Érase un 31 de marzo, un secretario, tres sicarios y un brazo ejecutor. Antonio Pérez.

juan de escobedo
Juan de Escobedo nació en Colindres en el año de 1530 en el seno de una familia hidalga, aunque su linaje procedía de Selaya.Bajo la protección del príncipe de Éboli, Ruy Gómez de Silva, consiguió del rey Felipe II el nombramiento de secretario del Consejo de Hacienda y, en 1569, el de alcaide del castillo de San Felipe y de las Casas Reales de Santander.

Su hijo Pedro fue secretario de Felipe II y en su casa de Colindres fue hospedada doña Bárbara de Blomberg, la amante de Carlos V y madre de don Juan de Austria.

El gobierno de Felipe II.

Para gobernar su descomunal Imperio, los reyes Habsburgo se apoyaban en la estructura de Consejos heredada de los Reyes Católicos, modernizada y ampliada para cubrir las necesidades de tan enorme cantidad de reinos tan distintos. Pero por otro lado, y sobre todo Felipe II, querían supervisar todas las decisiones que se tomaban, que para eso eran tan absolutistas ellos. Como se podrán imaginar, la cantidad de papeleo que generaba un gobierno tan extenso era ingente, siendo prácticamente imposible para un hombre solo llevar el despacho de los asuntos al día, por no hablar de que cada carta o petición podía tardar meses en llegar al rey desde la otra punta del mundo, demorándose otro tanto la respuesta, de forma que a veces el problema ya había desaparecido o mutado en otro peor.

Aquí entra la figura del secretario:

Se trataba de hombres de confianza del monarca, cuyo cometido era leer y clasificar toda la correspondencia que llegaba a la corte, presentándola al rey. Una vez éste decidía a qué Consejo tocaba tratar el tema, el secretario se presentaba allá con las instrucciones pertinentes del monarca.

Cuando terminaban las deliberaciones, nuestro hombre volvía al rey con las recomendaciones del Consejo para que tomara una decisión final, que se despachaba de vuelta. Este intrincado proceso podría pues haber paralizado la Monarquía si no hubiera sido por la figura del secretario, que como hemos visto no era un simple burócrata, ya que tenía acceso directo al rey y trataba los temas con él, pero tampoco llegaba a ser un ministro, puesto que no podía tomar decisiones por sí mismo.

Había dos facciones en la corte española, más o menos difusas, enfrentadas no tanto por cuestiones de política como por enemistades e intereses personales. Una era la “tradicionalista”, representada por el gran Duque de Alba y el Inquisidor general, que a grandes rasgos era partidaria de aplastar a los rebeldes holandeses por la fuerza de las armas y someterlos a su señor natural. La otra la encabezaba don Ruy Gómez da Silva, príncipe de Éboli, favorito portugués del monarca que proponía una paz con las provincias rebeldes. Esto no son más que etiquetas que en realidad significan más bien poco, porque la mencionada paz que ansiaban los ebolistas debía servir para una invasión de Inglaterra. Por contra, Alba se inclinaba a mantener unas relaciones amistosas con losingleses y además un destacado miembro de los supuestos pacifistas también era un experimentado guerrero; la cuestión es que Alba y el de Éboli chocaban en todos los asuntos de Estado. En definitiva y para lo que nos interesa, Antonio Pérez había sido ebolista desde siempre y con su ascenso se convirtió en un importante personaje de esta facción.

En 1573 van a producirse muchos movimientos en la corte. Para empezar, la muerte del príncipe de Éboli dejará descabezado su partido, así que todas las miradas se posarán sobre el muy poderoso Antonio Pérez.

Hacia finales de 1576 en los Países Bajos españoles y tras la muerte del gobernador Requesens, los tercios se amotinaron por falta de paga y estalló una rebelión general. Felipe II escojió como nuevo gobernador a su hermanastro, Don Juan de Austria (1545- 1578 el cual tenía un alto concepto de sí mismo y pensaba que estaba llamado a hazañas mayores que su manchado origen le impedían) que era hijo del Emperador Carlos V y Éste le había encomendado en el gobierno de una de las zonas más conflictivas de todo el extenso reino español, Flandes.

Aquél gesto, aparentemente sencillo, colocar al hermano del Rey ante una de las zonas más importantes de su territorio, no estaba vacío de incertidumbre. Y es que Juan de Austria había demostrado a lo largo de su vida ser un excelente estratega. Movido por las dudas, el Rey decidió seguir el fiel consejo de su propio Secretario personal, Antonio Pérez (1540- 1611), quien recomendó la posibilidad de asignar a Juan de Austria uno de los Secretarios de mayor confianza del soberano, Juan de Escobedo (1530- 1578) .

Por su parte, Escobedo era un antiguo compañero de facultad de Antonio Pérez e igualmente bien preparado, aunque todo lo que éste tenía de sagaz, aquél lo tenía de brusco. Así que el rey se lo quitó de encima asignándoselo a su hermano, con el cometido oculto de hacerle informante desde Flandes. Esta elección, hecha en principio con ánimo de que vigilara a don Juan, resultó fallida ya que se convirtió en uno de los más fieles partidarios del entonces gobernador de los Países Bajos.

Durante esta etapa reunió pruebas de los negocios ilícitos y apoyo a los rebeldes flamencos de Pérez y la princesa de Éboli, por lo que fue denunciado por éste ante el Rey como instigador de las maniobras políticas de don Juan.

De Escobedo se llegó a escribir que “por aquel portillo (refiriéndose a Santander) llegaría a entrar su amo don Juan como rey de España”, tal eran sus intenciones claras de respaldar la aventura de Juan de Austria al trono. Pero temiendo aún ser denunciado, Pérez ordenó su asesinato, el 31 de marzo de 1578, y por el que fue acusado un año después.

Más tarde, resueltos los problemas en los Países Bajos, Don Juan y su Secretario, Escobedo, escribieron a Felipe II trasmitiéndole su deseo de volver a España para encargarse de la política del Rey.

Antonio acabó convenciendo al rey de que su hermanastro pensaba traicionarle. Pero había una pieza suelta en el rompecabezas. Escobedo viajó a Madrid en 1578 para hacer valer sus puntos de vista ante Felipe. Había que evitar a toda costa que salieran a la luz los manejos en la sombra de Pérez, así que solicitó al monarca que empleara la “vía reservada” para deshacerse de tan molesto personaje. Nadie sabe exactamente qué es lo que llevó a Pérez a estirar demasiado de la cuerda y entregarse a un juego tan peligroso; quizá la necesidad de aparecer como imprescindible a los ojos de Felipe II, toda vez que su excesiva influencia despertaba suspicacias en el rey. El caso es que el mismo se encargó del asesinato de Escobedo.

Pérez tuvo la cara de invitarle en dos ocasiones a su casa para comer. En ambas intentó envenenarle, sin éxito. Esta primera vez, el 8 de marzo de 1578, se llevó a cabo en la llamada Casilla que Pérez poseía en Madrid. Con él se encontraba Melchor de Herrera, el conde de Chinchón y Nava de Puebla. Pero las dosis de “agua mortífera” que se le administraron en la bebida, para sorpresa de Pérez, perfecto conocedor de estas artes, no hicieron mella alguna en Escobedo.

Poco después, en una nueva cena en esta ocasión en su casa del Cordón, Pérez mandó servir a Escobedo una fuente de nata a la que se le había añadido “unos polvos blancos como de harina”, en realidad una mezcla de arsénico y solimán. Además, para asegurar la jugada, en la bebida se le volvió a servir el “agua mortífera”. Pero, una vez más, y a pesar de que en esta ocasión Escobedo tuvo que guardar cama debido al mal de estómago y los vómitos que le provocaron los venenos, poco después estaba en pie lozano y saludable como siempre.

Una tercera ocasión, esta vez en casa del propio Escobedo, Pérez se las ingenió para introducir en la comida de su enemigo una nueva dosis de solimán. En esta ocasión el envenenamiento fue detectado aunque, para sorpresa de Pérez la culpa cayó sobre una servidora morisca de Escobedo. Lo más extraño es que la joven reconoció haber sido ella la causante del envenenamiento, si bien su declaración se realizó bajo tormento. Sin embargo, la morisca señaló que el destinatario del crimen no era Escobedo sino su esposa, de quien había recibido últimamente agresiones. “Probada” la culpa, la joven fue colgada como escarmiento público.

Ésta es la razón por la que, finalmente, se decidió emplear a seis cobardes para acabar a cuchilladas con la vida del cántabro, a la sazón: Diego Martínez, Juan Rubio, Juan de Mesa, Antonio Enríquez, Miguel Bosque e Insausti, quien finalmente asestó las cuchilladas.

“En el año de gracia de 1578 fue asesinado en Madrid el secretario de Don Juan de Austria, Gobernador de los Países Bajos. El crimen desencadenó la mayor crisis interna del reinado del rey Prudente: doce años de proceso, la prisión del secretario real y la Princesa de Éboli, la invasión militar de Aragón y el exilio de Antonio Pérez”.

La noche del lunes de Pascua, 31 de marzo de 1578, montado a caballo y precedido de unos criados con antorchas, Juan de Escobedo, secretario de Don Juan de Austria, regresa a su casa de Madrid, cercana al Alcázar Real. Al parecer, vuelve de una cita galante con una dama casada, Brianda de Guzmán, esposa de Sancho de Padilla, castellano de Milán.

Al atravesar la callejuela del Camarín de Nuestra Señora de Atocha, junto a la Iglesia de Santa María, tres sicarios armados le salen al paso. Uno de ellos, Insausti, diestro espadachín, atraviesa a Escobedo de parte a parte de una sola y mortal estocada. El secretario se desploma del caballo.

Los criados de Escobedo y el público testigo del crimen reaccionan al ataque e intentan retener a los asaltantes. Juan Rubio, uno de los miembros del trío criminal y el que momentos antes había puesto a los otros sobre aviso de la ocasión de cometer el asesinato, se escabulle con facilidad: esa misma noche sale de Madrid hacia Alcalá, con la noticia de que la muerte anunciada de Escobedo se ha cumplido. Insausti y el tercer asesino, Miguel del Bosque, tienen más dificultades para escapar. Pugnando con los criados del secretario Escobedo y con los que acudieron a los gritos de éstos, pierden sus capas y Bosque, un pistolete.

Con todo, consiguen huir del escenario del crimen. Insausti se refugia en la casa de Juan de Mesa, aragonés, quien le había pagado sus servicios, y allí se deshace del arma homicida arrojándola a un pozo. Bosque se esconde en la casa de su hermanastro Antonio Enríquez, guardaespaldas del secretario de Estado de Felipe II, Antonio Pérez.

Escobedo es llevado a una casa próxima, donde inútilmente acuden los médicos: la destreza del asesino ha sido tal que el herido expira sin tiempo ni para confesarse.

Aunque el propio Escobedo lo ignorase, su muerte por la espada en una calle de Madrid era la última y desesperada tentativa por deshacerse de él. Antes de que Insausti acabase con su vida, durante el anterior mes de febrero de 1578, el secretario de Don Juan de Austria había sufrido hasta tres intentos consecutivos de envenenamiento.

La muerte del Verdinegro —apodo que recibía por su forma de vestir— fue inspiración de coplas y romances como este ejemplo, obra del duque de Rivas:

“En aquella corta calle / más bien callejón estrecho / que por detrás de la iglesia / sale frente a los Consejos / se halló tendido un cadáver / de un lago de sangre al medio. / Con dos heridas de daga / en el costado y el pecho, / y como rico ostentaba / la cadena de oro al cuello / y magníficos diamantes / en los puños y en los dedos / que obra no fue de ladrones / se aseguró desde luego / el horrible asesinato / que a Madrid cubrió de duelo…”.

La calle donde fue asesinado Juan Escobedo es la calle de la Almudena, que se encuentra a muy pocos metros de la catedral, como podemos leer en la placa que el Ayuntamiento colocó allí.

 

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