Historias de la Historia de España. Capítulo 43. Érase un Protectorado, unas Cabilas del Rif, el general Silvestre y unos buitres que comían de comandante para arriba.

Annual desastreAnnual, Marruecos, julio de 1921. Probablemente, la mayor catástrofe de la historia del Ejército español. Más de diez mil españoles quedaron muertos y despanzurrados en los campos del Rif tras ser el Ejército del General Silvestre desarbolado por las harcas indígenas lideradas por el caudillo Abd El-Krim. Soldados y oficiales españoles se desbandaron, matándose entre sí en muchos casos para hacerse con un transporte con el que huir a Melilla. La mayoría cayeron en el intento. Los que quedaron heridos en el campo fueron hechos prisioneros o torturados hasta la muerte por las tribus rifeñas.
 El desastre del 98 puso fin al imperialismo español en el momento en el que el moderno imperialismo de las potencias capitalistas industriales estaba en su apogeo. Tras el reparto de la mayor parte de África, el territorio de lo que hoy es Marruecos era una de las pocas regiones por repartir en el continente. Este hecho provocó importantes tensiones internacionales que están en el origen del camino que llevó a la primera guerra mundial.
 Las potencias se reunieron en la Conferencia de Algeciras en 1906 y allí se acordó el reparto de Marruecos entre Francia, que se quedó la mayor parte del territorio, y a España le dejaron la montañosa, desértica y abrupta  franja norte del país.
 La crisis política que provocó esta derrota fue una de las más importantes de las muchas que socavaron los cimientos de la monarquía liberal de Alfonso XIII. Así, los problemas generados por Annual fueron causa directa del golpe de Estado y la Dictadura de Miguel Primo de Rivera. Un país arruinado, presionado por la izquierda, se enfrentaba a un problema que podía rebasar sus capacidades, sin ni siquiera tener un criterio unánime de cómo abordarlo.
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En 1912, Francia y España pactaron un nuevo reparto de Marruecos para mejor hacer frente a la resistencia de las cábilas rifeñas. Al acabar la I Guerra Mundial, se reiniciaron  las operaciones contra los rebeldes dirigidos por Abd-el-Krim.
 Al fin, se decidió la ocupación completa del territorio asignado a España en Marruecos, pues se terminó por considerar que era la única forma de lograr la paz y realizar la protección. Su ejecución se inició con preponderancia de las políticas de atracción y aculturación sobre la ocupación militar.
 Este intento de penetración pacífica y cautelosa fue el gran error, el causante, junto con la escasez de medios, del fracaso. Era una zona inhóspita, que “ni siquiera en tiempos de Roma o de gran expansión islámica, había sentido el peso de una administración” (Alonso Baquer), dividida en múltiples cabilas, constituidas por un pueblo fanatizado por su religión y todavía medio nómada.
 Además, faltaba la estabilidad gubernamental imprescindible que pudiera abordar un programa de adquisiciones de medios adecuados para el territorio. Sin embargo, se pudo hacer, pues estaba disponible una buena oferta para comprar “stocks” de los aliados sobrantes de la Gran Guerra. Por tanto, los sucesivos gobiernos fueron incapaces de atender las peticiones del Ejército, que no eran exageradas. El general Jordana, poco antes de morir en su despacho el 10 de noviembre de 1918, informaba al ministro de la Guerra de la situación y sólo pedía los medios: “actuales o muy pocos más, pues en lo que a fuerzas se refiere, me bastaría con las asignadas en las plantillas de rigor, pero a condición de que se cubrieran constantemente las bajas de hombres y ganados”. A pesar de sus reclamaciones, en aquellas fechas faltaban más de 5.000 hombres y 1.600 cabezas de ganado. En l921 las necesidades eran mayores y la penuria más acusada.
 En el mismo sentido, el general Berenguer informaba al ministro por carta del 4 de febrero: “esta es la triste realidad, la que todo el mundo palpa, la que no puede pasar inadvertida a quien vea de cerca este Ejército. Es el resultado de varios años de no atenderlo en sus necesidades; no es el resultado de la imprevisión, lo es de la falta de recursos”. A continuación, escribía: “Sin embargo, hemos actuado como si todo estuviera en condiciones, hemos cerrado los ojos ante las realidades para llevar la misión que se nos ha encomendado”. Son palabras que parecen escritas después del desastre y todavía faltaban seis meses para producirse.
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El 12 de febrero de 1920 el general Manuel Fernández Silvestre tomó posesión del cargo de Comandante General de Melilla. Con la idea de llegar hasta la bahía de Alhucemas, centro de operaciones de la tribus rifeñas más belicosas, en enero de 1921 empezó el avance para acabar con la escasa resistencia existente. La empresa era arriesgada, ya que los soldados españoles, en su mayoría procedentes de reclutas forzosas, estaban muy poco entrenados, mal pagados y alimentados, pésimamente armados (con fusiles y artillería pesados y anticuados) y peor calzados (abarcas y alpargatas), se desmoralizaban enseguida y tenían verdadero pavor a los rifeños. Había asimismo serios problemas de corrupción tanto a nivel de intendencia y oficialidad como entre la tropa, que vendía sus propios fusiles y municiones a los rifeños.
 Sin embargo, entre mayo de 1920 y junio de 1921 Silvestre protagonizó un espectacular progreso, rápido e incruento: avanzó 130 kilómetros sobre el Rif en un total de 24 operaciones, estableciendo 46 nuevas posiciones sin apenas sufrir bajas; ocupó Tafersit, adelantó el frente hasta el río Amekrán y obtuvo la sumisión de las cabilas de Beni Ulixek, Beni Said y Temsaman, llegando a acuerdos con sus cabecillas, ofreciéndoles dinero a cambio de su amistad. Todos en España creían que por fin se alcanzaría la bahía de Alhucemas y finalizaría la sangría de Marruecos.
La semilla de la tragedia se había sembrado durante la primera mitad del año. El comandante general de Melilla, Manuel Fernández Silvestre, un militar audaz y afectuoso con la tropa, avanza por el territorio rifeño. Pretende llegar a Alhucemas y dominar la zona española del protectorado marroquí siguiendo una política de mano dura con las tribus locales. Pero algo no va bien. Se cubre de manera muy endeble un frente muy extenso y complejo. Silvestre, testarudo y temerario, decide, pese a las advertencias, continuar el avance. A espaldas de su superior, el general Dámaso Berenguer, alto comisario de España en Marruecos, prosigue el insensato despliegue de unos efectivos mal equipados, dispuestos y dirigidos.
 Pero tal ilusión pronto se derrumbó de manera cruenta. Silvestre había cometido el error de no desarmar a las tribus rifeñas cuya lealtad había comprado y precisamente por esto, extendió mucho más de lo prudente sus líneas de abastecimiento. Las fuerzas de la comandancia de Melilla se distribuyeron entre nada menos que 144 puestos y pequeños fuertes o blocaos, a lo largo de 130 kilómetros de zona ocupada, con una parte de ellos dedicados, además, a tareas puramente burocráticas.
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Los blocaos se situaban siempre aprovechando los lugares altos, pero a pesar de que desde estas posiciones se podían dominar amplias zonas, normalmente no había agua, lo que obligaba a ir a por ella con reatas de mulas periódicamente, a veces a diario (conocidas entre los soldados como “aguadas”). La distancia entre estos emplazamientos era variable, de 20 a 40 kilómetros, según el terreno, y con fuerzas tan repartidas no era posible hacer frente de manera eficiente a un ataque del enemigo. Las condiciones de los soldados, ya de por sí malas, eran pésimas en los blocaos. Los suministros escaseaban, durante el día hacía mucho calor y por la noche mucho frío. Las ratas y los piojos eran habituales en fortificaciones y campamentos.
 Así las cosas, en mayo de 1921, el grueso del ejército español estaba en el campamento base instalado en la localidad de Annual. Desde allí Silvestre esperaba realizar el avance final sobre Alhucemas. Entre Melilla y este campamento había tres plazas fuertes separadas unos 31 km entre sí, y en torno a él un anillo formado por otros pequeños fortines, cada uno con una guarnición que variaba entre 100 y 200 soldados. En la costa se habían ocupado las dos posiciones de Sidi Dris, cercana a la desembocadura del río Amekrán, y Afrau, algo más a retaguardia.
Hasta este punto apenas se había disparado un solo tiro, aunque se guardaban las distancias con las tribus hostiles, y en las pequeñas escaramuzas que se producían apenas sí hubo algunas bajas.
 En Alpargatas
La situación de aquellos soldados era penosa, así como de los campamentos y “blocaos”. Carecían de un vestuario adecuado y demasiados iban prácticamente descalzos. Los vehículos de tracción automóvil de la Comandancia de Melilla eran escasos; sólo 24 camiones, de los que seis estaban inservibles; algún aljibe conseguía llevar agua casi a diario al Zoco el Telatza después de un recorrido de más de 35 Km. sobre caminos pésimos; al comienzo del desastre, el 21 de julio, únicamente funcionaba una de las tres ambulancias.
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Calzados con unas rudimentarias abarcas, inadecuadas para moverse por aquel accidentado terreno, equipados con unos fusiles obsoletos y defectuosos, y mandados por unos oficiales más pendientes de encadenar permisos que de la guerra que estaban librando, los soldados españoles combaten la sed y la tensión en blocaos situados a pleno sol acechados por los guerreros nativos que desde los cerros colindantes contemplan la absurda operación hispana esperando su momento.
 Ya en el mes de junio llega un primer aviso. Siguiendo órdenes de Silvestre, el comandante Villar avanza con cerca de 1.500 hombres hasta el mogote de Abarrán e instala allí un parapeto que quedará con una dotación de 26 artilleros y unos 250 soldados, 200 de ellos indígenas. En cuanto la columna de Villar, se retira del inhóspito paraje, las huestes de Abd El-Krim comienzan a tirotear la posición. Los españoles se afanan en contener a sus supuestos aliados indígenas, que se han pasado al enemigo, y en defenderse a cañonazos del ataque. La munición dura cuatro horas. Después los defensores son avasallados y pasados a cuchillo.
 Con respecto al armamento, la situación era peor; carecían de carros de combate, sistema de arma que los franceses ya utilizaban en su zona, y apenas tenían granadas de mano y de fusil. Tampoco disponían de morteros, un arma que hubiera sido muy efectiva. Las ametralladoras se atascaban y los fusiles estaban descalibrados en un 75%, pues la mayoría procedían de Cuba y Filipinas. Sin embargo, la harca de Abd el Krim estrenaba los “Lebel” franceses.
La aviación disponía de seis aparatos, que proporcionaban muy limitados servicios; además, fueron destruidos por los rifeños en el asedio del aeródromo de Zeluán. Después, los exiguos aviones llegados a Melilla dieron también escaso resultado.
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El ferrocarril no llegaba a Dar Drius, cosa que se hubiera hecho económica y fácilmente; tampoco se había realizado la carretera desde la citada posición a la de Annual ni estaba organizado el nuevo Grupo de Regulares de Alhucemas, peticiones urgentes del general Silvestre.
Es el anticipo de la masacre inminente. El siete de junio, las fuerzas del comandante Julio Benítez toman la posición de Igueriben. Por esas fechas, según relata el historiador Juan Pando Despierto, Berenguer informa al Gobierno de que «nada ofrece el Rif que pueda ocasionar la menor alarma ni inquietud». Los hechos demuestran pronto lo equivocado que está  el 17 de julio Abd el-Krim, antiguo funcionario de la Administración española en la Oficina de Asuntos Indígenas en Melilla, al mando de la cabila de los Beniurriagel (Ait Waryagar), y con el apoyo de las tribus cabileñas presuntamente aliadas de España, lanzó un ataque sobre todas las líneas españolas.. A partir de ese momento, Benítez y los suyos quedan cercados. Sufrirán cuatro días de asedio, sin agua, y con el parapeto rodeado de cadáveres. «Los oficiales de Igueriben mueren, pero no se rinden», escribirá Benítez a unos jefes que no logran hacerle llegar auxilio. Los españoles habían sido incapaces de auxiliar la posición de Igueriben, fracaso que hizo cundir la desmoralización entre las tropas de Annual.  Silvestre asiste desesperado a la sangría que supone cada intento de romper el cerco.
La caída de Annual
Tras estos sucesos se concentró alrededor del campamento gran cantidad de fuerzas rifeñas, mientras que la moral del ejército español caía por los suelos. Al comenzar el asedio de Igueriben había unos 3.100 hombres presentes en Annual. Al cabo de dos días se incorporaron 1.000 más, y dos días después llegaron otros 900 de refuerzo. Así pues, el 22 de julio Annual acogía a unos 5.000 hombres (3.000 españoles y 2.000 indígenas), con una fuerza de combate de 3 batallones y 18 compañías de infantería, 3 escuadrones de caballería y 5 baterías de artillería. Sobre ellos iban a lanzarse unos 18.000 rifeños6 bajo el mando de Abd el-Krim, armados con fusiles y espingardas.
 El campamento de Annual disponía de víveres para cuatro días y municiones para un día de combate, pero carecía de reservas de agua. El general Silvestre, consciente de la imposibilidad de defender la posición, acordó con sus oficiales la evacuación del campamento. Sin embargo, a las 3:45 del día 22 llegó un mensaje de radio del Alto Comisario Berenguer, prometiendo la llegada de refuerzos desde Tetuán. Una hora más tarde el general Silvestre comunicó de nuevo a Berenguer y al Ministro de la Guerra, Luis Marichalar y Monreal, su desesperada situación y su decisión de tomar urgentes determinaciones.
Al rayar el alba tuvo lugar una segunda reunión de oficiales, en la que Silvestre dudó entre la evacuación inmediata y la espera de la llegada de refuerzos. Las dudas se despejaron cuando se tuvieron noticias del avance de tres columnas rifeñas de unos 2.000 hombres cada una. Ante esta información, el general ordenó evacuar, anunciando su intención de replegarse a los fuertes de Ben Tieb y Dar-Drius, posición esta última, que reunía las características para albergar gran cantidad de tropa y con el abastecimiento de agua muy fácil.
La retirada comenzó a las 11:00 horas: había dos convoyes, uno para retirar los mulos con la impedimenta, y otro para el grueso de la tropa, los heridos y el armamento pesado. Pero para entonces las alturas del norte, que dominaban los caminos de huida ya habían sido tomadas por los rifeños. La gran mayoría de los policías indígenas que las defendían se pasaron al enemigo, matando a sus oficiales españoles.
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De modo que cuando las tropas españolas abandonaron el campamento, comenzaron a recibir disparos. En ese momento comenzó el caos: los dos convoyes de evacuación se mezclaron sin ningún tipo de orden de hombres, mulos y material. En medio de la confusión, los oficiales perdieron el control de la situación.
En una retirada caótica y hostigada por un intenso fuego enemigo, oficiales y soldados huyen, algunos incluso se acuchillan entre sí por hacerse con un puesto en alguno de los camiones que a toda velocidad corren a Melilla. Los españoles se agolpan despavoridos por un terreno sobre el que no dejan de llover balas. Huyen y chillan, pero salvo ejemplares excepciones, no se defienden.
 Algunos oficiales y unidades mantuvieron la calma y lograron ponerse a salvo con un número de bajas relativamente pequeño; pero, en su inmensa mayoría, los soldados salieron a la carrera y en completo desorden. El desastre pudo haber sido mayor si los Regulares al mando del comandante Llamas no hubiesen resistido en las alturas del sur. Ello dio tiempo a los huidos para pasar por el angosto paso de Izumar, evitando así una muerte segura a manos de los rifeños. Los Regulares se replegaron por escalones, retrocediendo monte a través en paralelo a la carretera, sin mezclarse con la riada de soldados en fuga.
 Silvestre, que aún estaba en el campamento cuando comenzó el desastre, murió en circunstancias no esclarecidas, y sus restos nunca fueron encontrados. Mientras una versión dice que, al ver el desastre, fue a su tienda de campaña y se voló la cabeza, otra versión dice que fue abatido a tiros por los rifeños junto con el coronel Manella y varios oficiales que trataban de defenderse. Una última versión cuenta que sus impropias últimas palabras, dirigidas a sus hombres en estampida, fueron: ¡Huid, huid, que viene el coco…)
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En las cuatro horas aproximadas que duró el desastre murió un total aproximado de 2.500 españoles, a los que hay que sumar los ocupantes, 1.500 en total, de las posiciones de Talilit, Dar Buymeyan, Intermedias B y C, Izumar, Yebel Uddia, Mehayast, Axdir Asus, Tuguntz, Yemaa de Nador, Halaun y Morabo de Sidi Mohamed, todos muertos. Quedaron 492 prisioneros españoles de los que sobrevivieron 326. Algunos de ellos fueron liberados al comienzo de la misión de rescate llevada a cabo, entre otros, por los miembros de la Delegación de Asuntos Indígenas Gustavo de Sostoa y Luis de la Corte Lujan; los demás cautivos fueron liberados finalmente el 27 de enero de 1923, tras las negociaciones llevadas a cabo con Abd el-Krim por parte de Horacio Echevarrieta, a cambio de 80.000 duros de plata.
 Las pocas fuerzas que pudieron salir vivas, bajo el mando del general Navarro, segundo jefe de la Comandancia de Melilla, retrocedieron hasta Dar Drius, posición bien fortificada y con agua disponible. Sin voluntad de resistencia, creyendo que todo estaba perdido, se replegaron hacia Barbel y Tistuin. En la marcha, al llegar al río Igan, se produjo una nueva huida de oficiales, seguida de la estampida de sus tropas. En medio de aquella desbandada, el Regimiento de “Cazadores de Alcántara”, 14 de Caballería, mandado por el teniente coronel Fernando Primo de Rivera y Orbaneja, hermano del futuro dictador, trató de proteger la retirada enfrentándose a las oleadas de indígenas primero con sus ametralladoras y después con sucesivas cargas de caballería. Su sacrificio fue enorme, pues de los 691 jinetes que lo componían, 471 murieron, lo que supuso un 80 por ciento de bajas. Pero gracias a su acción muchos soldados que huían tuvieron tiempo de ponerse a salvo. El teniente coronel Primo de Rivera recibió a título individual la Cruz Laureada de San Fernando, la máxima condecoración militar española, y en 2012 el Consejo de Ministros concedió la Laureada Colectiva al Regimiento, siendo entregada por Juan Carlos I de España el 1 de octubre de 2012.
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Finalmente, tras seis días de agotadora marcha, alcanzaron el campamento de Monte Arruit, una posición más difícil de defender pero más fácil de socorrer que Dar-Drius. Aquí, los 3.017 hombres de Navarro intentarían recomponerse, pero pronto Monte Arruit fue también cercado, y cortados sus suministros. El 2 de agosto cayó Nador, siendo su guarnición la única que, tras rendirse, fue respetada por los rifeños. Con la caída de esta plaza quedó sentenciado el destino tanto de Monte Arruit como de Zeluán, asediada desde el 24 de julio. Ésta se rindió el 3 de agosto, siendo los supervivientes asesinados, y los oficiales, el capitán Carrasco y el teniente Fernández, quemados vivos.
 Navarro desistió de intentar una huida desesperada hacia Melilla, negándose a abandonar a sus heridos. Al agotamiento físico había que sumar la desmoralización de la tropa, en algunos momentos al borde de la insurrección, y la carencia de agua (sólo tenían los bloques de hielo que dos aviones dejaban caer sobre la posición). El 31 de julio una granada destrozó el brazo de Primo de Rivera, que fue operado sin anestesia, y murió el 5 de agosto por causa de la gangrena. Vistas las condiciones, el general Berenguer, Alto Comisario de España en el protectorado, autorizó la rendición formal el 9 de agosto, a pesar de que ese día llegó de la Península un refuerzo de 25.000 soldados. Se pactó con los rifeños la entrega de las armas a cambio de respetar la vida de los soldados. Una vez aceptadas las condiciones por los hombres de Abd el-Krim, los españoles salieron de la posición y amontonaron sus armas. Los heridos y enfermos comenzaron a alinearse en la puerta del fuerte, preparándose para la evacuación. Pero cuando se dio la orden de partir, los rifeños atacaron a los indefensos españoles, degollando a casi todos. Sobrevivieron 60 hombres de los 3.000 que se refugiaron allí, y salvó la vida el general Navarro de casualidad. Los cadáveres fueron recogidos y enterrados en los cementerios de Monte Arruit, Zeluán y Melilla por los Hermanos de La Salle, quienes, además, instalaron en su colegio (situado en el Cerro de Santiago) un hospital que permitió a Cruz Roja curar y atender a los soldados heridos.
 En Dar Quebdana, el comandante pactó la rendición, pero en cuanto ésta tuvo lugar él y sus hombres fueron descuartizados.
 Tan terrible derrota se saldó, según el expediente Picasso, con 13.363 muertos (10.973 españoles y 2.390 indígenas), por sólo 1.000 rifeños. No obstante, las cifras seguramente fueron inferiores, ya que los registros eran a menudo hinchados para cobrar más soldadas y recibir más suministros. El comandante Caballero Poveda16 calculó el total de bajas españolas en 7.875 hombres. Indalecio Prieto calculó en 8.668 los españoles muertos o desaparecidos en octubre de 1921. Por último, Juan Tomás Palma Romero estimó en 8.180 los muertos o desaparecidos. En todo caso, había tantos cadáveres que se decía que, del segundo día en adelante los buitres sólo comían de comandante para arriba. A las pérdidas humanas se añadieron las de material militar (20.000 fusiles, 400 ametralladoras, 129 cañones, aparte de municiones y pertrechos) y la destrucción de las infraestructuras (líneas férreas y telegráficas, hospitales, escuelas, cultivos, etc.) construidas con el dinero y el esfuerzo español a lo largo de 12 años.
 Consecuencias
 El desastre de Annual provocó una terrible crisis política. El gobierno de Allendesalazar se vio obligado a dimitir, y en agosto de 1921, el rey Alfonso XIII encarga a Antonio Maura formar un gobierno de concentración nacional del que formaron parte todos los grupos políticos. Este gobierno estuvo dividido entre quienes deseaban una intervención más decidida en Marruecos y los partidarios del abandono. Llegó a decir Indalecio Prieto en las Cortes:
Estamos en el periodo más agudo de la decadencia española. La campaña de África es el fracaso total, absoluto, sin atenuantes, del ejército español.
 Con respecto al Rif, Abd el-Krim extendió su dominio por todo el protectorado español, creando la República del Rif, que llegó en 1924 a la cumbre de su poder. Sin embargo, su éxito y sus ataques al Marruecos francés determinaron el giro de la política de Primo de Rivera, hasta entonces pasiva y de contención, frente al problema del Rif. España se entendió con Francia para hacer frente común a los rifeños y pasó a la ofensiva. Con el éxito rotundo del Desembarco de Alhucemas, en 1925, Primo de Rivera obtuvo una posición fuerte que le permitió pacificar la zona en menos de un año y restituir la autoridad española en el Protectorado.

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 Curiosidades
En 1904, tras estancias en diversos regimientos peninsulares, Silvestre fue destinado a Melilla para mandar el Escuadrón de Cazadores de Alcántara. Estudió árabe en la Escuela Oficial de Árabe de Melilla, en la obtuvo la nota más alta de los 14 alumnos, consiguiendo el título de intérprete. Paradójicamente, el profesor que le calificó de sobresaliente fue el propio caudillo rifeño Abd el-Krim, que en aquella época aún residía en Melilla y trabajaba para el Gobierno español.
 El 8 de mayo de 1896 tomó parte en el combate de Arango contra los mambises, en el que cargó varias veces al frente de su escuadrón causándole al enemigo veintiocho muertos al arma blanca. Silvestre recibió cinco heridas de bala y su caballo resultó muerto. Los mambises le ataron a las ramas de un árbol, le acuchillaron once veces y le dejaron por muerto. Rescatado en estado muy grave, casi desangrado, fue trasladado al Hospital de Morón, donde logró recuperarse.
 Su extraordinario valor y temperamento quedó de manifiesto en la acción de Pinar del Río los días 13 y 14 de diciembre de 1896 donde, después de matarle tres caballos, consiguió un cuarto y volvió al combate. El 10 de julio de 1897 fue ingresado en el hospital de Placeta aquejado de paludismo. El 30 de septiembre de aquel año, con 26 de edad, fue ascendido a Capitán como recompensa por sus méritos en campaña.
 La «mili» en África era acudir a una guerra colonial en una tierra árida y hostil
 Poco antes de la matanza, el Gobierno era informado de de que todo estaba en orden en el Rif
 Cuando la Legión llegó a Melilla estuvo todo el día desfilando para calmar a la población
 La Bandera de Mochila
Esta bandera de reducidas dimensiones (60×80 cm) se empezó a dar al soldado allá por el año 1860. fue de dotación , al principio, para el Ejército expedicionario a África , el que realmente dio a esta prenda un toque de romanticismo que recoge el cancionero militar.
Años después, la Real Orden del 12 de diciembre de 1904, declara:”Reglamentario para todos los Cuerpos del Ejército, el pañuelo cubrepercha, denominado de bandera española.”
Fue creada para que el soldado pudiera cubrir y proteger del polvo- no se conocían las taquillas- sus pertenencias en la percha o repisa de su dormitorio, sobre todo si estaba en un campamento.
Precisamente por esta utilidad, la bandera tiene sus colores en sentido vertical, así como su escudo, que ribeteado en negro o rojo, podía ser el contraacuartelado, una leyenda, el mote o sobrenombre de la Unidad, o lo más generalizado, el escudo del Regimiento. En el Museo del Ejército se conserva la del General Primo de Rivera.
En campaña se llevaba en la mochila, de ahí su otro nombre más corriente, y servía para, atada por fuera, señalar en avanzadilla a los que venían más a retaguardia que eran propios y destacados para señalizar su posición. También se empleaba como mortaja, si se producía baja en acción, se arropaba el cadáver y se cubría su rostro antes de rellenar con tierra la tumba. Recordemos la estrofa de la canción Banderita: “Quiero que me entierren con la bandera de España “. El soldado bien sabía que no había una bandera de España para cada cadáver, que a veces eran muchos, se estaba refiriendo a su bandera de mochila, ¿ qué otra podía ser?.
Por su propia condición era fungible, por ello muy barata, de pobre calidad textil, carecía de vaina, aunque a veces iba con unos cordoncillos en sus extremos para ser atada. Roja al principio, el color militar español, luego se generalizó con los colores nacionales. Carecía de flecos, sólo estaba coloreada por una cara, traspasando a la otra la impresión.
Licenciado, el soldado se la quedaba como recuerdo y testigo de su vida militar cumplida. Nunca como entonces hubo tantos hogares españoles con los colores nacionales para mostrar a los hijos el amor a España, ese amor que hay que enseñar y acrecentar desde el vientre de la madre.
La bandera de mochila o de percha, también cubre-percha , se dejó de usar por nuestro Ejército sobre el año 1927.
20196246
PUBLICADO EN LA REVISTA EJÉRCITO.

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HEMEROTECA ABC / 90 AÑOS DEL DESASTRE DE ANNUAL
90 años del Desastre de Annual
Juan Silvela Miláns del Bosch,
coronel de Caballería, e historiador
experto en el Regimiento Alcántara 
Leguineche Bollar, Manuel (1996). Annual 1921: el desastre de España en el Rif. Madrid: Ed. Alfaguara. ISBN 84-204-8235-8.
Palma Moreno, Juan T. (2001). Annual 1921 : 80 años del desastre. Madrid: Almena Ediciones. ISBN 84-930713-9-0.
Carrasco García, Antonio (1999). Annual 1921 Las imágenes del desastre. Madrid: Almena Ediciones. ISBN 84-96170-20-9.
Francisco, Luis Miguel (2005). Annual 1921, crónica de un desastre.
La Porte Fernández-Alfaro, Pablo (2003). El desastre de Annual y la crisis de la Restauración en España (1921-1923). Alcalá de henares, UCM. Disponible online en: [5] (22’28 Mb), [6] (13’53 Mb) y [7] (22’72 Mb).
Silva, Lorenzo (2001). Del Rif a Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos.
Sender, Ramón J. (1930). Imán. Editorial Destino. ISBN 84-233-3344-2.
Eduardo Pérez Ortiz (2010). 18 Meses de cautiverio. De Annual a Monte-Arruit. Crónica de un testigo.. Editorial Interfolio. Colección Leer y Viajar Clásico ISBN 978-84-936950-9-5.
Losada, Juan C. (2006). Batallas Decisivas de la Historia de España. Punto de Lectura. ISBN 84-663-6845-0.
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