Historias de la Historia de España. Capítulo 15. Érase un matrimonio desigual y una reina desdichada.

mariana de austriaTras la muerte de Isabel de Borbón el 6 de octubre de 1644, Felipe IV tomó la decisión de no volver a casarse, ya que existía un heredero, el príncipe Baltasar Carlos, que pronto cumpliría los quince años y que ya estaba prometido en matrimonio con la archiduquesa Mariana, hija del emperador Fernando III y de María de Austria, hermana de Felipe IV y, por tanto, su prima. Desde hacía tiempo se venía practicando en Las cortes de Madrid y Viena, una reiterada política de enlaces matrimoniales consanguíneos. el rey amaba a Isabel de corazón. El dolor de la viudedad se acentúa dos años después cuando pierde a su heredero, el príncipe Baltasar Carlos. El “intercambio de las princesas” había pretendido que Felipe IV se casara con una Borbón, para no caer en uniones consanguíneas con princesas Habsburgo como su padre y su abuelo. El resultado de la entrada de sangre nueva en la dinastía española es Baltasar Carlos, un varón fuerte y hermoso que supera la peligrosa infancia, cuando los niños morían como moscas. Sin embargo fallece a los 17 años, seguramente por una infección venérea producida por su iniciación al sexo en un burdel de Zaragoza. Este fallecimiento planteaba un problema a la corona española que debía resolverse cuanto antes. Teniendo en cuenta la situación del país, la mejor opción era que el rey contrajese un nuevo matrimonio y que la nueva reina le proporcionase el necesario heredero.
Las candidatas para este nuevo matrimonio eran escasas. En Madrid se tenía un alto concepto de la monarquía, por lo que quedaban excluidas todas las jóvenes de pequeñas casas reinantes o principescas; por otra parte, el hecho de que la monarquía española profesaba la religión católica, excluía a todas las princesas de religión protestante, con lo que la elección quedaba reducida a princesas francesas o de la otra rama de la casa de Austria. Por su enemistad con Francia, se acordó la celebración del matrimonio del monarca español con la novia de su difunto hijo, su sobrina.
Y no hay princesas más prolíficas que las de la Casa de Habsburgo, de modo que prevalece el afán de lograr una prole numerosa sobre el miedo a la consanguinidad, se prefiere la cantidad a la calidad de los vástagos… Las consecuencias serán dramáticas para la historia de España…
Las gestiones matrimoniales corrieron a cargo de Diego de Aragón, embajador de España en Viena, y las capitulaciones se firmaron el 2 de abril de 1647.
Curiosamente, se repite la situación del siglo anterior, cuando Felipe II decidiera casarse con Isabel de Valois, la prometida de su hijo el príncipe Carlos. Al menos ahora, el primer novio está muerto y no vagará por palacio atormentado por la pérdida de tan atractiva mujer. Mariana no tiene la belleza de Isabel de Valois, aunque sí es igualmente joven. Escandalosamente joven para un hombre de 42 años, pues tiene 14 cuando se establece el compromiso matrimonial. Prudentemente, la boda se aplaza un par de años, hasta 1649, para evitar que ella muera en el primer parto por demasiado niña. Desde el punto de vista de la eugenesia, sin embargo, la unión conyugal es un disparate. La endogamia de los Austria ha comenzado tres generaciones antes, esta consaguineidad con la que la Iglesia hizo la vista gorda durante generaciones para no desairar a los Austrias, con Felipe II, que se casa por cuarta vez con Ana de Austria, doble sobrina suya, pues es hija de su hermana y de su primo hermano.
De esa unión salen unos niños debiluchos que mueren de pequeños; sólo sobrevive Felipe III, que se casa con su prima Margarita de Austria. Ahora Felipe IV reincide, casándose con una doble sobrina, pues es hija de su hermana María y de su primo el emperador Fernando III. La boda se celebra en Navalcarnero el 7 de octubre de 1649, aunque la nueva reina no entra en Madrid hasta noviembre, siendo recibida con tales fiestas que Felipe IV le escribe a su confidente, la monja de Malagón (en el mundo condesa de Paredes de Nava): “No se ha visto igual día en Madrid ni aun fuera de él”.
Pese a su tristeza, la reina cumplió con su deber y el 12 de junio de 1651 dio a luz por primera vez a una niña que fue llamada Margarita María. Esta infanta quedaría inmortalizada por Velázquez en Las Meninas.
Tres años después se produjo el segundo embarazo, y el 7 de diciembre de 1655 llegó al mundo otra niña que recibió el nombre de María Concepción Ambrosia y que tan sólo vivió 13 días. La reina no tardó en quedar de nuevo embarazada y, por tercera vez, dio a luz a otra niña que murió a las pocas horas. La desolación más absoluta reinaba en la corte porque era necesario un heredero varón que llegó, por fin, el 28 de noviembre de 1657. Al recién nacido le pusieron el nombre de Felipe Próspero, y desde el primer momento cargaron sus vestidos con reliquias y objetos religiosos que garantizaran su futuro. El 1 de noviembre de 1661 moría el niño antes de cumplir los 4 años. El 21 de diciembre de 1658 llegó un nuevo varón al que se le puso el nombre de Fernando Tomás, pero falleció a los 10 meses. El fantasma de la falta de sucesión masculina volvía a planear sobre el trono español. Finalmente, Felipe IV comienza a achacar su desgracia familiar al castigo de Dios por sus propios pecados. A los cinco días del fallecimiento de su hermano, nace el infante Carlos en una cámara real en la que infinidad de reliquias se esparcían en torno al lecho. El propio rey confesó a uno de sus cortesanos que este niño era el resultado de la última cópula conyugal que había logrado tener con su mujer, no sin grandes esfuerzos. La Gaceta de Madrid publicó la descripción del principito diciendo que era un niño de facciones hermosísimas, cabeza proporcionada, grandes ojos, un aspecto saludable y muy gordito. Descripción ésta que no concuerda con el informe enviado por el embajador francés a su soberano y para quien el príncipe parecía bastante débil, mostraba signos visibles de degeneración, tenía flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supuraba, (todo un engendro de la naturaleza).
Su solemne bautizo, que se celebró quince días después en la Capilla Real del Alcázar, pretendió mostrar a los embajadores de otros reinos que la corona española tenía asegurada su sucesión. La madrina de bautismo fue su hermana la infanta Margarita. Esta ceremonia fue la última gran fiesta del reinado de Felipe IV. La salud del heredero de la corona será la mayor preocupación de sus padres. El rey da la orden de no mostrar al pequeño príncipe a nadie. Y en las escasas ocasiones en las que por razones de protocolo no había más remedio que ir con el principito a algún sitio, está tan cubierto de sedas y encajes que apenas se le distingue. Según el embajador inglés “solamente se le ve un ojo y parte de la ceja ”.
El emperador Leopoldo I de Alemania, aún soltero a sus veintidós años tras el desplante de la infanta María Teresa, pide a Felipe IV la mano de su otra hija menor. Aunque el matrimonio religioso no pueda celebrarse hasta que la novia cumpla los catorce años, el Consejo de Estado presiona al rey para que acuerde y anuncie públicamente cuanto antes el compromiso. A medida que disminuye la energía de su esposo en sus últimos años de vida, la reina crece en ambición y presencia política en la corte. Mariana se convierte en figura principal de la facción pro austríaca de la corona española, que agrupa en su entorno a embajadores y nobles que creen en la unión de la casa de Austria frente a las recientes alianzas hispano-francesas.
La influencia de la reina Mariana es decisiva para que la infanta Margarita no sea obligada a renunciar a sus derechos a la corona española, como hizo su hermana mayor. Esta circunstancia tendrá como consecuencia futura las reclamaciones de la casa de Austria al trono español en la Guerra de Sucesión.
El alba del 17 de septiembre de 1665, sintiendo próximo su final, Felipe IV pidió que se le suministrasen los sacramentos y ver a su heredero, al cual transmitió su deseo de que obedeciera siempre a su madre y de que Dios le hiciese más feliz en la tarea de gobernar de lo que él había sido.
Felipe IV muere cuando este único hijo tan problemático tiene tres años, y Mariana se convierte en viuda y regente de España con poco más de 20 años. Según la costumbre de las damas de la Casa de Austria, viste para el resto de sus días las tocas de viudedad, que hoy confundimos con el hábito de monja. Pero no se retira a un convento, sino que se dedica a reinar. Desgraciadamente no tiene dotes ni carácter para ello, y se deja dominar primero por su confesor, el padre Nithard, al que hace valido. Este jesuita austriaco, que había sido su preceptor desde niña, es hombre virtuoso, pero resulta totalmente incapaz para gobernar la inmensa monarquía hispánica. Peor aún es su siguiente favorito, Fernando Valenzuela, “el duende de palacio”, un oportunista sin escrúpulos, que de chismoso de la reina llega a gobernante, gran corrupto y, según el rumor popular, amante de Mariana. En las calles de Madrid aparecen pasquines en los que Valenzuela señala los emblemas de los cargos públicos, honores y dignidades, y dice: “Esto se vende”. La reina señala su propio corazón y dice: “Esto se da”.
Don Juan José de Austria, el bastardo favorito de Felipe IV, con grandes dotes políticas, mandará a Nithard al destierro, a Valenzuela a prisión, y a la reina a reclusión en Toledo. La temprana muerte de don Juan José en 1679 permite la vuelta de Mariana a la Corte, pero ya no tiene poder. Vive casi 20 años más, y como es muy devota y piadosa, la gente va olvidando su escándalo con Valenzuela y, caprichos del vulgo, dándole fama de santa.
Sus últimos años fueron especialmente difíciles debido, entre otras cosas, a sus frecuentes peleas con su segunda nuera, Mariana de Neoburgo. Asimismo, la muerte de su nieta María Antonia de Austria, esposa del elector Maximiliano II Manuel de Baviera, en 1692 fue un terrible golpe para ella; sin embargo, el único hijo sobreviviente de la pareja, el príncipe José Fernando de Baviera, se convirtió en uno de los pocos consuelos que Mariana tuvo durante sus últimos años de vida. A principios de 1693 escribía desde el Palacio del Buen Retiro las siguientes palabras al elector Maximiliano Manuel acerca del pequeño José Fernando: «Quiera Dios conservarlo para consuelo de Vuestra Alteza y mío, porque llevo a ese niño dentro del corazón, por ser lo único que me ha quedado de mi hija». No mucho tiempo después, a Mariana se le diagnosticó cáncer de pecho. Ésta fue la causa de su muerte, ocurrida el 16 de mayo de 1696 en Madrid, «cuando las tinieblas cubrían por completo la luz de la luna». Un testigo, el Barón de Baumgarten, describió los sucesos en los siguientes términos:
Miércoles 16, a las doce menos cuarto de la noche, en el instante mismo en que se hacía más visible el eclipse de luna, falleció la Reina, en las casas de Uceda, donde vivía. A las cuatro de la mañana se abrió el testamento, y después se expuso el cadáver en el estrado. Al domingo siguiente lo trasladaron a El Escorial con la pompa de costumbre. Según pudo ver mucha gente, al sacar el cadáver de la caja mortuoria una paloma estuvo revoloteando buen rato. Una monja que ha servido en el cuarto de la Reina difunta, al tener noticia de su muerte, pidió un recuerdo de ella, y le dieron una de las camisas de noche de Su Majestad. Esta monja, paralítica desde que entró en el convento, metió la camisa en su cama, y a la mañana siguiente amaneció completamente curada.

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Fuentes:
María José Rubio, reinas de España, las Austrias. La Esfera de los Libros, S.L. 2010
http://es.wikipedia.org/wiki/Mariana_de_Austria
Historia de España: Del reinado de Felipe III a la monarquía hispánica de los Austrias. Salvat Editores, S.A.
Reinado de Carlos II.
De Isabel a Sofía, medio milenio de reinas de España – César Vidal
http://www.tiempodehoy.com/cultura/historia/mariana-de-austria-sobrina-nuera-esposa
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