Historias de la Historia de España. Capítulo 19. Érase un general con disciplina y fidelidad y un asesinato encubierto.

General Escobar

Antonio Escobar Huerta (Ceuta, 14 de noviembre de 1879 — Barcelona, 8 de febrero de 1940) fue un destacado militar español miembro de la Guardia Civil. Figuró como militar de alta graduación en la Guerra Civil Española por defender a la II República a pesar de sus profundas convicciones católicas y de la represión que hubo en los primeros meses hacia la Iglesia Católica. Hijo, hermano y padre de militares y padre de una monja adoratriz, sus orígenes y convicciones católicas no le supusieron ninguna contradicción para mantenerse fiel a la República durante toda la guerra.
En la mañana del 19 de julio de 1936 la Conserjería de Orden Público de la Generalidad, en la Via Laietana, estaba muy concurrida, estaba incluso el presidente Companys, y razones había para ello, el Estatuto vigente atribuía a la Generalidad la custodia del orden público en Cataluña y aquella mañana el orden público estaba seriamente amenazado. El ejército de África se había sublevado y en la propia Barcelona del cuartel del Bruc y del de Lepanto habían salido fuerzas que en aquellas horas se enfrentaban con guardias de asalto y algunos civiles en la plaza Catalunña y en el cruce de la Diagonal con el paseo de Gracia. Y por la Via Laietana subían varias compañías de la Guardia Civil que en teoría debían enfrentarse también con los sublevados, aunque cualquiera sabía… Sólo cuando al llegar frente a la conserjería el coronel que mandaba la fuerza ordenó: “Vista a la izquierda” al tiempo que se llevaba la mano a la visera quedó claro de qué lado se ponían y los reunidos pudieron respirar tranquilos.
 El coronel Escobar, jefe del tercio urbano de la Guardia Civil destacada en Barcelona, era un hombre de una sola pieza, paradigma de guardia civil a la antigua usanza, de una honradez sin fisuras y de una disciplina sin reservas, tan exigente con los demás como consigo mismo. Y todavía algo más, no sólo se declaraba católico como tantos otros militares sino que era hombre de misa y comunión diaria, y de oración y meditación frecuente.
 Y era en nombre de su sentido de la disciplina y del juramento de fidelidad al Gobierno constituido que, igual como su superior el general Aranguren, jefe de la Guardia Civil en Cataluña, el coronel se había mantenido a las órdenes del Gobierno legítimo, representado en su caso por la Generalitat. De manera que aquella mañana sus hombres siguieron avanzando por la Via Laietana hasta llegar a la plaza Cataluña, donde los militares sublevados en vista de la resistencia que encontraban se habían hecho fuertes en el hotel Colón. El coronel ordenó a sus hombres entrar en el hotel pero, fiel a su estilo, fue el primero en entrar y así gestionó la entrega de los que allí estaban. Y una vez resuelta la situación siguió subiendo por el paseo de Gracia hasta la iglesia de los Carmelitas, en la Diagonal, donde también se habían encerrado los escuadrones de Caballería salidos del cuartel de Lepanto. Pero allí la cosa era más complicada. Los encerrados continuaban disparando y alrededor de la iglesia se congregaban cada vez más civiles, anarquistas que estrenaban las armas que acababan de conseguir con el asalto al cuartel de Atarazanas y dispuestos a llevar adelante la revolución. La resistencia duró un par de días y también en este caso fue el
coronel Escobar quien gestionó la rendición. Pero aquí los que iban saliendo, oficiales sublevados y religiosos residentes en el convento, a pesar de las promesas de Escobar, fueron literalmente machacados.
 Es fácil imaginar su decepción y su amargura y no digamos cuando en los días siguientes ardieron todas las iglesias de Barcelona y empezó la caza de los supuestos desafectos empezando por los religiosos. Pero a sus ojos el Gobierno continuaba siendo el Gobierno legítimo y su obligación era mantenerse a sus órdenes luchando contra los sublevados para intentar después restablecer el orden frente a los irresponsables. De modo que, haciendo de tripas corazón, meses después estaba con fuerzas de la Guardia Civil en el frente de Aragón, al lado de las columnas anarquistas, y allí fue herido en un brazo y estaba convencido de perderlo cuando después de operarle el doctor Trueta se recuperó plenamente. Y entonces ocurrió algo increíble. Pidió a sus superiores permiso para ir a Lourdes a dar gracias a la Virgen. Era difícil negar algo a quien había tenido una intervención tan decisiva a favor de la República, pero el propio Azaña, que fue quien en último término autorizó su viaje, dudaba que regresase. Pero el hecho es que regresó y que inmediatamente el Gobierno le encargó una misión harto delicada. En Barcelona habían estallado los llamados hechos de mayo, que enfrentaron a la Generalitat y los anarquistas, y el Gobierno español había decidido recuperar el orden público. Él debía trasladarse inmediatamente a Barcelona para tratar de imponer el orden.
 Efectivamente, se trasladó a Barcelona y en cuanto llegó empezó a actuar y pocas horas después unos disparos de ametralladora le dejaron gravemente herido. Lógicamente debía haber quedado parapléjico, porque los proyectiles afectaron varias vértebras, pero acabó recuperándose aunque le quedaron fuertes dolores que ya nunca le abandonaron. Y unos meses después, convaleciente y cercano a los sesenta años, se reincorporó al servicio activo y, promovido a general, asumió el mando del Ejército de Extremadura. Y en este puesto dirigió la última ofensiva que llevó a cabo el Ejército de la República.
 Al acabar la guerra, los dirigentes militares y políticos que se encontraban en Cataluña pudieron trasladarse a Francia, pero la zona central era una ratonera de la que sólo se podía salir por aire y, efectivamente, así salieron los principales dirigentes políticos y militares con excepción del general Escobar, que no era hombre para abandonar su puesto, de manera que cuando cesó la contienda él hizo formar sus unidades y se entregó al vencedor al frente de ellas. E igual como había renunciado a huir declinó la oferta que le hizo el general Yagüe de facilitarle el paso a Portugal y con soldados que habían estado a sus órdenes fue llevado en un vagón de ganado a Madrid y luego a Barcelona, al castillo de Montjuïc, para ser juzgado por orden expresa de Franco en un consejo de guerra.
Por supuesto, en el lado nacional abundaban los que no podían perdonar a Escobar que se hubiese puesto enfrente de los sublevados. Creían, probablemente con razón, que si la Guardia Civil de Barcelona se hubiese puesto al lado de los sublevados éstos habrían triunfado en Barcelona con lo que tomar Madrid habría sido un juego de pocas cartas, de modo que no habría habido Guerra Civil. Aunque había también quien, como el cardenal Segura, hicieron todo lo posible por salvar su vida. Unas gestiones que Escobar rechazaba, porque lo que él quería es que se le juzgase, convencido como estaba de que su razonamiento era impecable: se había mantenido fiel al Gobierno legítimo y no podía admitir que se le acusase de desleal y de traidor. Pero Franco era inflexible
A pesar de que altos dignatarios de la Iglesia católica como el cardenal Segura solicitan su indulto, Franco no cede y el coronel Escobar (no se le reconocieron los ascensos durante la guerra) será fusilado en los fosos del castillo de Montjuïc .
La mañana de su ejecución pidió que la misa se adelantase lo más posible para que él tuviese tiempo para dar gracias después de la comunión. La ejecución de Escobar tuvo lugar en los fosos del castillo, donde se había fusilado al general Goded y donde un tiempo después se fusiló al presidente Companys, y se encargó de la ejecución un piquete de la Guardia Civil.
 El general Escobar –genio y figura hasta la sepultura– al ocupar su puesto frente al piquete dijo al oficial que lo mandaba: “Usted dará las órdenes preventivas y dispararán cuando yo bese el crucifijo que llevo en la mano”, lo que puede parecer una ñoñería piadosa, pero que para él tenía un significado muy preciso. Un militar puede morir fusilado de formas muy diversas. No es lo mismo que el enemigo, reconociendo su valor, le permita morir de uniforme y siendo él mismo quien dé la orden de disparar o que sea su propio ejército quien lo condene por traidor y antes de fusilarle le degrade  rompiéndole la espada y arrancándole los galones. Él iba a morir vestido de paisano pero había logrado variar el significado del acto, el oficial iba a dar órdenes al piquete hasta llegar al “apunten”, pero la decisiva, el “disparen”, la daría él besando el crucifijo. Así moriría como deseaba morir, como un jefe mandando a sus hombres.
 Epílogo
Después de la inauguración del Valle de los Caídos, Antonio Escobar Valtierra, hijo del general, solicitó que se trasladaran los restos de su padre, enterrado en el Cementerio de Montjuïc y de su hermano, José Escobar Valtierra, teniente que luchó en el bando golpista, fallecido en la batalla de Belchite. Únicamente fue autorizado el traslado de los restos del hijo del general; los restos de Antonio Escobar siguen en el cementerio de Montjuïc en Barcelona.
Además, estuvo al mando de las fuerzas de la Guardia Civil que en mayo de 1931 evitaron el incendio del diario ‘ABC’ de Madrid cuando hubo quema de conventos y otros altercados.
Entre los muchos documentos que el periodista Daniel Arasa ha buscado en los archivos durante los dos años que ha empleado en el libro, el autor no ha encontrado la supuesta petición de indulto del Vaticano para Escobar, petición de la que se ha hablado a veces. Sin embargo, sí ha encontrado la petición de indulto para el general José Aranguren, que también murió fusilado (1939).

 EsquelageneralEscobar

 

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EL CEUTÍ ANTONIO ESCOBAR GENERAL DE LA GUARDIA CIVIL
http://www.europapress.es/00126/20080407185738/catalunya-arasa-publica-biografia-general-escobar-catolico-fusilado-franquismo-incomodo-ambos-bandos.html
Olaizaola, José Luis (1983); La guerra del general Escobar.ISBN 84-320-5561-1
Salas Larrazábal (2001); Historia del Ejército Popular de la República. La Esfera de los Libros S.L. ISBN 84-9734-465-0
Suero Roca, M. Teresa; Militares republicanos de la Guerra de España. Ediciones Península Ibérica, Barcelona, 1981. ISBN 84-297-1706-4
Thomas, Hugh (1976); Historia de la Guerra Civil Española. Círculo de Lectores, Barcelona. ISBN 84-226-0874-X.

 

 

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