D. Diego de León y Navarrete

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   Entre los hombres distinguidos que la revolución y la guerra han devorado en su curso, ninguno ha dejado un recuerdo tan profundo en la memoria de España como el General León. El nombre de este guerrero que, saliéndose de la esfera de los hombres de nota, toca ya en la de los varones insignes, es de aquellos que nunca asoman a los labios sino entre las emociones de la tristeza solemne y del verdadero entusiasmo; y siendo así que todas las grandes víctimas de nuestras discordias han caído sacrificadas, o por el brazo de la guerra en los campos de batalla, o por el brazo de la revolución en las plazas de nuestras ciudades, esta sola víctima, la más grande y la más llorada de todas, ha alcanzado los honores tremendos del cadalso. ¡Esta sola no, que con ella cayeron otras, cuyo recuerdo será siempre un recuerdo de admiración y de dolor para España!
     El cadalso del General León está en pie todavía, porque los cadalsos levantados por la política no caen sino con los hombres o con los partidos que los erigieron; pero ¿deberemos nosotros, cuando nos proponemos trazar en breves rasgos la vida del General León, fijar nuestras miradas en aquel monumento de muerte, clavarlas y no apartarlas de aquel terrible aparato y escribir estas páginas con sangre? Al considerar la entidad y significación de los que ejecutaron en Diego de León una venganza, que la revolución y la dictadura han apellidado con las palabras, sacrílegamente hermanadas, de necesidad y de justicia, el sentimiento de la indignación se convierte también en un sentimiento de venganza, y sólo se ve un gran reo juzgado por inexorables verdugos; pero cuando se fija la vista en ese gran reo, que no se levanta de la tumba sino entre los magníficos atributos de una inmortalidad gloriosa y serena, entonces se respira en una región más alta que la de las pasiones políticas; entonces no se ve más que a Diego de León triunfante con la corona de su martirio; entonces se olvidaría a sus sacrificadores, si fuese posible olvidarlos; y no siendo posible olvidarlos, se les desprecia, como él en sus momentos supremos los despreciaría. Diego de León es la hostia sangrienta de la revolución española, que no ha merecido tan grande hostia.
     La vida del General León es una serie de combates que se termina con la guerra civil, y una conjuración militar y política que se termina con su muerte. Lanzado ton todo el vigor de la juventud en el tumulto de una guerra, que para él no fue nunca más que una guerra; de una guerra en cuyos entronques políticos nunca quiso mirar las ocasiones de una ambición revolucionaria; dotado de cualidades que tanto alejan de la dominación exclusiva, como impiden confundirse entre la multitud, el primero en la lid, el último en las intrigas del campamento, el más necesario para la ejecución de un plan de campaña, el más dócil en los consejos de los Generales, el más rebelde a las ambiciones siniestras del ejército; el nombre de este General, que no se afanó jamás tras la responsabilidad o el honor de presidir a los destinos de la lucha civil armada, no ha dejado, por tanto, de inscribirse al lado de los primeros, y tal vez como el más brillante, en el catálogo de los nombres, que la guerra de los siete años ha legado a la posteridad.
     En su cabeza no estuvo nunca el éxito de la guerra; pero de su brazo pendió muchas veces la suerte de las batallas. Él se ciñó la faja de General porque era el primero, el mejor de nuestros soldados; y esta gloria vale bien las más altas reputaciones de nuestro ejército. Movido luego por la fuerza de las cosas y por los compromisos más nobles que pueden influir en el ánimo de un General y de un caballero; puesto al frente de una empresa, para la cual se invocaban los grandes nombres y los grandes principios que él había proclamado toda su vida en los campos de batalla; hecho el campeón de una legitimidad vencida por la monstruosa alianza de la revolución de las calles con la revolución de los campamentos, vencido él mismo en aquel combate por un conjunto de circunstancias, que semejaron la obra de una fatalidad enemiga, al General León no le estuvo reservada la peligrosa gloria de llevar a cabo una restauración, cuya sola tentativa lo ha revestido de un carácter político a los ojos de la Historia; pero sí le estuvo reservada la gloria inmarcesible de engrandecerse todavía más en el inmenso infortunio con que acabó su carrera, y de santificar con su heroica sangre la causa porque moría.
     Durante su vida el General León no fue el jefe, no fue el hombre de ningún partido militar o político; en su muerte, sí; en su muerte ha sido la personificación de una gran idea, que no ha descendido con él a la tumba, y que ha de fructificar en España el día en que desaparezca del Trono español el sable que mella el cetro. Acaso no se daba a sí mismo cuenta de la significación de su malograda empresa. No tenía él la especie de ambición que hace meditar en política. Hombres hay que no han nacido para la ambición, pero que han nacido para la gloria; y Diego de León era uno de ellos.
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     D. Diego de León y Navarrete, nació en Córdoba el día 30 de marzo de 1807. Fueron sus padres, el Marqués de las Atalayuelas, Comendador de Calatrava, Gentil-Hombre de S. M., Brigadier y Coronel del regimiento provincial de Córdoba, y la Señora Doña María Teresa Navarrete y Valdivia, A los seis años fue enviado por sus padres a las Escuelas Pías de Madrid, de cuyo seno han salido muchos hombres insignes en todas las carreras del Estado. En ellas permaneció hasta los once años, a cuya edad fue trasladado al Colegio de la Asunción de Córdoba, de donde salió a los quince para la casa paterna. Sus primeros años no ofrecen las singularidades características que se buscan por curiosidad instintiva en la infancia de los hombres notables.
     Siendo hijo segundo, y determinando seguir una carrera, D. Diego eligió la de las armas. Beneficiábanse todavía entonces las capitanías de los regimientos, y el Marqués solicitó para su hijo una compañía de caballería, la cual le fue concedida, mediante la entrega de sesenta y cuatro caballos para el ejército. El 20 de agosto de 1824, recibió un comisionado del Gobierno los sesenta y cuatro caballos, cuyo precio ascendió a 160.000 rs., y aquel mismo día se extendió a D. Diego el Real Despacho de Capitán del regimiento caballería de Almansa. El 6 de setiembre tomó el mando de su compañía, con la cual siguió al Cuerpo en las guarniciones durante dos años. El 20 de diciembre de 1826, fue nombrado Ayudante de Campo del Marqués de Zambrano, a la sazón Ministro de la Guerra y Comandante general de la Guardia Real de caballería. El 27 de julio de 1827, salió a Capitán de coraceros de la Guardia, en cuyo empleo le comprendió el grado de Coronel, por las gracias concedidas a la Guardia en 1829. En 30 de diciembre del mismo año, pasó, con su empleo de Capitán, al regimiento de Granaderos a caballo, y en este regimiento permaneció hasta 1834, en cuya época fue ascendido, por antigüedad, a Comandante del tercer escuadrón de lanceros. Este último nombramiento lleva la fecha de 7 de octubre, fecha después terrible para León.
     León sólo había sido hasta entonces un oficial brillante, en la brillante oficialidad de la Guardia. Aquella porción escogida del ejército se había dividido entre los dos campos que se repartían la Nación. Un gran número de ellos había corrido a defender la bandera de D. Carlos, ya arrastrados por sus principios políticos, ya empujados por la desconfianza natural y por las injusticias parciales del nuevo Gobierno; pero la mayor parte habían permanecido fieles a la cansa de la Reina, o bien halagados con el triunfo y el porvenir de las ideas liberales, o bien por el mero convencimiento de la legitimidad de la hija de Fernando VII. León fue de aquellos en quienes ambos motivos se reunieron para determinarles a sacar la espada en defensa de la Reina; su carácter simpatizaba con el gran partido, que volvía al poder después de una larga proscripción, y su alma caballerosa se complacía en ver representada la legitimidad en una niña salida de la cuna para el Trono. El caballero contribuyó mucho en él a señalar la bandera del militar.
     Apenas turbada la restauración del último Monarca por una insurrección carlista y por algunas intentonas de la emigración, fuegos tan pronto encendidos como apagados, el ejército de 1833 no había pasado nunca por el bautismo de los campamentos; pero la paz le había dado una organización cual nunca la había tenido en nuestros tiempos modernos, y aquella milicia disciplinada y regularizada, con la Guardia Real a su cabeza, inspiraba la misma confianza en su valor, que si hubiese recorrido los campos de batalla de toda la Europa. En 1834, en la época en que León fue nombrado Comandante de escuadrón, el ejército justificaba largamente la esperanza de la Nación, derramando su sangre en el norte de la Península. León había permanecido en la guarnición de Madrid, puesto asimismo honroso para un militar en los primeros momentos de una gran mudanza política; pero había tenido que contener los impulsos de su ánimo guerrero, al ver partir a sus compañeros para la recién abierta campaña, y el nuevo ascenso le sirvió de estímulo para pedir que se le destinase al ejército. De allí a poco salió de Madrid para las provincias, dejando en Madrid a su esposa, hija de los Marqueses de Zambrano, con la cual había contraído matrimonio dos años antes.
     La guerra salía entonces de aquel primer período, que fue una larga y sangrienta carnicería entre el ejército de la Reina y las bandas de D. Carlos, para entrar en aquel segundo período, que fue una serie de triunfos para estas bandas, convertidas también en ejército bajo la mano formidable de Zumalacárregui. Hasta que este campeón principal del carlismo cayó frente a los muros de Bilbao, el Trono de la Reina Isabel no se afirmó en sus caimientos; pero el peligro del Trono infundía mayor aliento en sus defensores, y una oficialidad valerosa derramaba su sangre por la Reina con el hermoso quijotismo de la juventud hacia las nobles causas. Era aquella la época de los entusiasmos; no había llegado todavía la de las ambiciones, y ninguna otra de la guerra fue más fecunda en proezas y en sacrificios. Los Malibran, los Campo-Alange, los Oraa, los Santiago pagaron su entusiasmo con la vida!… A Diego de León le aguardaba un destino más grande y más triste; y mientras la multitud de los acontecimientos, haciendo las veces del tiempo, parecen haber echado un velo de olvido sobre aquella generación militar, segada al principio de su carrera, la figura de Diego de León, del General León, no llamado hasta más tarde por la voz de la hora suprema, se agrandará cada día con la distancia entre el aparato de una muerte política y verdaderamente histórica. Al hablar de Diego de León, la idea de su muerte no se aparta un momento de la memoria.
     No seguiremos nosotros paso a paso a este guerrero célebre. Su vida militar es casi toda ella una serie de hazañas individuales, cuya relación fuera ocioso enlazar con los planes de operaciones que se sucedieron en el curso de la guerra. Los nombres de las acciones donde peleó, señalan tantas ocasiones en que jugó su vida antes de alcanzar uno de los primeros puestos del ejército, y solamente nos detendremos en aquellas acciones de que se hará mención especial en la historia de nuestra guerra.
     El 26 de octubre de 1834 se incorporó León al ejército con su escuadrón de la Guardia; allí había otro escuadrón del regimiento, al mando del coronel; cayó este enfermo, salió del cuerpo el comandante más antiguo, y recayó en León el mando de los dos escuadrones. Al frente de ellos estuvo en la mayor parte de las acciones con que se abrió aquella segunda campaña; al frente de ellos peleó el 15 de enero de 1835 en la acción de Urbiza, el 27 del mismo mes en la de Muez, el 5 de febrero en los campos de Nazar, Asarta, y en el puente de Arquijas: mandándolos y mandando ocasionalmente otros trozos de caballería, concurrió a la acción de los Arcos el 24 de febrero, a la del puente de Lárraga el 8, y a la de Arroniz el 29 de marzo. El 2 de mayo protegió la retirada del fuerte de Treviño, el 16 coadyuvó al reconocimiento sobre el valle del Carrascal; el 13 de julio combatió la retirada del sitio de Salvatierra, y el 16 del mismo dio una carga brillante en la batalla más grande de esta guerra, en la gloriosa batalla de Mendigorría. Todo esto, sin contar los encuentros parciales, los lances de las marchas, las emboscadas, las sorpresas en que escarmentó al enemigo.
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     Pero el día en que León confirmó su reputación de jefe de caballería, fue el 2 de setiembre de 1835 en los campos de Arcos y en las alturas de Lomba. El general Espartero, que mandaba la acción, le destinó a sostener el ala derecha de la línea con un escuadrón de su regimiento, compuesto de unos ochenta lanceros. Los enemigos vinieron sobre los nuestros con fuerzas muy superiores, y los arrollaron. El escuadrón de lanceros fue el único que se mantuvo firme en su puesto, y poniéndose León a su cabeza, y haciendo dos movimientos tácticos para envolver al enemigo por el flanco, cayó con aquella reducida fuerza sobre los cinco batallones y tres escuadrones del enemigo, e introdujo el desorden en sus filas; rehiciéronse, empero, y cargando León segunda vez, y cargando hasta cinco veces, acabó por derrotarlos completamente, obligándolos a tomar la retirada. En aquella acción perdió León, como Moreau en Novi tres caballos. Al día siguiente se mandó formar el ejército en batalla; los lanceros fueron recibidos con marcha de honor y el arma presentada, y el General Córdova, puso por su mano a León la cruz laureada de San Fernando, dispensándole la Reina de juicio contradictorio por la notoriedad de la hazaña.
     Siguiendo León los movimientos del ejército, volvió a combatir el 11 de aquel mismo mes en los campos de Mendigorría; asistió el 17 de octubre en Salvatierra, y al reconocimiento sobre Guevara, desalojando de sus posiciones al enemigo; sostuvo el 28 la marcha desde Villa Real a Vitoria, protegiendo con cinco escuadrones la retirada de todo el ejército, y dando dos cargas al enemigo, que le valieron una mención honorífica en la orden general; peleó el 15 de noviembre en Estella y el 16 en Montejurra, lanzándose con su escuadrón en el desfiladero del monte, pasándolo con siete lanceros, acometiendo con ellos solos a dos escuadrones, y haciéndoles treinta y tantos prisioneros; concurrió el 1.º de enero de 1836 a la acción sobre el castillo de Guevara; el 16 y 17 a los sangrientos combates de Arlaban, y el 23 al reconocimiento sobre aquel castillo; se batió el 25 de febrero en Berrio Plano, decidiendo la acción con una carga, y el 5 de marzo en Zubiri; salió el 23 con ciento cincuenta infantes y sesenta y cuatro caballos en persecución de dos batallones y un escuadrón mandados por el Royo, y alcanzándolos al amanecer del día siguiente, los puso en dispersión a la segunda carga. Por aquellos días perdieron los húsares de la Princesa a su valiente Coronel D. Pedro Elío, asesinado por un prisionero después de la acción de Orduña: la opinión del ejército señalaba a León para sucederle, y el Gobierno, por despacho de 12 de marzo, le puso a la cabeza de aquel regimiento, invencible después bajo su mando. Con él concurrió el 25 de abril al reconocimiento sobre Villa Real de Álava, con él marchó luego a proteger el fuerte, todavía a tiempo, de Villaba de Losa, volviendo a tiempo, para entrar en alguna de las memorables acciones que se dieron del 21 al 27 en Arlaban, cuyos partes se leyeron con tanta admiración en España.
     Entretanto había salido del norte la célebre expedición del General carlista Gómez, cuyos batallones recorrieron de extremo a extremo la Península; expedición que puso en cuidado al Gobierno, que alarmó a los pueblos, que dio un golpe fatal a la reputación de algunos Generales nuestros, pero que hecha con el intento de sublevar las provincias pacíficas y de diseminar el ejército de la Reina, se volvió al cuartel de D. Carlos sin llevarle el homenaje de un pueblo, ni ofrecerle los despojos de una victoria. León marchó con sus húsares en la división destinada a la persecución de Gómez, recorriendo en pos de él las provincias de Asturias, Galicia, las dos Castillas, la Mancha y Andalucía; y si bien fueron muchos los encuentros y algunas las acciones de aquella dilatada correría, sólo hace a nuestro propósito la acción dada el 22 de setiembre de 1836 en la provincia de Cuenca, junto al pueblo, desde entonces famoso, de Villarrobledo.
     En este pueblo alcanzó la división de Alaix a la división de Gómez. La primera se componía de 3.000 infantes, 150 húsares y 80 caballos del primero de ligeros; la segunda de 11.000 infantes y 1.200 caballos; mandados éstos por Cabrera. Alaix, considerando la superioridad numérica del enemigo, y viéndolo presentarse en ademán de batalla, tomó posición con la infantería y los caballos ligeros en un terreno levantado, y mandó a León que maniobrase discrecionalmente con sus húsares. El General esperaba un escarceo; León le dio una victoria.
     Apenas fue dueño de sus movimientos, separándose del cuerpo de la división con su escasísima fuerza, comenzó a maniobrar, y continuó maniobrando hasta colocarse por un movimiento rápido en el flanco derecho de la línea enemiga, formada por catorce masas de infantería y dos columnas de caballería. Una vez allí, no dio tiempo, al enemigo para un cambio de dirección, sino cargándole al tiempo de ir a empezar su movimiento, lo arrolló todo, lo deshizo todo, lo mismo a los infantes que a los caballos.
     Y bien fue necesario el atolondramiento de aquellas bandas al impetuoso ataque de los húsares para que León no pereciese en aquella jornada. Arrebatado del ardor del combate, cegado por ese entusiasmo febril que sólo conocen los que han jugado con la vida y la muerte en las batallas, el valeroso coronel fue dejando detrás de sí a sus húsares, empeñados en la custodia de los prisioneros, en la persecución de los fugitivos, en la rendición de los que ponían resistencia. Había penetrado él al frente de todos, por entre una masa formidable de soldados, que como las olas podían volverse a cerrar sobre su paso; había ido trazando un sendero de carnicería por enmedio de aquellos 11.000 hombres apiñados en formación compacta, sin volver los ojos atrás sino para sostener con sus miradas a los suyos, y pasar con su lanza a los que le acometían por la espalda. Trece de las catorce masas enemigas había atravesado ya, y al tocar a la última, se encontró con que sólo ocho húsares, nueve con él, habían llegado hasta allí; pero no los contó, sino que con ellos se arrojó sobre aquella masa, con ellos la intimidó y la puso en fuga, con ellos penetró hasta las calles del pueblo, y con ellos dio cima a aquella brillantísima hazaña: 860 hombres contaba la última columna, y los 860 se rindieron. Alaix, que había contemplado desde su posición el espectáculo de la derrota enemiga, bajó entonces a recoger los despojos que había hecho León; 2.000 prisioneros, entre ellos 102 jefes y oficiales, y 200 muertos sobre el campo. León tuvo a un oficial y cinco soldados muertos, 10 soldados y 20 caballos heridos: pequeñísima pérdida para tamaño peligro.
     La batalla de Villarrobledo, si no de las más importantes, ha sido con razón una de las más famosas de la guerra. El resultado habría sido dar el carácter de una fuga a la incursión de Andalucía, si culpas ajenas de León no hubiesen atado los pies a los soldados de la Reina en el campo mismo de la victoria. Aquel milagro del valor no es menos asombroso por eso. Las tropas de Gómez no eran ciertamente el nervio del ejército carlista; entre aquellos 11.000 infantes había mucha confusión de gente bisoña; entre aquellos 1.200 caballos había muchos jinetes que apenas se tenían en la silla; pero los primeros contaban en sus filas algunos de los siempre formidables batallones navarros; los segundos iban mandados por un jefe como Cabrera, y Cabrera y los batallones navarros eran ya enemigo bastante para la división de Alaix.
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     León, cuyo alto hecho de armas recuerda a los héroes de la antigüedad y a los paladines de la Edad Media, a los Teseos y a los Roldanes, imprimió terror pánico en el corazón de aquellos hombres, y no se necesita otra explicación para tan extraordinaria derrota. Los húsares, que no habían adquirido todavía la confianza en sí mismos, que hace los buenos soldados, no dejaron en lo sucesivo a ningún caballo del ejército adelantarse en el campo a sus caballos. Aquel regimiento fue mirado ya como invencible; cada húsar fue desde entonces señalado con el dedo, y el coronel fue ascendido a brigadier de caballería, y nombrado comandante general de la caballería del ejército en campaña.
     Continuó León en seguimiento de Gómez, libertando el 14 de octubre a la ciudad de Córdoba de su dominio, y tornando a escarmentarle, el 2 de noviembre, en Alcaudete; hasta que, restituida la expedición, con harto desaire, a las provincias, los húsares fueron mandados a Palencia. Allí estaba el regimiento recobrándose de la marcha de mil y noventa y tres leguas que había hecho sin un solo día de descanso, cuando bajó del norte otra expedición destinada a reparar con usura los desastres de la primera, que debía trasladar a D. Carlos desde el Real de Oñate al Palacio de Madrid, y que no logró, en verdad, sino acabar con la fuerza moral del carlismo: la expedición de 1837 sobre Madrid, mandada por el Pretendiente en persona. León recibió la orden de reunirse con su regimiento al perezoso ejército que venía en seguimiento de los carlistas, y se incorporó con él al día siguiente de la malhadada batalla de Huesca. En aquella ocasión tenía que vengar sangre suya; su sobrino, Diego de León, como él joven, bizarro, y Coronel de caballería como él, había caído con el General Iribarren en aquella desastrosa jornada. Siguió, pues, con el ejército hasta Barbastro, en donde estaba el cuartel general de D. Carlos. Apenas se acercaron nuestras tropas al pueblo, se presentaron los enemigos y se rompió el fuego; pero deshecha nuestra línea y desordenados nuestros batallones, la victoria se inclinó del lado de los contrarios. Entonces tomó León sus tres escuadrones de húsares y uno de cazadores de la Guardia, y separándose del ejército, por un movimiento que reprodujo muchas veces con éxito en el curso de la guerra, ganó el flanco izquierdo de los enemigos, escalonó sus fuerzas, comenzó a dar cargas alternadas, obligó al enemigo, no sólo a ceder en lo mejor del ataque, sino a retirarse precipitadamente al pueblo, y quedó campeando en sus posiciones, al frente de su valerosa caballería. El General Oraa, que mandaba la acción, atribuyó a León el resultado.
     Perseguido D. Carlos en su retirada, como no lo había sido en su excursión, no pudo sostenerse en Aragón, y pasó a Cataluña. El Barón de Meer, Capitán General del Principado, tomó el mando de las divisiones del norte, y encontrando a D. Carlos al frente de los suyos en las posiciones de Gra, le presentó la batalla. León formó el costado izquierdo de la línea con dos escuadrones de húsares y un batallón de la Guardia, en cuyo puesto permaneció hasta que viendo que eran pasadas cuatro horas de fuego sin ventaja por ningún lado, ganó el flanco derecho del enemigo, cargó a la bayoneta con la infantería, y continuando él mismo la carga con sus dos escuadrones al abrigo del batallón, dio al General en Jefe la señal de un ataque sobre el frente, que acabó con la derrota del enemigo. La Gran Cruz de Isabel la Católica fue el premio de León por aquel servicio. El Barón de Meer le reprendió por no haber obtenido todo el resultado posible; él, a su vez, descargó la culpa sobre el Barón, y se retiró, como Aquiles, a su tienda; se fue a Barcelona. Los militares dicen que aquella fue la mejor carga de caballería de toda la campaña.
     Ya por entonces había en el ejército pocos Generales que rivalizasen con el Coronel de húsares en nombradía. En Barcelona se le recibió con grande agasajo; el pueblo, se le quedaba mirando en la calle con muestras de admiración; la gente se apiñaba a la Rambla y al teatro por contemplarle. Pero fueron pocos los días que permaneció en el ocio. Salido el ejército de Cataluña y entrado en Navarra tras la facción, León volvió a perseguirla bajo las órdenes del General Espartero, y al frente de la caballería. Muchos fueron los encuentros parciales que hubo, en alguno de los cuales se vio a León adelantarse, meterse solo entre los enemigos y jugar el sable o la lanza como en una escuela de armas; pero no se dio otra acción general hasta principios de noviembre, en uno de cuyos días fue alcanzada toda la facción en Pozo Aranzueque. Mandósele a León adelantarse a tomar la vanguardia enemiga, y como la hallase en fuerza de tres batallones y cinco escuadrones dispuestos a recibirle, desplegó su regimiento, cargó con él, arrolló a los carlistas y les quitó el pueblo; volvió seguidamente a desplegar en tiradores sus húsares, arremetió de nuevo a la línea principal, que se conservaba en buen orden, y acuchillándola, y desbaratándola, y haciendo prisionero a un batallón que formaba la reserva, decidió la victoria en favor de las armas de la Reina. Por esta acción fue promovido a Mariscal de Campo en 11 de noviembre de 1837; y como si quisiese hacer mayor su merecimiento, y como si fuese destino de aquella malhadada expedición llevar un golpe y otro de su mano por aquellos mismos días, cuando aún no había recibido la faja, se le ofreció en Huerta del Rey la ocasión de dar una de sus cargas más celebradas. Marchaba él muy a la vanguardia del ejército con sesenta y nueve tiradores; los formó en batalla, y aprovechando el momento de ir los enemigos a desplegarse para envolverle, se lanza a rienda suelta contra ellos, los bate, los obliga a la fuga, y les toma sesenta y ocho caballos y noventa y tres prisioneros. Los enemigos eran nueve escuadrones de caballería.
     Siguió el General con el ejército todos los movimientos de los enemigos, hasta que se internaron en la provincia de Álava, en cuyos días fue nombrado Comandante general de la división que operaba en Navarra. El estado de aquellas tropas era miserable: carecíase en la provincia de todo lo necesario para la división, y el General tuvo que buscar por cuatro meses consecutivos el sustento diario del soldado. Sin calzado para la tropa, sin un real para los oficiales, parecía que las operaciones no habían de adelantar un paso; pero León vencía todos los obstáculos con su actividad y con su ejemplo. Si había privaciones, él era el primero en sufrirlas; si había peligros, él era el primero en arrostrarlos. A caballo, desde el amanecer, aún le quedaba tiempo para empeñar una acción cada día, hasta conseguir que los enemigos se volviesen a poner del lado allá del Arga y respetasen su campo.
     Dueños estos de toda Navarra durante la última expedición, habían fortificado el puente de Belascoain. Es Belascoain un pueblo situado en una pequeña altura, a la orilla izquierda del Arga. Aquel puente ofrecía fácil y segura comunicación con el Carrascal, y el Carrascal era el paso preciso de los nuestros para Pamplona. A cada convoy que había que introducir en esta plaza, la división entera tenía que marchar al Carrascal o dejar el convoy en manos del enemigo. Convenciose, pues, el General de la necesidad de arrancar el puente de Belascoain de manos de los enemigos, y puso en conocimiento del General Alaix, Virrey en cargos de Navarra, su propósito de tomarlo. El Virrey no aprobó el proyecto porque desconfiaba del éxito; pero León tomó sobre sí la responsabilidad de la empresa, y la llevó adelante. Su primer diligencia fue hacer con sus tropas un movimiento hacia el extremo opuesto de la línea, o lo que es lo mismo, en dirección contraria al enemigo, a fin de darle ocasión y tiempo de hacer una incursión en el Carrascal. Así sucedió. Los enemigos, en fuerza de ocho batallones y seis escuadrones mandados por Zavala y Pavía, pasaron a ocupar los pueblos de Otezgarda, Legarda, Muzo, Baznon y Obanos; y en sabiéndolo León, que se había situado en Lodosa, a siete leguas de distancia, emprendió la marcha con la fuerza de cinco batallones, cuatro escuadrones y una batería rodada. Las nueve de la noche eran cuando salió de Lodosa, y al amanecer se hallaba en Puente la Reina, punto fortificado y ocupado por sus tropas, distante tres cuartos de hora de los puntos ocupados por el enemigo. Entrado el día, el General volvió a emprender la marcha. Los enemigos se habían concentrado en las fuertes posiciones de Legarda y el monte del Perdón; esperaban la batalla, y León se la dio, tomándoles aquellas posiciones, arrollándolos sobre el pueblo y puente de Belascoain, y acampando a vista de ellos en el monte del Perdón, desde donde aseguran sus comunicaciones con Pamplona. Desde allí envió a su Jefe de E. M. a anunciar al Virrey la manera como había inaugurado la ejecución de su plan, a participarle que se proponía atacar el puente a la otra mañana, y a pedirle la artillería gruesa que para ello necesitaba.
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     El enemigo pasó el puente aquella noche, dejando en el pueblo dos batallones repartidos en casas aspilleradas y preparadas para la defensa, y colocando el resto de la fuerza en tres reductos, dos casas fuertes y tres líneas atrincheradas, establecidas para impedir el paso de un vado inmediato al puente. León no aguardó el auxilio que debía recibir de Pamplona: en cuanto amaneció, se puso en movimiento hacia el pueblo, y después de cuatro horas de un fuego mortífero, después de una resistencia obstinada por parte de los defensores, marchó sobre él a la bayoneta y lo tomó con cuanto dentro había. Este era el momento crítico, porque era el momento de atacar el puente; y en este momento crítico se le presenta su Jefe de E. M. de vuelta de Pamplona. La respuesta del Virrey era que no enviaba la artillería por no perderla. Dícese que León, en un rapto de cólera o imprudencia, exclamó entonces en presencia de su E. M.: «Ya hay complot de Generales contra mí.» Como quiera que fuese, su honor estaba comprometido; el honor de sus tropas lo estaba también; en el pueblo no se podía quedar, porque el enemigo ocupaba el puente; aun cuando pudiese, el pueblo sin el puente no era nada, porque no era la posición. ¿Se había de volver, debilitando la fuerza moral del soldado y exponiéndose él mismo a las resultas de una desobediencia, que no admitía otra justificación que el éxito? Cometida ya la temeridad, resolvió consumarla; y metiendo espuelas a su caballo, y rompiendo por entre sus ayudantes, que le siguieron perplejos, corrió por delante de las filas y anunció a los soldados que se iba a tomar el puente por asalto. Enseguida mandó a un batallón que permaneciese en el pueblo; organizó los demás en columnas cerradas, desplegó otro batallón en la orilla para apagar los fuegos de la línea opuesta, se lanzó sobre el río con los tres batallones restantes y con la caballería, pasó el vado a pie al frente de ellos, y bajo un diluvio de balas, y tomando a la carrera los reductos y las casas, y ahuyentando a los enemigos de las posiciones que cubrían estos puntos, se apoderó de las piezas y municiones de guerra que allí había. En el momento volvió a despachar a su Jefe de E. M. para comunicar al Virrey el resultado de la operación y pedirle lo único que ya necesitaba, raciones para la tropa, pólvora para volar el puente y útiles para destruir los reductos. Volvió el Jefe de E. M. con la pólvora, pero sin las raciones, porque dijo el Virrey que no las tenía. El soldado estaba desfallecido, y sabiendo León que los enemigos tenían un depósito de víveres en el fuerte de Ziriza, a media legua de Belascoain, escalonó sus fuerzas en aquella dirección, y marchó con dos batallones, la caballería y la artillería rodada sobre aquel punto. Escarmentados los enemigos en la acción anterior, abandonaron el fuerte a la aproximación de las tropas, y León halló en él víveres de toda especie para racionar a sus soldados por cinco días. Estas acciones le valieron la Gran Cruz de San Fernando.
     Ocupose luego en inutilizar a Ziriza, y dejó concluidas obras para volar las fortificaciones y el puente de Belascoain; pero el enemigo se corría por la orilla del río, tentando continuamente repasarlo, y León tuvo que seguir sus movimientos para tenerle a raya. Sin tropa con que emprender simultáneamente otras operaciones, rompiéndose el fuego todos los días y empeñándose muchas veces el combate, sostuvo por muchos meses la línea del Arga sin desaprovechar una ocasión de batir al enemigo, sin hacerse un momento hacia atrás en su presencia; pero su posición se hacía insostenible: allí no había gloria, ni había más que contrariedades; el Virrey le suscitaba obstáculo sobre obstáculo, y León dejó el mando de la división de Navarra, Entonces se le nombró Comandante general de la caballería del ejército: pero en Navarra debían pagar bien cara su ausencia. Apenas había llegado a su nuevo destino, recibe del General Espartero noticia de la derrota que el Virrey acababa de sufrir en Legarda, y orden de marchar al momento a repararla. A poco estaba León en Tafalla, a donde las tropas se habían retirado con su General herido; e infundiendo valor en aquellos soldados que acababan de sufrir una derrota, los redujo de nuevo al combate y obligó al enemigo a repasar el Ebro. Esto sucedía en setiembre, y León quedó de Virrey de Navarra.
     Muy pronto volvió a resonar el nombre del nuevo Virrey unido a otros dos triunfos, uno de los cuales dio celebridad a los campos de Sesina, y el otro confirmó la nombradía del pueblo de Belascoain. Al tiempo mismo que se entablaban las negociaciones del convenio que los dos ejércitos sellaron después con el abrazo de Vergara, el General Maroto reorganizaba el ejército carlista, y no parecía sino que se iba a comunicar nueva actividad al fuego de la guerra. León se encontró en Sesma con su caballería; y fue en mal hora para el General carlista, porque quedó derrotado en dos horas. No entraremos en pormenores. Los campos de Sesma se cubrieron de hombres y caballos, y se hicieron prisioneros cerca de dos escuadrones. Entretanto la facción navarra había vuelto a apoderarse de Belascoain; León la atacó, halló resistencia, y ganó el Condado de aquel título, dando a sus soldados atónitos el espectáculo de verle penetrar a caballo por una tronera. Lo de Sesma sucedía en diciembre de 1838, lo de Belascoain en mayo de 1839. En el intervalo había tomado a viva sangre el pueblo de los Arcos y hecho un reconocimiento sobre el Ega, y luego hasta setiembre no dio las acciones de Arroniz, de Berrueza, de Allo y Dicastillo, de Cirauqui y del Puerto de Velate. Hecha, en fin, la paz, y dispuesta la fuga para D. Carlos, León fue acosando hasta la montaña al puñado de combatientes que entró con su Rey en la tierra extranjera.
     Aquí empieza el General a presentársenos con un carácter político de que su posición más bien que su conducta le revestía; porque había llegado el tiempo en que cumplir con ciertos deberes fuese pertenecer o inclinarse a un partido. El General Espartero no veía con buenos ojos que León repartiese con él el entusiasmo del ejército y de los pueblos. Al paso de los dos por Zaragoza, y concurriendo los dos al teatro, el público obligó a León a mostrársele de pie en su palco, victoreándole con infinitas aclamaciones. Esto no podía evitarlo Espartero; pero podía evitar que León conservase una posición independiente en el Virreinato de Navarra, y halagándole en la apariencia, le dio el mando de la división de la Guardia. El interés político, la idea de remover obstáculos para los planes que meditaba, influía sin duda en los sentimientos de Espartero respecto de su joven y brillante rival. Éste, por su parte, había clamado mucho contra la pereza de Espartero en la guerra; y cuando vio los escándalos de esta pereza, después del convenio de Vergara, entonces ya hizo gala de su oposición al cuartel general, y hasta ofendió alguna vez al brigadier Linaje. A él no se le ocultaba tampoco que había allí una gran conspiración y la rechazaba con toda la fuerza de su carácter; quería que el General en Jefe fuese el General del Gobierno, y Espartero era el General de la revolución.
     Dos circunstancias, una militar y otra política, acabaron de poner de manifiesto las disposiciones respectivas de ambos Generales. Establecido el cuartel general en Acuavera, y después de haber hecho al frente de su escolta algunos prisioneros al partidario Bosque en la plaza misma del pueblo de Calanda, León, comandante de la vanguardia, estuvo catorce días en Bordón enteramente separado del cuerpo del ejército, y sin más que dos puñados diarios de harina para cada soldado. Pedía víveres, y aunque el cuartel general estaba provisto de ellos, el modo de remediar aquella escasez fue mandarle que se retirase sobre Acuavera. Este movimiento atrasaba la guerra y envalentonaba a los carlistas, los cuales se presentaron inmediatamente a hostigar la retaguardia, costando el rechazarlos un día entero de durísimo combate en Peñacortada. León tomó muy a pecho la inconveniencia de semejante retirada; pero su irritación creció de punto con una extraña noticia que acabó de iluminarle sobre los designios del cuartel general. Al día siguiente de aquella acción, marchaba sobre Ginebrosa y había desalojado a los enemigos de este punto, cuando supo de aquel documento en que el secretario del Duque de la Victoria condenaba en nombre de su jefe al Ministerio Pérez de Castro. Era el manifiesto del Mas de las Matas una prenda soltada por el Duque al partido revolucionario; era un acta formal de alianza entre el poder militar y la revolución; pero fuéselo o no, a León le bastaba saber que los Generales estaban para batir al enemigo y no para batir al Gobierno, y desaprobó altamente el proceder del Duque en el proceder de su secretario. Marchó, pues, al cuartel general, se le dijo hipócritamente que se le aguardaba para consultarle sobre el asunto, y habiéndosele leído el manifiesto en presencia del General en Jefe, del brigadier Linaje y de algunos jefes del ejército, oyose allí de su labio cuanto bastara para disuadir de su propósito a gente menos empeñada en su fin que el autor y los editores de aquel documento. El silencio fue la respuesta de aquellos Generales mudos a sus razones; el silencio fue la respuesta del brigadier Linaje a sus agrias palabras. El comunicado del Duque y de su secretario se publicó en los diarios de la oposición revolucionaria. León pidió una licencia que sólo le fue concedida ante la amenaza de su dimisión, y se vino a Madrid.
     La Reina Gobernadora recibió a León con muestras de singularísimo aprecio. Al besar el General la Real mano, aquella Señora, que buscaba caballeros para defender el Trono de su hija, presentiría tristemente en su corazón cuál era y dónde estaba su mejor caballero. Aquel viaje era objeto de mil sospechas en el cuartel general, como de mil comentarios en toda la Península, y fuerza es confesar que la posición de León era demasiado importante para que no se clavasen muchos ojos en donde él fijase su planta.
     Excusado sería hacer aquí la historia de la influencia fatal que el General en Jefe venía ejerciendo desde bien atrás en el Gobierno. Por su mano se habían hecho y deshecho Ministerios; por su mano y por odio suyo a dos Ministros, no doblegables a sus mandatos, había caído el Ministerio del Conde de Ofalia; por su mano y por orden suya, para tender los lazos de una usurpación desde la cumbre misma del Gobierno, había formado el General Alaix el primero de aquellos dos Ministerios cuyo Jefe real fue el maleable Sr. Arrazola; por su mano, por descaradas exigencias y demostraciones suyas, se veía ahora en aprieto el Ministerio presidido por el Sr. Castro, en el cual más bien que por el Sr. Arrazola, estaba representado el partido conservador por los señores Calderón Collantes y Montes de Oca. Natural era que a estos dos Ministros, el último de los cuales había de rivalizar más tarde con el General León en el honor de una muerte gloriosa, les pasase entonces por la idea la destitución del General en Jefe; semejante medida se había tratado de tomar en época anterior por anterior Ministerio; y lo que es más tarde, cuando la cuestión de la faja para Linaje la hubo hecho necesaria para el decoro personal de los Ministros, sábese que Montes de Oca se ofreció a presentarse en el cuartel general con la orden de la destitución, y a hacerla cumplir o perecer en la demanda.

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Diego de León, ejemplo meritorio y muy significado –la mejor LanzadeEspaña- fue condecorado en 1835 y 1838. Su legendario valor en los combates lo expresa que le mataron 21 caballos de los que montaba.
Ello es que el General León se presentó en Madrid a tiempo que el comunicado del Mas de las Matas había hecho ya tan indispensable una resolución vigorosa respecto al General en Jefe, que el no arrestarse a tomarla había dañado no poco a la consideración del Gobierno. Así lo creían una porción de individuos del partido conservador, que, o por ilusión de fuerza, o por resolución de ánimo, querían arrostrar una tentativa de cambio en el mando del ejército; y como el General León era uno de los dos Generales -el otro era el General O’Donnell- sobre quienes podía recaer la nueva elección de General en Jefe, de aquí los rumores más o menos acreditados que se divulgaron a la sazón sobre tan grave asunto. Díjose efectivamente que el Ministerio, decidido por fin a no consentir que estuviese en el cuartel general el Gobierno de la Monarquía, había ofrecido a León el mando en Jefe, y díjose también que León, cuya índole generosa comenzaban realmente a contrariar las miserias de la política, no sólo había renunciado, sino mostrado deseo de abandonar el servicio. Si hubiera sido verdad, ésta sería la culpa que hallaríamos en la vida de León. La aceptación del mando no era ya entonces la gloria, era un gran compromiso, era un gran deber, era una gran responsabilidad, era un servicio eminente a la Patria, y al Trono, y a la Constitución del Estado. ¿Pero se le propuso realmente? Según informe de personas que bebían en las fuentes del Gobierno, se pensó seriamente en ello, pero no llegó a decírsele. Si se le hubiera dicho, es probable que su primera respuesta hubiese sido la que se le supuso; pero como el Gobierno hubiese insistido, como el Gobierno se lo hubiese mandado, él hubiera corrido al cuartel general a desempeñar su encargo. León tenía la conciencia del deber; León no desobedecía sino cuando la orden de hacer alto le sorprendía con el sable desenvainado sobre el enemigo. ¿Habría sido el temor el que le detuviese? León no conocía el temor. ¿Habría sido su quebrantada amistad con el General en Jefe? León había hecho su ídolo de las dos Reinas que se sentaban en el Trono de España.
     El General en Jefe, que no tenía un momento de quietud con la presencia de León en Madrid, le había estado escribiendo durante dos meses, que volviese a reunirse con él. León había resistido a las instancias de Espartero, pero no pudo resistir a las de la Reina Cristina. Reconocida esta Señora a sus grandes servicios, le brindó con la faja de Teniente General: él, que había conquistado todos sus ascensos en el campo de batalla, respondió entre palabras de agradecimiento, que en breve la conquistaría; e insistiendo la Reina en que no partiese sin una prenda del favor soberano, le nombró su Gentil-hombre.
     El 11 de marzo de 1840 se reunió León al cuartel general, y al día siguiente hacía con su división un reconocimiento sobre Castellote. El día 22, primero del sitio de la villa, entró en ella solo con su escolta, y metió su bastón por una aspillera, desde donde le apuntaba un faccioso. Él fue quien obligó a la guarnición a retirarse al fuerte, quien colocó la artillería, quien dirigió el ataque hasta la capitulación de la plaza, cumpliendo a la Reina su empeño de ganar la faja de teniente General, cuyo grado recibió del General en Jefe allí mismo. En la marcha sobre Morella, mandó la vanguardia y escarmentó al enemigo en Ceroleza. A los dos días, el 9 de abril, la guarnición de Peñarroya abandonaba la plaza al asomar la cabeza de nuestras columnas; y León, que se había adelantado con sus edecanes y ordenanzas a hacer el reconocimiento, se lanzó osadamente sobre ella. El grito de ¡León! ¡León! resonó entre los carlistas, y la mayor parte de ellos se entregaron. La sorpresa de Beceite por Zurbano se hizo también bajo sus órdenes.
     Sitiada por fin Morella, y mientras llegaba aquella numerosa artillería que recordaba los grandes trenes del siglo, León fue destinado con la Guardia a apoderarse de Mora de Ebro. La toma de esta plaza importaba tanto más, cuanto que era el punto de comunicación entre las facciones de Aragón y de Cataluña; así fue que Cabrera, temeroso de que se le cortase la retirada, acudió allá con todas sus fuerzas. La marcha exigía precaución extraordinaria, ya por ser aquel un país donde nuestras armas no penetraban años hacía, ya porque los carlistas podían elegir lugar y tiempo para caer improvisamente sobre las tropas, y dispersarlas por el país. La precisión y la rapidez de los movimientos de León llenó de asombro al enemigo, que después de oponer una denodada, pero vana resistencia en Gandesa, corrió en desorden hasta Mora de Ebro. Aquí no aguardó el Jefe carlista al General de la Reina, sino que evacuó precipitadamente el Aragón para renacer en Cataluña, y León entró en Mora de Ebro a los gritos del coro de Cabrera, que decía: ¡Viva Carlos V! La orden de desocupación de Mora fue una cosa semejante a la de la retirada de Bordón. Por aquella plaza pasaron después los fugitivos de Morella para Cataluña. León salió de ella volando el fuerte, y se replegó sobre Morella, desalojando con mucho fuego a la facción de las alturas de Valdelladre.
     Acometida, por fin, Morella, se reprodujeron las escenas sangrientas del otro sitio, tan fatal para nuestras armas. Temiendo León que la guarnición se escapase, se acercó a la plaza; y la misma noche que tomó posición cerca de los muros, hicieron los sitiados una salida. Cargados vigorosamente por León, retrocedieron en desorden hacia la plaza; pero se hundió el puente levadizo, que estaba roto de una bala de cañón, y los fugitivos, así los que ya habían ganado el puente, como los que venían acosados por la espalda, cayeron o se arrojaron en los fosos. Fue aquella una escena desoladora. Hombres, mujeres, niños, bestias, equipajes, todo caía, porque los habitantes comprometidos habían tratado de salvarse con la guarnición. En medio de este horrible tumulto, los de dentro hacían fuego, los nuestros pasaban a cuchillo, y el General estaba al pie mismo de las murallas. Cesó la sangre, pasó la noche, y a la mañana siguiente capituló aquella plaza, baluarte de la insurrección aragonesa.
     No quedaba ya más acción notable que la de Berga. León, siempre al frente de la vanguardia, había comenzado el ataque, cuando el General en Jefe mandó otra división a arrancarle la gloria de dar el postrer golpe de la guerra; pero León despreció la orden, y poniéndose a la cabeza de la columna, tomó al arma blanca y a paso de ataque los veinticuatro reductos de la plaza. Todos cuantos estaban a su lado cayeron heridos o muertos; su caballo recibió cuatro balazos en la cabeza, y con aquel eran veintiuno los que había tenido que desmontar en el campo de batalla. A los cuatro días arrojó a la facción del fuerte de Santa María de Helaxs, su último refugio, y así cumplió su palabra, empeñada largo tiempo había con el ejército, de dar la última lanzada de la guerra civil. Severo en el mando, brillante en la pelea, gozando en la flor de la edad toda la popularidad del entusiasmo, el mejor General para ser el apoyo de un Gobierno, ¿quién dijera que aquel guerrero invulnerable no tenía ya más porvenir que la muerte?
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     La toma de Berga había sido la señal de la revolución de setiembre. Berga hubiera tardado más en tomarse, si todo no hubiera estado a punto para el alzamiento. Sabida es la historia del viaje de la Reina Gobernadora con sus Hijas, de su entrevista en Lérida con su caballero el General en Jefe, de su atribulada estancia y de las coacciones que la oprimieron en Barcelona. León fue el único que ahorró algún sinsabor a la Reina durante aquel humillante paseo. En Lérida iban ya unas compañías de Luchana, de la guardia real de Espartero, a relevar a la Guardia Real en la custodia de las Augustas Personas. Un oficial corrió a dar aviso a León, y León, puesto a la cabeza de la guardia entrante, mandó a los de Luchana desalojar el puesto, y fue obedecido. Ocupado luego en limpiar a Cataluña de los rezagos de las bandas carlistas, contempló tristemente desde Manresa las primeras nubes de la tormenta que retumbó bien pronto por toda España; pero mandaba a la sazón trece batallones, sin contar la caballería, y el General en Jefe era bastante advertido para no dejar en sus manos tanta fuerza. Ni León la soltó hasta que dio aviso y recibió contestación de la Reina.
     Entonces sí; entonces acudió a Barcelona, a donde se le había llamado, sin nombrarle sucesor, por no herir su susceptibilidad o avivar su sospecha, y entonces tuvo la gloria de oír del General en Jefe brindar en un banquete por el Murat español. Pero Murat no veía a Napoleón; y ¡oh! ¡cuán terribles no debieron ser aquellos días para un hombre como él! Amaba lo que hoy no se sabe si llamar con la palabra libertad, y hallaba en su lugar una revolución sin grandeza; había contribuido, como ninguno, a la gloria del ejército, y lo veía ladearse hacia un General que caminaba a la usurpación. Y para colmo de desgracia, aquel General, cuya sangre juvenil estaba hirviendo en sus venas, estaba condenado a devorar sus generosos instintos en la inacción y en la expectativa, como si desde entonces pesase sobre su cabeza la predestinación de las grandes víctimas.
     El Gobierno, trasladado con la Reina a Valencia, veía encima de sí el levantamiento. No era ya ocasión de impedirlo. Pero todavía quedaban deberes que cumplir en aquel trance. Madrid era el núcleo principal de la insurrección, y León fue nombrado Capitán General de Castilla la Nueva. En febrero, cuando el partido revolucionario, creyéndose obligado a hacer también su manifiesta del Mas de las Matas, envió una turba de miserables a insultar a los Diputados conservadores en el seno de la Representación nacional, se había tratado de colocarle en aquel puesto, y aunque más tarde se volvió a pensar en ello, el General en Jefe había pretextado la necesidad que había de él en el ejército. Ahora el General en Jefe no mostró la más mínima oposición, sino reservó el nombramiento, hasta que tuvo avisos secretos de haberse verificado el pronunciamiento de la capital. «Temo, le dijo León al recibir la Real orden, que mis principios militares me obliguen a rechazar con la fuerza cualquier tentativa revolucionaria.» «En ese caso, le respondió Espartero, deja V. tendidos dos mil cadáveres en las calles de Madrid.» Estas fueron las propias palabras del General en Jefe, el cual, aún hizo a León otro encargo cuando se dieron el abrazo de despedida. Encargolo decir en nombre suyo a la Reina, «que la suplicaba de rodillas que no prestase oídos a sus consejeros, y que él, el General en Jefe, permanecería fiel a su causa.»
     Habiéndose puesto en camino, y estando ya cerca de Lérida, supo León, por un correo de Gabinete, los acontecimientos de la capital; supo que un correo anterior había llevado la noticia al General en Jefe; supo, en fin, que no se le había dejado partir sino cuando era imposible que se encargase del mando. Antes había pensado rodear por Valencia; entonces marchó en derechura a Madrid; aunque inútil, era su deber, y quería cumplirlo.
     Llegado a puestas de noche a un lugar distante tres leguas de Zaragoza, determinó descansar en él hasta por la mañana; pero notó a poco que un hombre a caballo salía de la casa y tomaba a galope el camino de Zaragoza; y habiendo hecho algunas preguntas sobre el caso, las respuestas que se le dieron no fueron, en manera alguna, para tranquilizarle. Ignoraba aún, y no parece sino que había empeño en ocultarle que Zaragoza había seguido el ejemplo de Madrid. Estaba, pues, embebido en los tristes pensamientos de su situación, cuando acercándosele la hija del patrón, que le preparaba la cama. «No vaya el General a Zaragoza, -le dijo;- vuélvase al instante.» León mandó poner inmediatamente el carruaje. El patrón, hombre, al parecer, decente, tuvo bastante osadía para suplicarle, bajo un pretexto, que le llevase consigo a la ciudad. Aquel miserable creía, y tal vez no se engañaba, que le iba a resultar grande honor o gran recompensa de la captura del General. León le respondió afablemente y le hizo sentarse a su lado en el coche; pero en el acto de partir, su criado sacó una pistola e intimó al postillón la orden de volver el tiro. El aragonés se quedó frío; León mandó abrir la portezuela y le despidió. Entrado en el camino, lucieron unos fogonazos en la oscuridad, y las balas silbaron en derredor. Al asomar el día, se divisaron siete hombres montados, que venían como a cortar el camino. Afortunadamente vino por allí un destacamento de caballería, y escoltó al General hasta Fraga.
     Habiendo tenido que volverse desde Fraga, y vagando por aquellos pueblos, envió pliegos al cuartel general pidiendo instrucciones. La respuesta fue que la Reina le había nombrado para su destino, y que de ella debía recibirlas. Habíansele reunido ya algunos edecanes, y entretanto que él mismo pasaba a Valencia o tomaba otro partido, envió a uno de ellos a recibir órdenes, cualesquiera que fuesen, de la Reina. Su división de la Guardia, fiel toda ella al Gobierno, y parte de la cual había salido de Madrid cuando el pronunciamiento, se hallaba en Tarancón, a las órdenes del General Aldama: mandósele, pues, que volviese a ponerse a su cabeza, y marchó inmediatamente a aquel pueblo. Mas no por eso cambiaba su actitud resignada y pasiva: la principal de sus instrucciones era no hostilizar a la revolución, y así fue como, cruzados los brazos y envainado el sable, vio pasar al Duque de la Victoria de Barcelona a Madrid, y de Madrid a Valencia, sin alargar siquiera la mano para detenerle en su ambicioso camino.
     El drama, aquel drama que tenía el fondo del crimen bajo la forma del ridículo, se acercaba a su desenlace. El Duque, nombrado Presidente del Consejo de Ministros, había ido a redactar su programa en el seno del Ayuntamiento de Madrid: este programa fue presentado a la Reina en Valencia; era la adjunción de Co-regentes, y la Reina abdicó. Viose entonces a aquella Señora descender noblemente del Trono, desde el cual había conjurado durante siete años las tempestades de la guerra civil, y el General que más se había señalado entre sus defensores, estuvo condenado a contemplar, en una triste inacción, la mayor catástrofe por que en España ha pasado la Monarquía.
Capitán Húsares de la Princesa. Ferrer Dalmau
     ¿Qué dirá la Historia de la conducta del General León en la revolución de setiembre? La Historia no dirá nada que anuble la limpia fama de este personaje. ¿Debió, se preguntará, mantenerse en el círculo de sus ordinarios deberes militares, cuando era necesario salvar ese círculo para alcanzar con su brazo y con su espada a un Trono que demandaba apoyo y defensa? Nosotros creemos que, cualesquiera que sean los principios políticos, si no en las inspiraciones de aquella moralidad que se siente más que se razona en las grandes crisis de las elevadas posiciones públicas, creemos que, por muy ciegamente que se profesen el principio de la obediencia militar y de la obediencia política, en los hombres levantados a cierta altura y arrebatados desde ella por el torbellino de las revoluciones, puede haber deberes más altos y más sagrados que cumplir, que los deberes escritos en los Códigos comunes. Esto creemos nosotros, que nunca escribiremos la palabra insurrección junto a la palabra derecho, porque, atendiendo a la realidad, atendemos también a la moralidad de la Historia.
     Pero ¿cuál era la posición del General León en 1840?, ¿Debía obrar por sí, sin reflexión, sin ayuda y sin consejo de nadie; mirar solamente una legitimidad herida y una Reina calumniada, y cerrar los ojos a todas las demás consideraciones, a todos los demás peligros de una situación como aquella? El no haber entrado con su división de la Guardia en Barcelona y fusilado a los jefes de la revolución; el no haberse apoderado del Ministerio del pronunciamiento en Tarancón; el no haberse precipitado tras él en Valencia, y tentado acabar de un golpe con la hidra revolucionaria; el no haber hecho nada por impedir o vengar la abdicación o el destierro de la Reina; he aquí el capítulo de culpas descargado sobre la altiva cabeza del General León. Pero estas no son culpas sino en la opinión de los hombres vulgares de partido.
     El General León, -tal se dijo entonces y tal se ha confirmado después,- se ofreció en Barcelona a hacer un gran escarmiento en los principales revolucionarios. Disuadido de su propósito, todavía cupo en su ánimo caballeresco la idea de un duelo con el General en Jefe. Luego que tuvo noticia del levantamiento, envió a decir a la Reina que allí estaba él, y que podía disponer de su división; se le respondió que se quería ahorrar el derramamiento de sangre, y no era él quien había de tomar sobre sí el derramarla. Semejante responsabilidad no era para él; en tiempos de revolución, hasta los Gobiernos son tímidos en aceptarla; sólo cargan con ella los revolucionarios. ¡Y todavía se echa en cara al General León el no haber hecho lo que el éxito hubiera calificado tal vez de una calaverada militar y de un error político!
     No; una triste y severa inmovilidad era el aire que mejor cuadraba a la fisonomía de León en aquellas circunstancias: si la Reina le hubiera mandado morir, hubiera muerto; no solamente no se lo mandaron, sino se lo prohibieron; él obedeció, y aquella obediencia le sublima. Vuélvase la vista a Valencia, y allí se hallará otro General que hizo lo mismo. Uno y otro han mostrado antes y después que ni el temor ni la flaqueza acallaron nunca el latido de sus corazones; y si fuese necesario otro género de razones para justificar su conducta, se hallarían en una verdad que no se ha querido reconocer o confesar todavía.
     El ejército español era entonces revolucionario, como lo han sido todos los ejércitos del mundo, cuando a la indisciplina de la guerra han reunido la indisciplina de las ideas revolucionarias. O’Donnell mismo, uno de los Generales más respetados del ejército, no contaba con la fidelidad de su división. León, el General más querido de los oficiales y de los soldados, era el único a quien habría seguido la suya en la empresa de derribar el levantamiento. Y suponiendo que el General la hubiese intentado, el espectáculo que se ofrecía a sus ojos era una lucha a brazo partido de una parte del ejército con otra parte del ejército y con toda la revolución organizada; una lucha de que tal vez hubieran surgido mayores catástrofes para las Reinas, para el Trono, para la España. Comprometer el Trono por salvar la Regencia, he aquí lo que no hizo la Reina Cristina, y lo que se ha querido que hiciese el General León. No juzguemos, pues, a este hombre con el estrecho criterio de una pasión política; no le abrumemos bajo el peso de una responsabilidad de que no se hubiera librado sino aceptando tremendas responsabilidades. En cualquier caso, aquella responsabilidad no sería tampoco suya, sería del Gobierno; pero en setiembre de 1840 no había ya responsabilidad para nadie sino para los revolucionarios. La responsabilidad de los que entonces cayeron vencidos, no nacía allí, venía de más atrás. Esa responsabilidad pesará eternamente sobre quien a tiempo no intentó, -¡ni intentarlo siquiera!- cortar los vuelos al General que, por la senda de la revolución, se encaminaba al asiento de la dictadura.
     El General Espartero escribió desde Valencia al General León, aconsejándole en términos propios de la antigua amistad de entrambos, que hiciese dimisión del mando de Castilla la Nueva. León acompañó su dimisión con una solicitud de licencia para Francia. Espartero se la remitió con otra carta, en que le aconsejaba aguardar a mejor tiempo para usar de ella; pero León partió inmediatamente para la frontera.
     Aquel viaje fue para él una completa satisfacción de su orgullo. Los oficiales de las legiones extranjeras, que le habían visto tantas veces en el campo, habían hablado de él con entusiasmo; y mientras los legitimistas del norte personificaban en Cabrera el valor de los ejércitos carlistas, los franceses y los ingleses personificaban en León el valor de los ejércitos de la Reina. Estos dos hombres eran efectivamente dos tipos. El General carlista pertenecía a esa raza de guerrilleros, que coge en el árbol genealógico de España desde los rechazadores de las antiguas conquistas hasta los modernos defensores de nuestra independencia; desde Viriato hasta Mina. El General de la Reina pertenecía a aquella generosa raza europea de los guerreros de la Edad Media y de los caballeros de la Monarquía; de los Duguesclin y de los Bayardos, de los Cides y de los Guzmanes; raza que no se ha encerrado, como la otra, en la corteza de nuestro carácter, a la sombra de nuestras montañas. Permítasenos este paralelo entre el célebre guerrillero y el brillante guerrero de la última guerra. Ambos han sido grandes en su línea; ambos halagaban la idea, singularmente romántica, que tienen los extranjeros, de los hombres y de las cosas de España. Pero en León todo contribuía a realizar la ilusión que de él se formaba al oír los fabulosos prodigios de su lanza. Alto y gallardo de cuerpo, con la cabeza en actitud de natural altivez, reuniendo en su rostro la hermosura y la fuerza del tipo gótico, a la ligereza y la gracia del tipo arábigo, había efectivamente en su continente y en sus modales algo de épico y de aristocrático, que le hubiera hecho más propio para una hueste de barones feudales, que para un ejército de soldados revolucionarios. Los que le vieron con su capa blanca, con su plumero blanco de húsar y con su lanza en la mano, al frente de sus escuadrones de caballería, pueden decir que han visto realizada la imagen que se forma en la fantasía, de los antiguos Maestres de las órdenes militares. Los pueblos de Francia por donde pasó, no ocultaron su admiración cuando le vieron; las autoridades le agasajaron; en Burdeos pasó revista a las tropas de aquella división militar; y habiendo determinado no llegar a París por razones de política, se volvió a Madrid, y reposó, en el seno de su familia.
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     Estamos tocando a la parte más dolorosa de esta biografía. La revolución se ha consumado; las Cortes se han reunido; el Duque de la Victoria es Regente único; y sin embargo, los poderes revolucionarios tiemblan en la cumbre de su omnipotencia. ¿Por qué tiemblan? ¿Será porque, apenas plegadas las banderas y desencasquetados, los gorros frigios, que formaban una sola hermandad en los matices de Barcelona, conozcan su incompatibilidad en el poder y se dispongan a arrebatarse uno a otro la parte de despojos que le ha cabido en el saqueo de la Monarquía? Este vicio de todas las revoluciones, más patente en nuestra revolución que en otra alguna, se había declarado con síntomas inequívocos en la cuestión de la Regencia única; pero en la época de que hablamos, al año del alzamiento de setiembre, era otro el mal que agravaba la situación política; mal de tal calidad, que por su causa aparecieron todavía una vez aquellos partidos a los ojos de España en unión tan estrecha, como el día de su triunfo común en Valencia.
     Este mal consistía en el descontento del ejército. Aunque revolucionario en 1840, el ejército no había abrigado grandes entusiasmos en favor de la revolución. Todos los entusiasmos de nuestra época, comenzando a contar por el de los tribunos, han sido entusiasmos postizos, y el ejército no estaba obligado a ser un club innumerable de Dantones. Además, los ejércitos no conciben las revoluciones como los partidos revolucionarios; lo que en los tribunos puede ser una idea, en los ejércitos no puede ser más que pasiones: en España no había pasiones para el ejército, y el ejército se desmoronaba en una sorda anarquía. No hay que hacerse tampoco ilusión sobre las disposiciones del ejército en 1841: no hay que suponerle gran decisión por la causa contraria al Gobierno. Acostumbrado al bullicio de los campamentos; minado por las sociedades secretas, de que sus Jefes eran agentes y cabezas, en 1840, había hecho la revolución por lo mismo que había hecho antes la guerra; porque la revolución ofrecía pábulo a su actividad, y alimento a su ambición. Caído en la inacción al día siguiente de la revolución de setiembre, olvidado por el poder militar en el fondo de sus cuarteles en 1841, era materia dispuesta para todo género de conspiraciones, porque cualquier conspiración se le presentaba como un nuevo medio de botín, o como un nuevo camino de dominación. ¿Qué le había de dar el partido revolucionario? ¿las suertes de tierra que lo había prometido en 1837? ¿Qué le había de dar el poder militar? ¿conquistas como la que el General Van-Halen, más grande y más afortunado que Napoleón hizo en el rapto báquico de un banquete político, yendo a acampar con su imaginación poblada de batallones, bajo las murallas de la capital de Rusia? Una conspiración afortunada, una insurrección triunfante podía dar al ejército lo que ni la revolución ni el poder militar podían ya darle. Sólo faltaba quien aprovechase semejantes elementos de revuelta; sólo faltaba quien se atreviese a ponerlos en acción, arrestándose a las consecuencias de un grande azar. El azar se corrió; los dados sonaron sobre el parche de los tambores, y los de uno y otro bando se agruparon a saber cuál era la suerte. La fortuna había sido favorable al General Espartero, y algunos grados más entre los vencedores, y algunas cabezas menos entre los vencidos, he aquí cuál fue el resultado de la insurrección militar de 1841.
     Parece a primera vista que el descontento del ejército, lejos de servir de rémora a la oposición del partido revolucionario, debía ser, en sus manos, un arma terrible contra la Regencia; pero si se considera que los filos de esta arma, hiriesen donde hiriesen, tenían que cortar las venas de la revolución misma, se concebirá el instinto del partido revolucionario en reprimir su ira contra un poder que, absorbiéndole, le protegía. El partido revolucionario no quería, pues, no podía, conspirar contra el poder militar: no quería, porque su defensa contra aquella usurpación era la recién inaugurada legalidad parlamentaria; no podía, porque los Generales, porque los hombres influyentes en el ejército, que antes habían coadyuvado a la revolución, eran ahora los amigos, más o menos fieles, del poder militar; pero de ninguna manera los Generales de la revolución. Fuera de éstos, ¿qué Generales había? Los únicos, es verdad, los únicos dignos de este nombre, con ninguna otra excepción que el Regente mismo; los que a la conclusión de la guerra habían quedado reputados por tales, los que habían ganado sus fajas al frente del enemigo, no los Generales civiles y los Generales de secretaría; pero estos yacían en la emigración, o estaban envueltos en las ruinas del partido anterior a setiembre: valían más que el ejército de aquella época, y no habían de desnudar sus espadas sino por la causa que siempre habían defendido. Eran O’Donnell, Narváez, Meer, Concha, Pavía, Pezuela, Borso y otros militares de nota, los cuales, digámoslo sin rebozo, aunque rechacemos la doctrina de las insurrecciones, se podían creer autorizados para hacer una insurrección en favor de una legitimidad vencida, contra la insurrección que había hecho a una usurpación, vencedora.
     León aparecía el primero entre estos Generales. O’Donnell se había puesto después que él la faja de Teniente General, y si rivalizaba con él en reputación, no le igualaba en prestigio. El principal elemento de la empresa era aquella falange dorada, aquella valerosa Guardia Real, que había atravesado, a la cabeza del ejército, el campo ensangrentado de la guerra de los siete años; y cuando era menester levantar una bandera enmedio de la Guardia, nadie podía disputar a León este privilegio. Si es verdad que hay destinos que se unen para engrandecerse y consumarse, el destino de León y el de la Guardia debían unirse. De las filas de la Guardia había salido León; la Guardia había peleado mucho tiempo a sus órdenes; la revolución de setiembre los halló juntos, porque la división de León era entonces la Guardia: juntos habían arrostrado las consecuencias de aquel levantamiento, porque si la Guardia hubiese sido un hombre o un General, habría hecho lo que León; dejar el servicio. Desde aquel momento, la conducta de León y de la Guardia para con el Gobierno, y la conducta del Gobierno para con León y con la Guardia, guardan una estrecha correspondencia. La Guardia está silenciosa desde setiembre; el Gobierno la considera, la vigila y la amenaza, todo a la vez, y todo porque recela de ella. León se ha retirado a su casa; el Gobierno le ve con inquietud ir a Francia y volver de Francia; pero no se atreve a inquietarle, porque le teme. Sí; los destinos de León y de la Guardia estaban unidos.
     Enmedio de un ejército vacilante, la Guardia sola estaba resuelta: a no haber acudido el Gobierno con uno de esos remedios que salvan en los casos extremos, la Guardia hubiera seguido a León a todas partes, o con el ejército, o a contrarrestar el ejército; y cuando fue vencido, cuando el personificador de la Guardia cayó bajo el golpe de sus enemigos; cuando el jefe de aquella gloriosa familia de militares, que salió de las entrañas de la Guardia, desapareció a los ojos llorosos del ejército y de la España, no pareció sino que la Guardia se había recostado, como un perro fiel, a sus plantas, o que se habían enterrado dos cadáveres en la tumba de Diego de León. Cuando León murió, como si ya no existiese la Guardia. El Gobierno la suprimía al poco tiempo.
     No se crea, por lo que antes dijimos de la disposición del ejército, que el plan de los conjurados estribaba únicamente en la Guardia. Si hubiera sido posible que un ejército incapaz de entusiasmo se agrupase con fe y con amor en torno de alguna bandera, habría sido en torno de la bandera que se desplegaba; y partidario y admirador del General León personalmente, lo era entonces, como lo había sido siempre, el ejército. Contábase, pues, con las simpatías de la tropa hacia casi todos los hombres cuyo recuerdo había sobrevivido gloriosamente a la guerra; contábase con la decidida voluntad de una multitud de oficiales, que se creían injuriados por el Gobierno; contábase con el compromiso de buen número de Jefes, que se habían ofrecido a sus antiguos compañeros; contábase con el apoyo, más o menos explícito, de algunos Generales, que luego se quedaron del lado del Regente; contábase, en una palabra, con el ejército. Con el éxito era con lo que no se podía contar; pero ¿se podrá calificar esta empresa de temeraria, ni aun por los que siempre la calificaron de impolítica?
     Habían llegado en esto los últimos días de setiembre, y la España entera hervía en una inmensa conspiración militar. El ruido que precede a las tempestades de la política, como a las de la atmósfera, se dejaba oír sorda y temerosamente por toda la Península; y al resonar en Madrid los ojos de todos los hombres y de todos los partidos se fijaban con diferentes afectos en el General León. Eran notorios los motivos porque se había separado del servicio; era notorio el desdeñoso aislamiento en que vivía respecto del Gobierno y del Regente; y como en la multitud excitada hay un instinto que adivina las grandes posiciones en las grandes crisis, el dedo de Madrid señalaba en León un personaje que debía figurar muy pronto a la cabeza de un grande acontecimiento. Este mismo empeño contribuyó en gran manera a la publicidad que tuvo a las últimas la conjuración, y que siendo causa de mucho temor en unos, y de mucha confianza en otros, según atribuían el rumbo de las cosas a fuerza de la conspiración impaciente, o a espera del Gobierno prevenido, lo fue también de que amigos y enemigos acusasen a los conjurados de imprudencia. No son los hombres como León los mejores para este género de empresas; pero la verdad es que aquella conjuración era de las que se delatan a sí mismas. «Los franceses conspiran en la calle,» ha dicho un escritor de la revolución francesa: lo mismo se puede decir de los españoles y de todos los pueblos en revolución. Había cundido muchas veces la voz, no infundada, de que el General había recibido avisos y sospechaba proyectos de un atentado en su persona; se oía a los oficiales de la guarnición de Madrid desatarse públicamente en amenazas contra el Gobierno, y oponer el nombre de León al del Regente; y como era tan natural entonces una conspiración, todo el mundo soñaba con ella, y acababa por adivinar que la había.
Brigadier_Diego_de_Le_n_con_un_oficial_de_Artiller_a_Montada_escoltado_por_un_h_sar_de_la_Princesa._1839
     El Gobierno fue el único que no lo adivinó, y si lo adivinó, obró como si no lo adivinase. Acostumbrado a los clamores del descontento público, acaso tomó la amenaza general por una oposición sin consecuencia, que se evaporaría por sí misma. En los últimos momentos fue cuando acudió a su defensa por todos los medios que sugirió a los hombres de la Regencia su larga práctica en materia de conspiraciones; y aun así fue necesaria toda la desgracia, o todo el desconcierto de los conjurados, para que la Regencia del Duque de la Victoria no hubiese venido abajo en una hora. Juntose, pues, de parte de éstos, el empeño inocente del público en que hubiese una conjuración, a su propia imprudencia o a su excesiva confianza; de parte del Gobierno, una especie de somnolencia nacida del temor y de la incredulidad a la vez, al empleo de medios, a que sólo la fortuna pudo dar eficacia. Aquéllos rescataron su falta con un valor a toda prueba; éste rescató las suyas de otro modo; las rescató con un triunfo inmerecido.
     El objeto de los conjurados era, según se vio después, la restauración de la Regencia caída en setiembre, para lo cual debían apoderarse de la Reina Isabel, y sublevar a un tiempo las provincias del norte, del este y del mediodía. Todo el mundo conoce la parte realizada de este plan: el día 4 se supo en Madrid el levantamiento de las provincias Vascongadas y Navarra; y habiéndose alarmado el Gobierno con estas nuevas, que no permitían dudar sobre la inminencia de una conjuración general en toda España, la situación de los conjurados de la capital se hizo crítica y decisiva en alto grado. Conforme al plan primitivo, ellos debían haber comunicado el impulso desde el centro a las extremidades. León, al decir de los más enterados, siempre estuvo por tal iniciativa: dificultades, vacilaciones, desavenencias pequeñas en sí y graves por las circunstancias, órdenes y contraórdenes sobre la anticipación o postergación del movimiento del norte, detuvieron el brazo de la conjuración, puesta la mano en la empuñadura del sable. Pero no cabían ya el retroceso ni la vacilación: O’Donnell y Piquero habían levantado la bandera en las provincias del norte; otros jefes la debían levantar en otras provincias; León y sus compañeros tenían que tremolarla en el Palacio de Madrid. Habían celebrado ya estos hombres comprometidos su acuerdo definitivo; habían hecho su resolución; estaban tomando sus últimas providencias, cuando he aquí que reciben avisos de que a cada uno de ellos les aguardaba en sus casas un oficial con órdenes del Gobierno para conducirlos inmediatamente a diferentes puntos de la Península. Espiados tiempo había por una turba de agentes de policía, cada cual se había anticipado a sustraerse de manos del Gobierno.
     Los comisionados no hallaron ni a León, ni a Concha, ni a Pezuela, ni a ninguno; pero la orden de sacarlos de Madrid significaba claramente que el Gobierno se había puesto sobre sí, que serían presos donde quiera que se les hallase, y que no les quedaba libertad para moverse. Ellos, sin embargo, no se desalentaron, sino que desde aquel momento comenzaron a mostrar el valor, que a algunos no les abandonó sino con la vida. El día 5 fueron buscados por el Gobierno; y el día 6, mientras la conspiración parecía estar en la Puerta del Sol; mientras la curiosidad, la incertidumbre, la esperanza, el temor y todos los afectos de la política agrupaban en los parajes públicos una muchedumbre, que se preguntaba y se respondía a voz en grito acerca de lo que se estaba viendo reventar y venirse encima; mientras los parciales y los adversarios, el Gobierno, los partidos, los instrumentos mismos de la conjuración aplicaban el oído a todas las noticias, a todos los rumores, a todas las exageraciones de una situación extrema para todos, aquellos hombres se volvían a reunir, se volvían a concertar, y no se separaban sino para tornarse a encontrar cada cual en su puesto.
     Era el 7 de octubre. Por la tarde sonaron tiros en el cuartel del Soldado: al anochecer sonaron descargas en Palacio, y tembló Madrid. Los tiros eran de los soldados del primer regimiento de la Guardia a sus oficiales, quienes, apenas sabedores de haber sido separados del cuerpo aquella misma mañana, se encaminaban los más desde el café de San Luis hacia su cuartel, y eran recibidos a balazos. Las descargas las hizo después el General Concha, que se había presentado aquella tarde en el cuartel de Guardias de Corps; había recogido, a la voz de «!Viva Isabel II!» una parte del regimiento de la Princesa, cuyo Coronel había sido; había bajado con ellos a Palacio, cuya guardia exterior se había unido con él; había encontrado resistencia en los Alabarderos, y procuraba intimidarlos con el fuego. Terrible era la situación del Gobierno en aquellos instantes; pero era, sin comparación, más terrible la de los sublevados. La conjuración debía estallar aquella noche; pero se acababa de dar contraorden para dilatarlo hasta la mañana siguiente, al tiempo de reunirse las dos guardias entrante y saliente en Palacio. El General León, jefe de la sublevación, al frente de alguna caballería y de los regimientos de la Guardia y de las otras, tropas alojadas en los cuarteles del Soldado y del Pósito, debía cercar el Palacio de Buena-Vista y apoderarse del Regente; el General Concha, a la cabeza de los granaderos de caballería de la Guardia, y de todo el regimiento de la Princesa, debió acudir a donde había acudido, guardar la persona de la Reina, y permanecer allí o salir de Madrid con las dos Regias niñas, según los trances. Pero la fatalidad cayó sobre aquellos hombres. El General Concha, o no recibió la contraorden, u oyendo los tiros del cuartel del Soldado, creyó que alguna circunstancia imprevista había precipitado el lance, y se precipitó asimismo. Y sin embargo, si en el Gobierno hubiese consistido, aún no estaba perdido todo. Él había sabido dar el golpe en la Guardia de infantería, separando a una oficialidad entera y ascendiendo a una clase entera de sargentos; pero había sonado la hora del combate, y el Gobierno no combatía. ¿Qué hacía el Gobierno? ¿Qué hacía el Duque de la Victoria, sino mandar prevenir caballos y escolta para partir a Alcalá de Henares? Si era precaución, ¿por qué no la precaución más digna de él, la precaución de su presencia en donde estaban su Reina y sus enemigos? El lauro, si lauro hubo en aquella tremenda noche, no fue para el poder militar; fue para el partido de la revolución. Este fue el que, batiendo generala y formando los numerosos batallones de la Milicia nacional en derredor de Palacio, pudo decir a aquel puñado de hombres encerrados dentro de aquellas paredes: «Estáis perdidos.» Lo demás fue obra del desconcierto en que quedó la conjuración desde su primer paso, y obra de las más o menos declaradas traiciones con que deben contar las cabezas de toda conjuración que no se inaugura venciendo.
     Entretanto, el General León se hallaba en una situación desesperada, solo y envuelto en un sobretodo, corría aquel anochecer las calles principales de la capital, cuando le avisaron la novedad de la Guardia. Hay quien dijo que le vio después en los alrededores del cuartel del Soldado. Pero la otra noticia le hizo todavía mayor impresión. Al saber lo de Palacio, su primera idea fue que el General Concha había querido arrebatarle la gloria de la empresa. Semejante sospecha era injusta, porque Concha había sido leal para con él; fue infundada, porque se supieron los motivos de la conducta de Concha; pero se dice que León la concibió; y semejantes ideas suelen convertirse en una preocupación tenaz, cuando llegan a entrar en un ánimo generoso, y recaen sobre una situación fatal de la vida. ¿Quién sabe si no hubo también, o circunstancias inevitables o personas mal intencionadas que sembrasen algún germen de desconfianza en el corazón de los dos Generales? Entregado a sus tristes meditaciones estaba León en la casa donde acostumbraba dormir algunos días hacía; había mandado que le trajesen su uniforme de húsar, y que le ensillasen un caballo; consideraba los malos principios que había tenido la empresa, la dificultad de reponerla, la cuasi imposibilidad del éxito vacilaba en la resolución perentoria que debía tomar, si arrojarse en medio de algún regimiento y arrastrarlo a Palacio, si correr desde luego a unirse con los sublevados, o aguardar a que sus compañeros viniesen a decirle el estado de las cosas, cuando entró el Brigadier Pezuela y le sacó de sus perplejidades. No quedaba más que una esperanza. Concha no sabía qué hacer en Palacio; los Alabarderos le habían cerrado la escalera principal; otro medio había de penetrar hasta la Cámara de la Reina, pero estaban impedidas o eran expuestas las salidas de Palacio. Los soldados, sin embargo, clamaban por la presencia del general León, y era preciso que el general León fuese entre ellos, para aprovechar las coyunturas de salvación o de éxito que la noche ofreciese todavía. Éstas fueron, en suma, las razones del Brigadier Pezuela al General, el cual oyó además cuanto bastaba para aquietar en su pecho las sospechas que habían venido a acrecentar lo aciago de la noche. Una cosa se le resistió hacer a Pezuela, halagar al General con la esperanza más remota de triunfo. León no había menester alientos, y aunque acometido su corazón de los presentimientos más sombríos, el nervio de su alma no se debilitó en aquel trance, y ambos salieron, a las once y media de la noche, para el Palacio. Ocho días de vida le quedaban al General León.
     Entre los rasgos de alto valor con que los jefes de aquella conspiración ilustraron la causa bajo cuyas banderas cayeron tantos cadáveres, acaso no lo hay tan señalado como la partida de aquellos dos hombres en las altas horas de la noche a repartir los despojos de la muerte con sus compañeros. ¡Cuántos en su lugar no hubieran dicho: «¡guardémonos, porque es inútil nuestro sacrificio!» Pezuela, sin embargo, había estado dos veces en Palacio en el discurso de aquella noche, y ahora iban León y él a agotar la postrera esperanza. La travesía hasta Palacio era un gran riesgo de por sí. Pezuela caminaba delante con uniforme de brigadier de la guardia; León le seguía como un ordenanza, con uniforme de húsar y un capote de soldado. Al desembocar por una de las calles que dan al cuartel de San Gil, encontraron un batallón del Regente formado en batalla; y habiéndoseles dado el «quién vive», Pezuela contestó: «Estado Mayor», y siguieron adelante. Al ver la seguridad con que se adelantaban, y al oír a Pezuela preguntar por el jefe del puesto, los soldados no hicieron fuego, y los dejaron llegar hasta la cabeza del batallón; pero se acercaba un grupo en que venía el jefe del puesto, y un granadero agarró por la brida el caballo de León. Aquel fue el momento decisivo. Los dos gritaron a la vez ¡adelante! y deshaciéndose León del granadero, galoparon bajo un diluvio de balas por la calle de las Caballerizas y tomaron, sanos y salvos, el Palacio.
O'donnell
Leopoldo O’Donnell y Jorís1 (Santa Cruz de Tenerife, 12 de enero de 1809 – Biárriz, 5 de noviembre de 1867) fue un noble, militar y político español, Grande de España como I Duque de Tetuán, I Conde de Lucena y I Vizconde de Aliaga.
Presidió el Consejo de Ministros, después del bienio progresista de Baldomero Espartero en 1856, y también en 1858–1863, y en 1865–1866, durante el Reinado de Isabel II.
 Al tiempo de entrar el General, sonaba una de aquellas descargas que se hicieron de cuando en cuando toda la noche para mantener el cuidado en los de afuera. La primera disposición del General fue que cesase el fuego. Presentose enseguida a la tropa, y como los soldados se inflamasen al verlo y victoreasen su nombre, díjoles que donde estaba la Reina no se victoreaba a nadie más; que ya le conocían, y que su vida y la de todos eran para defender de enemigos a la Reina. Los soldados volvieron a victorearle, y él a imponerles silencio. Habiendo conferenciado luego con el General Concha y con los demás jefes, se encaminó solo a la escalera principal, subió por ella, mandó tocar marcha de honor, y arengó a los alabarderos. Amenazáronle éstos con hacerle fuego, y él les devolvió audazmente la amenaza. Volviose a trabar entonces el combate a principios de la noche, cuyo fuego aguantó León parapetado medio cuerpo en el umbral de una puerta. La idea de las angustias de la Reina contenía a aquellos hombres, si bien el nombre de León y de los jefes sublevados decía claramente a las augustas Niñas que sus mejores amigos eran los que estaban llamando por ellas en aquel trance. Además, aquella temeridad era inútil, porque la Reina había sido conducida por sus guardianes a la estancia más retirada del edificio, y porque dado que una serie de temeridades les hubiere llevado a apoderarse de la Real Persona ¿las salidas y los caminos quedarían más libres por eso? Verdad es que la Persona de la Reina hubiera sido en poder de ellos la salvaguardia de sus vidas y de sus personas; verdad es que otros hombres hubieran intentado en aquel trance cuanto sugiere el valor de la desesperación en las almas cobardes. Pero León y sus compañeros no eran de esa clase de hombres. A sacrificar sus vidas por su Reina habían ido allí, y los que han dejado en España la reputación de su temeridad como un proverbio, se resignaron en aquella ocasión a su mala suerte. Sus enemigos, los que propalaron después entre el vulgo que León había ido a asesinar a la Reina, hicieron correr también la especie más verosímil de haber llegado las balas de los sublevados a la habitación de la Reina; y aunque en la habitación de la Reina se vieron efectivamente algunos balazos, existe un documento que conviene tener presente para la Historia de aquel acontecimiento, y con el cual se prueba tamaña impostura. Este documento es un comunicado del Brigadier Pezuela a un periódico de Lisboa sobre este vergonzoso asunto, leído por D. Agustín Argüelles en el Congreso, e inserto en los periódicos españoles de aquella época.
     Si hasta entonces había cabido alguna ilusión en los sublevados, desde entonces ya no cabía. León allí, y no haberse adelantado sino la noche, era haberse perdido hasta la última de las ilusiones. En aquellos momentos se le ocurrió a uno de los principales la idea extrema de hacer una irrupción por medio de las tropas y de la milicia que .tenían rodeado el Palacio. Acogida ardientemente por muchos la idea de este recurso extremo, se le propuso encarecidamente al General: León pareció admitirla al principio, tanto más cuanto que semejantes ímpetus cuadraban admirablemente con su carácter guerrero; pero considerándolo más despacio, lo rechazó abiertamente, siendo causa de graves contestaciones entre él y sus compañeros. Como medio desesperado de éxito, acaso el triunfo mismo le parecía de consecuencias inmensamente fatales para la causa que defendía; como medio de salvación, la salida estaba por otro lado.
     Perdida así la batalla, inutilizada la empresa, cercados por todas partes con fuerzas muy superiores, sin posibilidad de tregua, y temerosos de que la luz del día viniese a quitarles el favor de la oscuridad, el General León, el General Concha y todos los que no tenían esperanza de capitulación, salieron a las tres de la madrugada por el campo del Moro con unos cuantos caballos y una compañía de infantería. La avanzada enemiga dio el «quién vive», se le contestó «ronda mayor», y cuando se acercó a reconocerlos la arrollaron y corrieron a escape a ganar la puerta de Hierro. Allí fueron cargados por un escuadrón de caballería, y tuvieron que dispersarse. La fortuna había abandonado enteramente a León. Habiéndose apartado del camino, fue a saltar una zanja y el caballo se le quedó en ella. Solo, rendido de la caída, hasta con el achaque fatal de la sordera, León anduvo legua y media por el camino de Valladolid, hasta que habiéndose encontrado a unos cazadores de la guardia, le ofrecieron un caballo en cambio del cual él les dio algunas onzas y continuó otra vez solo el camino. Los soldados quisieron seguirle; pero él los despidió.
     Sin rumbo ni propósito fijo, por la mañana estuvo tomando algunos bocados con unos labradores, enmedio del campo; y volviendo a montar a caballo, se había puesto ya a la distancia del pueblo de Colmenar Viejo, unas siete leguas distante de Madrid, cuando habiendo divisado a largo trecho de camino un escuadrón de húsares de la Princesa, se apeó y los aguardó tranquilamente, recostado sobre una tapia. Eran, efectivamente, los húsares de la Princesa, que habían salido en persecución de los fugitivos, y a quienes había reservado la suerte el privilegio de hacer prisionero y de conducir a Madrid a aquel mismo hombre que, en tiempos mejores, los había hecho de un golpe la primera caballería del ejército. El Comandante del escuadrón, que había visto a aquel jinete apearse reposadamente junto a la tapia, envió solamente dos húsares a reconocerle. ¡Cuál no fue el asombro de aquellos soldados al encontrarse con el General León! «¡Mi General!» exclamaron los dos poniéndose en actitud de reverencia, y se les trabó la lengua. «Muchachos: -les dijo León;- ¿con quién venís?» «Mi General: con el Comandante Laviña.» «Pues id y decidle de mi parte que venga.» Y los húsares obedecieron. El Comandante D. Pedro Laviña había sido Ayudante de León; León le quería, y le adelantó en su carrera. Llegó el Comandante; apenas acertaba a hablar: sus ojos se bajaban naturalmente en presencia de su antiguo Coronel y de su amigo. León, conociendo su posición, «vamos a Madrid,» le dijo: montó a caballo, y se vinieron. Los húsares permanecieron gran rato silenciosos; pero luego se soltaron en alabanzas y en lástimas del General, y hay quien dice que si él los hubiese oído, fácil le fuera volver grupa y arrastrarlos consigo a donde quisiese. Tal es, a lo menos, el testimonio del Comandante Laviña, el cual ha dicho, y es de creer, que instó al General a la fuga, ofreciéndose a seguirle. La conducta de León sólo se explica por dos cosas: porque, como él mismo dijo después, no sabía huir, y porque no tenía la suerte que lo aguardaba.
     Cuando los húsares llegaron a las puertas de Madrid con su prisionero, se presentó un Oficial encargado por el Duque de la Victoria de entregarse de su persona y conducirle al cuartel de Santo Tomás. El Duque había sabido al instante la captura de León, y al recibir semejante orden, le preguntó, algo extrañado, el Oficial: «¿Al cuartel de Santo Tomás?» «Al cuartel de Santo Tomás:» repuso el Duque. «¿Al de Nacionales?» «Al de Nacionales.» La Regencia quería compartir con la revolución aquella responsabilidad.
     Sucedía esto al anochecer del día 8, y corría por Madrid la noticia de que habían hecho prisionero al General Concha; no era Concha, pero era León. No había en Madrid quien no le conociese; los que le aborrecían, le aborrecían solamente desde la noche anterior. Pero como quiera que la inmensa mayoría de todas las clases de la sociedad y del pueblo, aun aquellas que no simpatizaban con la causa que en él había sido vencida; como quiera, decimos, que la inmensa mayoría de Madrid y de España hubiera deseado para León la libertad y la vida, difícil sería determinar si en los partidos vencedores no hubo muchos hombres que se alegrasen en el fondo de su corazón de lo que sucedía; gratuito sería el asegurar que no se contaron muchos -¿cómo les llamaremos?- muchos miserables que aplaudiesen aquel glorioso acontecimiento con el placer atroz de la envidia y con la sinceridad infernal de la venganza. No vayáis a preguntárselo hoy a la mayor parte de ellos, porque la justicia ejercida con León es una de aquellas justicias de que hasta los más ciegos y hasta los más perversos se arrepienten y se disculpan: no vayáis a preguntárselo hoy, porque os responderán, porque os jurarán que no; pero ¿lo dijeron, lo juraron entonces?
     Por lo que hace al Gobierno, un Gobierno como aquel, estaba en la obligación de alegrarse de su triunfo, y de consumarlo con el derramamiento de la sangre más noble que se ha derramado en España tiempo hace. La mayor parte de las gentes se hacía la ilusión de que León no moriría, y algunos hombres de la situación tenían bastante hipocresía para sostener y aparentar ellos mismos tal esperanza: pero los unos se engañaban en el ardor de su deseo, y los otros eran hipócritas en la expresión del suyo. ¿Morirá? ¿Morirá? He aquí la pregunta que todo el mundo se hacía, y la respuesta que todo el mundo se daba: nadie se atrevía a esperanzarse; y entretanto que este deseo y este temor se agitaban en las cabezas y atormentaban los corazones en donde se albergaba una idea generosa y una simpatía natural hacia un ilustre infortunio, el Gobierno del Duque de la Victoria, desplegando una actividad y una entereza de que no había dado muestra cuando tenía enfrente a la insurrección con la espada en la mano, se apresuraba a nombrar un consejo de guerra, un verdadero tribunal de Real orden, para sacar en breve a Madrid y a la España de su incertidumbre.

Retrato de Baldomero Espartero

Joaquín Baldomero Fernández-Espartero Álvarez de Toro (Granátula de Calatrava, Ciudad Real, 27 de febrero de 1793 – Logroño, 8 de enero de 1879) fue un general español, que ostentó los títulos de Príncipe de Vergara, duque de la Victoria, duque de Morella, conde de Luchana y vizconde de Banderas, todos ellos en recompensa por su labor en el campo de batalla, en especial en la Primera Guerra Carlista, donde su dirección del ejército isabelino o cristino fue de vital importancia para la victoria final. Además, ejerció el cargo de virrey de Navarra (1836).
    El día 13, a la una del día, se celebró en el colegio imperial de Madrid la tristísima solemnidad militar de aquel funesto juicio. Las tropas de la guarnición y algunos batallones de la Milicia se extendían desde el cuartel de Santo Tomás hasta el edificio del consejo. El pueblo de Madrid se agolpaba a aquellos parajes, para contemplar en aquel decisivo trance al hombre de cuyo valor había oído contar tan portentosos efectos. El General León, con su uniforme de húsar, con sus grandes cruces de Carlos III, de Isabel la Católica y de San Fernando, con el cordón de comendador de la Legión de honor de Francia, con la multitud de sus cruces laureadas y de sus cruces de distinción ganadas en el campo de batalla, salió de su prisión, en compañía de su defensor, y se dirigió en un coche abierto y escoltado al colegio de San Isidro. Allí le aguardaban los Generales que iban a juzgarle; el jefe de escuadra Capaz, Presidente del Consejo, los Mariscales de campo Méndez Vigo, Isidro, Ramírez, Cortínez, Grases y el Brigadier López Pinto. La sala y las inmediaciones del consejo estaban ocupadas por un inmenso gentío; los centinelas cuidaban de que los concurrentes de afuera sólo penetrasen a medida que se desocupaba algún sitio; todo anunciaba el interés del público y las precauciones del Gobierno. Inaugurado el acto, el Presidente pronunció un breve discurso de una imparcialidad horrible, que anunciaba de antemano su voto, y el auditor Avecilla procedió a la lectura del proceso. El documento más importante era una carta del General León al General Espartero, digna de transcribirse aquí, porque en ella se fundó la gran prueba, y porque de ella se acordará la Historia. Decía así: «Sr. D. Baldomero Espartero. Muy señor mío: Habiéndome mandado S. M. la Reina Gobernadora del reino, Doña María Cristina de Borbón, que restablezca su autoridad usurpada y hollada a consecuencia de sucesos que por consideración hacia V. me abstengo de calificar, y como el honor y el deber no me permiten permanecer sordo a la voz de la augusta Princesa, en cuyo nombre y bajo cuyo Gobierno, ayudado por la nación, hemos dado fin a la terrible lucha de los seis años; para que no desconozca V. el móvil que me lleva a desenvainar una espada que siempre empleé en servicio de mi Reina y de mi Patria, y no en el de las banderías, le noticio, en obedecimiento de las órdenes de S. M. y para el bien del reino, que hallándose S. M. resuelta a recuperar el ejercicio de su autoridad, me previene llame al ejército bajo su bandera, la bandera de la lealtad castellana, y lo aperciba y disponga a cumplir las órdenes que en su Real nombre estoy encargado de hacerle saber. -En su consecuencia, las leales provincias Vascongadas y el reino de Navarra, a cuya cabeza se halla el General D. Leopoldo O’Donnell, se han declarado en favor del restablecimiento de la legítima autoridad de la Reina; y como los jefes de los demás cuerpos que ocupan las provincias del reino han oído igualmente la voz del deber y del honor, y se hallan dispuestos a seguir la bandera de la lealtad, el movimiento del norte y a ser secundado por el del mediodía y el del este, y el Gobierno salido de la revolución de setiembre, palpará bien pronto el desengaño de haber desconocido los sentimientos de fidelidad a sus Reyes y a las leyes patrias que animan al ejército y al pueblo español. Como esta situación va a ponerme necesariamente en pugna con el poder de hecho que está V. ejerciendo, antes que la suerte de las armas decida una contienda que la justicia de la Providencia tiene ya decretada, habla en mí el recuerdo de que hemos sido amigos y compañeros, y desearía evitar a V. el conflicto en que va a verse, a la Historia un ejemplo de triste severidad, y al país el nuevo derramamiento de sangre española.-Consulte V. su corazón y oiga su conciencia antes de empezar una lucha, en que el derecho no está de parte de la causa a cuya cabeza se halla V. colocado. Deje ese puesto que la rebelión le ofreció, y que una equivocada noción de lo que falsamente creyó exigía el interés público, pudo sólo hacerle aceptar, y yo contaré como el día más feliz de mi vida aquel en que, recibiendo en nombre de S. M. la dejación de la autoridad revolucionaría que V. ejerce, pueda hacer presente a la Reina, que en algo ha contribuido V. a reparar el mal que había causado.-Reciba V. con esta la última prueba de la amistad que nos ha unido, la expresión de un deseo de encontrar todavía en V. los sentimientos de un buen español, que son los que animan a su atento y seguro servidor Q. B. S. M.-Diego de León.»
     Esta carta la atribuía el General a motivos políticos sí, pero particulares, de que no podía responderse en juicio, y de los cuales, decía, estaba pronto a dar explicaciones al General Espartero.
     Los otros dos cargos que se le hacían, eran su ocultación cuando se lo quiso enviar a Mérida, y su presencia en Palacio la noche del 7. A lo primero respondía el General que, el día 3 recibió un anónimo, en que se le decía que se marchase al instante, porque se tenía entendido que debía ir en su busca una partida para sacarle de Madrid, y pretextando que quería fugarse, fusilarle en el camino; que «el día 5 encontró a un amigo suyo, que le aseguró lo mismo, y él se ocultó para evitar una tropelía; por lo cual, y por no haber vuelto a su casa, ni ver a sus criados, no había podido saber el encargo que le llevaba el Oficial que estuvo a buscarle.» A lo segundo respondió, que «tenía convenido con otros Generales reunirse en Palacio en caso de alarma, pues conferenciando sobre el punto de reunión en semejantes casos, se marcó aquel; lo cual se confirmó efectivamente por la declaración del General Puig Samper. Las pruebas legales ¿dónde están aquí? La ocultación era un indicio; la presentación en Palacio no pasaba de ser otro indicio, porque de los seis testigos llamados a declarar, entre los cuales se contaba el Capitán, el Teniente y un individuo de la compañía de Alabarderos, ninguno de ellos dijo sino haberle visto y haber oído a la tropa victorearle. El General había dicho más en sus propias declaraciones. La carta, una carta escrita con anterioridad al hecho por que se le acusaba, no era tampoco más que un tercer indicio. El fiscal Minuisir, sin embargo, pedía la pena de muerte para el General León.
     Acabada de leer la acusación fiscal, entró en el salón el Mariscal de Campo D. Federico Roncali, y con una voz entrecortada y sollozante, que afectaba mayormente el ánimo, viniendo de un militar de reputación, leyó la inútil defensa de su esclarecido cliente. El estado de las cosas, la esperanza que siempre conserva un defensor, imponían grandes miramientos al General Roncali; y sin embargo, al hablar de la constitución del consejo, «el tribunal, -dijo,- tendrá que escuchar algunas reflexiones dirigidas a poner en claro la validez que podrá tener su sentencia, estando, como está, compuesto de personas, que necesariamente deben declarar en este proceso.» Tenía razón el defensor: el General Grases, Gobernador de Madrid, y el General Méndez Vigo, y el Brigadier Minuisir, que mandaron tropas en la noche del 7, no eran competentes para juzgar o actuar en aquella causa; eran jueces y partes, y debieron ser testigos al propio tiempo. Añádanse a esta consideración otras que hacía el defensor más adelante; que «estaba prescrito de Real orden el giro que debía darse a la causa, señalando la ley a que debía atenerse el fiscal, y por consecuencia el Consejo; y haciendo, por lo tanto, la designación del crimen;» «que no se habían evacuado la mayor parte de las citas, ni recibídose muchas declaraciones, entre ellas una del Capitán General citado por el reo, etc.» En la refutación de los cargos, el defensor explanaba las razones del General; y viniendo luego al delito de que se le acusaba, lo examinaba bajo el aspecto político que tenía principalmente en aquel caso, y dirigía al Consejo estas alusivas palabras: «¿Quién podrá presentarse, en esta era de trastornos y continuos combates, como libre del delito de sedición; como limpio de la culpa que pesa sobre los conspiradores; como exento de la responsabilidad que gravita sobre los que en cualquier caso, y sea cualquiera la causa que los impulsase, han ocasionado trastornos a su patria?» Las miradas del defensor debieron estar clavadas como dardos en los jueces mientras pronunció estas terribles palabras. El General Capaz, el General Méndez Vigo, saldrían muy bien librados si sobre ellos no pesase más responsabilidad que las insurrecciones políticas y militares. Ellos y sus compañeros señalan, como méritos, en sus hojas de servicios, conspiraciones y rebeliones contra casi todos los Gobiernos. ¿Qué más? Todos estaban allí por la gracia de la revolución de setiembre. El defensor concluía trayendo a la memoria del tribunal los nombres inolvidables de Villarrobledo, de Gra, del río Arga, de Sesma y de Belascoain.
     Bajo la impresión de estos nombres de gloria, que arrancaban lágrimas de entusiasmo y de dolor en el que los recordaba y en los que los oían, se presentó el General León, con rostro sereno y ademán reposado, ante sus jueces. Habiendo tomado asiento, ratificádose en su declaración y comenzado el interrogatorio: «si yo hubiera sido, dijo, el jefe de la insurrección, hubiera acudido el primero al punto donde debía estar. Además el Consejo me hará la justicia de creer que si yo hubiera sacado la espada en el sentido que se supone, y a la vista de ella me hubiera seguido aquella tropa, hubiera sido fácil que se me hubiera encontrado muerto entre ella.» Estas palabras arrancaron una exclamación unánime y un aplauso involuntario al intimidado, pero conmovido concurso, y debían hacerlo, porque lo hubieran hecho aun en los que supiesen cuál había sido la conducta del General en aquella noche. Ya se sabe el motivo de su tardanza; ya se sabe el motivo de su fuga con sus compañeros. Ahora bien: el hecho sólo de entrar en Palacio a las doce de la noche, a la hora en que todo estaba perdido, habría dado a cualquiera el derecho de decir lo que dijo. Cuando era el General León el que lo decía, su gloria estaba allí para autorizar aquel noble recurso de defensa. Habíasele argüido también con el principio de su carta al General Espartero: «habiéndome mandado S. M. la Reina Gobernadora del Reino que restablezca su autoridad usurpada,» etc., a lo cual había respondido el general «que había un comisionado que le traía instrucciones de parte de los que se habían reunido para arreglar el movimiento; pero que no le constaba que fuese decretado por la voluntad de S. M.;» y preguntándole ahora el presidente del Consejo: «¿por qué, si se propuso a V. E. que se pusiese a la cabeza de los proyectos sediciosos, no dio el aviso correspondiente?» «Porque me pareció que no estaba en el caso de ser delator,» respondió León. Concluido el acto público, el General se retiró con su defensor, y los jueces dieron la sentencia.
     No examinaremos nosotros la constitución del Consejo de Generales que juzgó al General León. Un periódico de Madrid, competente porque trataba especialmente de la Milicia, imparcial porque no pertenecía a los vencidos, demostró el cúmulo enormísimo de irregularidades cometidas en la formación de aquel tribunal. Pero ¿de qué hubiera servido tampoco que el Consejo se formase según las prescripciones estrictas de la ley militar, si se hizo público en aquellos días con la renuncia de dos Generales, el General Breson y el General Butron, del cargo de vocales, que el Tribunal no se había constituido antes por asegurar la mayoría de los votos contra el acusado? Ni será tampoco el crimen de la forma el que se deberá echar en cara al Gobierno, a los hombres que condenaron al General León. En los grandes juicios políticos las formas significan bien poco; con cualquiera forma se absuelve; con cualquiera se condena; no es de la forma de lo que principalmente se acuerdan los partidos, las naciones, la posteridad.
     El crimen del hecho es el que pesará eternamente sobre aquellos hombres; este es el que sobrevive, el que se imputa, el que tal vez se venga para mayor fatalidad, el que nunca borrarán de su frente los que ejecutaron en el General León una justicia dictatorial y revolucionaria. El General León era en la convicción moral de todo, el mundo el jefe de la conjuración de Madrid y de un levantamiento general en España: las leyes, sin embargo, no hallaban su delito, y enviarle al cadalso era el mayor de todos los crímenes para el Gobierno que se adelantaba a las leyes; pero aunque las leyes se lo hubiesen probado, ¿de dónde dimanaba en el Gobierno nacido de una insurrección, el derecho de castigar con la última pena las insurrecciones? Los legitimistas de la revolución y del Regente compararon entonces el caso de León con el de Ney. ¿Hase oído nunca mayor monstruosidad? ¡Comparar a Espartero con Luis XVIII; la usurpación de setiembre con la Restauración francesa, que debía juzgarse a sí misma el Gobierno legítimo por excelencia; a León, que había hecho armas contra un Gobierno que no había reconocido, con Ney, que las había hecho contra un Rey de quien había recibido el mando de un ejército! Otras eran las semejanzas de León con Ney; esta no. Si se le hubiese comparado con Moreau, habría sido menor la infidelidad a la Historia; pero los jueces de León debían rechazar el ejemplo de los de Moreau. «Es necesario condenarlo a muerte,» les dijo a los jueces de Moreau un bonapartista: «el Emperador le perdonará.»-«¿Y quién nos perdonará a nosotros, contestó uno de ellos, si cometemos tal infamia?» Los jueces de León no tuvieron este escrúpulo; y eso, que juzgaban en nombre de partidos que rechazan la pena de muerte por delitos políticos.
     El público, ansioso de saber todas las particularidades de aquel tremendo juicio, penetró bien pronto el secreto de los votos del consejo. Tres jueces habían votado la muerte; el General Méndez Vigo, que siempre inspiró terror a los que cayeron bajo su mano, el General Isidro, que de partidario realista en 1823 había venido, a parar en esparterista en 1842, y el General Ramírez, deudor de favores muy señalados al Marqués de Zambrano, suegro de León. Tres jueces habían votado contra la última pena; los Generales Cortínez y Grases, y el Brigadier López Pinto, sobre los cuales se observó que pertenecían todos tres a los cuerpos más distinguidos del ejército, a la artillería y a los ingenieros, y que alguno de ellos sabía, por la triste experiencia de un hermano, lo que son las ejecuciones políticas. León no debía morir: el voto del Presidente es siempre favorable al último de los reos; pero el Presidente era el General Capaz, y dio el escándalo jurídico y moral de votar la muerte. Desde entonces inspira pavor el General Capaz; parece que el espectro de León lo va persiguiendo por todas partes. El General Grases, uno de los vocales que habían aflojado en su voto, según la expresión incalificable del auditor D. Pablo de la Avecilla en su dictamen sobre otra causa, exclamó dirigiéndose a sus compañeros al ver la sentencia: «si León ha de morir por haberse sublevado, ¿qué hacemos nosotros que no nos ahorcamos ahora mismo con nuestras fajas?»
     El Tribunal Supremo no se acordó tampoco de estas palabras al examinar el proceso. Esta formalidad, -mera formalidad en aquel caso,- se cumplió precipitadamente aquella misma noche. El Tribunal Supremo habría hallado en los vicios del proceso causa bastante para detener el curso de aquella justicia impía; pero la vara de su alta jurisdicción militar se dobló como una caña al viento de las circunstancias; ¡se dobló!… y la sentencia de León fue aprobada por unanimidad. A aquella junta asistió el General Maroto con sus recuerdos de Sesma, y asistieron otros hombres de aquellos para quienes encogerse de hombros es apartar de sí todas las responsabilidades de la tierra.
     Faltaba aún la aprobación del Gobierno. El Gobierno en aquel caso era el General Espartero; lo era de hecho, porque siempre lo había sido; lo era de derecho, porque la facultad de perdonar como que reside en la persona misma del Rey o del Regente. Esta idea, la idea de que la vida del General León pendía de un solo hombre, de no poder este hombre escudarse con ninguna institución para condenarlo, sostenía en algunos corazones una vislumbre de esperanza; y al pensar cómo había llegado aquel hombre al puesto desde donde le era dado salvar al General León, se necesitaba un pesimismo cruel para creer en la consumación de tamaña catástrofe. «Como jefe de un Gobierno» -así discurría todo el mundo,- el General Espartero tendrá presente que León es uno de los más grandes servidores del Estado, y que para tales reos ha sido principalmente instituido el derecho de gracia que está junto al Trono; como criatura de la revolución, el General Espartero considerará que una insurrección sin disculpa es la que le ha hecho juez de otra insurrección que sus autores pueden apellidar legítima; como hombre, en fin, el General Espartero recordará la amistad y los mutuos favores que le unieron con el General León; verá en la carta de este hombre ya vencido la generosidad de un vencedor; será magnánimo al considerar que la conjuración hubiera asegurado el triunfo, si se hubiera propuesto deshacerse de su persona.»
     Tales inspiraciones se atribuían al General Espartero; pero el General Espartero las desechó si las tuvo. ¿Temió a la revolución? Luego la venció en Barcelona. ¿Quiso escarmentar al ejército? El ejército no ha escarmentado. ¿Obedeció a una ciega venganza? No lo sabemos. Lo que sabemos es que un personaje de a principios del siglo ha dejado en una expresión profundamente inmoral el anatema de muchas grandes inmoralidades políticas; y que esta expresión se les debe aplicar a los sacrificadores del General León: «fue más que un crimen; fue una falta.»
     A las doce de la mañana del día 14 se presentó en la prisión el fiscal de la causa, y leyó la sentencia. Fue aquella una escena desoladora para cuantos la presenciaron. El General fue el único que oyó la terrible lectura con una inmovilidad serena; y tendiendo enseguida una mirada desdeñosa en torno suyo: «He aquí, -exclamó con profundísima amargura,- el premio de haber peleado siete años por la libertad de mi Patria.» Ocupose luego en tomar algunas disposiciones respecto de su casa y de los postreros servicios de su persona; comió tranquilamente con su defensor, y estuvo recibiendo a algunos amigos suyos hasta las diez de la noche. A esta hora escribió su testamento y dos cartas, una para su mujer, otra para su hijo mayor, encargándoles a ambos que ninguno de sus dos hijos siguiese la carrera de las armas. Cumplidos estos deberes de padre y de esposo, cumplió también los de cristiano; y habiendo encargado al General Roncal que lo despertase a las tres de la mañana, se acostó en su lecho, y se durmió con un sueño profundo.
     La tranquilidad y la igualdad de ánimo que aquel hombre conservó en todo el discurso de sus últimas horas, causó admiración y aun sorpresa en los que no habían adivinado todas las grandes cualidades de su alma. Un hombre como el General León, muere siempre con valor; pero en su carácter fogoso parecían naturales los ímpetus y las efusiones de la desesperación y de la ira. No obstante, la gravedad de su fisonomía y la templanza de sus palabras no se desmintieron sino en un momento. Estando escribiendo la carta para su mujer, arrojó repentinamente la pluma, se levantó con un movimiento nervioso, y descargando el puño sobre la mesa, exclamó con voz formidable: «¡y he de morir yo!» La idea de su juventud malograda, y de su ambición desvanecida, el sentimiento de la vida y de la fuerza, el recuerdo de su gloria, el amor y la orfandad de su familia, pasaron un momento por su imaginación, y le arrancaron aquella exclamación terrible. Apaciguado aquel ímpetu, sólo se le volvieron a oír palabras de resignación y de fortaleza.
     ¿En dónde bebió aquella resignación entera y apacible, que da un carácter augusto a las horas de su desgracia? La bebió en el cumplimiento de los deberes que se había impuesto como militar y caballero; pero la bebió sobre todo en las inspiraciones de una religión sublime, sin cuyo bálsamo es árido hasta el heroísmo. León creía, León era religioso, para asemejarse en todo a un antiguo caballero. En sus últimos momentos miraba a la tierra como héroe y al cielo como cristiano: sobre su corazón se encontró una reliquia que le había acompañado en todos sus peligros; y el sacerdote que le acompañó hasta la muerte, no puede recordar sin enternecimiento aquellos instantes en que tuvo arrodillado a sus plantas al mejor caballero de España.
     Mientras en la prisión se representaban estas escenas de dolor y de grandeza, en el palacio Real y en el palacio de Buena-Vista se habían representado otras escenas que la historia no sabrá cómo calificar. La señora Marquesa de Zambrano se había arrojado a los pies de la Reina y pedídola su alta intercesión para con el Regente: la Reina escribió una carta al General Espartero, pero D. Agustín Argüelles, el anciano de los odios políticos, vedó aquella acción generosa a su augusta pupila. El General Castaños y una señora que había obtenido antes otro indulto, pidieron gracia al Regente e interpusieron su valimiento con la Duquesa de la Victoria: el Regente desoyó las súplicas del antiguo caudillo de Bailén, y la Duquesa se remitió a su marido.
     Una intercesión más poderosa parecía quedar todavía. Apenas sabida la prisión del General, un hombre, cuyo nombre ha sonado desde 1808, el Sr. Bertran de Lis, que ha visto a dos hijos suyos, subir las gradas de un cadalso político, dirigió desde Valencia una alocución a la Milicia nacional de Madrid, conjurándola a interponer su influencia para que no corriese la sangre de un General ilustre. Al mismo tiempo un capitán de nacionales herido en la noche del 7, pedía la vida del General desde su lecho, y algunas personas, entre las cuales se contaba la señora Marquesa de Zambrano, recorrían las casas de las personas influyentes en la Milicia, y recogían firmas de nacionales en una representación hecha al intento. ¿Debía fundarse aquí alguna esperanza? Ninguna debía fundarse. Individualmente, la inmensa mayoría de los milicianos hubiera deseado la vida del General León; pero como cuerpo y como institución, su índole y la influencia de sus jefes inclinaban a la Milicia a aquel acto de venganza política. Muchas distinciones se han hecho en el curso de la revolución acerca de las opiniones y de las tendencias de la mayoría y de la minoría de la Milicia; pero todas estas distinciones se han estrellado siempre en la actitud constante de esta institución: los movimientos revolucionarios han encontrado siempre en ella un instrumento, y la justicia que se iba a ejercer en el General León era una justicia revolucionaria.
     A las tres de la mañana del día 15, el General Roncali cumplió penosamente el encargo de despertar al General León del último sueño de que debía despertar en la tierra. Se levantó el General, y viendo poco después entrar la primera luz por la ventana, asió del brazo a uno de sus amigos, y exclamó, señalándosela: «¡El último día!»
     El último día amaneció, por fin, y al acercarse la hora fatal, las tropas, los milicianos y el pueblo se agolpaban a los lugares del funesto espectáculo y de la sangrienta tragedia; mas parecía pesar una cosa sobre la muchedumbre, y al ver tanta gente y tanto silencio, hubiérase dicho que Madrid se había convertido en un sepulcro de vivos.
     Al rodearle el piquete encargado de la fatal ejecución de la sentencia, y desconociendo el nuevo uniforme de milicias, preguntó el General «qué regimiento era aquel», y habiéndosele respondido que era el de Alcázar de San Juan, «¡Ah! sí, -repuso recordándose,- ese regimiento lo teníamos en Morella, y lo mandaba un Coronel herido.» Preocupado, naturalmente, de la idea de su situación, miró fijamente los fusiles, y dirigiéndose al General Roncali,« Camarada, -le dijo,- ¿sabe V. que se me figura que no me han de dar? ¡Son tantas las veces que me han dado de cerca y no me han acertado!» Estas palabras significaban la magnanimidad del héroe, la familiaridad con el peligro, la última ilusión de ese fatalismo que llevan en el corazón los militares que han escapado muchas veces a la muerte, y que en pocos debía ser tan profundo como en Diego de León.
     A la una en punto de la mañana salió el General León del cuartel de Santo Tomás, y subió con su defensor y su confesor en el coche que le esperaba. Llevaba en aquella postrera solemnidad también el uniforme de húsar, el uniforme de los que él había conducido en otro tiempo a Villarrobledo, y a él le habían conducido ahora a Madrid; y queriendo ofrecerse como en triunfo a la muerte, se había puesto al pecho hasta la última de sus cruces. La expresión de su fisonomía eran la severidad y la calma; había depuesto la arrogancia del General que había llamado a la muerte en los combates, por la majestad del mártir de una causa, del hombre cuyo duelo iba a llevar la España. El pueblo le veía pasar en silencio; sólo se oían los sollozos de las mujeres y el son de los tambores. Pero ¡oh! ¡cuán miserables le debían parecer los hombres al General León en aquel trance! Allí, cubriendo la carrera, tristes y dolientes sí, pero contemplando inmóviles el sacrificio, estaban las tropas que debieron formar a su voz el día 7. ¿Cómo iban ellas mismas a apuntar a aquel corazón, cuyo latido las había sostenido tantas veces en el campo; a aquella cabeza que habían visto tantas veces descollar orgullosamente entre los escuadrones y los batallones precipitados sobre el enemigo? ¿Cómo iban a tender a sus pies, con sus propios fusiles, al General a quien iban a aclamar ocho días antes por jefe suyo, ni qué justicia era aquella, ni militar, ni política, ni de ninguna especie, que iban a ejecutar; ellas, que a la voz de un General habían lanzado del Trono a una Reina, sobre otro General a cuya voz iban a lanzar del Gobierno al Regente? Ejemplos como este se han visto muchos en las revoluciones, y por las revoluciones se explican.
     Llegado el cortejo a la puerta de Toledo, el pueblo, al cual no se le permitió presenciar la ejecución de la sentencia, vio salir por ella a la víctima, para encontrarse a corta distancia dentro del cuadro. Al bajar del coche, el General León dijo al General Roncali, que parecía el verdadero reo: «¡Alma, Federico! No es ocasión de abatirse;» y poniéndose la mano derecha en la visera del schakó, para oír la sentencia, le dijo al secretario de la causa, cuya voz embargaba un llanto tardío: «No hay motivo para tanto; yo la leeré.» Abrazó luego al General Roncali; le abrazó por dos veces, diciéndole: «Este abrazo para mi familia; y este, para la de V.» Abrazó también al que había derramado los consuelos de la Religión, en su alma; encaminose hacia el piquete, y tomando una actitud majestuosa, «No tembléis, -dijo a los granaderos;- al corazón!» Dio las tres voces de mando, y cayó. ¡Aquellas eran las primeras heridas del General León, y aquel el día más terrible de la revolución española!

Don Diego de León y Navarrete (1807-1841)

era comandante del Regimiento de Lanceros de

la Guardia Real al comenzar la primera guerra

contra los carlistas, obteniendo en tres años

los empleos hasta mariscal de campo inclusive.

Ganó en 1835 la Cruz de San Fernando

de 2ª clase, Laureada, en la acción de Los Arcos,

y la de 5ª clase, Gran Cruz, y el título de

conde de Belascoáin en la del mismo nombre.

Ascendido a teniente general en 1840, al año

siguiente intervino en el asalto al Palacio Real,

siendo apresado, juzgado, condenado a muerte

y fusilado. Era considerado «la primera lanza de

España»

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