Historias de la Historia de España; Capítulo 85. Érase un duque de Alba embajador, un Caudillo por las risas de Dios y una mesa robada.

duque xvii de alba
Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó (Madrid, 17 de octubre de 1878 – Lausana, Suiza, 24 de septiembre de 1953) fue un noble y político español, recordado principalmente por ser el XVII duque de Alba. Durante seis años ejerció de embajador de España en Londres, y promovió el estudio de la historia de los Alba y de sus colecciones de arte.
Hijo de Carlos María Fitz-James Stuart y Portocarrero y María del Rosario Falcó y Osorio, fue IX Duque de Berwick, XV Conde de Casarrubios Del Monte, XVI Duque de Peñaranda de Duero, XXI Conde de Lemos y XX Conde de Módica (Sicilia), entre otros títulos de la nobleza española.
En 1909 Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó fundó un panteón agregando una capilla al Monasterio de la Inmaculada Concepción (Loeches) para la Casa de Alba, que fue obra de Juan Bautista Lázaro inspirado en el del Escorial.
Con 41 años de edad participó en los Juegos Olímpicos de Amberes 1920 en la competición de polo, obteniendo la Medalla de plata. El aristocrático equipo español que obtuvo la plata estaba compuesto, además de por el Duque de Alba, por su hermano menor Hernando, por los también hermanos Álvaro y José de Figueroa, hijos del Conde de Romanones y por Leopoldo Sainz de la Maza. Era Gentilhombre Grande de España con ejercicio y servidumbre del Rey Alfonso XIII, a quien le unía una íntima amistad.
Se casó en la Embajada de España en Londres el 7 de octubre de 1920 con María del Rosario de Silva y Gurtubay, X Marquesa de San Vicente del Barco, Dama de la Reina Victoria Eugenia de España, hija de los Duques de Aliaga y heredera del inmenso patrimonio de la Casa de Híjar, teniendo como hija a Cayetana Fitz-James Stuart, habitualmente conocida como Cayetana de Alba.
Fue ministro de Instrucción Pública y luego de Estado, bajo el gobierno del general Berenguer (1930-1931). El 21 de noviembre de 1937 el general Franco le nombra representante del régimen franquista en Londres, y ya como embajador desde el 8 de marzo de 1939 tras la renuncia del embajador de la República, Pablo de Azcárate.
El 19 de marzo de 1945, Juan de Borbón, pretendiente al trono de España, hizo público el Manifiesto de Lausana, donde se pedía a Franco que diera paso a una monarquía moderada, democrática y constitucional, y se acompañaba con una orden dirigida a eminentes monárquicos para que renunciaran a sus cargos con la dictadura. Según el historiador Paul Preston, autor del libro Franco, caudillo de España, el primero en hacerlo fue el duque de Alba, que abandonó la embajada de Londres.
También fue director de la Real Academia de la Historia y caballero de la Orden del Toisón de Oro.
Con la ayuda de su hija Cayetana, promovió la reconstrucción de la sede de la Casa de Alba en Madrid, el Palacio de Liria, que había sufrido un incendio durante la guerra civil. Falleció sin ver la obra terminada y fue su hija quien la prosiguió. A fin de enriquecer la colección artística, mayormente con obras relativas a sus antepasados, el duque adquirió diversas pinturas en el mercado internacional, de autores como Rubens.
Hombre de confianza y amigo personal de Alfonso XIII, ejerció el difícil arte de la diplomacia de salón hasta que fue nombrado ministro de Instrucción Pública y Exteriores durante el último año de la monarquía de Alfonso XIII. Pero ante todo, Jacobo de Alba era un intelectual y viajero. La Esfera de los Libros acaba de publicar ‘Jacobo Alba, la vida de novela del padre de la duquesa de Alba’, el único libro que se le ha dedicado hasta la fecha.
“Si Gibbons asegura que una de las épocas más felices de la humanidad fue desde el advenimiento de Augusto hasta la muerte de Trajano es porque no conoció la comprendida entre la Guerra del 70 y la Gran guerra de 1914”, escribió en sus memorias. Antes de casarse con 42 años, el duque de Alba emprendió una serie de viajes que le llevaron a recorrer gran parte del mundo. Conoció la corte de los zares, las vastas extensiones de los príncipes eslavos. Una de sus más célebres expediciones fue su safari a África, en compañía del duque de Medinaceli. En 1913 abatió el elefante que aún puede verse expuesto en el museo de Ciencias Naturales de Madrid. Tardaron varios años en disecarlo y su traslado hacia el museo por la Castellana causó un auténtico revuelo en aquel Madrid ciclotímico.
También le dio tiempo a cazar en las mejores fincas de Inglaterra. No en vano, también era duque de Berwick. Así se enamoró de Shelagh, la primera mujer de Bendor, duque de Westminster, entre otras cosas célebre por su romance con Coco Chanel y por equipar Rolls Royces con cañones para ir a la guerra.
En política, las cosas no iban mejor para el Rey ni para España. Los gobiernos liberales y conservadores se sucedían. El socialismo y el anarquismo iban haciéndose fuertes. Había entrado en el Senado y miraba con aprensión el singular ruedo que era el Congreso. Los prohombres de los partidos se postulaban como salvadores de la patria. El duque de Alba prefería decantarse por cuestiones hasta entonces olvidadas como era la protección del patrimonio, el mecenazgo, la educación.
Su relación con Miguel Primo de Rivera no era precisamente idílica. Sin embargo, esta rivalidad no impidió que le incluyera en una lista de futuros ministros de la Corona. Tras la marcha de Primo de Rivera, el Rey y el general Berenguer le nombraron ministro de Educación pues era el único que era capaz de apaciguar las protestas que a diario se producían en la Universidad.
Al Comienzo de la Guerra Civil. Franco nombró al duque de Alba su representante en Londres. Ena medió ante el Gobierno británico para que se le recibiera. El duque tuvo un importante papel durante su estancia en Londres. No sólo contribuyó al salvamento de una parte importante del patrimonio cultural del país, sino que utilizó sus relaciones para conseguir que Francia e Inglaterra no intervinieran en la Guerra Civil, lo que hubiera cambiado el signo de la contienda. Tras la victoria, Franco le nombró su embajador. Allí, ya viuda de Alfonso XIII, Victoria Eugenia intensificó su trato con el duque de Alba.
El XVII duque de Alba era íntimo amigo de Churchill amén de su primo lejano. Juntos habían cazado y jugado al polo. Se conocieron durante una cacería en Inglaterra. Era, escribió, “una persona de singular encanto cuando quería, y muy desagradable cuando no”, un hombre “de gran ambición y de un valor personal ilimitado”. Y aunque mantuvieron algunos encontronazos por la postura de Churchill respecto a Franco, el duque supo atraerle a su terreno contratando a un excelente cocinero, “el mejor de todo Londres”.
Muchas noches mientras arreciaban los bombardeos, el ‘premier’ cenaba en la embajada Española. En 1945, Jimmy acudió al llamamiento de don Juan. Los monárquicos que estaban al servicio del régimen debían presentar su dimisión. El duque de Alba fue uno de los pocos que accedió. “Ni siquiera somos suficientes para formar un team (cuatro jugadores) de polo”, solía decir con tristeza.
A partir de entonces, El duque  se dedicó a trabajar por la restauración de la Monarquía y en la reconstrucción del Palacio de Liria, un empeño en el que sacrificó gran parte del patrimonio de la familia. A su lado, siempre Cayetana, a quien adoraba. La duquesa siempre dice que el hombre de su vida fue su padre. La estampa del duque espigado con su niña de la mano se convirtió en habitual. Con ellos, siempre un Jacobo, el teckel que siempre acompañó al duque. Incluso en su lecho de muerte en Lausanne. Murió con la cruz de Victoria Eugenia en el pecho. Con él pereció todo un mundo.
Y para el anecdotario.
Tras la finalización de la guerra el Duque visitó a Franco en su despacho de El Pardo, llevándose la gran sorpresa de comprobar que este se encontraba sentado en una hermosa y valiosa antigua mesa de su propiedad que él ya había dado por perdida tras el incendio del Palacio de Liria. Al todopoderoso Franco no le haría mucha ilusión el tener que devolverla lo que sin duda contribuyó a enfriar más todavía la relación entre ambos.
Ademas los cajones de la mesa tenían un mecanismo secreto para abrirse, el cual franco no debió encontrar, y el duque le preguntó: ¿Ha podido abrir Su Excelencia los cajones?, a lo que Franco respondió no señor duque, y el duque metiendo la mano en un bolsillo de su chaleco y sacando un objeto dijo: “aquí está la llave que los abre”.
Al día siguiente le fue devuelta la mesa.

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El hombre más importante para la duquesa de Alba elmundo.es
Jacobo María del Pilar Carlos Manuel Fitz-James Stuart Falcó Palafox-Portocarrero y Osorio.
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