Historias de la Historia de España; Capítulo 52. Érase un 20 de noviembre, un mártir gracias a Franco y una frase

 

 

 

 

 

 

 “Ni en la derecha ni en la izquierda está el remedio. La victoria de cualquiera de las dos implica la derrota y la humillación de la otra. No puede haber vida nacional en una patria escindido en dos mitades inconciliables: la de los vencidos, rencorosos en su derrota, y la de los vencedores, embriagados con su triunfo” – José Antonio (Madrid, noviembre de 1934)
jose antonio primo de rivera
El 18 de noviembre, la Embajada alemana comunicó que había llegado el enlace que realizaría la liberación de José Antonio y Miguel. Como condiciones pedía tres millones de pesetas, la ayuda de colaboradores y encontrar el momento adecuado. Al día siguiente se recibió un telegrama en el que se le informaba de una serie de los escasos deseos de Franco relacionados con el plan de rescate de José Antonio. De acuerdo a éstos, debería intentarse rescatar al mismo sin dar dinero, no comprometerse, no dar adelantos del rescate, entregar el dinero sólo a cambio de la persona, no realizar ningún pago en tierra, regatear el precio… Saquen ustedes conclusiones

Preso en Madrid desde marzo de 1936, Primo de Rivera había sido trasladado a la prisión de Alicante unas semanas antes del 18 de Julio. Desde allí aprobó la participación falangista en el golpe militar. Estallada la guerra, expresó dudas acerca de un gobierno de generales de “honrada intención, pero desoladora mediocridad política”, proyectó un gabinete de concordia nacional e, incluso, se ofreció a las autoridades republicanas para mediar con los alzados. No obstante, sería condenado a muerte por un tribunal popular. Se le fusilaría al alba del 20 de noviembre de 1936.

Para muchos jóvenes actuales, para quienes siguen incurriendo en ese desaguisado histórico que supone vincular al líder del falangismo fundacional con la dictadura franquista, que ni vivió ni propició. Desde esa impresión, merece la pena reproducirlos.

La maleta con los documentos que José Antonio dejó en la cárcel de Alicante, donde fue asesinado –y no me refiero precisamente por la FAI, que cada uno saque su conclusión- quedó en manos de un importante dirigente socialista, Indalecio Prieto. En carta remitida al Ministro Británico de Asuntos Exteriores, Mr. Eden, Prieto recordaba su relación personal y política con José Antonio, quien en numerosas ocasiones le propuso hacer del PSOE, -por entonces internacionalista y mayoritariamente defensor del bolchevismo soviético- una formación política de carácter nacional, que asumiera la tradición y valores españoles sin renunciar a sus propuestas revolucionarias y de justicia social: “He dado referencia detallada de mis múltiples entrevistas con el fogoso joven víctima inenarrable y cuyo sacrificio yo condené y condeno- José Antonio Primo de Rivera. “¡Cómo quería fundar el Partido Social Español! -revela Prieto- ¡Cómo me alentaba para que yo recogiese lo más sano de lo que en España se llamó Partido Socialista, y marcháramos juntos! ¡Cómo me hizo dudar y vi que estábamos rebasados! todo era imposible. Pero no era la guerra que preveíamos la que ocurrió, sino esa civil no militar.

Este ex ministro de la República narra, además, en la misma carta, el episodio en el que los falangistas le salvan la vida cuando algunos socialistas querían acabar con un compañero de partido al que consideraban demasiado moderado: “Cuantos me reprochaban las defensas de ese joven impetuoso y bien intencionado, conocen mi respuesta. Es que también le debía la vida, porque él y su gente me custodiaron hasta mi domicilio, una noche en que algunos, que se decían correligionarios míos, habían acordado abolirme. Ya conoce V.E., por escrito, el episodio. Son páginas personales que dicen muchas cosas.

Prieto recordó, en carta a Agustín Mora desde México en 1942, el episodio de la defensa que hizo en el Congreso de los Diputados del voto contrario al suplicatorio para procesar a José Antonio. Explica que en aquella fecha aún “sólo había cruzado la palabra con José Antonio Primo de Rivera en una ocasión. Fue en el Congreso, cuando me levanté a impugnar el suplicatorio para procesarle. Concluía yo de defender a mi correligionario el diputado Lozano contra idéntica acusación de tenencia de armas. Me pareció que el rasero debía ser el mismo para amigos y adversarios, y defendí con igual vehemencia al fundador de Falange. Éste, terminada la votación, que le fue favorable, atravesó los bancos de los diputados de la CEDA [Confederación Española de Derechas Autónomas, de Gil Robles], dirigiendo duras frases a quienes de éstos votaron en contra, y llegando a mi escaño me tendió la mano y me dio las gracias muy conmovido.

La cercanía entre Prieto y José Antonio la corrobora, entre otros muchos testimonios, un texto del periodista asturiano y dirigente de la UGT Amaro del Rosal: “Años más tarde de finalizar la guerra, en Mexico (Indalecio Prieto) confesó que después de su famoso discurso de Cuenca, José Antonio Primo de Rivera le mostraba una viva simpatía cada vez que tropezaban en el Parlamento; que había llegado a felicitarle por ese discurso diciéndole que lo suscribía. Ni que decir tiene que el discurso mereció la más dura crítica del caballerismo [se refiere al ala más marxista, al sector de Largo Caballero en el PSOE]. Prieto guardaba como una reliquia el testamento y papeles íntimos que José Antonio poseía en la celda de la prisión de Alicante.

Quien fuera diputado socialista por Gijón en la II República, Teodomiro Menéndez, recordaba que “José Antonio y yo nos sentábamos juntos en la Cámara y pronto nos hicimos amigos… Recuerdo que siempre me decía: Teodomiro, si no fuera por sus ideas religiosas, qué cerca estaríamos usted y yo en política. En el fondo, todos queremos lo mismo. Y tenía razón.

Condiciones para el intercambio:30 presos en manos de los nacionales y el pago de 6 millones de pesetas.
Se sigue insistiendo y se juega la baza de un canje de José Antonio por un hijo de Largo Caballero, que está preso e incomunicado en Sevilla. Pero esta operación también fracasa.

Se intenta entonces una operación de comandos. Queipo del Llano, a pesar de haber tenido un encuentro físico con José Antonio a bofetadas y puñetazos, entrega una importante cantidad de dinero para financiar las operaciones de liberación de José Antonio. Pero nada de nada.
García de Tuñón recopila opiniones de contemporáneos e historiadores, sobre la mala opinión que Franco pudiera tener de José Antonio, pueden recopilarse en esta de Stanley G. Payne, publicada en la revista Tribuna el 15.12.1997, p. 90: “En la última etapa, cuando la situación era más difícil y la vida de José Antonio pendía de un hilo. Franco empezó a negar recursos, alegando presiones internacionales y problemas políticos. A Franco no le convenía políticamente salvar la vida de José Antonio”.

“La escena la relata Miguel, José Antonio no puede evitar que su emoción se le resuelva en lágrimas al notar la congoja de sus hermanos. Cuando se repone, él es quien consuela. Pide que le consientan morir con la entereza que le cumple, atendiendo su magisterio moral sobre tantos compañeros que han muerto y están muriendo en el combate. Cuando le llega su hora, su templanza es perfecta. Conversa con los hombres del piquete que ha recibido el encargo de ejecutar la sentencia:

– ¿Verdad que vosotros no queréis que yo muera? ¿Quién ha podido deciros que yo soy vuestro adversario? Quien os lo haya dicho no tiene razón para afirmarlo. Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero preferentemente para los que no pueden congraciarse con la patria porque carecen de pan y de justicia. Cuando se va a morir no se miente, y yo os digo, antes de que me rompáis el pecho con las balas de vuestros fusiles, que no he sido nunca vuestro enemigo. ¿Por qué vais a querer que yo muera?

Los milicianos le escuchaban en silencio. Las palabras del reo se les meten dentro y se miran unos a otros, tratando de resolver una incertidumbre. ¿Se habían equivocado los jueces¿ ¿Y si se han equivocado, pueden ellos reparar un error negándose a cumplir lo que les está ordenado? El silencio persiste. Primo de Rivera, con la acuidad de la muerte, lee en la conciencia de los milicianos e insiste, calentando sus palabras, en una acción catequista que es toda su esperanza de seguir viviendo. ¿Quién sabe, piensa, cómo lo ha dispuesto el Señor? Ya su vida está contada por minutos, pero con un solo segundo es suficiente para salvarla. ¿Cuántas resoluciones, humanas o crueles, caben en tan pequeña medida de tiempo? En principio fue el verbo… Busca en las palabras entrañables aquella que pueda ir derecha, certera, como una saeta, al corazón de sus verdugos, atribulados por la idea de poner remate a una existencia que, ahora que se han en contacto con ella, la encuentran noble y digna. Parece como si la esperanza se robusteciese. El reo cree en ella. Se imagina más sólida de lo que de verdad es. Pregunta:

– ¿Verdad que vosotros no queréis que yo muera?

Es lo definitivo. Trata de romper el mutismo de los milicianos. Quiere saber a qué atenerse, porque el tiempo se agota. El plazo de minutos que tiene su vida se está terminando. ¿Qué dicen? ¿Qué contestan? En el silencio de todos parece oírse el trabajo de cada conciencia. ¿Con qué metro medir esa partícula angustiosa de tiempo? Es el que va de una pregunta a una respuesta, en la que se ha intercalado una breve pausa. Uno de los milicianos responde:

– ¡Déjanos en paz! Necesitamos cumplir lo que nos está ordenado. No sabemos si eres bueno o malo. Sólo sabemos que tenemos que obedecer.

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