Historias de la historia de España; Capítulo 18. Érase una Banda de asesinos, un almirante, un túnel, la CIA y una «Operación Ogro».

carrero blanco
Luis Carrero Blanco (Santoña, Cantabria, 4 de marzo de 1904 – Madrid, 20 de diciembre de 1973) fue un militar y político español, que ocupó diversos cargos en el gobierno de Franco. Fue asesinado por ETA cuando era Presidente del Consejo de Ministros de España durante la etapa final de esta dictadura. El régimen franquista le otorgó, póstumamente, el título de duque de Carrero Blanco.
El almirante Luis Carrero Blanco tenía 60 años. Era un hombre severo, con un aspecto imponente. Nacido en Santoña (Santander) el 4 de marzo de 1903, en el seno de una familia de militares, ingresó en la Escuela Naval Militar. En 1923, ya oficial, fue destinado al acorazado Alfonso XIII, con el que intervino en la guerra de Marruecos. Como segundo comandante del guardacostas Arcila participó en el desembarco de Alhucemas; después pasó a comandar el remolcador Ferrolano. Tras cursar estudios preceptivos en la Escuela de Submarinos se embarcó como segundo comandante, y posteriormente recibió el mando del sumergible B-52.
España ha sido el país de Europa donde más influencia ha tenido el terrorismo: entre 1870 y 1973 fueron asesinados cinco presidentes del Gobierno: el general Juan Prim (1870), Antonio Cánovas del Castillo (1897), José Canalejas (1912), Eduardo Dato (1921) y el almirante Luis Carrero (1973). Aunque hubo magnicidios en Rusia, Italia, Austria y Francia, sólo en España el terrorismo fue una lacra de décadas, con la que los distintos regímenes se acostumbraron a convivir.
De los tres asesinos anarquistas del conservador Dato, que sentó las bases del sistema de protección social para los obreros, uno huyó a la Unión Soviética, de donde regresó en 1931; los otros dos fueron condenados a muerte. Sin embargo, Alfonso XIII, por miedo o por compasión, les indultó en 1924 la pena por treinta años de cárcel. Los dos fueron amnistiados al llegar la II República. Es decir, el asesinato de un presidente del Gobierno les costó menos de diez años de prisión.
El 20 de diciembre de 1973, la banda terrorista ETA asesinó en Madrid mediante una bomba a Luis Carrero Blanco, hombre de confianza del general Franco al que éste había nombrado presidente de Gobierno en junio. Este magnicidio ha sido aprobado por muchos historiadores, políticos y periodistas del nuevo régimen. Era creencia general que Carrero sería el albacea de Franco y condicionaría el reinado del sucesor de Franco. Juan Carlos estaría atado por su juramento de las Leyes Fundamentales y por un presidente autoritario. Cosa que es uno de los mitos de la transición dice que el asesinato del presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco (y de dos policías) hizo saltar el candado que ataba las cadenas del régimen franquista. Sin embargo, el magnicidio resultó inútil: Carrero se había comprometido con el príncipe Juan Carlos a dimitir cuando éste se lo pidiese.
Los efectos del atentado se extendieron más allá de Europa. Como subraya el periodista Florencio Domínguez, uno de los mayores expertos en ETA, los jefes de los grupos guerrilleros de Iberoamérica, como las FARC, y los cárteles de la droga contrataron varias veces a etarras para que instruyeran a sus sicarios en la técnica del coche-bomba.
José Miguel Ortí Bordás, que fue jefe nacional del SEU y subsecretario de Gobernación (1976-1977), da la siguiente opinión en sus memorias, La Transición desde dentro:
Carrero era un político inmovilista, que no estaba hecho para volar solo ni para adoptar decisiones trascendentales y que carecía de visión de futuro, pero Carrero era, ante todo y sobre todo, un militar, incapaz de oponerse a la orden de un superior. Jamás Carrero se hubiese permitido a sí mismo desatender no ya una orden, sino una mera indicación o sugerencia del jefe de las Fuerzas Armadas. De manera que soy de la opinión de que Carrero hubiese dimitido como presidente del Gobierno tan pronto el Rey se lo hubiese solicitado, sin oponer la menor resistencia y sin protesta alguna, con lo que hubiera quedado expedito y completamente libre para el Rey el camino de la reforma y de la democracia.
En sus Apuntes de un condenado por el 23-F, el coronel José Ignacio San Martín, jefe del Seced (Servicio Central de Documentación), aporta un punto de vista militar sobre el estatus de Carrero en las Fuerzas Armadas:
Además, no era un militar en activo. (…) En mi opinión, el Rey no hubiera mantenido a Carrero al frente del Gobierno, y aunque el almirante, en uso legítimo de sus derechos, hubiera querido agotar sus cinco años de mandato, se habría visto obligado a dimitir, porque le habrían faltado apoyos, incluso de las Fuerzas Armadas, cuyos mandos se habían identificado con el Soberano. En resumen, ni siquiera habría presidido el primer Gobierno de la Monarquía.
En la biografía que le escribió José Luis de Vilallonga, el rey Juan Carlos se confesó de la siguiente manera:
Pienso que Carrero no hubiese estado en absoluto de acuerdo con lo que yo me proponía hacer. Pero no creo que se hubiese opuesto abiertamente a la voluntad del Rey. Simplemente, hubiese dimitido.
Cuanto más nos acercamos a la intimidad de Carrero, más claro parece su compromiso de presentar la dimisión a Juan Carlos una vez éste hubiese sido proclamado rey.
Y Carmen Franco, la hija del Generalísimo, reveló lo siguiente en Franco, mi padre:
Carrero era una persona que además no habría continuado después de la muerte de mi padre. (…) Yo con Carrero sí hablé alguna vez y él decía que [habría dimitido] inmediatamente, que él había servido a mi padre, pero que el príncipe de España, como le llamaban, el príncipe Juan Carlos necesitaba otra gente totalmente diferente a él. (…) Que no era la persona adecuada. Que el príncipe necesitaba una persona totalmente suya, no anterior.
Biografía de un atentado
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La mañana del 20 de diciembre de 1973, un día lluvioso y frío, el almirante Carrero – como hacía todos los días, siempre por el mismo camino– había acudido a la iglesia de los jesuitas próxima a su domicilio, en el madrileño barrio de Salamanca, para escuchar misa y comulgar. A la salida le esperaba un coche, un Dodge Dart 3700 GT de color oscuro y sin ninguna clase de blindaje.
Casi eran las nueve y media cuando el automóvil, con el chófer, Carrero Blanco y el inspectos José Antonio Bueno a bordo, pasaba ante el número 104 de la calle Claudio Coello, semiesquina a Maldonado. Un vehículo Morris 1300, aparcado en doble fila, le obligaba a reducir la marcha y pegarse lo más posible a la derecha, junto al portal. En ese preciso instante resonó un horroroso estampido, y la tierra pareció abrirse como un volcán. La tremenda explosión rompió cristales y dejó cascotes por doquier. Donde estaba el vehículo del presidente ahora sólo quedaba un enorme socavón que se llenaba de agua; socavón que acabó por engullir un Seat 850 que estaba aparcado.
Una treintena de vehículos resultan afectados por la onda expansiva; entre ellos, el coche de escolta que seguía al del presidente. Los edificios vecinos también quedaron gravemente dañados. La portera del número 104 y su hija, de corta edad, resultan gravemente heridas. También recibe heridas de consideración un taxista.
El personal de escolta busca, sin encontrarlo, el coche de Carrero, que ha desaparecido de la escena. Saben que el presidente se dirigía a desayunar a su casa, en la cercana calle de Hermanos Bécquer, dando el pequeño rodeo al que obligan las direcciones prohibidas. Pero comprueban que no ha llegado. Todavía tardarán un rato en saber que, a consecuencia de la brutal explosión, el pesado Dodge Dart había saltado por los aires; que se había elevado más de 30 metros y había acabado cayendo en un pasillo-cornisa interior de la casa de los jesuitas.
La sorpresa y el aturdimiento impiden en los primeros momentos saber lo que ha pasado. Pero en seguida circula el rumor de que Carrero Blanco ha sufrido un atentado, aunque la prudencia hace que los medios de difusión informen tan sólo de que ha sido víctima de un accidente, del que se culpa al gas.
El presidente del Gobierno ingresa sin vida en el Hospital Francisco Franco. Su cuerpo presenta, entre otras lesiones, una fractura en el maxilar y aplastamiento torácico. También ingresa cadáver el inspector Bueno (aplastamiento craneal), y el chófer moría al poco: sufría rotura cardiaca y hepática, y tenía las dos piernas fracturadas.
Las investigaciones policiales permitieron descubrir que el explosivo que había terminado con la vida del presidente estaba enterrado en el subsuelo, casi en medio de la calle. Para ello había sido preciso realizar una excavación desde la finca 104 de Claudio Coello. Allí había comprado un local, dos meses antes, un individuo que se identificó como escultor. Desde entonces se escuchaban ruidos constantes, que los vecinos atribuían a la actividad artística del nuevo dueño.
El domingo anterior se escucharon golpes muy seguidos e intensos, que afectaban a las paredes de la finca. Posteriormente, el mismo jueves, se habían presentado dos individuos que portaban una escalera y vestidos con mono azul. Habían extendido un cable desde el interior del semisótano hasta la esquina de Diego de León. Seguramente uno de ellos fue el encargado de provocar la detonación.
El crimen se había ejecutado con una rara perfección. Por aquellos días en los cines madrileños se estaba pasando la película Chacal, inspirada en un atentado frustrado contra el general De Gaulle. Eso inspiró a algunos a decir que la muerte de Carrero había sido encargada a un mercenario, a un verdadero “chacal”. Y lo cierto es que fue un atentado muy cinematográfico. Al menos cuatro individuos habían trabajado sin descanso en el angosto túnel, por el que apenas entraba el cuerpo de una persona. Abrieron el agujero con medios absolutamente artesanales, a mazo y cincel. Como colofón, situaron el Morris en doble fila y lo cargaron con una enorme cantidad de explosivos, que no llegaron a explotar.

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  • Aguirre, Julen (Eva Forest) (1974). Operación ogro: cómo y por qué ejecutamos a Carrero Blanco (1ª edición). Hendaye [etc.]: Mugalde / Ruedo Ibérico. pp. 191 págs.
  • Fernández Santander, Carlos (1985). El almirante Carrero (1ª edición). Esplugas de Llobregat: Plaza & Janés. pp. 284 págs.
  • Tusell, Javier (1993). Carrero, eminencia gris del régimen de Franco, Temas de Hoy. pp. 478 págs.
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