Historias de la historia de España; Capítulo 82. Érase un ministro que debió meterse a “sastre”.

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En 1766, siendo rey Carlos III, tuvo lugar en Madrid y otros puntos de España la revuelta que ha pasado a la historia como el Motín de Esquilache, en la que se calcula que participaron alrededor de cuarenta mil personas y que cerca estuvo de poner en peligro la figura real.

Aunque el detonante de la revuelta fue la publicación de una norma municipal que regulaba la vestimenta de los madrileños, habría que buscar las causas verdaderas en el hambre, las constantes subidas de precio de los productos de primera necesidad y el recelo de los españoles a los ministros extranjeros traídos por Carlos III. Finalmente, el motín se saldó con el exilio forzado del marqués de Esquilache, Secretario de Hacienda e inspirador del edicto.

El marqués de Esquilache, persona de absoluta confianza de Carlos III, trataba de erradicar en la Villa de Madrid el uso de la capa larga y el sombrero de ala ancha con el pretexto de que, embozados, los madrileños podían darse anónima- mente a todo tipo de atropellos y esconder armas entre los ropajes. La medida propugnaba el uso de la capa corta y el tricornio. La multa en caso de desobediencia ascendía a seis ducados y doce días de cárcel para la primera infracción y el doble para la segunda.

Aunque resulta indiscutible la utilidad de la medida para el mantenimiento del orden público, no es menos cierto que el italiano se había propuesto hacer entrar en la “modernidad europea” a la capital más sucia e insalubre del continente. Fue Esquilache quien ordenó la pavimentación e iluminación de calles y la creación de paseos y jardines. Asimismo, se propuso limpiar las calles de basura y excrementos mediante la construcción de fosas y pozos sépticos, prácticamente desconocidos en los barrios populares. El uso de la nueva indumentaria, por tanto, vendría a ser una renovación estilística en las costumbres, más acorde con los nuevos tiempos.

Publicado el edicto municipal, la reacción popular no fue otra que sustituir los bandos por pasquines vejatorios contra el italiano. Esquilache, lejos de amedrentarse, ordenó a los soldados que ayudaran a las autoridades municipales en el cumplimiento de la orden. Algunos alguaciles acortan en las calles las capas de los díscolos o tratan de cobrar las multas en su beneficio. Pequeños conatos violentos se suceden y la indignación del pueblo de Madrid crece.

El Domingo de Ramos de 1766 se desencadena el motín. En la plazuela de Antón Martín, dos embozados se acercan hasta unos sorprendidos soldados que les dan el alto. En ese instante, irrumpe en la plaza un grupo de gente armada que provoca la huida de la soldadesca. Los amotinados asaltan un cuartelillo situado en la misma plaza y se apoderan de sables y fusiles, dirigiendo sus pasos hacia la calle de Atocha donde muchos otros se suman. El azar quiso que el tumulto se topara con el duque de Medinaceli, que se comprometió a transmitir a El Rey sus peticiones.

La patulea asalta la casa de Esquilache y asesina a cuchilladas a un servidor que trató de ofrecer resistencia. Los amotinados vacían sin contemplaciones la bien surtida cocina del marqués y se dirigen a las casas de otros dos ministros italianos, Grimaldi y Sabatini.

El Lunes Santo, enterado el pueblo de Madrid de que Esquilache se encuentra junto a El Rey, una muchedumbre se dirige hacia el Palacio Real. Los odiados miembros de la guardia valona se mantienen firmes y terminan abriendo fuego y matando a una mujer, lo que enardece a los reunidos, que comienzan a corear consignas contra Esquilache y contra los valones. Finalmente, un sacerdote que actúa como mediador hace llegar a Carlos III una lista de exigencias:

• Destierro del marqués de Esquilache y su familia.

• Que no existan ministros extranjeros.

• Desaparición de la Guardia Valona.

• Bajada de los precios de los comestibles.

• Desaparición de las Juntas de Abastos.

• Retirada de las tropas a sus cuarteles.

• Sea conservado el uso de la capa larga y el sombrero de ala ancha.

• Que El Rey “se digne salir a la vista de todos para que puedan escuchar por boca suya la palabra de cumplir y satisfacer las peticiones”.

Carlos III acepta las exigencias populares, desoyendo a los hombres de armas que aconsejan sofocar la revuelta sin contemplaciones. La calma parece reinar de nuevo en la ciudad.

El Martes Santo amanece tranquilo, pero el pueblo, que confía en la palabra real, conoce que Carlos III, asustado por las revueltas, ha partido hacia Aranjuez llevando consigo a toda su familia. La población se inquieta pensando que esa marcha pueda significar que el monarca está reuniendo al ejército para regresar y doblegar a la ciudad. Pronto la inquietud se transforma en agitación en las calles, rumores y miedo. La población se echa a la calle y se producen desórdenes y saqueos peores que los de la jornada anterior. Son asaltados almacenes de comestibles, cárceles y cuarteles.

Carlos III, consciente ahora de la torpeza que supuso su marcha de la ciudad, hace leer su respuesta en las calles de Madrid, ratificando su promesa de respetar las peticiones populares, pero advirtiendo que no se presentará ante su pueblo, como indicaba unas de las peticiones, hasta que los ánimos se hayan calmado. La multitud vuelve a sus casas gritando: ¡Viva El Rey!

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