Historias de la Historia de España; Capítulo 83. Érase una España caótica y un intento de regicidio.

Atentado Amadeo I
…Queriendo hacerse a su nueva ciudad, María insistió en pasear en calesa descubierta con Amadeo por lo que constituía el eje tradicional, de Recoletos a la Castellana. Enteradas de que los reyes harían el paseíllo de la tarde, las damas alfonsinas se pusieron de acuerdo, según parece a instancias de la rusa Sophie Troubetzkoi, condesa viuda de Morny y a la sazón esposa de Pepe Alcañices, duque de Sesto, para aparecer en sus carruajes tocadas con peinetas que sostendrían hermosas mantillas de blonda blancas. Iba a ser “la manifestación de las mantillas”, un signo de que eran alfonsinas y se mantendrían alfonsinas ante esos “intrusos italianos”. Ni Amadeo ni María estaban al tanto de lo que pretendían decir las mantillas de blondas blancas. A la reina María le parecieron, sencillamente, unos tocados preciosos y, al volver a palacio, comentó a Amadeo que al día siguiente, ella misma cubriría sus espesos caballos con una mantilla de blonda blanca. No se sabe -al menos yo no lo sé- a qué dama de palacio (la Fernán-Núñez, la Tetuán, la Almodóvar del Río, la Almina o la Constantina) le tocó el papelón de explicarle a la reina María que haría un terrible ridículo si se ponía una mantilla de blonda blanca porque era un emblema de la resistencia de los alfonsinos a su presencia en España. Parece ser que María Vittoria se sintió tan humillada al recordar las expresiones de desdeñosa suficiencia que le habían dirigido las damas con mantillas que se echó a llorar….
… En sus frecuentes paseos en carruaje por Madrid, María había contemplado más de una vez las riberas del Manzanares. Le había llamado la atención la cantidad de mujeres que lavaban enormes fardos de ropa mientras, con el rabillo del ojo, vigilaban a sus hijos pequeños, niños pobremente vestidos que permanecían durante horas a la intemperie mientras las madres trabajaban. Alguien le había explicado a la reina que el de lavandera era uno de los pocos oficios que podía desempeñar una mujer decente, que pretendiese seguir siendo decente, para contribuír al sustento familiar. Lo peor, pensó la reina, es que esas lavanderas ni siquiera podían estar tranquilas mientras restregaban con entusiasmo la ropa ajena debido a la presencia de los críos.
El conde de Rius, intendente general de Palacio, se quedó de una pieza cuando María Victoria le informó de su intención de construír un edificio en las orillas del Manzanares. Un edificio sólido y resistente; sobrio, sin pretensiones de belleza arquitectónica algunas, pero con ventanas que permitiesen una adecuada ventilación y luz a raudales. Pagaría el terreno y la construcción con su dinero, se apresuró a indicar María Victoria al constatar la expresión de apuro del conde de Rius. No habría que utilizar ninguna partida pública, ya que ella, privadamente, se haría cargo de ese lugar. Serviría para que los niños de las lavanderas estuviesen a cubierto, atendidos por mujeres que pudiesen enseñarles los rudimentos de la gramática y la aritmética. En conjunto, se trataba de la primera guardería infantil en la historia de España. Y la idea se le había ocurrido a una reina que podía solicitar que le enviasen fondos sus administradores de Turín…
En julio de 1872, María estaba lo bastante contenta con el curso de los acontecimientos para pedirle a Amadeo – que es extranjero, debido a la necesidad de hacerse popular, le gustaba frecuentar salidas a pesar de las continuas amenazas de atentados-, que saliesen al atardecer sin séquito ni fuerte escolta; irían a cenar a algún restaurante y después se acercarían al Buen Retiro, dónde tenía que celebrarse un concierto al aire libre aprovechando la espléndida temperatura estival. Amadeo  quiso complacer a María, que acababa de rebasar el primer trimestre de su tercer embarazo y no ocultaba la hinchazón de su abdomen porque estaba orgullosa de ese hijo que sería español.
La cena discurrió en una atmósfera agradable: las personas que les reconocieron, les saludaron respetuosamente e incluso se percibía una afectuosa admiración hacia la reina. Pero más tarde, en el Retiro, se produjo un episodio que les oscureció el ánimo.
 Se apean los reyes en el paseo de coches y cogidos del brazo, se dirigen hacía la plazoleta en cuyo centro se alza el quiosco de la música.
Aunque fuese un espectáculo al aire libre, lo cierto es que a esa clase de conciertos, de música clásica, concurría sobre todo la buena sociedad; el pueblo llano ni siquiera se planteaba irse por la noche a escuchar una pequeña orquesta. Cuando llegaron Amadeo y María, no había sitios libres; cada silla dispuesta en semicírculo, formando varias hileras, estaba ocupada. Amadeo confiaba en que alguien, espontáneamente, les ofreciese asiento. Por lo menos, confiaba en que se lo ofrecerían a la embarazada soberana. Sin embargo, todos eligieron desairarles; nadie tuvo ni la menor cortesía hacia él ni hacia ella. Fue un nuevo golpe, particularmente doloroso para María debido a que su estado la hacía sentirse más vulnerable de lo normal.
Los soberanos intercambian una mirada con infinita tristeza. No se quedaron al concierto. Subieron a su carruaje y emprendieron la vuelta a Palacio.
En la confluencia de dos calles céntricas, a un lado del carruaje se plantó un reducido grupo de personas envueltas en capas que abrieron fuego sobre aquel vehículo que llevaba en su interior al rey y a la reina. La pequeña escolta reaccionó magníficamente, salvando la situación a pesar de que un caballo estaba herido -el cual murió antes de llegar a Palacio y hubo que desengancharlo del tiro- y las muescas de balas adornaban un costado del coche. María se había desmayado, por la impresión recibida, el Rey se abalanzo sobre Maria Vittoria cubriendo su cuerpo: al llegar a Palacio, Amadeo tuvo que bajarla en volandas y en volandas la llevó a sus aposentos. En ese momento, estaba absolutamente decidido a abdicar e irse lejos de ese maldito país.
Pero Madrid era un sitio curioso. Los rumores se propalaban con rapidez, así que, en un abrir y cerrar de ojos, se divulgó por cada barrio que los reyes habían salido milagrosamente indemnes de un atentado, aunque la soberana había sufrido -¡en su estado, la pobrecilla…!- un desvanecimiento. Fue la gente de a pié la que, conmovida por la situación de María, acudió de forma espontánea a la amplia explanada situada ante Palacio. Por una vez, el pueblo acudía para mostrar afecto a la reina. María se deshizo en llanto al escuchar los vítores y Amadeo se quedó tan sorprendido que decidió que valía la pena aplazar la decisión tomada pocas horas atrás de dejarlo todo para volver a Turín con su familia.
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