Historias de la Historia de España. Capítulo 8. Érase un Pronunciamiento, una Reina en el exilio y un montón de generales.

revolucion 1841

Es generalmente aceptado que la Regente y Reina Gobernadora Dª María Cristina, viuda de Fernando VII y madre de Isabel II, y el general don Baldomero Espartero fueron las dos caras de una misma moneda. La moneda del liberalismo político español en el momento de su implantación. La primera sería referente para los moderados y el segundo para los progresistas, pero que podría haber sido al contrario. Por su carácter flemático y autoritario, Espartero parecía más apropiado para las filas del moderantismo. Tuvieron en común la tozudez, una para defender el trono de su hija aliándose con los perseguidos por su marido, Fernando VII, frente a las aspiraciones de su cuñado el infante Carlos Mª Isidro, y al segundo la que le negó la ductilidad o inteligencia política suficiente por haber dilapidado en pocos años el inmenso prestigio que había cosechado en el campo de batalla; y los mismos que le apoyaron, la burguesía y las clases populares en Barcelona en 1840, en 1843 se volverán contra él.
El 30 de julio de 1843 a bordo del vaporcito llamado Betis escribiría
Espartero:
«Acepté el cargo de regente del reino para afianzar la Constitución y el trono de la reina, después que la Providencia, coronando los nobles esfuerzos de los pueblos, los había salvado del despotismo. Como primer magistrado, juré la ley fundamental; jamás la quebranté ni un para salvarla: sus enemigos han debido el triunfo a este ciego respeto;  pero yo nunca soy perjuro. Feliz en otras ocasiones, vi restablecido el imperio de las leyes, y aun esperaron que en el día señalado por la Constitución entregaría a la reina una monarquía tranquila dentro y fuera. La nación me daba pruebas del aprecio que le merecían mis desvelos; y una ovación continuada aun en las poblaciones mismas en que la insurrección había levantado cabeza me hacía conocer su voluntad, a pesar del estado de agitación de algunas capitales, a cuyos muros sólo estaba limitada la anarquía. Una insurrección militar que hasta carece de pretexto ha concluido la obra que muy pocos comenzaron, y, abandonado de los mismos que tantas veces conduje a la victoria, me veo en la necesidad de marchar a tierra extraña, haciendo los más fervientes votos para la felicidad de mi querida patria. A su justicia recomiendo a los que, leales, no han abandonado la causa legítima ni aún en los momentos más críticos: el Estado tendrá siempre en ellos servidores decididos»
Duró poco la Regencia de Espartero, poco más de dos años. Nace del enfrentamiento contra Dª Mª Cristina y ésta no olvidará que Espartero la suplantase no sólo como Regente, sino que además le impidiera el ejercicio de la tutoría de sus hijas, la Reina-niña Isabel y la princesa Luisa Fernanda., Agustín Argüelles fue nombrado tutor de las niñas el 10 de julio de 1841, tomando posesión el día 27 del mismo mes. Argüelles, que desde las Cortes de Cádiz era conocido como el «Divino» por su elocuencia, desempeñó este cometido de la tutoría con singular honradez y sin percibir la remuneración fijada Las facciones del liberalismo de la época en España eran el moderantismo y el progresismo. Pocas eran las diferencias sustanciales, si prescindimos de que los primeros eran más partidarios de la «autoridad», pues ambos fueron partidarios del sufragio censitario, aunque si bien en proporciones distintas; en la administración local que los progresistas eran partidarios de una autonomía local más amplia, y que la milicia nacional para estos últimos, los progresistas,  fue siempre garante de las libertades conquistadas, como la libertad de imprenta. Unos, los moderados, eran más partidarios de la continuidad de valores próximos a la tradición y sus formas, u otros, los progresistas, igualmente liberales, fueron más populares, incluso hasta demagógicos, aunque sin poner en riesgo la propiedad privada y su defensa, base de todo el sistema, sino de ampliarla y extenderla, no ya con los bienes de la Iglesia que habían sido objeto de la desamortización de Mendizábal para resolver los problemas de la Hacienda  pública y la guerra carlista, sino con los bienes de los pueblos para lo que proponen repartos en aras de una mejor explotación y aumento de la producción y abaratamiento, por consiguiente, del consumo. Pero amén de las diferencias entre moderados y progresistas fue importante el enfrentamiento de personalidades como las mencionadas, tan definidas, con aristas tan cortantes. Dª Mª Cristina, ya era la Sra. de Muñoz pues estaba casada con Agustín Fernández Muñoz, duque de Riánsares, que con los moderados y el apoyo de Francia, Luis Felipe de Orleáns, maquinará contra Baldomero Espartero. El apoyo de los moderados a una propuesta de acoso y derribo del progresista Espartero entraba dentro de la lucha política al uso. Pero si el mundo del liberalismo en España estaba dividido en dos sensibilidades, el ejército, soporte primordial de la monarquía estaba igualmente dividido en estas dos orientaciones; así habrá militares progresistas que serán amigos de Espartero: Linaje, Van Hallen, Seoane y Zurbano, principalmente, y militares moderados que girarán en torno a Leopoldo O´Donnell y Ramón Mª Narváez. La división de los militares podemos explicarla desde el afloramiento de formas de oposición militar a los franceses en la Guerra de Independencia distintas a las tradicionales. El militarismo progresista mete sus raíces especialmente en el mundo de la guerrilla y su posterior encuadramiento en el ejército regular.
D.ª M.ª Cristina buscará el apoyo de los militares moderados, igualmente como los progresistas, todos hijos de su tiempo y henchidos de romanticismo, unos por el gesto y otros por la sangre. El apoyo de Luis Felipe no era gratuito, ni altruista. Luis Felipe pretendía suplantar a Inglaterra que ejercía una influencia política tal que hasta el propio Mendizábal, se decía, debía su nombramiento de Presidente del Consejo de Ministros al embajador inglés Mr. Villiers. El progresismo representado por Espartero era partidario del librecambismo, y éste beneficiaba a Inglaterra potencia librecambista por excelencia en la época. Francia pretendía meter cabeza en la política española. En resumen que «lo más grave de todo esto… era que Inglaterra y Francia, las dos potencias más poderosas y camorristas del mundo, tomaban partido en nuestras discordias, declarándose los ingleses por la libertad y Luis Felipe por la moderación»
En este contexto político tienen lugar los acontecimientos de octubre de 1841. Aunque responden a un único planteamiento político: terminar con la regencia de Espartero y recuperar la tutoría y custodia de Isabel y Luisa Fernanda por su madre Mª Cristina, los escenarios son dos: el Palacio Real y algunas provincias del Norte de España, como Zaragoza, Navarra, Vizcaya y Alava. Esta localización fue un intento de «la utilización de argumentaciones que pretendían salvar la foralidad de unos territorios que acababan de ser integrados de manera completa y total en el resto de España».
En el primer caso el objetivo era claro, tomar las infantas y, en el segundo, propiciar una  sublevación que cuestionase el prestigio militar de Espartero, apoyándose en algunas zonas que habían sido castigadas en la guerra carlista.
Los sublevados pensaban que contarían con apoyo social y Zaragoza que serviría de enlace, en caso de prosperar el movimiento también en Cataluña, y por otra garantizar la retirada en caso de necesidad, la salvación, hacia Francia.
A principios de 1841, María Cristina y su esposo Muñoz viajaron a Italia para entrevistarse con el Papa Gregorio XVI y obtener de él la bendición de su matrimonio morganático, situación que pesaba como una losa en la situación política de María Cristina. El viaje fue organizado por Francisco Cea Bermúdez. Los esposos consiguieron la absolución que ansiaban, no sin antes tener que renunciar a la obtención de algún título de nobleza para el esposo. De esta forma, los moderados vieron renacer la esperanza de que María Cristina pudiera liderar el Partido sin lacra alguna en su historial personal e hiciera oídos sordos a los que alimentaban su deseo de retirarse a la vida privada con Muñoz. Así, en febrero los moderados instaron al gobierno francés al apoyo de María Cristina frente a las alianzas de Espartero con Inglaterra.
En mayo de 1841, al tiempo que las Cortes españolas concedían la regencia única a Espartero, María Cristina llegó a París donde Luis Felipe de Orleans la instó a fijar su residencia. Una vez allí los moderados desfilaron ante la Corte de la ex regente bajo la atenta vigilancia de Muñoz que se convirtió en piedra angular de los movimientos políticos. Uno de los primeros hombres en ganarse la confianza de María Cristina y su esposo fue Juan Donoso Cortés que, más tarde, se convirtió en auténtico paladín de la causa moderada más crítica con los liberales progresistas. A este se unieron Francisco Javier de Istúriz, Diego de León, Juan González de la Pezuela y otros moderados del ala más conservadora.
Ni María Cristina ni su esposo estaban por la labor de patrocinar y, menos, financiar, un movimiento contra Espartero con quienes juzgaban traidores. Ambos mostraban abiertamente su hostilidad a los moderados a quienes criticaban por no haber sabido defender la regencia y haber traicionado el Estatuto Real de 1834. La posición de los moderados criticando a la regente cuando se vio obligada a capitular ante las peticiones de los sargentos de la Granja de San Ildefonso y su inacción en los meses posteriores frente a los liberales, junto a los panfletos que lanzaron por las calles de Madrid para hostigar el matrimonio secreto con Muñoz, eran los reproches más comunes. Muñoz incluso evocaba el periodo anterior, el de la Década Ominosa, en el que veía el reflejo de lo que debía ser la monarquía: un régimen absolutista.
No obstante, la situación comenzó a cambiar a raíz de varios sucesos. Por un lado, la tutela de la reina Isabel, menor de edad, se encomendó a Agustín Argüelles, hombre no deseado por María Cristina; en segundo lugar el relevo en las personas cercanas a la reina en el Palacio colocando gente de confianza de Espartero alejaba los contactos con sus hijas, y en tercer lugar la amenaza que suponía para las pretensiones de María Cristina la proximidad a su hija Isabel de la infanta Luisa Carlota, empeñada en una boda de la reina con alguno de sus hijos. Por todos esos motivos finalmente María Cristina aseguró la financiación de la sublevación.
El gobierno de Antonio González González, hombre de confianza del general Espartero, fue el que tuvo que hacer frente al pronunciamiento organizado desde París por la regente María Cristina con la colaboración del Partido Moderado y protagonizado por los generales afines, encabezados por Ramón María Narváez y en el que también estaba implicado el joven coronel Juan Prim, a pesar de estar más cercano a los progresistas. Entre los políticos implicados destacaban el moderado Andrés Borrego y un histórico del liberalismo, Antonio Alcalá Galiano, ahora en las filas del moderantismo.
La justificación del pronunciamiento por parte de los implicados fue que la “reina estaba secuestrada” por los progresistas, a través de su tutor Agustín de Argüelles y de la dama de compañía nombrada por éste, la condesa de Espoz y Mina, viuda del famoso guerrillero y militar liberal Francisco Espoz y Mina –en realidad lo que estaban haciendo los progresistas era llevar a la práctica una de sus aspiraciones fundamentales: controlar la educación de la reina, sobre la idea de una “reina liberal”.
Por eso el objetivo del pronunciamiento era la vuelta de María Cristina, “deseosa de recuperar la Regencia y la tutela regia de la que había sido formalmente apartada, hecho este último básico ya que suponía controlar los resortes de Palacio como poder de hecho en la toma de decisiones políticas y económicas”.
Según Juan Francisco Fuentes, el pronunciamiento era no sólo antiesparterista sino también antiliberal, “que se explica por el peso determinante que tanto la ex regente –que financió la sublevación con más de ocho millones de reales- como su marido, Fernando Muñoz, tuvieron en la dirección del golpe y por la participación en el mismo de sectores carlistas descontentos con el supuesto incumplimiento del Convenio de Vergara… así como la notoria complicidad de las diputaciones forales, contrarias a la solución centralista que acababa de dar el gobierno a los fueros vascos”.
María Cristina, aún financiando la revuelta, negó a los elementos civiles y militares su implicacación hasta tanto se le garantizasen dos cosas: la protección del Palacio Real y, por tanto, de sus hijas; y la posibilidad de huida de las mismas si la sublevación fracasaba por el temor de que sobre ellas recayese la reacción liberal.
Istúriz, que era, de facto, el jefe de la conspiración civil, junto con Antonio Alcalá Galiano, recibieron la mayor parte del dinero de la ex regente y de sus banqueros franceses y españoles. En la conspiración estaban implicados también los militares Ramón María Narváez y Leopoldo O’Donnell, aunque éste último con un menor convencimiento dado el espíritu absolutista que tenía la trama.
El gobierno de Espartero tuvo conocimiento en septiembre de 1841 de los movimientos civiles y militares y, ante la posibilidad de que la operación fracasase aún antes de empezar, O’Donnell se vio obligado a sublevarse en Pamplona antes de tiempo.
 Así, el movimiento militar lo inició el 27 de septiembre en Pamplona el general Leopoldo O’Donnell pero no consiguió que la ciudad proclamase como regente a María Cristina, a pesar de que ordenó bombardear la ciudad desde su ciudadela, por lo que el inicio efectivo del pronunciamiento fue la sublevación de Vitoria por el general Piquer el 4 de octubre, que fue seguida por la proclamación en Vergara por el general Urbiztondo de María Cristina como regente, a la par que se constituía en su nombre una llamada “Junta Suprema de Gobierno” presidida por Montes de Oca.
Otras poblaciones como Zaragoza o Bilbao lo siguieron en los primeros días de octubre, pero la planificación falló porque se contaba con la primera gran sublevación en Andalucía dirigida por Narváez seguida de otros movimientos en Madrid.
El 7 de octubre tuvo lugar el hecho más significativo del pronunciamiento: el asalto al Palacio real para capturar a Isabel II y a su hermana y “llevarlas al País Vasco; allí se proclamaría de nuevo la tutoría y regencia de María Cristina y se nombraría un gobierno presidido por Istúriz. El 7 de octubre, en una noche de lluvia, los generales Diego León y Manuel de la Concha, con la complicidad de la guardia exterior, entraron en el Palacio Real, pero no lograron apoderarse de las dos niñas, ante la resistencia que hicieron en la escalera principal los alabarderos”. El general Diego de León se entregó convencido de que Espartero no iba a fusilarle.
Así pues la operación resultó un absoluto fracaso por la contundente reacción de los alabarderos de la Guardia Real dirigidos con maestría por el coronel Domingo Dulce y Garay. El día anterior, el Infante Don Carlos ya había negado su implicación en la revuelta dado el mal resultado que se avecinaba y Ramón Cabrera no había participado de manera alguna en el intento.
Los principales militares implicados, como O’Donnell y Narváez consiguieron exiliarse. Otros como Borso di Carminati, Manuel Montes de Oca y Diego de León fueron apresados y ajusticiados.
La respuesta de Espartero rompió con una de las reglas no escritas entre los militares respecto de los pronunciamientos –respetar la vida de los derrotados- pues mandó fusilar a los generales Manuel Montes de Oca, Borso de Carminati y Diego de León, lo que causó un enorme impacto en gran parte del ejército y en la opinión pública, incluida la progresista –la muerte del joven general Diego León, “a quien Espartero se negó a indultar, quedó en la memoria popular como un crimen imperdonable del regente”- . Por otro lado la dura represión llevada a cabo por Espartero no acabó con la conspiración moderada, que continuó actuando a través de la clandestina Orden Militar Española.
Otra de las consecuencias del pronunciamiento moderado de 1941 fue que en varias ciudades se produjo un levantamiento progresista para impedirlo, aunque una vez derrotado algunas juntas desobedecieron la orden de Espartero de disolverse y desafiaron la autoridad del regente. Los sucesos más graves se produjeron en Barcelona donde la “Junta de Vigilancia” presidida por Juan de Llinás, aprovechando la ausencia del capitán general Juan Van Halen que se había desplazado a Navarra para acabar con el pronunciamiento moderado, procedió a demoler la odiada fortaleza de la Ciudadela mandada construir por Felipe V tras su victoria en la guerra de sucesión española, que era considerada por la mayoría de los barceloneses un instrumentos de opresión. Además con esa medida se pretendía proporcionar trabajo a los muchos obreros que se encontraban en paro. La respuesta de Espartero fue suprimir la Junta por “abuso de la libertad” y desarmar a la milicia, además de disolver el ayuntamiento y la diputación de Barcelona y hacer pagar a la ciudad la reconstrucción de los muros de la Ciudadela que ya se habían derribado.
CONCLUSIONES
 Primera. Que tanto la insurrección militar del norte, iniciada por O´Donell
con el levantamiento del regimiento Extremadura en Pamplona el día 27 de
septiembre, como el asalto al Palacio Real fueron parte del mismo plan, que
pretendía devolver la Regencia a doña María Cristina.
 
Segunda. Que en el partido moderado desde el momento en que el general
Espartero, líder de los progresistas, se hizo cargo de la Regencia, empezaron
a trabajar en la preparación del pronunciamiento.
 
Tercera. Que la insurrección militar del norte empezó días antes de que
tuviera lugar el asalto al Palacio Real, y todo el pronunciamiento fue responsabilidad
de la alta oficialía. De los soldados siempre se dice que actuaron engañados.
 
Cuarta. Que el pronunciamiento militar tuvo menos repercusión en el
Boletín Oficial de Badajoz que el asalto a Palacio Real.
 
Quinta. Que la insurrección se produjo en el norte esperando una gran
acogida por parte de la población, que no fue tal, a pesar de la presencia de
algunos diputados forales, individuos del bajo clero y la actuación de algunas
partidas, para explotar la aversión de la población carlista contra el general
Espartero que había terminado con la guerra carlista y había firmado el Convenio
de Vergara con el General Maroto en agosto de 1839.
 
Sexta. Que el asalto al Palacio Real se realizó de forma precipitada lo que
contribuyó a su fracaso.
 
Séptima. Que se aceleró el proceso de constitucionalización de las Provincias
Vascas y Navarra
 
Octava. Que el apoyo al pronunciamiento por parte de los soldados y
suboficiales fue muy débil pues la deserción fue muy pronto y masiva.
 
Novena. Que la represión del pronunciamiento fue muy severa, lo que
hace elevar a la categoría de héroe a algunos de los sediciosos, como Diego de
León y Manuel Montes de Oca. Los escasos indultos sólo afectaron a oficiales
de menor rango.
 
Décima. Que contribuyó a la caída de Baldomero Espartero poco tiempo
después en 1843.

 

__________________________________________________

Historia de un pronunciamiento
frustrado FELIPE GUTIÉRREZ LLERENA
  • Bahamonde, Ángel; Martínez, Jesús A. (2011). Historia de España. Siglo XIX (6ª edición). Madrid: Cátedra. ISBN 978-84-376-1049-8.
  • Fontana, Josep (2007). La época del liberalismo. Vol. 6 de la Historia de España, dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares. Barcelona: Crítica/Marcial Pons. ISBN 978-84-8432-876-6.
  • Fuentes, Juan Francisco (2007). El fin del Antiguo Régimen (1808-1868). Política y sociedad. Madrid: Síntesis. ISBN 978-84-975651-5-8.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s