Historias de la historia de España; Capítulo 65. Érase una batuta para la historia.

“¿Me creerán si les digo que Argenta es el hombre más encantador, más franco y más generoso que he encontrado en una profesión donde esas virtudes suelen brillar por su ausencia?”
“Hay que admirar en Argenta la naturaleza íntima del músico, la vida apasionada y trepidante que irradia su persona y, que le permite identificarse, sin esfuerzo aparente, con las obras más distintas y más contradictorias”
Bernard Gavoty (Crítico musical de “Le Figaro”)
Ataulfo Argenta
En la ciudad costera de Castro Urdiales, en Cantabria, en el piso tercero de la calle José María Pereda, número 5, vive el matrimonio formado por Juan Martín de Argenta y Laura Maza, él jefe de estación de ferrocarril de vía estrecha que unía Castro Urdiales con Traslaviña y ella, costurera. El 19 de noviembre de 1913 nace en aquella casa un niño al que bautizan con el nombre de Ataúlfo Exuperio.
El pequeño Ataúlfo escuchaba frecuentemente a su padre, que sabía tocar aceptablemente el piano, y muchas horas libres las empleaba en tocar sobre todo la música de Bach. Don Juan no puede por menos que darse cuenta del impacto que causa la música en su hijo y contrata a una profesora, doña Justa Blanco, con la que estudia solfeo y piano. Y del piano al violín, con Vicente Aznar, un violinista-pescador o un pescador-violinista. Horas se tiraba el pobre niño esperando ver si picaban o no, para comenzar sus clases de violín. Y si no picaban, ese día se quedaba sin clase. Ataúlfo llegaría a tocar bastante bien el violín e incluso la viola. Tenía una voz bonita de tiple y le gustaba cantar en el coro del que fue pronto solista.
Estamos ya en 1920. Ata (abreviatura familiar de su nombre) tiene siete años y ya se conocen en todo Castro sus aptitudes musicales. En la ciudad hay una entidad, el Círculo Católico, que imparte enseñanzas musicales y que desarrolla en ese campo (naturalmente a un pequeño nivel) una labor muy meritoria. Aunque don Juan Argenta no era muy religioso, de talante más bien liberal, decide hacer un pequeño esfuerzo más por su hijo y comienza a frecuentar el citado Círculo Católico, haciéndose excelente amigo de su presidente, el abogado don José Merino. Las clases eran baratas pero los recursos de la familia no llegan ni para eso. Don José propone a la junta del Círculo la creación de clases gratuitas para aquellos niños con condiciones especiales, una especie de beca, pensando sobre todo en Ataúlfo. Y allí tenemos ya, al todavía pequeño “Ata”, dando clases y estudiando con ilusión.
A los doce años da su primer concierto público. Todavía se conserva algún programa de ese hecho. En él se puede leer: <>. Pero sus conciertos no terminan con aquel primero. Interviene en los que da la orquesta del Círculo con obras de Mozart, Beethoven, Liszt, Ponchielli, Grieg, Caballero, Chapí… Y también los da como solista tocando el violín. En uno de los programas podemos leer: <>.
No sólo realiza sus estudios normales en el colegio, recibe clases de solfeo, piano y violín en el Círculo, canta en el coro en las funciones religiosas, y da algunos conciertos, sino que todos los domingos toca el piano para acompañar las imágenes de cine mudo que se dan en el Teatro de la Villa, por lo que le pagan una peseta a la semana.
Los estudios en Castro Urdiales se quedan cortos y Don Juan Argenta pide su traslado a Madrid. Cartas y más cartas, y al final llega la respuesta afirmativa. El traslado es concedido y Ataúlfo podrá continuar sus estudios y don Juan verá cumplida su gran ilusión: tendrá un hijo músico.
Allí va el joven Ataúlfo, muy callado, al lado de sus padres y su hermana Elena, fundiendo el traqueteo del tren con sus recuerdos castreños, que no le abandonarán ya nunca, y con sus ilusiones y proyectos de esa nueva vida que se acerca con cada kilómetro, con cada traviesa de la vía que deja atrás el tren.
En el Conservatorio de Madrid realizará todos sus estudios. Ataúlfo se examina por libre de todo el solfeo, de cuatro años de piano y tres de violín. En violín obtiene aprobado y en piano sobresaliente. Se matricula oficialmente y comienza ese año sus estudios de quinto de piano, cuarto de violín, primero de Armonía, primero y segundo de acompañamiento de piano, e Historia y Estética de la música. Su profesor favorito, el que le ayuda más en su carrera, es Fernández Alberdi, quien supo ver en el espigado muchacho cántabro una fuerte musicalidad. Siempre recordaría con gratitud Argenta los desvelos de Alberdi hacia él.
En el Conservatorio hará muy buenos amigos, como Enrique Casal Chapí, Emilio Lehnberg, Ricardo Vivó, Remedios de la Peña, Nin Culmell, José Muñoz Molleda, Roberto Pla, Gallego Marquina, Moreno Bascuñana o Eduardo Hernández Asiaín.
El 1 de junio de 1928 ingresa como tenor en la Masa Coral de Madrid, donde pese a sus pocos años se convierte en ayudante del maestro Benedito, y es en ella donde un día de mayo del año siguiente conoce a Juanita Pallares. Ella, un año mayor que Ataúlfo (que sólo tiene quince) hace el resto de su carrera musical junto a él. En el libro de actas de los primeros premios del Conservatorio de Madrid figuran seguidos, sin ningún otro nombre intermedio, los de Ataúlfo Argenta y Juanita Pallares. Es como un presagio, el amor entre ambos les unirá siempre.
Hasta 1929 había obtenido sobresalientes en piano, acompañamiento y música de cámara y en 1930, año final de su carrera de piano, obtiene el premio extraordinario, y en armonía sobresaliente.
Los escasos ingresos de la familia se ven incrementados por los esporádicos que aporta Ataúlfo al cantar en el Coro de la Catedral y en otros templos, y poco a poco se va creando una fama de músico con buenas condiciones.
En 1930, cuando Ataúlfo cuenta 17 años de edad, se convoca un premio de piano en el que el ganador recibirá un piano de cola que la cantante Cristina Nilsson ha donado. Argenta decide presentarse.
Es enero de 1931 y faltan unos pocos días para el ansiado premio. De pronto, bruscamente, muere su padre. Y aunque no sea fácil concentrarse en las partituras con aquel profundo dolor, el joven se vuelca en los estudios. El tribunal presidido por Arbós concede el premio a Ataúlfo. Argenta piensa en la situación precaria de su madre y hermana Elena, ambas costureras, y decide sin pensarlo dos veces vender el piano. Tiene que ponerse a trabajar y consigue una plaza de auxiliar en la misma oficina donde había trabajado su padre, y al mismo tiempo sigue con el piano. Los fines de semana toca en los merenderos de Cuatro Caminos o de La Bombilla. Pero esta situación no es la mejor para su carrera musical. Su hermanastra Concha (hija del primer matrimonio de su padre) vive en Lieja, donde su marido posee un modesto hotel. Ofrecen alojamiento para Ataúlfo y los suyos. De esta forma podría estudiar en el Conservatorio de esa ciudad belga. Ya en Lieja, Argenta estudia virtuosismo con Jean du Chastain y composición con Armand Marsik. Pero Argenta no termina de encontrarse a gusto en Bélgica y la familia decide adelantar su vuelta a España; eso sí, con la intención de volver una vez conseguida alguna beca que les permita vivir algo más desahogadamente.
Estamos ya en 1932. De nuevo reanuda su vida madrileña, sus paseos con su novia Juanita, el reencuentro con sus amigos, y el conservatorio, donde se matricula en primero de composición con Conrado del Campo. En busca de ingresos actúa con orquestinas de baile; en Cuatro Vientos, en el Casino de Los Molinos, Palma de Mallorca, en Cercedilla. Argenta dirige una orquesta estudiantil. Tiene veinte años y es la primera vez que va a dirigir una orquesta.
El sábado 6 de mayo de 1950 actúa por primera vez la Orquesta Nacional de España en el Teatro de los Campos Elíseos de París. El crítico de ABC, Luis Calvo, escribió lo siguiente: <>. Al día siguiente, el no hay billetes se coloca inmediatamente. Primero el Don Juan de Strauss, luego la Quinta de Beethoven, y después el Concierto de Aranjuez, escuchado por primera vez en París: solista, el jovencísimo Narciso Yepes, apadrinado por Argenta. El teatro se venía abajo. Argenta firmaba autógrafos ante una interminable cola de personas. Eran las tantas de la madrugada, cuando a duras penas, el coche de Argenta se abría paso ante la cantidad de aficionados que le aplaudían todavía en la calle.
La Muerte
Ataúlfo Argenta había dirigido 40 orquestas fuera de España, dio 720 conciertos, y manejaba un repertorio de unas 600 obras.
Director de orquesta de talla internacional, con un gran magnetismo, simpatía, humanidad, sencillo, práctico, de figura esbelta, elegante, y un estilo interpretativo único, sólido, preciso, lleno de vida y expresividad, con un gran talento y musicalidad. Plural en todas las manifestaciones de la vida se convirtió en un ídolo de su época dentro y fuera de España.
Los días 17 y 19 de enero de 1958 Argenta dirige el Mesías de Händel en el Monumental Cinema, con la Orquesta Nacional de España y el Orfeón Donostiarra, María Stader, Norma Procter, Peter Offermanns y Otto von Rohr. Otro éxito rotundo e inolvidable para todos los asistentes a dicho concierto.
El lunes 20 de enero, Juanita sale para Suiza en compañía de su hija mayor, Ana María, para ser intervenida quirúrgicamente de la columna vertebral por especialistas suizos. Argenta las lleva en coche al aeropuerto a las nueve de la mañana y se va directamente al ensayo con su orquesta en el Teatro Real. Es el programa que se dará los próximos viernes y domingo: obras de Mozart, un concierto de Vivaldi, y la tercera Sinfonía de Schumann. Asiste al ensayo Cristóbal Halffter, que quiere estar más en contacto con el músico, con vistas al próximo estreno en Madrid de los “Dos movimientos para timbal y cuerdas”. Por la tarde tiene en su casa una entrevista con un periodista, y luego, hacia las ocho de la noche, sale para su chalet de la localidad de Los Molinos, en la sierra madrileña, para recoger una partitura que se había dejado allí olvidada. Esa noche no vuelve a su casa.
La fría mañana del 21 de enero, martes, uno de los obreros que realizaba trabajos en el chalet descubre el cuerpo sin vida de Ataúlfo Argenta.
La Orquesta Nacional aguarda al maestro para comenzar el ensayo. Sobre los atriles la partitura de la “Renana” de Schumann. Alguien entra entonces en la sala de ensayos y anuncia: <>.
Al arrancar Argenta su coche en el garaje del chalet, puso la calefacción y esperó a que se calentara el motor. La autopsia revela la causa de la muerte: intoxicación por monóxido de carbono. Pasa la fría noche del 21 de enero en el cementerio de los Molinos.
Juanita regresa inmediatamente de Suiza, donde la despide toda la Orquesta de la Suisse Romande acompañándola hasta la escalerilla de subida al avión. Al llegar, ya está el cuerpo de Ataúlfo en su casa de Alfonso XII.
El entierro tiene lugar el día 23, en el cementerio de La Almudena.
Se suspenden las actividades musicales españolas esa semana. Son varias las orquestas europeas que dedican sus siguientes conciertos al maestro español. La Nacional belga acuerda comenzar los seis conciertos que tenía previsto dirigir Argenta, con obras de Bach interpretadas por la orquesta puesta en pie, y sin director, como haría también la Orquesta Nacional en el primer concierto sin Argenta. La Filarmónica de Viena suspende los conciertos programados con Argenta para no sustituirlo. Se cierran las puertas de los conservatorios de Madrid, París y Viena, en señal de luto.
Todos los medios de comunicación, especialmente europeos, se hacen eco de la triste noticia. La orquesta de la Suisse Romande decide apadrinar al único hijo varón de Ataúlfo, pagándole los estudios.
Se le concede a título póstumo la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, y la primera Medalla de Oro de Castro Urdiales.
31 de enero de 1958. Miles de personas se concentran en el funeral que se celebraría días después, en la iglesia madrileña de los Jerónimos. Al finalizar, desde lo alto del coro, surge la música del Coral nº 4 de la Cantata 140 de J.S. Bach, interpretado por la Orquesta Nacional de España.
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