Historias de la Historia de España. Capítulo 30. Érase un 20 de octubre, un maestre de campo con 70 años, un par de huevos, tres leguas y media de océano y la acción más señalada de la historia militar

Aquí os dejo un pedacito de historia española en Flandes.

mondragon

“El Condado de Vado Glorioso” nos viene del vínculo de La Barrera (de Medina del Campo). Se otorgó en memoria de la proeza de don Cristóbal de Mondragón tomando a nado a los setenta años la plaza de Middeburgo. Don Cristóbal de Mondragón fue Maestre de Campo (mandó muchos años una “coronelía”, se le llamaba el “Sansón de las Guerras de Flandes”, fue lugarteniente del Duque de Alba a quien sustituyó temporalmente en el mando, Gobernador del Castillo de Amberes, del Luxemburgo, etc., etc. Casó dos veces en Flandes, la primera con la señora del Señorío de Luce y de otros muchos señoríos; y la segunda con doña Clara van der Goes.
EL PASO DEL VADO.
Guillermo de Orange, que si como militar no pudo competir con muchos de los que lucharon con él y contra él, como político fue quizás el más astuto de su siglo, comprendió que la Zelanda era la base natural o baluarte inexpugnable de la rebelión que tan sagazmente acaudillaba, y puso desde luego la mano en la empresa de librarla definitivamente del dominio español, aprovechando las circunstancias de hallarse lejos el Duque de Alba con el grueso del ejército, ocupado en el sitio de Mons, de la cortedad e insuficiencia de nuestros medios marítimos y de la insurrección general de los paisanos zelandeses.
A este fin reunió una flota de más de cincuenta navíos, la mayoría de los mendigos del mar que llevaban tantos años haciendo la guerra pirática, y un ejército de 7.000 hombres, cual él solía reclutarlos, esto es, de protestantes franceses, ingleses y alemanes que, o tomaban esto de guerrear en los Países Bajos contra los papistas a modo de cruzada, o que movidos por más bajos impulsos, iban sencillamente a ganarse una soldada; en esta ocasión el grueso de la hueste de Orange se componía de hugonotes, fugitivos de la Saint-Bertholemy.
Juntos ejército y escuadra en Flessinga, se tomó el acuerdo de acometer á Goes, en la isla de Zuid-Baveland, poniéndola un sitio en regla; en Goes se sostenían, a fuerza de ímprobos trabajos y de valor heroico, una compañía española y algunos valones, mandados todos por el Capitán Isidro Pacheco.
La flota orangista fue a situarse cerrando la desembocadura del Escalda, o sea, sus dos bocas o brazos; y el ejército, auxiliado por multitud de paisanos, cercó á Goes, levantando trincheras y poniendo cañones en torno de la plaza.
Pacheco pidió con urgencia socorro á Dávila. Pero, ¿cómo ir a prestárselo? Se movió la escuadra con tanto esfuerzo equipada en Amberes; pero sólo para experimentar fracaso sobre fracaso. En aquellos estrechos canales empezó para el pabellón español, en su lucha con las gentes del Norte, una serie de derrotas navales, que no había de concluir sino por nuestro aniquilamiento en Trafalgar, para no citar desventuras más recientes.
Recurrióse á ingeniosas estrategias. Habiéndose observado que en uno de los canales guardaban el bloqueo cinco urcas grandes, que podían ser batidas a cañonazos desde uno de los diques de la ribera, organizóse una expedición nocturna contra este dique, con la esperanza de coger por sorpresa las urcas, é imposibilitándolas de oponerse al paso de una flotilla de socorro que se preparó al efecto. Pero hubo de frustrarse la operación por la lluvia torrencial que cayó aquella noche, y obrigó a la columna de ataque a volverse a la ciudad, no sin dejar un cañón enterrado en el lodo del camino.
Sancho Dávila y Mondragón estaban ya descorazonados, no viendo la manera de socorrer a Goes, cuando unos paisanos, según Mendoza, o el Capitán flamenco Plumart (1), según Bentivoglio, vinieron a decirles que entre la isla de Zuid-Baveland y el continente, antiguamente unidos, había un paraje que en las más bajas mareas podía servir de vado. Pero era vado de tal naturaleza, que sólo utilizaban, y eso con mucho peligro, los atrevidos pescadores de aquellas costas; porque tenía de anchura tres leguas y media, cruzabánlo tres corrientes impetuosas, y había que atravesarlo con la celeridad impuesta por flujo y reflujo, pues habiendo en la bajamar sitios en que llegaba el agua cerca del cuello de un hombre de regular estatura, a poco que subía la marea cubría enteramente a los mejores mozos.
Intentar que por este vado pasase un ejército, y de noche para burlar la vigilancia de los numerosos bajeles enemigos que andaban de ronda por aquellas encrucijadas de la tierra y del Océano, era ciertamente idea que tocaba en lo descabellado, y más que de hombres prácticos, propia de un autor de libros de caballerías o de cualquier otra clase de cuentos fantásticos. Pero Dávila y Mondragón, resueltos a socorrer a Goes, y con absoluta confianza en sí propios y en la gente que mandaban, no sólo la concibieron, sino que la pusieron inmediatamente por obra.
(1) Mendoza también hace intervenir a un capitán que llama Blommart, aunque con posterioridad al aviso de los paisanos, Cabrera de Córdoba dice capitán Blemmadt.
Aprestáronse para la empresa tres mil infantes, españoles, valones y alemanes, a los que se repartieron sendos saquitos de lienzo con pólvora y bizcocho. No se les dijo a donde eran conducidos, cosa por otra parte, que a tales soldados preocupaba muy poco, y en la noche del 20 de Octubre de 1572 –eternamente memorable en los fastos de las humanas proezas– halláronse formados en la playa, delante del brazo oriental del Escalda, junto a un molino llamado Ostendreche.
Era obscurísima la noche, y en la vasta negrura del mar sólo se veían vagas fosforescencias fantásticas, atronando los oídos el rugido estruendoso de las corrientes, y de las olas estrellándose contra los diques. Mondragón manda formar en columna de a cuatro, muy apretadas las filas y con la cabeza en que venían a morir las oleadas. Entonces saben los soldados lo que se pretende de ellos, sin rechistar, como si se tratase de una marcha ordinaria, se descalzan, cuelgan del cuello los saquitos de lona y se colocan todas las armas al hombro, esperando la señal de emprender aquella extraña jornada, sin otro precedente en la historia que el paso de los israelitas por el mar Rojo, y ni aun éste, porque en el mar Rojo abrió Dios previamente las aguas, y aquí las aguas estaban cerradas como de ordinario.
El Cardenal Bentivoglio, que tomó la relación de tan prodigioso suceso de labios de uno de los que cruzaron el vado, Juan de Rivas, hombre – dice el Cardenal – venerable, no menos por el aspecto que por los merecimientos, Gobernador de Cambray cuando Bentivoglio era Nuncio en Bruselas, y que recordaba este singular episodio como el culminante de su larga carrera militar, añade algunos detalles, v.gr., que Mondragón se descalzó antes de entrar en el agua, y que el Capitán Plumart iba a su lado guiándole.
Sancho Dávila quedó en el molino con una reserva relativamente numerosa, esperando el resultado de la temeraria empresa. Cinco horas duró la travesía. Los de corta estatura tuvieron que hacer a nado muchos trozos. En algunos parajes tocaba el agua a las barbas de casi todos. Al cruzar las corrientes tenían que cogerse unos a otros, formando masa compacta para resistir el empuje. Pero tales fueron el orden y la fortuna, nunca como entonces favorecedora de los audaces, que sólo se ahogaron nueve soldados. Amanecía cuando la cabeza de la columna tomaba tierra en el dique de Zuid-Baveland. (1)
Recompensó la Providencia valor tan extraordinario infundiendo el pánico en los enemigos. No habían llegado aún los tiempos en que los holandeses, aleccionados y dirigidos por Mauricio de Orange, se atrevían a reñir batallas cámpales con nuestros infantes; en este periodo de las guerras de Flandes batíanse muy bien los rebeldes, pero siempre al abrigo de los muros de sus ciudades y fortalezas, o por mar, en que desde luego adquirieron la indisputable superioridad que fue funesta para la causa española; en campo abierto, el prestigio del tercio estaba todavía inmaculado.
Impuso este prestigio a los sitiadores de Goes, y aún más la sorpresa de ver la isla que juzgaban ellos inaccesible a los nuestros, con tantos soldados que caían allí como llovidos del cielo. Es el caso que desde que se percataron del suceso, ya sólo pensaron en levantar el campo, sin disputar a los hombres que no se arredraban ante el Océano, las trincheras que habían levantado. Tan precipitada fue la fuga y dispersión de los orangistas hacia el sitio en que tenían sus buques, que Isidro Pacheco, creyéndolo estratagema, no quiso salir de Goes a picarles la retaguardia.
Desde el paraje por donde Mondragón entró en Zuid-Baveland hasta Goes había dos leguas, y de tierra muy llana como es toda Zelanda. Pronto advirtieron, por tanto, los sitiados la presencia del socorro, y por prisa que se dieron los enemigos en el reembarque, hubo tiempo de acometer a setecientos rezagados; pocos quedaron con vida; dos capitanes hugonotes murieron en la playa, y otro cayó prisionero.
Así se remató esta proeza, y ninguna otra de las guerras de Flandes ha dejado recuerdo semejante al suyo en la memoria de las gentes. Han transcurrido los siglos; desapareció por completo el Imperio español en el norte de Europa; otros imperios y otros guerreros triunfaron o sucumbieron en las bocas del Escalda; pero no hay ribereño de aquellos mares, ni zelandés, ni holandés, ni belga que no sepa que en 1572 un Maestre de Campo español, con 70 años y apellidado Mondragón, atravesó al frente de sus soldados, en obscura noche, tres leguas y media de Océano.
(1) El desembarco fue por la aldea de Yerseke. (Guillaume, Coment. á Mendoza.)
con el agua más arriba del pecho; y en aquella tierra de audaces marinos y de costeros habituados a la lucha perenne con el mar, la audacia de Mondragón encuentra siempre admiradores entusiastas. (1)
(1) “Fue – la de Mondragón – de las más señaladas acciones militares que se leen en todas las historias antiguas y modernas.” (Bentivoglio.)
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