Historias de la historia de España; Capítulo 78. Érase un bastardo, un Valido y el último soldado español.

Una de las personalidades más atractivas -y peor conocidas- de nuestro siglo XVII es Juan José de Austria, conocido como don Juan por sus contemporáneos. Era hijo de Felipe IV y María Calderón, una de las más famosas actrices de Madrid de aquellos tiempos. Fue don Juan, pues, un bastardo regio, como también su homónimo de un siglo antes, el don Juan de Austria vencedor de los turcos en Lepanto.
Juan José de Austria
Don Juan nació en la madrileña calle de Leganitos, la noche del 6 al 7 de abril de 1629. Era hijo bastardo del rey Felipe IV de España, habido de sus amores extramatrimoniales con la actriz María Inés Calderón (conocida como “la Calderona”), la cual había mantenido también relaciones con el duque de Medina de la Torres, lo que hizo que pronto se propagasen rumores tendentes a adjudicar al duque la paternidad del bastardo. Obviamente para los detractores de don Juan esta circunstancia fue frecuentemente utilizada:
“así en las facciones del cuerpo, como en las habilidades e inclinaciones del ánimo, salió este niño una vivísima imagen de Don Ramiro de Guzmán, semejanza que se ha ido recogiendo más claramente, al paso que ha ido adelantándose en la edad, el talle, el semblante, el pelo, la voz, la lascivia, la ambición, la venganza, el fausto, la fantasía, la ineficacia y las facciones se ven, tan correspondientes en uno y en otro, como la copia corresponde al original”.
Su vida, como la época que vivió, está llena de luces y muchas sobras. Su crianza y educación se realizaron muy lejos de la corte, primero en León y después en Ocaña. En contra de los deseos de la madre –quien poco después del alumbramiento fue internada en un convento del Valle de Utande–, fue entregado a una familia de nobles y se le proporcionó una esmerada educación, tanto en ciencias como en humanidades.
Las noticias que llegaban a la corte de sus cualidades eran todas positivas: gozaba de salud, era aplicado y mostraba un excelente rendimiento intelectual, buen jinete y hábil con las armas. Y Felipe IV reconoció su paternidad en 1642, cuando Juan José contaba con trece años de edad.
Esfuerzos para la recuperación de Cataluña (1651-1652)
En 1640, en el contexto de la Guerra de los Treinta Años, Cataluña declaró unilateralmente su independencia de España. Conscientes de que no podían sostener la situación sin ayuda, los dirigentes catalanes buscaron una alianza con Francia, pidiendo auxilio al rey Luis XIII y a su astuto hombre en la sombra, el Cardenal Richelieu. El resultado fue que Cataluña se convirtió de facto en una provincia francesa y en el campo de batalla de una guerra abierta entre España y Francia, que se alargaba irremediablemente. En 1651, Juan José de Austria fue enviado al entonces Principado Catalán, con la misión de cercar y rendir Barcelona. Hacía ya tiempo que Luis XIII y el Cardenal Richelieu habían muerto, lo que dejaba a Cataluña en una situación insostenible: el nuevo monarca francés, Luis XIV, el rey Sol, que había subido al trono con cinco años y en aquel momento aún no había cumplido la mayoría de edad, no deseaba una guerra abierta con España. Así las cosas, en 1652, Barcelona se rindió a las tropas españolas comandadas por Don Juan José. Cataluña volvía a integrarse en la corona de España y el hijo bastardo del rey conseguía el mayor triunfo militar y político de su vida. La paz, sin embargo fue cara: España hubo de ceder el Rosellón y parte de la Cerdaña a la corona francesa.
En el Llibre de Delliberaçions del Consell del Cent constan los 34 capítulos expuestos por la ciudad de Barcelona, base inicial de las negociaciones de paz, y que de forma resumida exponían:
Confirmación de los fueros de Barcelona y del Principado.
Ratificación del Conseller sexto del Consell de Cent (creado por el rey francés).
Garantía de que los alojamientos de tropas en Cataluña se realizarían según las constituciones del Principado.
Renuncia de la Corona al cobro de los quintos.
Don Juan José se había convertido en una especie de guerrero salvador de la patria, algo que él mismo se preocupó de fomentar. El tipo fue uno de los primeros en advertir la importancia de una buena propaganda como medio de ascensión política. Junto a su hombre de confianza y secretario personal, Francisco Fabro Bremundán, puso en marcha en 1661 el primer periódico de información general de la historia de España, la Gaceta de Madrid. Mientras estuvo en su poder, Juan José utilizó la Gaceta para ensalzar su propia figura, convirtiéndola en instrumento de su ambición. En ese sentido, fue un adelantado a su época que advirtió antes que muchos el poder de la opinión pública. La Gaceta de Madrid, inspirada en otras gacetas europeas, como la de París, supuso un paso decisivo en la historia del periodismo español. Sobrevivió a la muerte de sus creadores y en 1762, bajo el reinado de Carlos III, pasó a convertirse en órgano oficial de difusión del Estado. Aún se sigue publicando: la Gaceta fundada por Juan José en 1661 es hoy el Boletín Oficial del Estado.
En 1676 se produjo la caída de Valenzuela, vencido por los continuos escándalos que su privanza provocó; fue entonces cuando, ayudado por los grandes de España y el ejército, Juan José retornó a España con el título de primer ministro de su hermanastro Carlos II, cargo que ocupó hasta su muerte, ocurrida en 1679. Trató de gobernar con honradez, pero se hallaba ligado por sus compromisos con la oligarquía nobiliaria que le había dado el poder; esto, unido a la crisis económica y al hecho de que en política exterior se vio obligado por las continuas derrotas militares a firmar la paz de Nimega en 1678, acabó provocando su desprestigio y la consiguiente decepción de sus partidarios, que habían puesto en su persona las esperanzas y anhelos de recuperar el poder y prestigio del que antaño gozó España en Europa. En sus tres años de gobierno desterró a Valenzuela a Filipinas y humilló a la reina madre en venganza por las anteriores afrentas de ésta.
Juan José de Austria falleció en medio de la indiferencia general, abandonado por todos los que en él habían confiado. Incluso su hermanastro, el rey, se mostró indiferente ante su muerte. Pese a ello, recibió los honores que a su rango le correspondían, fue enterrado en El Escorial y su corazón, por mandato expreso del difunto, mandado a la capilla del Pilar de Zaragoza.
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