Alcazarquivir, plaza en el camino de Fez.
A pesar de la presencia de buenos militares, se intuía una tragedia, ni la preparación, si el número de tropas, ni el avituallamiento hacía presagiar nada bueno. En más de una ocasión Aldana estuvo a punto de abandonar, si no lo hizo fue por su amistad personal hacia el Rey. El desastre ocurrió el 4 de agosto de 1578
Los infantes más que lusos son ilusos, gente novata, apenas preparada, que no ha visto un moro en su vida. Aldana se lamenta: «Los portugueses no tenían la rigurosa obediencia que profesa la nación española en la guerra».
cuando los ejércitos se enfrentaron en la llanura de Alcazarquivir, con la derrota aplastante del ejercito Portugués. El desastre fue completo debido a la desaparición del rey Don Sebastián, cuyo cuerpo jamás fue encontrado, dando lugar a la leyenda de su posible regreso. Sobre Aldana, sabemos por testigo que se batió junto al rey, luchando con valor, sin embargo, una vez muerto su caballo, el rey le preguntó porqué no tomaba uno, respondiendo Aldana:
– ¡Señor, ya no es tiempo sino de morir, aunque sea a pie!.
Lanzándose a continuación contra los enemigos que les rodeaban, muriendo allí mismo. A Don Sebastián le sobrevivió su leyenda, al capitán Aldana le sobrevivieron sus versos, llenos de pasión, de amargura y contradicción, los sentimientos de un soldado que se permitió soñar.
Epílogo
 Los portugueses estaban exhaustos tras una larga marcha en plena canícula; los moros dotados de una excelente caballería y expertos arcabuceros andaluces, arremetieron por todas partes. El rey Sebastián desapareció en medio de la matanza y 20 000 cristianos cayeron prisioneros de los infieles.

El desastre de Alcazarquivir le costó muy caro a Portugal: se tuvo que pagar una fortuna para rescatar a los prisioneros. La ruta del comercio perdió algunas de sus etapas africanas importantes. El país perdió a sus élites sociales o políticas y la muerte del rey abrió una crisis sucesoria. Sebastián había muerto sin hijos y el trono recayó en su tío el cardenal Enrique que tenía 65 años. Aparecieron varios pretendientes a la corona. La duquesa de Braganza, bisnieta de Manuel I. Antonio, prior de Crato e hijo natural del hermano de Juan III. Y por último Felipe II de España, tío de Sebastián, quién alegaba que era tan arriesgado poner el país en manos de una mujer como impío ofrecérselo a un bastardo. Finalmente será Felipe II el que se lleve el gato al agua integrando a Portugal en la monarquía hispánica en 1580. Y no será hasta 1640 cuando los portugueses se independicen.

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  • Fernando Martínez Laínez; José María Sánchez de Toca (2006). «Soldados y maestres». Tercios de España. La infantería legendaria. EDAF. pp. 202-204. ISBN 84-414-1847-0.
  • Poesías castellanas completas. Edic. de José Lara Garrido, Cátedra, Letras Hispánicas, Madrid, 1985.

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