Historias de la Historia de España; Capítulo 71. Érase un país y dos reyes en el exilio.

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En 1929 se celebraron la Exposición Universal en Barcelona y la Iberoamericana en Sevilla, pero la oposición creciente que generó el dictador, especialmente extendida entre estudiantes, intelectuales y el cuerpo de Artillería (se oponía a la reforma que pretendía el dictador de su sistema de ascensos), hicieron que Alfonso XIII apartase a Miguel Primo de Rivera del gobierno el 29 de enero de 1930, nombrando presidente del consejo de ministros al general Dámaso Berenguer con la intención de retornar al régimen constitucional. Este nuevo periodo se conoció enseguida como «la Dictablanda», por contraste con la dictadura anterior.
Tras la caída del dictador —que falleció semanas después—, aumentaron las manifestaciones antimonárquicas, se acusó al rey de haber auspiciado la dictadura de Primo de Rivera y de tener responsabilidades en el Desastre de Annual. Ese año los partidos republicanos se unieron frente a la monarquía con la firma del Pacto de San Sebastián. Hubo pronunciamientos militares republicanos que fueron frustrados por el gobierno en la base aérea de Cuatro Vientos (Madrid) y en Jaca (éste último encabezado por los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández, que fueron fusilados tras un consejo de guerra).
En febrero de 1931 el almirante Juan Bautista Aznar fue designado presidente del consejo por Alfonso XIII. Su gobierno convocó elecciones municipales el 12 de abril de 1931. Al conocerse en las elecciones mencionadas la victoria en las ciudades de las candidaturas republicanas, el 14 de abril se proclamó la Segunda República. El rey abandonó el país ese mismo día, con el fin de evitar una guerra civil:
[…] Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil.
Manifiesto de Alfonso XIII, 13 de abril de 1931
Sin embargo, defendió con uñas y dientes lo único que le quedaba, la esperanza de volver a reinar. El 14 de abril de 1931, antes de abandonar el trono, hizo un manifiesto que algunos llamaron abdicación, pero que no lo era. Suspendía “el ejercicio del poder, sin renunciar por ello a ninguno de los derechos”. Es decir, se iba, pero seguía siendo rey. Enseguida fue sometido a presiones de sus propios partidarios para que traspasara esos derechos a su heredero, don Juan, pero se resistió hasta encontrarse a las puertas de la muerte.
Renunciaba a la Jefatura del Estado, pero sin una abdicación formal:
[…] No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuenta rigurosa.
Manifiesto de Alfonso XIII, 13 de abril de 1931
En la noche del 14 al 15 partió de Madrid hacia Cartagena al volante de su automóvil Duesenberg y desde allí zarpó para Marsella en un buque de la Armada Española para trasladarse después a París. Su familia salió en tren desde Aranjuez a la mañana siguiente.
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El rey Alfonso XIII llega a París dos días después de la proclamación de la II República, el 16 de abril de 1931.
El rey al abandonar España pronunció sus más famosas palabras:
[…] espero que no habré de volver, pues ello sólo significaría que el pueblo español no es próspero ni feliz.
Por una Ley del 26 de noviembre de 1931, las Cortes acusaron de alta traición a Alfonso XIII:
A todos los que la presente vieren y entendieren, sabed: Que las Cortes Constituyentes, en funciones de Soberanía Nacional, han aprobado el acta acusatoria contra don Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena, dictando lo siguiente:
«Las Cortes Constituyentes declaran culpable de alta traición, como fórmula jurídica que resume todos los delitos del acta acusatoria, al que fue rey de España, quien, ejercitando los poderes de su magistratura contra la Constitución del Estado, ha cometido la más criminal violación del orden jurídico del país, y, en su consecuencia, el Tribunal soberano de la nación declara solemnemente fuera de la ley a don Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena. Privado de la paz jurídica, cualquier ciudadano español podrá aprehender su persona si penetrase en territorio nacional.
Don Alfonso de Borbón será degradado de todas sus dignidades, derechos y títulos, que no podrá ostentar ni dentro ni fuera de España, de los cuales el pueblo español, por boca de sus representantes elegidos para votar las nuevas normas del Estado español, le declara decaído, sin que se pueda reivindicarlos jamás ni para él ni para sus sucesores.
De todos los bienes, derechos y acciones de su propiedad que se encuentren en territorio nacional se incautará, en su beneficio, el Estado, que dispondrá del uso conveniente que deba darles.
Esta sentencia, que aprueban las Cortes soberanas Constituyentes, después de publicada por el Gobierno de la República, será impresa y fijada en todos los ayuntamientos de España, y comunicada a los representantes diplomáticos de todos los países, así como a la Sociedad de Naciones».
En ejecución de esta sentencia, el Gobierno dictará las órdenes conducentes a su más exacto cumplimiento, al que coadyuvarán todos los ciudadanos, tribunales y autoridades.
Esta ley sería derogada por otra del 15 de diciembre de 1938 firmada por Francisco Franco.
Al comenzar la Guerra Civil Española, apoyó fervientemente al bando sublevado. Como consecuencia de sus éxitos en Marruecos conoció a Franco, quien poco a poco se convirtió en favorito real; en enero de 1923 el rey le concedió la medalla militar, así como el cargo honorífico de gentilhombre de cámara, por lo que el padrino de su boda fue Alfonso XIII (representado por el gobernador civil de Oviedo, el general Losada). Franco discutió personalmente con el rey la posible retirada de Marruecos. En marzo de 1925, durante una visita allí, el general Primo de Rivera entregó a Franco una carta del rey junto con una medalla religiosa de oro; la carta terminaba así: «Ya sabes lo mucho que te quiere y te aprecia tu afectísimo amigo que te abraza. Alfonso XIII». Por real decreto (4 de enero de 1928) lo nombró director de la recién creada Academia General Militar. Franco votó a favor de la candidatura monárquica en Zaragoza. El 4 de abril de 1937 Franco escribió una carta despectiva a Alfonso XIII: el rey, que acababa de donar un millón de pesetas a la causa franquista, le había escrito expresando su preocupación por la poca prioridad que se daba a la restauración de la monarquía; Franco dejó claro que el rey difícilmente llegaría a desempeñar un papel en el futuro, en vista de sus errores pasados. Al acabar la guerra y no restaurarse la monarquía, el rey declaró: «Elegí a Franco cuando no era nadie. Él me ha traicionado y engañado a cada paso».
España y dos reyes en el exilio.
 ALFONSOXIIIAunque parezca extraño, la idea de que don Alfonso traspasara en vida sus derechos a su tercer hijo, don Juan, fue de los carlistas. En 1931 España era el único país del mundo que tenía dos reyes, aunque ambos sin corona: Alfonso XIII y el pretendiente carlista, Jaime de Borbón y Borbón-Parma. La común desgracia acercó las dos opciones dinásticas que se habían combatido a muerte durante tres cuartos del siglo XIX, y en septiembre tuvo lugar una entrevista en Territet (Suiza) entre don Alfonso y don Jaime, que no tenía hijos y se mostraba muy dispuesto a acabar con el viejo pleito que había ensangrentado España, acatando a Alfonso XIII si era repuesto en el trono.
Tres semanas después del encuentro, sin embargo, murió don Jaime, y le sucedió su anciano tío, Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este, que tampoco tenía hijos. Sus exigencias serían más duras: si algún día se restauraba la monarquía en España no aceptaba que fuese en Alfonso XIII, contaminado por el liberalismo, sino en su hijo, don Juan, que además debía mostrar su adhesión al modelo de monarquía tradicional, no liberal, que defendían los carlistas.
Don_Jaime_de_BorbónJaime III de España
Duque de Madrid, pretendiente al trono de España Era una época en que en Europa estaban en ascenso los fascismos, muchos pensaban que la democracia era un sistema superado, y la mayoría de los monárquicos españoles aceptaron el arreglo, con tal de sumar fuerzas. El mismo don Juan no le hizo ascos a la oferta. Al fin y al cabo, como se vería al estallar la Guerra Civil, los carlistas tenían una organización armada dentro de España de la que carecían los alfonsinos, eran capaces de poner en armas contra la República una numerosa milicia, los requetés.
Pero Alfonso XIII no entraba por el aro. “En el destierro no abdicaré”, dijo terminantemente en 1933, aunque admitía la posibilidad de hacerlo después de volver al trono. El problema es que ni sus partidarios veían posible su vuelta, todos creían que la única posibilidad de restaurar la monarquía era en la persona de don Juan.
La boda en Roma de la hija del ex rey, la infanta Beatriz, fue ocasión de que acudiesen muchos monárquicos desde España, y Alfonso XIII se enfrentó a ellos, echándoles una bronca en el vestíbulo del Grand Hotel: “Sois injustos. Yo soy el primero que renunciaré y abdicaré, pero siempre y cuando yo vaya a Madrid y me siente en el trono del Palacio. Ese día presentadme el acta de abdicación, que yo la firmo; pero hasta ese día no la firmo”.
La renuncia.
Los choques volvieron a producirse en la boda del propio don Juan en 1935. Haciendo un fácil juego de palabras se decía que Alfonso XIII seguía en sus trece, y cobró nuevas esperanzas cuando estalló la Guerra Civil y desde el principio se vio el retroceso de la República. Confiaba en Franco, de quien había sido padrino de boda, y apoyó el Alzamiento con dinero para comprar armas. Pero poco a poco fue dándose cuenta del doble juego de Franco, que tenía buenas palabras, pero no se comprometía con nadie más que con sí mismo. Un mes después de la victoria franquista, en mayo de 1939, José María de Areilza lo vio en Roma muy decaído: “Su proverbial arrogancia corporal y deportiva había desaparecido… A pesar de su relativa juventud (53 años) los signos de la vejez se hacían presentes”.
Ese verano, en Lausanne, decidió hacer testamento, prueba de que sentía cercano el final, pero aun en esas circunstancias se enrocó en su negativa a abdicar. Todo lo contrario, en el testamento reafirmó que seguiría en el ejercicio de sus derechos históricos hasta “cuando así convenga al bien de España”. En diciembre de 1940, en Ginebra, el deterioro de su salud era ya tan patente que anunció en privado su próxima abdicación. Pero, genio y figura, guardaba dosis de aquel optimismo iluso del pasado, y fantaseaba diciendo que, dada la inexperiencia del heredero, él seguiría actuando “en la penumbra”.
Por fin, el 15 de enero de 1941 hizo un manifiesto en Roma donde decía: “Ofrezco a mi Patria la renuncia de mis derechos para que, por ley histórica de sucesión a la Corona, quede automáticamente designado, sin discusión posible en cuanto a la legitimidad, mi hijo el Príncipe Don Juan, que encarnará en su persona la institución monárquica, y que será el día de mañana, cuando España lo juzgue oportuno, el Rey de todos los españoles”. La palabra abdicación, que tanto le había repelido, no aparecía por ninguna parte.
ESQUELA DE ALFONSO XIII
Cuatro semanas después, Alfonso XIII sufrió una angina de pecho, y falleció el 28 de febrero. Aún no había cumplido los 55 años.
Estuvo enterrado en la iglesia de Santa María de Montserrat de los Españoles de la capital italiana hasta que, el 19 de enero de 1980, sus restos fueron trasladados al Panteón Real del Monasterio de El Escorial por orden de su nieto, el rey Juan Carlos I.
Por su parte, su hijo Juan, conde de Barcelona, renunció a sus derechos al trono en 1977, en favor de su hijo Juan Carlos, que había sido nombrado rey en 1975, a la muerte del general Franco, en virtud de la ley de sucesión a la jefatura del estado de 1947. Con la renuncia a sus derechos por parte del conde de Barcelona se recuperó la legitimidad dinástica de la monarquía histórica, tal como recoge el artículo 57 de la Constitución española de 1978.
La Oficina pro-cautivos
Quedan para la historia las acciones que durante la I Guerra Mundial organizó como monarca de un país neutral, entre ellas la Oficina pro-cautivos, posiblemente la primera acción humanitaria gubernamental registrada en la historia, con el fin de intentar conseguir respuestas a los familiares que no sabían nada de sus parientes militares o civiles en zona de guerra.
El monarca fundó este organismo de una forma independiente del gobierno, para no comprometer su neutralidad. Así, con fondos propios de un millón de pesetas, estableció en el Palacio Real una secretaría donde llegaban las solicitudes de información e intervención para con los prisioneros de ambos bandos; cosa que fue posible gracias a los buenos contactos y relaciones del rey con los diversos países contendientes. Se sirvió de las embajadas para conseguir información de los presos y permitió poner en contacto a prisioneros de guerra de ambos bandos con sus familias. Salvó así a aproximadamente 70.000 civiles y 21.000 soldados, e intervino a favor de 136.000 prisioneros de guerra, llevando a cabo 4.000 visitas de inspección a campos de prisioneros. Intervino también a favor de que en la guerra submarina no se atacara a los buques hospitales, proponiendo instaurar una inspección neutral de militares españoles de estos barcos en la salida del puerto y la entrada. Consiguió con la aceptación de esta solicitud que ambas partes en conflicto no volvieran a repetir la trágica acción de torpedear buques con la bandera hospitalaria, como había sucedido en el pasado. La oficina tenía un volumen tal de peticiones que los voluntarios que trabajaban en la organización no descansaban ni en días festivos.
Además, de estas acciones, es destacable su intento de liberar y llevar a España a la Familia Imperial Rusa; sin embargo, la Revolución bolchevique frustró estos planes. Este hecho causó al rey una profunda tristeza.
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Alfonso XIII en su Duesemberg modelo J que le llevaría a Cartagena hacia su exilio.
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Juan Carlos Teresa Silvestre Alfonso (1913–1993), infante de España y conde de Barcelona, pretendiente al trono desde la muerte de su padre en 1941 (teniendo en cuenta sendas renuncias dinásticas de sus hermanos mayores) hasta 1977, cuando cedió sus derechos a su hijo Juan Carlos (que era rey de España de forma efectiva desde 1975); don Juan contrajo matrimonio con la princesa María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias (1910-2000). Fueron padres de cuatro hijos: Juan Carlos, rey de España, y los infantes Pilar (nacida en 1936), Margarita (nacida en 1939) y Alfonso (1941-1956).
Juan Carlos I de Borbón (Roma, Italia, 5 de enero de 1938) es el rey de España.
Fue proclamado el 22 de noviembre de 1975, tras la muerte de Francisco Franco, de acuerdo con la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947. La Constitución española, ratificada por referéndum popular el 6 de diciembre de 1978 y promulgada el 27 de diciembre del mismo año, lo reconoce expresamente como rey de España y legítimo heredero de la dinastía histórica de Borbón, otorgándole la jefatura del Estado. La Carta Magna le confiere a su dignidad el rango de símbolo de la unidad nacional. Anteriormente a su proclamación, había desempeñado funciones interinas en la jefatura del Estado durante la enfermedad de Franco.
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Fotografía Don Juan de Borbón
Casa Real
Fotografía Don Juan Carlos I
Fotografía oficial de S.M. el Rey, con uniforme de Capitán General de los Ejércitos
© Casa de Su Majestad el Rey / DVirgili
http://www.casareal.es/sm_rey/FotosOficialesSMRey-ides-idweb.html
Fotografía Don Alfonso XIII en París
http://cabeceras.eldiariomontanes.es/imagenes-municipios/cantabria/2118/aniversario-de-la-proclamacion-de-la-ii-republica-espanola/miniaturas.html
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