Historias de la Historia de España. Capítulo 22. Érase una Reina, la de los Tres Mosqueteros y una frase muy española.

Ana de austria
Casada niña y por poderes con Luis XIII de Francia, tuvo como enemigo acérrimo al cardenal Richelieu en un París cuajado de intrigas. Pero con su carisma también supo ganarse el cariño de sus súbditos e imponer el chocolate bebido en las cortes europeas del siglo XVII.
Hija del rey español Felipe III, su matrimonio con el monarca francés Luis XIII le ocasionó múltiples enemigos, entre los que se encontraba el famoso cardenal Richelieu. Considerada por todos como reina ejemplar de Francia, su figura histórica inspiró al escritor Alejandro Dumas, quien la convirtió en el personaje central de su inmortal obra Los tres mosqueteros.
 La infanta Ana Mauricia nació el 22 de septiembre de 1601 en Valladolid, flamante capital del reino español a instancias del influyente duque de Lerma, valido de Felipe III y versado en las lides diplomáticas. La primogénita real fue educada como cualquier joven de su rango. Sin embargo, poco pudo disfrutar de su infancia, pues, en 1612, el duque de Mayenne solicitó su mano en representación del poderoso monarca francés Luis XIII, recién llegado al trono galo y de idéntica edad que la princesa.
Todos bendijeron esta unión, incluido el Papa Pablo V, quien vio en el enlace matrimonial una posibilidad tangible de alcanzar la paz entre las dos potencias católicas. La boda se celebró el 18 de octubre de 1615 en la catedral de Burgos, siendo por poderes y con el duque de Lerma como representante del rey. No obstante, la vida de doña Ana en la corte francesa no sería todo lo feliz que ella pretendía; poco importó la magnífica dote de 500.000 ducados de oro que su padre entregó, o las abundantes joyas que rodearon su existencia.
 Lo cierto es que su marido apenas le hizo caso en los 28 años que duró el matrimonio, a lo que se sumó la inquina que el cardenal Richelieu —auténtico gobernante de Francia— desarrolló hacia ella por considerarla una potencial enemiga de los intereses franceses.
A pesar de esto, la española mantuvo una intensa actividad social, llegando, dado su carisma, a imponer ciertas modas como beber el exquisito chocolate que llegaba de las posesiones americanas. Este alimento, hasta entonces desconocido, causó furor no sólo en Francia, sino en el resto de las cortes europeas que tomaban la bebida como signo de distinción. Aunque en París, a diferencia de Madrid, el chocolate se aclaraba con leche. De ahí surgió la famosa frase española: “Las cosas claras y el chocolate espeso”.
 Empero, su brillo social quedaba atenuado por los constantes rechazos amatorios de su esposo, el cual, a pesar de una incipiente fama de homosexual, se rodeó de varias amantes femeninas, las cuales le distraían del deber esencial de aportar un heredero a la corona. Y, en ese sentido, nada menos que 22 años tuvo que esperar la pareja para poder concebir su primer vástago. Dicen que ocurrió en una noche de truenos y rayos sobre París. Claro que, según la mayoría, el artífice de la noble concepción no fue otro sino el italiano cardenal Mazarino, sustituto de Richelieu y más afín a la personalidad de la reina, de la que se llegó a decir en determinados círculos que se había casado en secreto con el religioso.
 Pero también se le atribuyeron otros amantes, como el duque de Buckingham, un apuesto noble embajador del rey británico Carlos I quien, al parecer, quedó prendado por las excelencias de la soberana prometiéndoselas muy felices dada la desidia mostrada hacia su esposa por Luis XIII. Este asunto sentimental surtió de comentarios los mentideros parisinos y, con el tiempo, se convirtió en el argumento principal que Dumas esgrimió en su obra más famosa, Los tres mosqueteros.
 Con todo, la reina Ana supo sortear con abnegación e inteligencia las diferentes trabas que jalonaron su vida en aquella corte cuajada de intrigas, granjeándose el respeto y cariño de sus súbditos hasta tal punto que pasó a la Historia como modelo de reina francesa. Su hijo, el futuro Luis XIV, fue tutelado personalmente por ella, en especial tras el fallecimiento de su esposo, en 1643.
Desde ese momento y, gracias al asesoramiento de Mazarino, se pudo plantear una digna regencia que llegó, no sin problemas y revueltas como las de la Fronda, hasta la mayoría de edad del que sería denominado el rey Sol, episodio acontecido en 1661, año en el que la reina inició un retiro voluntario de toda actividad política en el convento de Val-de-Grace, lugar desde el que soportó el avance imparable y doloroso de un cáncer de pecho, enfermedad que acabó con su vida el ?0 de enero de 1666.
 Sus restos mortales recibieron sepultura en la cripta de la catedral de Saint Denis de París, siendo expoliados años más tarde por los revolucionarios franceses que, sin ningún miramiento ni respeto, los esparcieron en un vertedero público. A pesar de ello, su recuerdo permaneció imborrable en el sentir popular de Francia, aquel país al que tanto amó.

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Impresionante relato de JUAN ANTONIO CEBRIÁN
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2 comentarios sobre “Historias de la Historia de España. Capítulo 22. Érase una Reina, la de los Tres Mosqueteros y una frase muy española.

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