Historias de la Historia de España. Capítulo 10. Érase un Tte. coronel; “Hasta el sacrificio total de la fuerza”; Y una condecoración arrinconada.

1 de Octubre de 2012 Por Real Decreto 905/2012, de 1 de junio por el que se concede la Cruz Laureada de San Fernando, como Laureada Colectiva, al Regimiento de “Cazadores de Alcántara, 14 de Caballería”, ha sido impuesta la correspondiente condecoración al estandarte de dicha unidad.BOE-A-2012-7367
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El Rey preside una ceremonia histórica en el Patio de la Armería del Palacio Real.
El Rey impuso la mayor condecoración militar española al Regimiento de Cazadores de Alcántara.
El Rey impone la primera máxima distinción militar otorgada en democracia.
España ha saldado esta mañana la deuda que tenía contraída desde hace casi un siglo con el Regimiento Alcántara, cuya heroica actuación en 1921, en la que murieron casi todos sus miembros, evitó que el número de bajas fuera aún mayor en el Desastre de Annual.

En una ceremonia histórica, sin precedentes en el Reinado de Don Juan Carlos, el Rey impuso la mayor condecoración militar española, la corbata de la Cruz Laureada de San Fernando, como Laureada Colectiva, al Regimiento de Cazadores de Alcántara, 14 de Caballería.

En el homenaje, en el que participó una fuerza de la Guardia Real, integrada por los Tres Ejércitos, y de la Guardia Civil, se rindió tributo a los héroes del Regimiento Alcántara y a los que dieron su vida por España, en una emotiva ceremonia en la que soldados del Regimiento Alcántara vestidos con los uniformes de la época de la más gloriosa de sus gestas, y con un caballo desmontado, depositaron una corona de laurel en homenaje a los héroes.

Una soleada mañana otoñal acompañó a los varios cientos de personas que asistieron a la emotiva ceremonia castrense. En el Patio de la Armería volvieron a resonar las palabras que el teniente coronel Primo de Rivera dirigió en el verano de 1921, antes de caer también mortalmente herido, a sus 700 hombres, que ya estaban agotados, sedientos y extenuados: «¡Soldados¡ Ha llegado la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos». Y con estas palabras empezó una de las actuaciones más épicas de la Caballería española.

Tras la ceremonia de la imposición de la condecoración, todos los asistentes se han trasladado a la calle Bailén, para contemplar un desfile militar. Como curiosidad, primero han desfilado las fuerzas de la Guardia Real y de la Guardia Civil, a pie y a caballo, que han rendido honores a la Familia Real y al Regimiento Alcántara, el homenajeado. Después, ha sido el Regimiento condecorado el que ha desfilado ante las autoridades, los invitados y el numeroso público que se ha acercado a contemplar la parada.

La Carga.

Primero, el teniente coronel giró su caballo y dando frente a sus hombres les dirigió aquellas palabras labradas ya en oro en el mausoleo de los grandes de todas las naciones:“¡Soldados! “La situación, como ustedes verán, es crítica. Ha llegado el momento de sacrificarse por la patria, cumpliendo la sagradísima misión de nuestra Arma. Que cada uno ocupe su puesto y cumpla con su deber”. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos“.

Luego sonó el toque de carga y aquellos 461 héroes siguieron a su teniente coronel en la carga de caballería más valerosa de todos los tiempos. 

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Galopando sin vacilar a lomos de sus monturas los cuatro escuadrones de sables de Primo de Rivera cargaron contra el muro de plomo que ante ellos se alzaba. Numerosos jinetes y caballos perecieron en la primera carga, pero sin tiempo para contarlos las cornetas bramaron de nuevo. Una segunda carga, más valiente que la anterior se produjo contra las organizadas posiciones del moro. Los sables alzados y teñidos de rojo eran sostenidos por los nervudos brazos de aquellos hombres que aquel día ganarían GLORIA imperecedera.

Valerosamente aquella ola de honor, valor y carne rompía contra los tiradores rebeldes. La mortandad fue numerosísima en las filas españolas, pero el precio que estaban haciendo pagar a los enemigos era enorme.

A la fatiga inherente a toda carga se unían las dificultades que aquel terreno escarpado presentaba a la acción de los caballos. Los caballos estaban exhaustos, la abundante sudoración se juntaba en aquellas nobles bestias con la sangre de sus costados provocados por el constante picar de espuelas. Los jinetes, los que quedaban vivos estaban embebidos de furor y patriotismo, y pese a la lastimosa situación del maltrecho regimiento, una nueva carga se realizó contra los marroquies.

Es de suponer que aquellos rifeños no darían crédito a lo que veían sus ojos, un puñado de españoles, muchos heridos, volvía a cargar contra ellos… ¡Al paso! Efectivamente lector, los caballos fatigados por las cargas anteriores ya eran incapaces de galopar, pero aquellos titanes, envidia de todas las naciones del orbe, volvían contra ellos con los sables levantados.

Aquella tercera carga fue una auténtica carnicería de españoles contra los que disparaban a placer los tiradores rebeldes. En este acto fue donde murieron la mayor parte de los caballos y gran parte de los cazadores del Alcántara. Y milagrosamente, la carga pasó las posiciones moras.

Primo de Rivera, cuyo caballo había muerto en la carga, giró la cabeza y se percató de que el grueso de las tropas españolas a las que estaba protegiendo aun no se había alejado lo suificiente del río, así que con un admirable sentimiento de responsabilidad y camaradería decidió cumplir su deber “hasta el sacrificio total de la fuerza”. Y aunque parezca demencial mandó una cuarta carga.

A pie, heridos, a caballo, en mulos de carros regimentales… todo lo que quedaba del Alcántara se abalanzó contra las fuerzas enemigas que asistían incrédulas a semejante lección de valor y abnegación. Después de esta última carga el regimiento de Cazadores de Alcántara había dejado de existir como fuerza. Pero con aquel supremo sacrificio habían logrado que el grueso de tropas españolas cruzara el río Igam hasta ponerse a salvo.

De los 461 hombres que cargaron aquel día solo 60 sobrevivieron, el teniente coronel fallecería días más tarde como consecuencia de las fatales heridas sufridas por la explosión de una granada. Aquellos 60 supervivientes continuaron escoltando a los fugitivos hasta Monte Arruit, teniendo, incluso, que realizar alguna carga más. Allí sería Primo de Rivera amputado a lo vivo de un brazo.

De los jovenes 13 cornetas, apenas unos niños, solo uno regresaría vivo a Melilla.

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ABC.es

http://www.ejercito.mde.es/unidades/Melilla/rcac10/Historial/index.html

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Laureada Alcantara

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