Feliz Navidad… Mi querido enemigo.

Tregua de navidad

La Primera Guerra Mundial trajo muchas sorpresas y casi todas fueron desagradables. Las distintas potencias pensaban que sería una guerra corta, dado el desarrollo que habían alcanzado los medios de destrucción. Nadie concebía en el verano de 1914 que la contienda durase mucho más de un mes. Duró cuatro años y medio. Los gobiernos veían que estaban en un impasse, que ninguno podía ganar, pero fueron incapaces de detener la mayor carnicería que había conocido hasta entonces la humanidad.
En el campo de batalla las cosas tampoco sucedían como habían previsto los militares. Proyectaron la guerra con grandes y brillantes movimientos estratégicos, y enseguida se vieron atascados, inmovilizados en las trincheras. Y para salir del atasco, los generales mandaban al ataque a grandes masas de soldados sin darse cuenta de cómo habían progresado las armas de fuego, legiones de hombres cuyas filas eran segadas como si les pasaran la cortadora de césped. Durante cuatro años los generales se empecinaron en mandar a los soldados al inútil matadero, sin ser capaces de aprender de la experiencia, como esas mariposas veraniegas que, atraídas por la luz, se estrellan una y otra vez contra las bombillas.
Los simples soldados también recibían funestas sorpresas, como las nubes de gases asfixiantes y otros ingenios de la perversidad humana, que buscaba el arma definitiva. Y aún más turbadoras fueron las que recibieron los civiles en la retaguardia, pues por primera vez en la Historia la guerra fue llevada mucho más allá de los campos de batalla: los dirigibles alemanes bombardearon Londres, y los pasajeros de los barcos mercantes eran víctimas de los torpedos en una clase de guerra solo imaginada por los escritores de fantasía, la guerra submarina. Así murió una gloria de la música española, Enrique Granados, ciudadano neutral que volvía de dar conciertos en un país neutral, Estados Unidos.
Entre todas estas trampas del destino, que parecía burlarse de los planes humanos, un día hubo una sorpresa feliz: la tregua de Navidad de 1914.
– 24 de diciembre de 1914 era la víspera de la primera Navidad de la guerra. Guerra que duraba ya cinco meses.
Los soldados de uno y otro bando habían acudido al frente cantando cuando los movilizaron, porque les habían prometido una hermosa victoria y una rápida vuelta a casa.
Pero ahora estaban hartos de pasar frío y esperar la muerte en las trincheras que habían tenido que cavar desde mitad de septiembre.
El desánimo se traducía en pasividad.
Si no les espoleaban sus mandos, muchos soldados de las dos partes evitaban provocar al enemigo, practicaban el “si tú no tiras, yo no tiro”.
Christmas_Truce_1914_IWM_HU_35801El Alto Mando inglés había pasado un mensaje a todas las unidades aquel día 24: “Es posible que el enemigo realice algún ataque durante la Navidad o Año Nuevo. Mantener especial vigilancia durante este tiempo”. Sin embargo, lo que vieron los soldados británicos cuando empezaron a caer las sombras de la noche –Nochebuena- fue que de las trincheras alemanas surgían pequeños abetos con adornos y farolillos encendidos.
El árbol de Navidad era la más importante tradición navideña alemana –en Rusia incluso prohibieron los arbolitos adornados, por ser costumbre del enemigo- y el Alto Mando germano había mandado miles de abetos a sus tropas -que habían sido enviados al frente por orden directa del Káiser, junto a raciones extra de pan, salchichas y licores para llevarles un aliento hogareño-. Los soldados franceses y británicos frente de Flandes, sector de Yprès, admiraron perplejos los árboles luminosos… hasta que comenzaron a oír como los alemanes empezaban a cantar, estaban asistiendo asombrados a la celebración de la Nochebuena por los alemanes, que tras decorar sus trincheras comenzaron a cantar el villancico más universal –que es alemán-: Noche de paz.. Esa visión casi irreal ayudó a crear un inesperado clima de fraternidad.
Al terminar los alemanes su sentimental cántico, sin que nadie lo hubiese preparado, de las trincheras británicas surgió la respuesta cuando cientos de voces entonaron: “The First Nowel the Angel did say…”, un villancico tradicional de Cornualles del siglo XVIII. Hubo contrarréplica germana, y durante algún tiempo la lucha a tiros fue sustituida por una competición de canciones populares navideñas, que al final, los dos bandos terminaron, cantando conjuntamente el “Adeste fideles”, entre otros villancicos.
Debía ser un espectáculo increíble observar a dos bandos que hasta hacía unas horas habían estado intentando matarse.
La cosa podía haber quedado ahí, pero de las líneas alemanas salieron gritos invitando a los ingleses a ir a ver sus arbolitos. Contestaron éstos que saliesen los alemanes, y al final fueron surgiendo figuras de ambas trincheras que avanzaron hacia la mitad de la tierra de nadie. Allí los enemigos se felicitaron las Pascuas, se ofrecieron tabaco, intercambiaron recuerdos e incluso direcciones, como cuando haces un conocido simpático en un viaje. Cuando se volvieron a dormir habían establecido por su cuenta una tregua para el día de Navidad.

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La artillería en esa región permaneció silenciosa esa noche. La tregua también permitió que los caídos recientes fueran recuperados desde detrás de las líneas y enterrados. Se condujeron ceremonias de entierro con soldados de ambos lados del conflicto llorando las pérdidas juntas y ofreciéndose su respeto. En un entierro en la Tierra de nadie, soldados británicos y alemanes se reunieron para leer un fragmento del Salmo 23:
El Señor es mi pastor, nada me falta.
Sobre pastos verdes me hace reposar,
por aguas tranquilas me conduce.
El Señor me da nueva fuerza,
me consuela, me hace perseverar.
Me lleva por el buen camino,
por el amor de su nombre.
Aunque camine por un valle oscuro
no temeré mal alguno porque Él está conmigo.
La tregua –no oficial y decidida por los soldados- fue extendiéndose por todo el frente. Hay multitud de testimonios del fenómeno en las cartas de los combatientes o en los numerosos diarios que se escribían en las trincheras, dados los grandes periodos de inactividad. En uno de ellos apuntaba el sargento mayor Frank Naden:
“En el día de Navidad un alemán salió de las trincheras con las manos en alto. Nuestros compañeros inmediatamente salieron de sus trincheras y los alemanes de ellas y nos encontramos en el medio y durante el resto del día confraternizamos, cambiamos comida, cigarrillos y recuerdos. Los alemanes nos dieron algunas de sus salchichas y nosotros le dimos algunas de nuestras cosas. Los escoceses comenzaron a tocar sus gaitas y compartimos una rara alegría que incluyó un partido de fútbol con los alemanes”.
En efecto, se jugaron partidos de fútbol, como el librado entre dos equipos del 133 Regimiento de Infantería de Sajonia y los Seaforth Highlanders, ganado por los alemanes por 3 a 2.
El encuentro transcurrió con una gran caballerosidad,tendiendo la mano al rival cuando éste caía al suelo y respetando el reglamento lo máximo posible. El choque acabaría 3-2 a favor de los germanos .
Así lo contó el propio Teniente alemán Niemann en una carta:

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“Un soldado escocés apareció cargando un balón de fútbol; y en unos cuantos minutos, ya teníamos juego. Los escoceses ‘hicieron’ su portería con unos sombreros raros, mientras nosotros hicimos lo mismo. No era nada sencillo jugar en un terreno congelado, pero eso no nos desmotivó. Mantuvimos con rigor las reglas del juego, a pesar de que el partido sólo duró una hora y no teníamos árbitro. Muchos pases fueron largos y el balón constantemente se iba lejos. Sin embargo, estos futbolistas amateurs a pesar de estar cansados, jugaban con mucho entusiasmo. Nosotros, los alemanes, descubrimos con sorpresa cómo los escoceses jugaban con sus faldas, y sin tener nada debajo de ellas. Incluso les hacíamos una broma cada vez que una ventisca soplaba por el campo y revelaba sus partes ocultas a sus ‘enemigos de ayer’. Sin embargo, una hora después, cuando nuestro Oficial en Jefe se enteró de lo que estaba pasando, éste mandó a suspender el partido. Un poco después regresamos a nuestras trincheras y la fraternización terminó. El partido acabó con un marcador de tres goles a favor nuestro y dos en contra. Fritz marcó dos, y Tommy uno”.
“Los alemanes nos dijeron que estaban cansados de la guerra y deseaban que terminara. Al día siguiente recibimos la orden de que toda comunicación e intercambio amistoso con el enemigo cesara, pero nosotros no disparamos en todo el día y los alemanes no nos dispararon a nosotros”, cuenta el autor del diario antes citado, reflejando la enorme preocupación de los estados mayores. Los generales, conscientes de la barbaridad que estaban haciendo, tenían la pesadilla de que los soldados, hartos de carnicería inútil, desobedecieran las órdenes y se negaran a pelear, algo que sucedería en los motines franceses de 1917 y en el frente de Rusia.
Toda esta “fiesta” acabó cuando los oficiales al mando, (ellos no estaban en las trincheras), ordenaron que se acabaran las muestras de confraternización con el enemigo, y amenazaron con tribunales de guerra para el que desobedeciera. No fuera a ser que se les acabaran las ganas de matarse, por Dios… La noticia de esta tregua llegó a los respectivos cuarteles generales y se adoptaron medidas para frenar esa actitud. Un número indeterminado de soldados franceses fue pasado por las armas como escarmiento y los alemanes fueron enviados al frente oriental. Las cartas en las que los soldados narraban los hechos a sus familiares fueron destruidas y algunas informaciones que llegaron a los periódicos británicos se censuraron. Los franceses confiscaron los negativos de las fotografías que algunos soldados habían tomado durante la tregua, en donde se veían hombres de uno y otro bando posando amistosamente. Aunque a lo largo de la guerra se darían algunos casos aislados de confraternización con el bando enemigo, las altas esferas militares se encargaron de que un episodio generalizado, como el sucedido en la Navidad de 1914, no volviera a ocurrir.
La tregua se mantuvo en muchos sectores hasta Año Nuevo, y parece ser que en ciertos lugares no se dispararon tiros durante todo el mes de enero, provocando una conmoción entre los mandos. En los años siguientes los estados mayores programaban bombardeos de artillería prolongados durante varios días antes de Navidad, para dificultar el clima de confraternización, y trasladaban de sector a las unidades que hubieran mostrado tendencia a entenderse con el enemigo. No obstante, todavía en 1915 hubo treguas de Navidad, aunque en escala mucho menor.
Armisticios Informales

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Durante los dos años siguientes a la estabilización de las líneas del Frente Occidental, se produjeron otras situaciones de armisticio informal (i.e. armisticio no impuesto por el Alto Mando), en ambos bandos. Según los testimonios, los comandantes británicos recién llegados al frente se asombraban al ver tanto a los británicos como los alemanes exponiéndose sobre la línea de trinchera, dentro del alcance de las armas enemigas.
Con frecuencia, la artillería se disparaba sobre sitios concretos, en momentos determinados, para evitar bajas enemigas, en ambos bandos. En alguna ocasión, se intercambiaron disparos después de que un mortero mal situado golpease a las líneas británicas, tras lo cual un soldado alemán pidió disculpas a los británicos, parándose así el intercambio de disparos entre ambas trincheras.
Se han escrito libros sobre la Tregua de Navidad, incluyendo la obra de Stanley Weintraub Silent Night: The Story of the World War I Christmas Truce, en el que relata este suceso del que él mismo fue testigo.
“Ambos bandos avanzaron más lejos una visita a la trinchera enemiga durante la tregua de Navidad de lo que lo hicieron en los dos años y medio de guerra siguientes.”
De la tregua de Navidad se ha dicho que fue el último vestigio del siglo XIX: el último momento en el que, en la guerra, ambos bandos se tratarían mutuamente con respeto; Cuando se saludasen unos a otros con amabilidad demostrando que — a pesar de los hechos horribles que habían sucedido — aún eran respetuosos soldados.
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