Historias de la Historia de España. Capítulo 5. Érase un cerco al Congreso y unos diputados que salieron por las ventanas.

Pavía
El capítulo de hoy se basa en la ocupación del edificio del Congreso de los Diputados por guardias civiles y soldados que desalojaron del mismo a los diputados cuando se estaba procediendo a la votación de un nuevo presidente del Poder Ejecutivo de la República en sustitución de Emilio Castelar que acababa de perder la cuestión de confianza presentada por Francisco Pi y Margall, Estanislao Figueras y Nicolás Salmerón, líderes del sector del Partido Republicano Federal opuesto a la política “fuera de la órbita republicana” del republicano federal “derechista” Emilio Castelar. Precisamente el objetivo del golpe era impedir que Castelar fuera desalojado del gobierno, aunque como éste tras el golpe no aceptó seguir en el poder por medios antidemocráticos, el general Pavía tuvo que reunir a los partidos contrarios a la República Federal que decidieron poner al frente del “gobierno nacional” que promovía Pavía al líder del conservador Partido Constitucional, el general Francisco Serrano. Así se inició la segunda etapa de la Primera República Española que se suele denominar “República Unitaria” o “Dictadura de Serrano”.
 La política de Castelar de acercamiento a los constitucionales y a los radicales, los dos partidos liberales que habían sustentado la Monarquía de Amadeo I, encontró la oposición de los “centristas” de Pi y Margall, pero también la de los “moderados” que seguían a Nicolás Salmerón -que al principio habían apoyado al gobierno- porque creían que la República debía ser construida por los republicanos auténticos, no por los recién llegados -eran contrarios a hacer una «política fuera de la órbita republicana»-. Esta oposición aumentó cuando Castelar nombró a generales de dudosa afección a la República para los puestos más importantes -como Manuel Pavía, nuevo Capitán General de Castilla la Nueva, que incluía Madrid- y cuando cubrió los puestos vacantes de tres arzobispados a mediados de diciembre -Toledo, Tarragona y Santiago de Compostela-, lo que indicaba que había entablado negociaciones con la Santa Sede, restableciendo de facto las relaciones con ella, y que se oponía a la separación de la Iglesia y el Estado que defendían los republicanos. A ello se añadió un decreto de 22 de diciembre por el que se autorizaba a los gobernadores civiles a suspender periódicos sin necesidad de apercibimiento ni multa previa, y la supresión arbitraria de diputaciones y ayuntamientos, como el de Madrid cuyos concejales fueron sustituidos por otros más conservadores.
 A raíz de la derrota parlamentaria de Castelar, Cristino Martos, líder de los radicales, y el general Serrano, líder de los constitucionales, que hasta entonces habían estado preparándose para las elecciones parciales que ya no se iban a celebrar, acordaron llevar a cabo un golpe de fuerza para evitar que Castelar fuera reemplazado al frente del Poder Ejecutivo por un voto de censura que previsiblemente iban a presentar Pi y Margall y Salmerón en cuanto volvieran a abrirse las Cortes el 2 de enero de 1874. El acuerdo entre Serrano y Martos preveía que el primero ocuparía la presidencia de la República y el segundo la presidencia del gobierno.
 Cuando el 20 de diciembre Emilio Castelar tuvo conocimiento del golpe que se preparaba llamó a su despacho el 24 al capitán general de Madrid, el general Pavía, para intentar convencerle de que se atuviera a la legalidad y no participara en la intentona. En esa reunión, según relató después Pavía, éste le pidió a Castelar que promulgara un decreto ordenando que continuasen suspendidas las Cortes y que «yo hubiera fijado en la Puerta del Sol con cuatro bayonetas», a lo que se negó rotundamente Castelar manifestándole que no se separaría un ápice de la legalidad. Sin embargo, como se preguntó más tarde Pi y Margall al conocer los hechos, ¿por qué Castelar permitió que Pavía continuara con su proyecto de disolver por la fuerza las Cortes y no lo destituyó de forma fulminante de su puesto de máxima autoridad militar de Madrid? Pavía afirmó después que cuando salió de la reunión con Castelar se preguntó:«¿debo yo permitir que estalle la anarquía?»23 Una muestra de que el general Pavía no admitía la supremacía del poder civil sobre el Ejército, lo que le llevó a considerar que el golpe que tenía planeado dar era legítimo, se produjo unas semanas antes con motivo del entierro del diputado Ríos Rosas en el que pretendió situarse en el cortejo fúnebre inmediatamente detrás del Gobierno y por delante de la Mesa de las Cortes, teniendo que intervenir el propio Castelar para restablecer la prelación.
 Una semana después, el 31 de diciembre, Castelar le escribió al general José López Domínguez, que dirigía el sitio de Cartagena -el último reducto de la rebelión cantonal-, para asegurarle que nunca se saldría de la legalidad y que abandonaría el poder si las Cortes así lo decidían, y también para que pedirle que se mantuviera fiel a la legalidad asegurándole que estaba resuelto a fundar la República «en el orden, a aumentar el Ejército y a salvar la disciplina y a todo aquello que puede darnos patria». El general López Domínguez le contesta el 2 de enero: «¿Podrá consentir este bizarro ejército que me enorgullezco en mandar, la ignominia de ver triunfantes a los insurrectos? […] Temo que la Cámara pueda tomar un camino que su legalidad sea la deshonra de la patria». Después de leer esto Castelar no lo destituyó.
 En aquellos momentos Castelar ya sabía que Nicolás Salmerón iba a sumarse al voto de censura porque el día anterior, 30 de diciembre (o el 26 de diciembre según otras fuentes), en la entrevista que había mantenido con él, Castelar no había aceptado las condiciones que le había puesto para seguir dándole su apoyo: sustituir a los generales que Castelar había nombrado por otros adictos al federalismo; revocación del nombramiento de los arzobispos; cese de los ministros más conservadores dando entrada en el gobierno a seguidores suyos; y discusión y aprobación inmediata de la Constitución federal.
 Cuando se reabrieron las Cortes a las dos de la tarde del 2 de enero de 1874 el capitán general de Madrid, Manuel Pavía, antiguo partidario de Prim, con quien se había alzado en Villarejo de Salvanés, tenía preparadas a sus tropas para el caso de que Castelar perdiera la votación parlamentaria -además les había pedido a los dirigentes del Partido Radical y del Partido Constitucional que se reuniesen en una casa contigua al Congreso y que allí esperasen sus “órdenes”-. En el lado contrario batallones de Voluntarios de la República estaban preparados para actuar si vencía Castelar -de hecho, según Jorge Vilches, “los cantonales cartageneros habían recibido la contraseña de resistir hasta el 3 de enero, día en que siendo derrotado el Gobierno Castelar se formaría uno intransigente que «legalizaría» su situación y «cantonalizaría» España”
 Al abrirse la sesión intervino Nicolás Salmerón para anunciar que retiraba su apoyo a Castelar, Salmerón terminó su intervención con una frase que se hizo famosa: «Perezca la República, sálvense los principios» -lo que, según Jorge Vilches, quería decir que “si no se podía gobernar con los principios republicanos, se dejara la República a otros”-. Le respondió Emilio Castelar haciendo un llamamiento al establecimiento de la «República posible» con todos los liberales, incluidos los conservadores, y abandonando la “demagogia”.
 Pasada la medianoche se produjo la votación de la cuestión de confianza en la que el gobierno salió derrotado por 100 votos a favor y 120 en contra, lo que obligó a Castelar a presentar la dimisión, y a continuación se hizo un receso para que los partidos consensuaran el candidato que habría de sustituir a Castelar al frente del Poder Ejecutivo de la República. En aquellos momentos el diputado constitucional Fernando León y Castillo ya había hecho llegar el resultado adverso a Castelar al general Pavía a través del también constitucionalista Víctor Balaguer. Pavía dio entonces la orden de salir hacia el Congreso de los Diputados a los regimientos comprometidos y  situó en la plaza frente al edificio a todo su estado mayor.
800px-General_Pavía_en_las_Cortes
El Golpe de Estado del General Pavía. (Texto recreado por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros).
Sábado 3 de enero de 1874. Madrid, 7 menos cinco de la mañana, dos grados bajo cero; yo, el Capitán General de Madrid, Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque, militar progresista y republicano, al que el desorden del federalismo siempre han puesto nervioso, enterado de los acontecimientos que se están llevando a cabo en el Congreso y viendo la posibilidad de retornar a la República Federal, he decidido actuar de inmediato, poniendo en marcha un contingente de tropas y mandando dos informadores al Presidente de la Cámara.
Poco tiempo después, en el hemiciclo, Nicolás Salmerón, anuncia que ha recibido una “orden” del Capitán General de Madrid, para que se desaloje el Congreso de inmediato, “Señores diputados, hace pocos minutos que he recibido un recado u orden del capitán general (creo que debe ser el ex-capitán general de Madrid), por medio de dos ayudantes, para decir que se desalojase el salón en un término perentorio”.
Los diputados se han exaltado, enfurecido y envalentonado, gritan ¡vivas! a la República, a la soberanía nacional, … Piden armas para defenderse, me destituyen privándome de mis condecoraciones, y se animan para permanecer hasta la muerte en su escaño con el fin de defender la República Federal.
Mientras veo la situación de desmembramiento en la que puede quedar nuestra madre patria, he mandado situar en la plaza frente al edificio a mi estado mayor, dos compañías de infantería, una batería de montaña (para la que he dispuesto cartuchos de cañón sin bala por si necesito hacer mayor intimidación, pero creo que no precisaré de usarlos) y otras dos compañías de la Guardia Civil. El coronel Iglesias, ha vuelto a ordenar a dos ayudantes que impongan a Salmerón la disolución de la sesión de Cortes y el desalojo del edificio en cinco minutos.
La Guardia Civil, que custodia el Congreso, se ha puesto bajo el mando de mi estado mayor ocupando los pasillos del edificio (no llegando a entrar en el hemiciclo). De nuevo, y por segunda vez, el coronel Iglesias en persona entra en la Cámara indicando que, según ordena el capitán general de Madrid, se desaloje de inmediato. Nuevamente se produce un revuelo, los diputados se enaltecen, vociferan, vuelven los ¡vivas! e increpan a los guardias. El Presidente se les enfrenta: “Yo declaro que me quedo aquí y aquí moriré”. Se oyen los primeros disparos … Es entonces cuando los valientes diputados dejan a la carrera sus escaños y huyen por todos los rincones, saltando por las ventanas. A lo que Iglesias, sorprendido, ha preguntado: «Pero señores, ¿por qué saltar por las ventanas cuando pueden salir por la puerta?». Los pocos políticos que quedan, con Castelar al frente, han sido desalojados por la misma Guardia Civil que minutos antes custodiaba el Congreso.
Muchos de los que habían jurado morir en sus puestos –confiesa Flores García– recogen sus prendas de abrigo en el guardarropa y ganan, cabizbajos y silenciosos, la calle de Floridablanca.
La I República ha finalizado cuando el reloj del hemiciclo marca las siete y media, todo se ha completado con la ocupación militar de los puntos neurálgicos de Madrid…. Mientras todo esto ocurre en el Congreso, yo, Manuel Pavía sigo en mi despacho del Ministerio del Ejército, y mi caballo, del que se asegura que es blanco, ha permanecido en todo momento en los establos.
Fdo. Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque. Capitán General de Castilla la Nueva, Marqués de la Almenara y de la Ensenada.
Epílogo
Pavía, que era republicano unitario, le ofreció a Emilio Castelar continuar en la presidencia, pero este rehusó al no querer mantenerse en el poder por medios antidemocráticos. Estos hechos supusieron el final oficioso de la Primera República, aunque oficialmente continuaría casi otro año más.
Serrano fue nombrado presidente del gobierno y del Poder Ejecutivo, instaurando una especie de dictadura republicana de talante conservador; su ambición era perpetuarse como dictador, pero la destrucción de las fuerzas republicanas había abierto el camino para la restauración de los Borbones, precipitada en aquel mismo año por el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto con la aquiescencia gubernamental, sin oposición popular y a favor de la restauración monárquica en la persona de don Alfonso de Borbón y Borbón. Cánovas del Castillo toma el control asumiendo el ministerio-regencia a la espera del rey, lo que supuso el nacimiento de la RESTAURACIÓN BORBONICA. En diciembre de 1874 el príncipe Alfonso, futuro Alfonso XII, proclama el Manifiesto de Sandhurst , firmado en la academia militar del mismo nombre donde estaba estudiando , manifiesta su disposición a ser rey de España «…ni dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal».. Alguna semanas después de produjo el cambio de régimen.
________________________________________________
Pavía se encontró de repente con la posibilidad de convertirse en dictador. Sin embargo, mandó llamar a los jefes de los partidos, como Serrano y Sagasta, y depuso la autoridad en sus manos. No aceptó ni siquiera el ministerio que le ofrecieron. Fue felicitado por los embajadores, y se convirtió en un hombre muy popular en Madrid. De hecho, no sólo era vitoreado cuando paseaba por la calle, sino que en las elecciones de enero de 1876 obtuvo 2.966 votos de los 3.054 posibles en el distrito centro de Madrid.
Una mañana de enero de 1895, su criado le encontró tirado en el suelo de su habitación. Pavía había muerto. El día antes, el 3, había almorzado con Cánovas para recordar el golpe de 1874; fue una de las pocas bromas que don Antonio se permitió. La prensa seria coincidió en el retrato. El conservador La Época decía que había sido “una garantía de tranquilidad”; el liberal La Iberia afirmaba que siempre se había guiado por el patriotismo; La Correspondencia de España dijo que era un “liberal arrojado (…) [un]político modesto en sus ambiciones, lleno de abnegación y valentía en sus hechos”; el barcelonés La Dinastía aseguraba, exagerando, que era “uno de los colosos de la Historia contemporánea”; y el liberal El Imparcial dijo que era un “ordenancista” que defendió tras el 74 que el ejército se alejara de la política.
Sin embargo, la prensa republicana no le perdonaba el episodio. El País, diario republicano progresista, decía que la “infausta jornada” fue “el prólogo de la nefasta restauración borbónica”. El satírico Don Quijote decía, sin gracia, que no se sabía si había tenido tiempo para pedir perdón por “sus culpas y pecados”. Por su culpa “murió la Primera República Española”
Bendito sea D. Manuel. ¡Viva España!
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s