Historias de la HIstoria de España; Capítulo 81. Éranse unas anécdotas muy Reales.

Anécdotas Reales
El pueblo de Madrid llamaba doña Virtudes a la reina regente doña María Cristina de Habsburgo Lorena, madre de Alfonso XIII.
Sus costumbres eran en efecto el reverso de lo que habían sido las de Isabel II, su suegra, antes de que fuera obligada a marchar al exilio por la revolución llamada “La Gloriosa”. La regente era una mujer de moral muy rígida, de creencias religiosas muy arraigadas y fiel cumplidora del protocolo.
El conde de Romanones, su biógrafo, dice que “recibía a los ministros de dos en dos, como la Guardia Civil”. Elegía a sus damas de honor a su imagen y semejanza y, como decía otro escritor, una credencial de dama de la reina equivalía a un certificado de virtud.
Se cuenta que en una ocasión le preguntaron a un embajador del sultán de Marruecos, Sidi Brisha, que le parecía la corte de España y él exclamó:
–  “El Palacio Real me ha parecido magnífico; la Reina es agraciada y distinguida, pero… el harén flojito, flojito…”.
Alfonso XIII y el Campesino.
En cierta ocasión, durante una cacería, se alejó incidentalmente del grupo de los acompañantes y decidió sentarse a la sombra de un árbol. Allí estaba aún cuando se le acercó un cammpesino.
– Dicen que anda cazando por aquí el rey. ¿Sabe usted si es verdad?, le preguntó el campesino.
-Pues sí, eso dicen.
-Ya me gustaría conocerlo.
-Pues véngase conmigo. Cuando lleguemos a donde está, verá que todos se descubren menos él. Así sabrá quién es.
Pusiéronse en camino, y cuando llegaron junto al resto de la partida el campesino pudo ver, en efecto, que todos se descubrían.
Bueno -le dijo entonces Alfonso XIII-. ¿Sabes ya quién es el rey?
-Pues hombre… -repuso el campesino-: o lo es usted o lo soy yo.

 

El mal trago de Alfonso XIII.
Tal y como cuenta José Antonio de Urbina.
“En el transcurso de un almuerzo oficial, uno de los invitados que no había visto un lavafrutas en su vida pensó que el bol con agua que le habían colocado junto al plato era para bebérselo y, ni corto ni perezoso, se lo bebió, ante el asombro de los comensales que compartían mesa.
Alfonso XIII se percató de lo ocurrido y, de inmediato, agarró su bol y se lo bebió de un tirón. Ante el gesto del Rey, el resto de los invitados, sin mediar palabra, tomaron el lavafrutas e hicieron lo mismo que el monarca”.
Esta es una muestra estupenda de la buena educación y de cómo responder ante situaciones imprevistas y “cubrir” a un invitado en vez de ridiculizarlo.

 

Alfonso XIII y el desayuno.
Una anécdota leída en un estupendo libro de Don Carlos Fisas (La sonrisa de los reyes), nos viene a corroborar que todos, incluso los reyes, hacemos cosas poco protocolarias en nuestra intimidad.
Dice que estaba desayunando el Rey Alfonso XIII, y entró su señora, Victoria Eugenia de Battenberg, a los aposentos. El Rey en esos momentos estaba mojando con pan una deliciosa yema de huevo.
La Reina, se sintió totalmente sorprendida y le recriminó que no hiciera eso. Que guardara las formas aunque nadie le estuviese viendo.
El Rey, comprensivo y viendo que se trataba de una extranjera que no conocía el placer de mojar en la yema de un estupendo huevo, le ofreció participar de este sencillo festín, cosa a lo que ella se negó.
Alfonso XIII encogiéndose de hombros, y para no discutir, le dijo: “Pues no sabes lo que te pierdes”, y continuó con tan delicioso desayuno.

 

Don Juan Carlos y el paraguas.
El Rey viajaba en avión hacia Barcelona para visitar el Salón Náutico, pues como todos sabemos, el Rey es un gran aficionado a todo tipo de deportes y, en especial, a los náuticos.
Era un día muy especial pues iba a asistir a su primer acto oficial en compañía de su padre, Don Juan de Borbón. También había muchas otras personalidades invitadas al Salón Náutico.
Al llegar al aeropuerto del Prat, en Barcelona, y apenas se disponía a bajar del avión empezó a llover torrencialmente, cosa con la que no debían contar los encargados de protocolo, pues surgió un pequeño problema, solamente había dos paraguas para tres personalidades: Don Juan Carlos, Jordi Pujol y Constantino de Grecia, que era uno de los invitados al Salón Náutico que acompañaba a Su Majestad el Rey.
Los responsables de protocolo, visiblemente nerviosos, trataban de resolver el problema lo antes posible.
Al ver la indecisión y el nerviosismo que se había apoderado de los responsables de protocolo, Don Juan Carlos tomó del brazo a Jordi Pujol y se puso a caminar hacia la terminal, como si no estuviera cayendo el agua que estaba cayendo. Ambos caminaron como si tal cosa, ante la mirada atónita y estupefacta de todos los presentes.
Algunas de las personas que estuvieron presentes en tal momento, cuentan que Su Majestad iba diciendo entre bromas:
Como está el tiempo, lo mismo llueve que hace sol.
Como en la mayoría de los casos, Don Juan Carlos supo salir al paso, y evitar que los funcionarios de protocolo se pusieran más nerviosos de lo que ya estaban.

 

El discurso repetido.
Entre las muchas anécdotas vividas por Don Sabino Fernández Campo, está una sobre la visita de Sus Majestades los Reyes a un centro cultural de un país Hispanoamericano.
La persona al frente de este centro cultural, poco ducho en recepciones de estas características, pronunció un discurso hecho a medida para la ocasión y dirigido a los Reyes de España. Durante la lectura del mismo, y debido a los nervios, se le descolocaron algunos folios del discurso, tratando de ordenarlos de forma nerviosa y apresurada. Pero un error se debió deslizar en esta colocación dando lugar a que el presidente del centro cultural leyera de nuevo una parte del discurso, por segunda vez. El mal rato que pasó, seguramente no se le puede desea a nadie, pero siguió adelante con su discurso.
Ligeramente abochornado, por lo ocurrido delante de tanta gente, y con mucha cautela, trató de ir averiguando las impresiones de los presentes ante tal error o equivocación. Al llegar a Don Sabino Fernández Campo, le comentó si Su Majestad el Rey había dicho algo al respecto. Don Sabino le contestó: “A Su Majestad el Rey le ha gustado mucho pero lamenta que no hubiese leído ese párrafo tan hermoso una tercera vez”.
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