Waleriano Weyler y Nicolau

Weyler
La personalidad del General Weyler es muy conocida y existe una gran literatura alrededor de él. Que conozcamos, están publicadas tres biografías sobre su persona, la de su nieto Valeriano Weyler, la de Julio Romano, seudónimo de Hipólito Rodríguez de la Leña y una tercera de Luís de Armiñán, además de un gran número de artículos publicados en los periódicos y revistas.
Teniendo en cuenta lo dilatada que fue la vida de Weyler, y la gran cantidad de hechos de armas que protagonizó, los casi seis años de su vida en que ocupó el cargo de Capitán General de Canarias, son tan sólo un pequeño paréntesis en su andadura militar.
Hijo del médico militar madrileño Fernando Weyler y Laviña, cursó estudios castrenses en la Academia de Infantería de Toledo, obteniendo la graduación de teniente a los veinte años después de haber vivido en el Real Colegio Mayor de San Bartolomé y Santiago de Granada. Diplomado en Estado Mayor, es ascendido a comandante con tan solo 24 años y destinado a Cuba y posteriormente a Santo Domingo. En la última etapa de su vida pasaba largas estancias en su finca El Bohío (choza), en la localidad segoviana de San Rafael, donde era visitado por el monarca Alfonso XIII que también pasaba temporadas en el cercano Palacio Real de La Granja de San Ildefonso.
D. Valeriano Weyler y Nicolau nació en Palma de Mallorca el 17 de septiembre de 1838, hijo de D. Fernando Weyler, General del Cuerpo de Sanidad Militar destacado tratadista en Botánica.
En 1853 ingresa como cadete en el Colegio Militar de Infantería. En 1856 es destinado al Regimiento de La Reina Nº 2.
En julio de 1857 es nombrado alumno de la Escuela Especial del Cuerpo de Estado Mayor; aquí da una buena prueba de su capacidad de superación, pues empieza con el último número de ingreso y en 1860, cuando recibe el nombramiento de Teniente de Estado Mayor, es el número 1 de la Promoción. Asciende a Capitán de E.M. por antigüedad en 1862.
Su carrera fulgurante la inicia en 1863 al ser destinado a la Isla de Cuba como Comandante de Ultramar, Capitán de Estado Mayor. En septiembre de este mismo año marcha con la expedición mandada por el General de La Gándara a Santo Domingo, donde tuvo lugar la acción del Río Jaina, 9 de noviembre de 1863: en República Dominicana, al mando de una tropa de 150 soldados, pierde la posición del río Jaina tras tres días de lucha contra 500 milicianos independentistas. Se retira sin abandonar muertos, heridos ni material. Por dicha acción se le concederá la Cruz Laureada de San Fernando.
 En octubre ya es Teniente Coronel por méritos de Guerra.
Después de unos años de relativa calma, en los años 1868 y 1869, toma parte en las operaciones en los Departamentos Oriental y Central de Cuba. Crea un Batallón de Voluntarios, que se puede considerar como un antecedente de la Legión, realizando con ellos acciones tan meritorias que obtiene el ascenso a Coronel del Ejército en julio de 1869.
El 4 de diciembre de 1872 es ascendido a Brigadier; tenía entonces 34 años.
Al mando de la 1ª Brigada de la 6ª División del Departamento de Oriente; con esta Brigada derrotó al cabecilla rebelde Agramonte, en Jimagüey.
En julio de 1873, cesa en el mando de la Brigada y regresa a la Península. Es destinado a Valencia, al mando de una Brigada de Operaciones contra el cabecilla carlista Santís. Es contra este General Carlista cuando realiza una de sus más señaladas hazañas, la de Bocairente, donde transformó una situación realmente desesperada para él, en una gran victoria.
Gracias a esta victoria es ascendido a Mariscal de Campo, en febrero de 1874, cuando aún no había cumplido los 36 años.
Continúa participando en las guerras Carlistas, en Aragón, Valencia y Cataluña, hasta en agosto de 1875. En abril de 1876 es destinado a Valencia, como Comandante General de la 2ª División.
En enero de 1878 obtiene el ascenso al empleo de Teniente General, por los méritos contraídos durante la Guerra Civil.
weyler (1)Por una disposición Ministerial, que no permitía el mando de una Capitanía General por más de tres años, cesa automáticamente en el mando en noviembre de 1883, abandonando definitivamente Canarias el día 9 de diciembre. Destinado a la Capitanía General de Baleares, permanece allí hasta que en 1886 es nombrado Director General de Administración y Sanidad Militar. En 1887 se le concede el título de Marqués de Tenerife para sí, sus hijos y sucesores legítimos. En 1888 empieza otra página importante en su vida, al ser nombrado Gobernador de Filipinas, incorporándose a su nuevo destino el 5 de junio. A su llegada, la situación no es nada halagüeña. Encuentra la Administración completamente desorganizada y la población desmoralizada, existiendo brotes de insurrección. A pesar de la extensión del territorio, consigue dominar la situación. Se preocupa por la enseñanza que renueva completamente, protegiendo sobre todo el aprendizaje del español. Sus campañas contra los rebeldes entre las que destaca la de Mindanao, son, como siempre, victoriosas.
En 1891 una vez cumplida su misión, regresa a España, desembarcando en Barcelona el 22 de diciembre.
Entre 1892 y 1896, desempeña las Capitanías Generales de Burgos y Cataluña, y es designado Senador Real por la provincia de Canarias.
Fracasada la política de reconciliación de Martínez Campos, Cánovas le eligió para someter la insurrección (1896). En enero de 1896 se le nombra Gobernador General y General en Jefe de los Ejércitos de Cuba.
Empleó una táctica de guerra total: organizó campos de concentración para los campesinos, destruyó los edificios que pudieran servir de refugio a los sublevados, prohibió la zafra, etc. Los norteamericanos le dieron entonces los calificativos de “carnicero” y “tigre de Manigua”. Sobre el general Weyler se tejió una leyenda negra que ha llegado a nuestros días. Fue un militar íntegro que enviaron a Cuba a su pesar, para que ganara la guerra. Si dura fue su actuación, más dura fue la de los insurrectos.
Weyler ha sido injustamente tratado y preterido por alguna crítica histórica a lo que no fue ajena la prensa amarilla norteamericana de la época. A Weyler hay que juzgarlo sólo como militar y, por lo tanto, no se le pueden imputar los errores cometidos por los dirigentes políticos de la Restauración.
Weyler perteneció al ejército desde 1853 hasta 1930 y jamás se sublevó contra los gobiernos legalmente constituidos, a pesar de haber sido cortejado y tentado por conservadores, liberales, republicanos y carlistas. Como oficial formado políticamente durante el sexenio revolucionario, se opuso a la sublevación de Martínez Campos y marchó sobre Sagunto con su división para reducirlo. Y cuando el Gobierno le preguntó si mantenía su lealtad, respondió con un rotundo “¡por supuesto!”, lo mismo que respondió cuando, medio siglo después, se opuso al golpe de Primo de Rivera, al que criticó, igual que al Rey, por haber faltado a sus deberes constitucionales. Siempre que se le intentaba seducir políticamente, contestaba lo mismo:”¡Los militares, a los cuarteles!”. Weyler fue, pues, ante todo, un militar de los pies a la cabeza, de ejemplar trayectoria liberal y democrática.
Como buen conocedor de la realidad de Cuba, era consciente de que su independencia era inevitable, por lo que, al igual que hiciera el general Polavieja al comienzo de la década de 1890, abogaba por una solución reformista que permitiera conceder la autonomía a la isla sin perjuicio para los intereses y el prestigio de España. Creía que los cubanos tenían derecho a las reformas políticas prometidas en la paz de Zanjón y que la proximidad de los mercados norteamericanos imponía la libertad para comerciar, mientras que los sucesivos gobiernos españoles habían estado atentos a los negocios en Cuba y jamás a las necesidades y derechos de los cubanos. Por eso, no deseaba ir a Cuba cuando el 18 de enero de 1896 Cánovas decide su nombramiento como capitán general de la isla. Sin embargo, era un soldado y, si le enviaban a una guerra, su deber era ganarla. A principios de 1896 los patriotas cubanos tenían la guerra militarmente ganada. Desde que Weyler llegó, el escenario de la guerra cambió radicalmente y al comienzo de 1897, las fuerzas coloniales habían recuperado el control del centro y occidente de la isla. A Weyler se le ha censurado severamente la táctica contraguerrillera de la reconcentración forzosa de los guajiros. En toda guerra se comenten excesos y esta decisión puede tener aspectos reprobables. Pero no se puede emitir un juicio imparcial sobre este hecho si no se tienen en cuenta los cánones de aquella guerra: el desconocimiento del terreno, las epidemias, el clima caluroso y húmedo y la táctica de guerrillas viperina que practicaban los rebeldes cubanos.
El joven Winston Churchill, que sirvió como voluntario bajo el mando del general Suárez Valdés, se quejaba de aquella exraña guerra, fantasmal, contra un enemigo invisible que “no daba la cara”. Además, se enfrentaba con un enemigo potencial más poderoso que los mambises: la política que impulsaba el imperialismo estadounidense, cuya prensa le cubrió de insultos influyendo en la opinión internacional y en la misma prensa española. Los cubanos no tienen legitimidad moral para reprochar a Weyler la acción de la reconcentración ordenada en octubre de 1897, como lo ha hecho recientemente Raúl Castro, pues dicha táctica ya la habían practicado antes Antonio Maceo y su ejército de Invasión cuando devastaron Pinar del Río, impidieron la vida en el campo y gran parte de los campesios tuvieron que refugiarse en los pueblos y ciudades dónde estaban los españoles y la comida.
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Más cínica e hipócrita fue la crítica que sufrió de los americanos y su Gobierno, cuyo subsecretario de Guerra cursaba, dos meses después, el 24 de diciembre de 1897, al teniente general del Ejército norteamericano N.S.Miles, jefe de las fuerzas destinadas a llevar a cabo por la vía de hecho la intervención en Cuba, la siguiente comunicación que se comenta por sí sola:
“…Habrá que destruir cuanto alcancen nuestros cañones y extremar el bloqueo con el hierro y el fuego para que el hambre y la peste, su constante compañera, diezmen su población pacífica y mermen su ejército, que debe sufrir el peso de la guerra entre dos fuegos…”.
El cese de Weyler por el gobierno de Sagasta dio paso en abril de 1898 a la intervención americana y a la ocupación de Cuba, que en cierto modo todavía permanece con el actual bloqueo propiciado por la Ley Helms Burton. Ello muestra el error tanto de Máximo Gómez, cuando decía “que no veía peligro de que Estados Unidos destruyera la nación cubana”, como de José Martí, cuando creía poder impedir la expansión territorial estadounidense en América Latina.
Paradójicamente, fueron los propios norteamericanos los que más tarde aplicarían sin contemplaciones los métodos de lucha contraguerrillera de Weyler. Conviene recordar a las jóvenes generaciones de canarios que en febrero de 1878 Weyler fue nombrado a los cuarenta años capitán general de Canarias, donde realizó una labor sin precedentes:
• En el ámbito militar impulsó las mejoras de las fortificaciones, el rancho de los soldados, la instrucción y el estado de los cuarteles y la construcción del edificio de la Capitanía General en Tenerife; amplió el fuerte de Almeyda, levantó el Hospital Militar, promovió la construcción del Gobierno Militar de Las Palmas, reformó el cuartel de San Francisco, logró algunas piezas modernas de artillería, y sustituyó los inútiles fusiles de las milicias provinciales.
• En el ámbito político, impulsó la ampliación de los puertos de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas, activó diversas obras públicas, ayudó a los ayuntamientos en el trazado y apertura de nuevas calles y avenidas, creó un cuerpo de bomberos y ayudó al establecimiento de varias líneas interinsulares. Iustrado y reformador, los canarios encotraron el él un valedor ante Madrid, de quien reclamaba constantemente mejoras que paliaran nuestro secular abandono, labor que continuó cuando en 1885 fue elegido senador por Tenerife.
Fiel a su genio y figura, subió al Teide caminando con su Estado Mayor y séquito detrás, al igual que hizo cuando visitó El Hierro, en que marchó a pie desde La Estaca a Valverde, regresando al mar de las calmas en el sur donde embarcó de nuevo. Fue nombrado Hijo Adoptivo de Santa Cruz, que dió su nombre a una plaza, y por iniciativa de los ayuntamientos, Marqués de Tenerife. En una carta de adhesión que envió al acto de homenaje que el 9 de diciembre de 1900 los canarios residentes en Madrid tributaron a Galdós, decía: “Todo lo que sea canario fija mi atención, pues como Hijo Adoptivo no cedo mis derechos de cariño a los hijos naturales”.
No fue, pues, acertada la opinión que le mereció Weyler a nuestro admirado Nicolás Estévanez, ni justo el trato que éste le dispensó como ministro de la Guerra en el efímero Gobierno de Pi y Margall. Creo sinceramente que el general se ha hecho acreedor del respeto y el agradecimiento de todos los canarios. De Weyler se ha escrito el merecido juicio histórico siguiente:
“Astuto, inteligente, culto, incansable, y sin piedad en el combate. Un eficiente profesional de la guerra en una España caótica; un general de la Roma republicana en un país de generales golpistas. Un estratega en un ejército huérfano de ellos, que descubrió los principios contraguerrilleros que se aplicarían en todo el mundo durante el siglo siguiente. Indiscutible protagonista, en suma, de la historia militar española durante más de medio siglo”.
16 de agosto de 1861 Pedro Santana, presidente de la República Dominicana solicita la anexión a España.
Se le condecora con la Cruz Laureada de San Fernando por su actuación en la acción del río Jaina, en Santo Domingo, donde al mando de un ejército bien armado de 1.500 hombres, defendió con éxito la posición durante tres días contra quinientos patriotas dominicanos que luchaban por desalojar de su país al ejército de ocupación.
“Era esta de Santo Domingo una guerra de sorpresas y batallas fugaces y violentas que se sucedían repetidamente; el mismo tipo de combates en el que se vería envuelto tantas veces a lo largo de su vida, en Cuba y Filipinas. Fue pues en tierras dominicanas donde comenzó a convertirse en un experto en la peculiar forma de batirse en el medio tropical. Había que aceptar que aprendió pronto y bien aquel oficio. Así, a diferencia de la mayoría de los hombres que acabaron alcanzando los mas altos grados del Ejército español , casi o al mismo tiempo que él, muchos de los cuales eran “africanistas”, al menos en parte de su formación como Martínez Campos, Polavieja, Ahumada, … y tantos otros; por no citar los de la generación precedente: López Dominguez, Caballero de Rodas, Valmaseda, etc.: Weyler fue esencialmente “antillanista”
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” Los acontecimientos se desarrollaron aceleradamente. El 10 de octubre de 1868 se inició el alzamiento y ya el día 20 los revolucionarios cubanos habían tomado la ciudad de Bayamo , la segunda en importancia de la zona oriental de la isla, donde fundaron un gobierno en armas. El general Blas Villate, conde de Valmaseda, fue enviado a la región sublevada para enfrentar el movimiento; su segundo al mando era el brigadier Valeriano Weyler. Se trataba de dos militares derrotados en Santo Domingo donde habían aprendido algo que conocieron muy bien las ayacuchos : las dificultades irremontables de luchar contra un ejército irregular, apoyado por los campesinos, que servían al enemigo de informantes veraces y les suministraban alimentos, mientras respecto a los soldados de España actuaban como desinformadores y evadían toda ayuda. Frente a este tipo de guerra , las estrategias prusianas de moda en Europa carecían de valor”.
“…Entre 1896 y 1897 cayó sobre Weyler la primera campaña periodística de la historia; una obra maestra de William Hearst, el inventor de la prensa amarilla y de la calumnia rentable. Pese a haber alcanzado algunos éxitos militares, su política cerró el paso a la negociación y facilitó la intervención de EEUU…”
El Titulo de Marques de Tenerife fue otorgado al General Weyler por Maria Cristina, RO de 12 de octubre de 1887, a peticion de los Ayuntamientos de Canarias como agradecimiento a su labor al frente de la Capitania General.
Al morir en Octubre de 1930, en la hoja de servicios de Weyler figuraban la friolera de 76 años, 10 meses y 2 dias de servicio en el Ejercito, de ellos 56 en el empleo de General, ya que hasta el dia en que murio a los 91 años permanecio en situacion de actividad, nunca paso a la Reserva. Su ultimo mando, Jefe del Estado Mayor Central, lo desempeño cuando contaba 87 años.
Una entre tantas:
Se cuenta que en cierta ocasion tuvo que renovar su tarjeta de identidad militar, ya era Capitan General, y le pidieron una foto para el documento. En lugar de hacersela, costaba 2 pesetas de entonces, recortó su efigie de la vitola que venia en una conocida marca de Habanos y la pegó en el carnet.
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