Un Monarca, Un Imperio y Una Espada

Un Monarca, un Imperio, y una Espada
POCOS sonetos de la Edad de Oro han llamado tanto la atención, ni han sido leídos con tanto fervor patriótico, como el de don Hernando de  Acuña dedicado “Al rey nuestro señor” y publicado en 1591, en la edición póstuma de las obras  del poeta. He aquí lo que Francisco Márquez Villanueva (357) ha llamado “tal vez, la página más mostrenca y manoseada de la poesía española del XVI.”
Mostrar que este soneto es una traducción de un poema del humanista granadino Juan Latino; que fue compuesto alrededor de 1573, dos años después de la batalla de Lepanto; y que su destinatario fue Felipe 11, no Carlos V, como han supuesto los estudiosos de la poesía del XVI, es lo que se pretende en las páginas que siguen.
El soneto ha suscitado, desde tiempos de Menéndez Pelayo (399), numerosísimos comentarios, la mayoría de ellos simples efusiones de patriotismo. Nadie ignora que en décadas recientes el célebre verso “un Monarca, un Imperio y una Espada” se difundió gracias al franquismo. Poco importaba que el General Franco, que había conquistado a comunistas y ateos en “justa guerra,” no poseyera un imperio europeo.’ “La concepción española del Imperio no es ansia de conquista, de acaparar territorios, sino afán de espíritu,” explicó Ricardo del Arco y Garay (100) al comentar el soneto de Acuña en 1948, haciéndose eco de Franco mismo (311-13). No cabe duda, afirma José María Pemán en 1940, a propósito de la “Con- quista de Barcelona,” que España está de nuevo en “época. . . [d]e Imperio: que antes de ser dominio expansivo, es dominio interno, fuerza disciplinada de voluntad y dirección” (205).
 Ni el imperio cantado por Acuña ni, por extensión, el “imperio espiritual” del Generalísimo habían sido impuestos “desde arriba.” “[Nlada de esto es tiranía,” escribe Pemán acerca del soneto de Acuña, “ni aplastamiento faraónico de la vitalidad española. Es ésta la que está-precisamente-nutriendo con su viejo fervor heroico y cris- tiano la nueva unidad estatal y autoritaria. Esa persuasión de tener en las manos ‘el estandarte de Christo’ no es consigna intelectual y política de arriba, sino compartida conciencia comunal”. Se esperaba, pues, en ciertos sectores de la España de los años 40 el renacer de la época heroica cuyo espíritu había captado el célebre poeta-soldado. Desde el exilio observó Juan Ramón Jiménez:
“Hoy se le coloca [a Acuña] en el altar más alto de lo literario, en el llamado nuevo imperio español”. Apenas importaba determinar con precisión cuál era la “edad gloriosa” a que se refería el poeta aurosecular. No cuestionó nadie, que yo sepa, lo que se venía repitiendo por lo menos desde 1929: que el “rey nuestro señor” era el emperador Carlos V. En 1935 había su- gerido José María de Cossío en las páginas de Cruz y Rmya que el soneto se refería a “la derrota de los luteranos en el río Albis” es decir, a la batalla de Mühlberg, donde el Emperador tomó prisionero a Juan Federico, duque de Sajonia, y creyó haber asentado un golpe decisivo a las fuerzas protestantes en Alemania. Es seguro que Acuña asistió al Emperador en esa jornada. Entre 1940 y 1975 varios críticos plantearon, sin poder resol- verlo, el problema de la fecha del soneto, que figuraba ya en todas las antologías e historias de la literatura áurea. La mayoría de ellos (Rosales y Vivanco, Otis H. Green, Milton A. Buchanan, Gui- llermo Díaz-Plaja, J. H. R. Polt, Francisco Márquez Villanueva,
Antonio Vilanova y otros muchos) seguían identificando al “monarca” con Carlos V. De todos ellos, fue Márquez Villanueva quien examinó el soneto más detenida y doctamente, relacionándolo con corrientes ideológicas españolas e italianas (e.g. el pensamiento imperialista de Mercurino Arborio Gattinara) de la época del Emperador, y refutando con energía a los que habían visto el soneto como “cifra de los anhelos y entusiasmos suscitados en los españoles por la supuesta idea y destino imperial del César Carlos”.
Insiste Márquez que, sin representar los deseos imperialistas de todos los españoles, el poema pertenece claramente al momento de Mühlberg, en que Carlos logra un “nuevo y arriesgado triunfo en el corazón de Europa”.
Que yo sepa, sólo el historiador inglés J. H. Elliott (242, 278) y el crítico norteamericano Elias L. Rivers identificaron al des- tinatario con Felipe II. Observó este último acertadamente: “[Ilt is usually supposed that [Acuña] addressed [his sonnet] to Charles V, but it would be equally appropriate to Philip II, after the naval victory of Lepanto.” En efecto, los dos últimos versos del soneto, en los que el poeta anticipa el segundo más dichoso día en que, vencido el mar, [el rey] venza la tierra no parecen aludir a la victoria-en tierra firme-que goza Carlos V el 24 de abril de 1547. El sentido parece claro: gracias a la victoria marítima, el mundo ya “siente en parte” la “monarquía” del rey. Total o parcialmente, está vencido el mar, y ya se anuncia “el segundo más dichoso día” en que el Rey conquistará también la tierra.
No sólo los dos últimos versos, sino el tono de los que preceden se ajustarían perfectamente a la victoria marítima de 1571, que llamaría Cervantes, décadas después, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros” (1377).
Poco han aportado al debate crítico los tres estudios más re- cientes de la vida y obras de Acuña. Luis F. Díaz Larios se queja, con razón, de “la falta de referencias concretas que permitan establecer con certeza” la fecha de composición (328). Lorenzo Rubio González  y Gabriele Morelli aceptan, sin más, la fecha de 1547.
Fue compuesto, escribe Morelli, “quasi certamente dopo la vittoria dell’esercito imperiale sui luterani della Lega (Mühlberg, 1547), nel momento cioe di maggior prestigio della potenza spagnola, quando il disegno di pacificazione universale sembrava prossimo a realiz- zarsi” (107).
Uno de los métodos empleados para fijar la fecha del soneto e iluminar su contexto histórico ha sido el análisis de sus antece- dentes italianos y latinos. Márquez Villanueva señala en el soneto “All’Imperatore Carlo V” de Giovan Giorgio Trissino(texto no impreso hasta el siglo XIX) la misma “idea de monarquía universal,” y en una canción que dirige Trissino al papa Clemente VII otras coincidencias notables con el soneto de don Hernando:
Ch’a l’alto suo Clemente Ha riservato il ciel si largo onore,Per fare un sol ovile, e un sol Pastore. [. . .l Prendi dunque, Signor, la bella impresa, Che t’ha serbato il ciel mill’anni, e mille, Per la piu gloriosa, che mai fosse. (366-67) Milton A. Buchanan (466-67) y J. H. R. Polt encuentran la fuente del soneto en el Canto xv del Orlandofurioso: éste observa cómo, en el soneto de Acuña “reaparecen los temas de Ariosto, pero concentrados, reducidos a mayor unidad y . . . precisión”.
No se ha explorado hasta ahora la tradición manuscrita del poema. En la Biblioteca de Bartolomé March, en Madrid, se con- serva un bello cancionero (Ms. 23/4/1), apenas consultado por los estudiosos, de poesías del siglo XVI. A juzgar por la letra y el con- tenido, debió de haber sido formado a finales de los años 70 o a comienzos de los 80: están representados Acuña, Pedro de Padilla,
Juan Rufo, Pedro Laynez, Damasio de Frías, Juan de Vergara, Pedro de Guzmán, Vicente Espinel, Gregorio Silvestre y otros ingenios que florecen en la década de los 70. Nótese-el dato tendrá importancia cuando nos refiramos, más adelante, a la vida de Acuña en Granada-que muchos de estos poetas son andaluces. Pues bien:
En el folio 351″ se copia una “Cangion de [Pedro] Laynez al Rey nuestro Señor en la vitoria naba1 del Señor don Juan de austria el año de 1572 [sic]” (se trata del poema publicado en 1970 por José Manuel Blecua, que comienza: “Ynvictísimo príncipe famoso / tér­mino de balor alto y profundo”). A continuación, en el folio 355″,aparece nuestro poema: “Soneto de don hernando de acuña sobre esta victoria al Rey” [sic]. En el folio siguiente, “Otro de [Francisco de] aldana a lo mismo” [sic]:
Dende la eternidad antes que el cielo amaneciesse al mundo el primer día, nombrado, o gran Philipe, Dios te avía por Rey unibersal de todo el suelo. Y así como esparció con santo celo
Baptista la benida del messía, agora Juan de un polo al otro ynbía tras tu nombre ynmortal tu cetro a buelo.
Ha seis mil años casi que camina el tiempo por llegar a consagrarte la grey diversa Reducida en una.
O cómo en ti paró la hedad más dignabien dignamente, y ba tras tu estandarte la gente, el mundo, el tiempo, y la f~rtuna.~ Aunque no es necesario suponer que Acuña conociera los otros dos poemas, quien compare el soneto “Al rey nuestro señor” con el de Aldana descubrirá más de una semejanza: la idea de que Dios ha nombrado a Felipe “por Rey unibersal” y el convencimiento de que “ha seis mil años casi que camina / el tiempo por llegar a consagrarte / la grey diversa Reducida en una;” la visión de “la gente, el mundo, el tiempo y la fortuna” que van tras el “estandarte” del monarca (Ms. 23/4/1; cf. la versión en Aldana, 381-82). En el poema de Laynez surgeon algunos de los mismos conceptos: jOh venturoso tiempo! ;o siglo de oro! jo pacífica hedad! jo gloria entera a vos solo otorgada, en vos cumplida.
Ya goca dulce eterna primavera,O summo movedor del alto coro, por tu ynmensa bondad, la mortal vida, pues presto Reducida en una espera ver la grey diversa de Mahoma, la ley falsa perversa desterrando
(Ms. 23/4/1, fols. 333″-354′; cf. Blecua 93-94)
La presencia del poema de Acuña en este códice nos brinda un dato valioso y aclarador: un colector anónimo, en una fecha indeterminada, no muy posterior a 1572 (lo suficientemente posterior, en todo caso, para que haya podido equivocarse con respecto al año de la batalla) asoció su soneto con otros que celebran la victoria En realidad, las imágenes que he señalado en Laynez y en ,41
dana son patrimonio común de cientos de poetas españoles e italianos que conmemoraron la batalla. No son más características de la época de Carlos V que la de Felipe 11. Al contrario: por muchas razones, el “sueño mesiánico” (Márquez Villanueva 356) de Acuña se ajusta mejor al ambiente de 1571 que al de 1547. Como ninguna victoria española del siglo XVI, la de Lepanto hizo volver la vista hacia el pasado, pero también hacia el porvenir. En las antologías
Sobre este soneto ver D. Gareth Walters (95-96). quien lo relaciona con el de Acuña e insiste que los dos poetas se dirigen a Felipe II.poéticas publicadas a raíz de esta victoria-las más importantes son las de Luigi Groto y de Pietro Gherardi-encontramos gran número de poemas, muchos de ellos “augurios” o “vaticinios,” que presentan a Lepanto como la culminación de varios siglos de his- toria y como un motivo extraordinario de esperanza. Parecía nada menos que milagroso-prueba de la intervención divina-que en un solo día se hubiera aniquilado el poderío de los turcos, que tanto había durado. Escribe un poeta anónimo, en la antología de Ghe- rardi: Quicquid perdiderat Christus iam mille per annos Reddidit una dies, te Pie Quinte duce. (166) Pregunta Antonio Rosaneo en la misma colleción:
Quis brevi captas spatio triremes Credat a nostris trabibus ducentas Sexiesq. octo pariter fugatas Vix tribus horis?
Con la victoria, prometida “desde la eternidad,” se cumplía una profecía y se anunciaba-según los poetas-nada menos que una nueva edad. Escribe Cornelio Amaltheo en un vaticinio dirigido a Felipe II: Tum Parcae unanimes Saturnia saecula reddent, Et rursus terrarum orbem Pax alma reviset. (Gherardi 6)
Se refiere, claro está, a la vuelta de los “aurea saecula” de la edad de Saturno, anunciada por los “vates” o por la Sibila. El que fuera tan joven Juan de Austria, capitán general de la armada de la Liga (tenía 24 años), les hizo pensar, a muchos, en el misterioso puer de la Égloga IV de Virgilio:
Acer adest iuvenis Caroli de sanguine natus atque animis promptus (Franciscus Vicemanus, en Gherardi 8) El nacimiento del príncipe Fernando (diciembre de 1572) justificaba todavía más las alusiones virgilianas: “Iam nova progenies de coelo dimittitur alto” exclama virgilianamente el maestro López de Hoyos.
También el ideal de la unidad religiosa y política, cifrada en la imagen del pastor y la grey, asoma por todas partes. Gracias a la victoria, parecía estar a punto de cumplirse la profecía del evangelio de Juan (10,16):”Fiet unum ovile et unus pastor.” Un poeta italiano dice a Pío V: “Unus Pastor eris, populis c~uxomnibus una” (Ghe- rardi 28), y otro, Mario Verdizoti, anticipa el día en que “gens una simus Christi” y habrá “una fides cunctis, atque una voluntas” (129). Luigi Groto le ruega a Dios: Aprine Padre al tuo voler le ciglia, Che veggon (tua merce) pur giunte l’hore, Che sia solo uno ovil, solo un Pastore (19′)
Y otro poeta, anónimo, observa cómo “da Battro, a Thile /Fan vincendo un Pastore, e un solo Ovile” (Groto 33″).
Que esa victoria haya sido “reservada,” “prometida,” o “con- cedida” al Papa, o a Felipe o a don Juan es otra idea expresada con frecuencia por los poetas de Lepanto. Escribe Antonio Agustín:
Aurea iam properant, properant foelicia saecla  Promissa auspiciis, clare Philippe, tuis.
Y Celio Magno:
Juan Verzosa le asegura a Juan de Austria:
Questo  que dí, che da propitie stelle  Ia per voler del Re del ciel promesso. (Groto 17″) te tanta manebat gloria: te designabant oracula cuneta.
La visión de la batalla no sólo como un fin, sino como un comienzo está también en numerosos poetas. Por una parte, la victoria de don Juan, al comienzo de su carrera militar, fue, según el duque de Alba, “el más alto principio que desde Julio César acá ha tenido soldado” (Colecciów 287). “No es razón,” escribe el duque, “que la lengua calle lo que siente el corazón de tan gloriosa victoria como Dios ha dado al Señor D. Juan, pues este principio lo ha de ser para muchas otras victorias” (283). Después de la batalla, el Papa y otros exhortarían a Felipe II que prosiguiera la lucha, hostigando a los infieles hasta Constantinopla. Un mes después de la batalla, el monarca recibe este consejo:
Haviendo Dios sido servido de dar a la Santa Liga tan grande y tan no pensada victoria contra el thirano infiel, no solamente se asegura por muchos años el mar, pero aún se ha de tener en mucho más el haverse abierto tan gran puerta para entrarle y mucho menoscabarle en sus estados, si la victoria se siguiese y se executasse con la presteza y pujanqa que se podría y convernía (Serrano 146 n. 1)
En la euforia del momento, los poetas, entre ellos el veneciano R. Benedetto, podían imaginar hasta la recuperación de Jerusalén:
“Iam venit plenitud0 temporis, ut de mano Turcorum / Terram sanctam auferamos, & per eam . . . ambulemus” (Gherardi 36).
De ahí la imagen de Acuña de que, “vencido el mar,” se venza también la tierra. Antonio Agustín urge a Felipe: “Junge ergo terras cum maris imperio,” y otros muchos expresan la misma idea (López de Toro 62, 184, 322, 324, 338, 353, 355, etc.). Huelga decir que la idea tendría infinitamente menos resonancia en 1547, año en que, como admite Márquez, no había ninguna victoria marítima reciente que celebrar: “la empresa de Túnez queda ya muy atrás y algo empañada por el fracaso de 1541 en Argel” (367).
Poco pueden ayudarnos, a la hora de fechar el soneto, estas imágenes, esparcidas por la obra de varios poetas. Y sin embargo, me parece obvio que no son menos frecuentes en la poesía en torno a Lepanto que en la época de Carlos V. Si no arrojan luz definitiva sobre la fecha del soneto las imágenes que Acuña comparte con otros poetas, veamos las que el soneto tiene en común con el resto de su obra. Dos composiciones dedicadas a Carlos V han sido utilizadas para apoyar la hipótesis de que el soneto se dedicara al Emperador.
Me refiero, primero, a las octavas “A Su Magestad” (Carlos V) que Márquez Villanueva fecha entre 1552 y 1556 y que encuentra “de carácter y sentido obviamente afines al soneto”:
Invictísimo César, cuyo nombre el del antiguo Carlo ha renovado, al sonido del cual tiemble y se asombre la tierra, el mar y todo lo criado;
en quien Roma su imperio y gran renombre conoce más que nunca sublimado, y do el dichoso siglo que os alcar~za pone primera y última esperanza. (90)
 En realidad, sólo las palabras subrayadas se relacionan estrecha- mente con nuestro poema. Otra vez, se trata de lugares comunes(propios, en este caso, del elogio a cualquier monarca), que no demuestran la proximidad temporal del soneto.
Mayor interés ofrecen las quintillas siguientes, tituladas “Epigrama a la muerte del emperador Carlos Quinto,” escritas antes de 1552 (año en que fueron publicadas en la traducción de Acuña de El caballero determinado), revisadas en fecha indeterminada, e impresas en Varia poesía. Los cinco versos primeros aluden a la victoria de Mühlberg:
Los tiranos rebelados de la Fe y dé1 [de Carlos] en su tierra, con gran liga conjurados, fueron dé1 en justa guerra presos y desbaratados;
y por él, en conclusión, la Cristiana Religión, perseguida y trabajada fue en sus tiempos amparada de toda persecución. (354-55) Otra vez, la relación intertextual es tenue: estamos ante la conocidísima imagen de Carlos V como defensor de la fe católica. Más peso habría tenido el cotejo del soneto con la “Égloga H que comienza en el fol. 17′ de Varias poesías, donde ocurren no sólo semejanzas conceptuales sino también fónicas. Compárese, por ejemplo, este terceto, que alude a cómo Damón (¿Acuña?) abandonó Italia para asistir al Emperador en la campaña de Alemania:
Con los versos 4-5 del soneto:
Y del gran César con la grande armada se vino en estas partes por hallarse en tan gloriosa empresa !! tal jornada (128)
Ya tan alto principio en tal jornada os muestra el fin de vuestro santo celo.
Curiosa coincidencia, pero otra vez falta un enlace seguro. Ni si- quiera sabemos con seguridad la fecha de la égloga. Ninguna de estas coincidencias nos permite fechar el soneto, ni saber si Acuña se dirigía a Carlos o a Felipe. La lectura atenta del resto de su obra no descubre otras pistas. Y aun si existiera un poema de 1547 con el mismo repertorio de imágenes que el soneto, la fecha del soneto quedaría en duda. Es lógico suponer que la visión ideológica deAcuña (su creencia en el monarca como agente divino, destinado a formar un imperio cristiano mediante la conquista de los infieles) ya estaba formada cuando Felipe asumió el poder. Es decir: en 1571 daría expresión, con las mismas imágenes, a ideales políticos, nutridos durante su contacto con Carlos.
La fecha del soneto puede descubrirse mediante el análisis in tertextual, pero de un modo totalmente insospechado. Nos brinda la solución definitiva-la más definitiva posible-un poema sobre Lepanto del humanista Juan Latino, publicado en Granada (donde éste fue “moderator adulescentiae”) en 1573, en la colección titulada Ad Catholicum pariter et invictissimum Philippum Dei gratia Hispaniarum Regem, de foelicissima serenissimi Ferdinandi Principis nativitate epigrammatum liber. En el texto de Latino (fol. 11″) están presentes, en el mismo orden, todas las imágenes del soneto de Acuña. Copio a continuación el poema latino, cotejándolo con el de Acuña. Las palabras en mayúsculas traducen verbum pro verbo a Latino, pero el lector no dejará de notar otras semejanzas.
Ad Catholicum, et invictissimum regem Philippum, de victoria parta in perfidos Turcas epigramma.
Optata accessit, sde]clis labentibus aetas,
Volvitur haec praesens gloria dicta venit:
Ya SE ACERCA, Señor, o es ya llegada
la EDAD gloriosa . . .
Quae fibi promissa est coelesti lege, Philippe,
Temporibus currit sorte dictata tuis.
Unus cum pastor, terris grex onznibus unus,
Unaq; Christicolas servet amorejides.
UNA GREY Y UN PASTOR SOLO en el suelo,
POR SUERTE A VUESTROS TIEMPOS reservada.
Coelum principzo cursus ostendere finem
Visum, q; tendat nzens tua sancta Deo.
Nuntiat in~w-rrimis tristi solatia nzundo,
Unius nutu regia cuneta fore.
Rex unus populis, ensis versandus & unus,
Unum idemq; caput, gentibus imperium.
Ya tan alto PRINCIPIO en tal jornada
OS muestra EL FIN de VUESTRO SANTO CELO,
y ANUNCIA AL MUNDO, para más CONSUELO,
UN MONARCA, UN IMPERIO Y UNA ESPADA.
AL REY nuestro Señor
. . . en que PROMETE EL CIELO
Ortn’s terrarum sentit tua iura seorsum,
Solius en regnum sperat ubiq; tuum:
Quod tibi nunc iusto peperisti Illarte, Philippe,
Ya EL ORBE DE LA TIERRA SIENTE EN PARTE
Y ESPERA EN TODO VUESTRA MONARQU~A,
CONQUISTADA POR VOS EN JUSTA GUERRA.
Armis res summus regna subacta tenes.
Nanz cui commisit Christus sua bella geranda,
Vexillunzq; dedit, & pia castra Deus:
QUE A QUIEN HA DADO CRISTO SU ESTANDARTE
Iam volvenda dies reddetur /tumine foelix,
Quae vzcto terras addat in orbe mari
dará el segundo MÁS DICHOSO DIA
EN QUE, VENCIDO EL MAR, venza LA TIERRA.
Algunas de las anotaciones que imprime Juan Latino en el margen de su poema enriquecen el sentido del soneto de Acuña. La primera de ellas no hace más que resumir el asunto
: “Gratu- latur Poeta Philippo innvictissimo prosperam, ac foelicem vic- toriam.” Pero la frase “Unus cum pastor. . .,” parafraseada con las palabras “Una fides, unus Pontifex summus Ecclesiae caput” demuestra que la imagen del pastor no alude al rey, como algunos han supuesto (Green 102), sino a Pío V, arquitecto de la liga entre España, Venecia y la Santa Sede. Los versos 9 y 10 quedan explicados así: “Philippus Monarcha futurus.” La nota a los versos 12- 16 trata del léxico y de la métrica: “Archaysmus [jcuál?], non enim fit Ecthlipsis”: no ocurre la sinalefa (o echthlipsis) entre “unum” e “idemq.” La frase “iusto Marte” queda explicada con “semper iusta bella Philippus gerit.” Los versos sobre la entrega del estandarte están caracterizados como “ratio a maiori,” ar­gumento de lo más a lo menos; y los dos versos finales aluden al “Tempus Catholicis exoptatum.”
Los dos textos-el original de Juan Latino y la traducción de Acuña-se relacionan tan estrechamente que no hace falta una comparación más detallada. Del famosísimo verso “un Monarca, un Imperio y una espada” queda, incluso, constancia en el lema que acompaña el escudo impreso en la página siguiente: “COELI- TUS UNUM IMPERIUM, ENSIS UNUS, REX UNICUS ORBIS”.
Y, sin embargo, surge inmediatamente una duda. ¿Quién tradujo a quién? ¿Acuña a Latino o vice versa? Recuérdese que el poema de Latino se imprime en 1573 (después del 14 de abril, fecha de la tasa) en la imprenta granadina de Hugo de Mena. Se sabe, gracias a las investigaciones biográficas de Narciso Alonso Cortés (95-96) que Acuña había llegado a Granada en 1569, y que vivió allí hasta su muerte, alrededor de 1580. Son escasísimas las noticias de su estancia en esa ciudad, donde, según testimonios de la época, se relacionó con el círculo de Gregorio Silvestre. Un dato nos permite suponer-no es más que una hipótesis-que Acuña estaba en Granada en 1573: en este mismo año su amigo el historiador Luis del Mármol Carvajal publica en Granada la Primera parte de la descripción general de África, e inserta en los preliminares de su libro una octava que compone don Fernando para esa ocasión (Rubio González 262). Y si Acuña frecuentaba los círculos literarios granadinos en 1573, no parece probable que Latino tradujera su poema sin mencionarlo en el epígrafe. La traducción al latín de las obras maestras de la poesía española no era insólito, pero no sabemos que Juan Latino lo practicara. En contraste, el interés de Acuña en la traducción es notorio. No exagera mucho Márquez Villanueva al llamarle “un verdadero genio de la adaptación” (371). El prólogo a su traducción de El caballero determinado revela interés en los problemas prácticos de la traducción literal, y al período granadino suelen asignarse (no sé con qué fundamento) las que hizo de “La contienda de Ayax Telamonio y de Ulises” y la “Fábula de Narciso,” ambas traducidas del latín. En el movimiento del latín al español, hay un proceso de sabia condensación: se hace cuesta arriba imaginar el movimiento en sentido contrario, y que Latino añadiera- ¿con qué fin?-las frases que no aparecen en el soneto de Acuña.
Sería, por otra parte, innecesariamente complicado imaginar que el humanista granadino resucitara en latín (y anotara), 25 años después de la batalla de Mühlberg, un poema en lengua vulgar, inédito hasta 1591. Todas las imágenes principales del poema de Latino se encuentran, aplicadas a la batalla de Lepanto, en el resto de su obra: la imagen de “un solo pastor”; la noción de que Dios mismo le ha concedido esta victoria a Felipe; la vuelta de una edad de oro; la visión de Lepanto como el comienzo de una monarquía cristiana universal:
Turbetur mundus, regnabis, Summe Philippe,
Terrarum Domino en redditur imperium.
Haereticus perdet sub te sua dogmata, Christum
Admittet, victus legibus, alme, tuis.
Se deslizan, en otras obras suyas, versos de corte muy parecido a los que utiliza en el poema traducido por Acuña. Compárese, por ejemplo, el arranque del poema con el comienzo de esta elegía a la reina Juana (habla ella):
Optata accessit, saeclis labentihs aetas,
Volvitur haec praesens gloria dicta venit
Expectata redit lustris labentihs aetas
Venit, dum vivo tempus & hora mihi
No se trata, en absoluto, de imágenes sugeridas por la lectura del soneto de Acuña. De hecho, mientras compone su poema, el humanista granadino se acuerda, como es natural, de Virgilio (cf. Ég. rv, 46-52 y En. 1: 283), a quien Acuña también debió de recordar, aun sin la mediación de Latino. Por ejemplo, la anáfora (ya) de los versos 1,5y 9 del soneto, podría relacionarse con los versos 4-7 de la égloga de Virgilio:
Vltima Cumaei venit iam carminis aetas;
magnus ab integro saecloruum nascitur ordo.
iam redit et virgo, redunt Saturnia regna,
iam nova progenies caelo demittitur alto.”
Algunas de las expresiones de Acuña-p. ej. el cultismo sernántico “por suerte,” que alude a la profecía (“sors”)~delatan el original latino. Por otra parte, como queda dicho, ninguna de las imágenes que emplea Acuña en el soneto se encuentran en otros poemas suyos. Conviene recordar que, aunque la fama de éste se deba principalmente al soneto “Al rey” (incluido por Fitzmaurice-Kelly en1913 en The Oxford Book of Spanish Verse), apenas cultiva, en el resto de su obra, la poesía política, tan importante, por ejemplo, en la obra de Aldana. Lo contrario podría decirse de Latino, acé- rrimo defensor de las glorias de los Austrias, autor de sólo dos libros: una colección de epigramas, con un poema épico dedicado a la victoria de Lepanto; y una colección de versos latinos elegíacos y encomiásticos sobre la “traslatio” de los restos de la familia real al mausoleo que Felipe estaba construyendo en El Escorial (1574). Las razones estílisticas, textuales e históricas que hemos ex- puesto nos obligan a pensar que, aunque dé expresión a ideales que Acuña adquiriera durante sus años de servicio al emperador, el soneto es obra de su madurez. El “monarca” es Felipe 11; la gloriosa jornada, la de Lepanto. El soneto de Acuña ha de relacionarse con la espléndida cosecha poética de Fernando de Herrera, Juan Rufo, Alonso de Ercilla y otros “poetas de Lepanto.” Aunque no cabe explorarlo ahora, el contexto ideológico es también otro, no menos complejo, por cierto, que el de 1547, descrito por Márquez Villa- nueva. Huelga decir que el fervor imperialista del soneto no re- presentaba en 1571 (como tampoco en 1547 o 1940) lo que Pemán llamaba cínicamente una “compartida conciencia comunal” (67).
Mientras el negro Juan Latino escribe sus “epigramas” sobre Le- panto y elogia en verso al Santo Oficio, fray Luis de León elabora, desde la cárcel, De los nombres de Cristo, quejándose amargamente de “los que agora nos mandan” y reconociendo como “buen Pastor” únicamente a Jesús. “Porque a la verdad, todo este poder temporal y terreno que manda en el mundo, tiene más de estruendo que de sustancia, y pássase como el ayre, bolando”.Un Monarca, un Imperio, y una Espada
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