Don Manuel Gutiérrez de la Concha: un general liberal en la España de Isabel II

Marques del duero

Venir a hablar de Manuel Gutiérrez de la Concha, marqués del Duero, a San Pedro Alcántara, no deja de ser un atrevimiento. Sobre todo cuando entre nosotros hay personas que han hablado de él más allá de lo que mis conocimientos me permiten. Estudios como los publicados por José Luis Casado Bellagarza o Secundino José Gutiérrez Álvarez, en nuestros días; aproximaciones más alejadas en el tiempo como la del profesor Seco Serrano, o contemporáneas de su muerte, como la debida a la pluma de Vega Inclán, Castro y López, y Astorga en su Relación histórica de la última campaña del marqués del Duero, que prologaraun gran estudioso de las campañas carlistas como fue Gómez de Arteche, no son sin embargo suficientes para responder a la necesidad de un estudio biográfico que recupere de manera adecuada la figura que hoy nos ocupa. La suerte del marqués del Duero no es exclusiva. Tenemos grandes carencias en lo referente al conocimiento de estas figuras militares que compaginaron la carrera militar con la actividad política y, en ocasiones, con la económica, ofreciendo un perfil de hombre público  extremadamente complejo, cuyo conocimiento resulta ario si queremos entender cómo nacimos a un sistema constitucional del que somos deudores. Por supuesto, no pretendo suplir esa carencia.

Hay personas más adecuadas para cubrir este objetivo. Mi intención hoy, en estos breves minutos, no va más allá de esforzarme por contribuir al rescate de la memoria del marqués del Duero, situándolo en la época y las circunstancias que marcaron una etapa tan decisiva en nuestra historia como la que  transcurrió a lo largo de los tres primeros cuartos del siglo XIX. Con ello, si lo logro, podremos entenderlo mejor y hacer un balance más ajustado a la realidad de su significado.

1. Antecedentes hasta la primera guerra carlista

Manuel Gutiérrez de la Concha pertenece a una generación de militares que desempeñaron un papel protagonista en la historia española del siglo XIX, con unas características que responden a dos acontecimientos fundamentales: la primera guerra carlista y el establecimiento de un sistema de monarquía constitucional, representada en los años en que se desarrolla su vida por la figura de Isabel II.

Por supuesto, existen otra serie de características que podríamos llamar menores, que contribuyen a perfilar aún más la personalidad de los miembros de esta generación de generales que definirán con su protagonismo la historia política de los años centrales del siglo. Concha nace precisamente en 1808, cuando el conflicto contra el francés está a punto de iniciarse. En 1809 nace O’Donnell, en 1810 Serrano y, ya en 1814, Prim. Tres de los grandes espadones que marcarán de manera particular la segunda mitad del reinado de Isabel II. Anteriores eran Espartero, nacido en 1793 y el único de los grandes espadones que participa en la Guerra de la Independencia; Luis Fernández de Córdoba –nacido en 1798– cuya temprana muerte dejará abierto el camino a Narváez que, nacido en 1799, fue demasiado joven para luchar frente al invasor francés, aunque sí lo hará contra los Cien Mil Hijos de San Luis, jugándose carrera y vida en defensa del constitucionalismo y redimiéndose del ostracismo al que le condenó el absolutismo fernandino a través de la primera guerra carlista. Posteriores a la generación de Concha serían los artífices del retorno a la dinastía borbónica que Serrano y Prim habían expulsado del trono en 1868: Pavía y Rodríguez de Alburquerque, nacido en 1827, y Martínez Campos, en 1831. Son generales, espadones, cuya intervención en política seguirá unas directrices que marcan una diferencia fundamental en el carácter del protagonismo militar que nos conducirá a los golpes de Estado de septiembre de 1923 y julio de 1936, con unas características netamente diferentes a lo que fue el intervencionismo de nuestros espadones. La generación de Concha crece y prospera, cuando no muere, en los largos años de la guerra civil de 1833 a 1840. Son militares que, procedentes en gran parte de familias militares y ligadas a la nobleza, ingresan por lo común a edades muy tempranas en la profesión militar. Doce años tenía Manuel Gutiérrez de la Concha cuando ingresa como cadete de la Guardia Real; diez O’Donnell, como subteniente por real gracia; 12 Serrano. Narváez había ingresado a los 15 como cadete de las Guardias Valonas. Espartero, uno de los pocos entre ellos procedentes de familia humilde, ajena al mundo de las armas y de la nobleza, a los 16 como soldado distinguido voluntario para luchar contra el francés, al igualque lo haría años más tarde Prim, con 19, para luchar contra los carlistas. Todos ellos, salvo Espartero que combate en la Guerra de la Independencia y Prim que no se incorpora hasta la primera Guerra carlista, hacen sus primeras armas en los años del trienio liberal y de la década absolutista. De esta manera se ven inmersos en las pugnas entre defensores y enemigos de las fórmulas políticas definidas por el absolutismo y el liberalismo. Y aunque su protagonismo es escaso, sí tenemos elementossuficientes como para aceptar su inclinación hacia las tesis liberales, quizá no de manera tanevidente como fue el caso de Narváez enfrentándose en 1822 a sus propios compañeros de lasGuardias reales, pero sí con la suficiente evidencia como para sufrir la inevitable persecución política,como sería el caso del propio Concha.

2. La Guerra Carlista y la definición política

Y es en 1833, con edades que oscilan entre los 40 años de Espartero y los 19 de Prim –Concha tiene 25–, cuando la guerra carlista se convierte en el vehículo de una brillante carrera militar, indispensable para la posterior política.

La guerra los convierte en héroes. Todos ellos reciben heridas, condecoraciones y ascensos. Concha será al término de la guerra mariscal de campo, con apenas 32 años. Se habrá distinguido en numerosas acciones militares que, entre otras cosas, le harán merecedor de tres laureadas de San Fernando, y se habrá labrado –como sus compañeros– fama de valiente en un mundo en el que la valentía se demostraba día a día, y en el que las condiciones de vida eran extremadamente duras. En esta España en guerra, no puede resultarnos extraño que los incipientes partidos políticos, que conspiraban unos contra otros en la corte de la Reina Gobernadora, fijaran sus ojos en los hombres más destacados del frente de batalla, intentando atraerlos a sus filas, deficientes de apoyo social. Un caudillo victorioso era, inevitablemente, el héroe popular que podía arrastrar tras de sí a una población que, desde la guerra del francés, no se había visto –de manera más o menos directa– libre de una situación de guerra.

Los generales de nuestra generación –los Concha, O’Donnell, Fernández de Córdoba, etc.– no fueron, sin embargo, protagonistas políticos de primera fila en estos años iniciales de la monarquía constitucional. Las grandes figuras, en las que las opciones moderada y progresista del liberalismo pusieron sus ojos, eran los hombres de la generación anterior: Espartero (1793), Luis Fernández de Córdoba (1798) o, en sustitución de éste tras su temprana muerte, Ramón María Narváez (1799). La generación de Manuel Gutiérrez de la Concha desarrollará su carrera política a la sombra de las dos grandes y contradictorias figuras, símbolos del progresismo en el caso de Espartero, y del moderantismo en el de Narváez.

Solo pasados bastantes años, y con gran esfuerzo, la generación nacida en los años de la Guerra de la Independencia, alcanzará la primera fila del protagonismo político. No es el momento de debatir sobre el porqué de las filiaciones políticas de Espartero y Narváez. Pero podemos, si no afirmar de manera categórica, sí al menos hacer conjeturas fiables acerca de la definición política de Manuel Gutiérrez de la Concha. Por supuesto, estamos en condiciones de afirmar su inclinación hacia el liberalismo de manera evidente, sin las sombras que arrojan dudas acerca del oportunismo de otros espadones. Pero, aceptada la opción liberal frente a la absolutista, ¿qué lleva a Concha a situarse al lado del moderantismo representado por Luis Fernández de Córdoba primero, y por Narváez después? Aquí entramos de lleno en el terreno de las conjeturas, a la espera de que un estudio biográfico nos permita disponer de conclusiones demostrables. El profesor Gay Armenteros argumentaba la antipatía de Concha hacia Espartero con Ayacucho al fondo3. Los antecedentes familiares de los Concha –su padre Juan Gutiérrez de la Concha y Mazón, brigadier de marina y gobernador intendente de la provincia de Tucumán, había sido fusilado en Argentina en 1810– y la relación que se establecía entre Espartero y los ayacuchos, no parecen, en mi opinión, argumento de peso. Mi hipótesis se orientaría hacia las simpatías/antipatías personales y profesionales en el marco de un escenario en el que la rivalidad Espartero/Fernández de Córdoba primero, Espartero/Narváez después, se transfirió del terreno militar al campo de la política. Esto no quiere decir que Concha fuera por definición liberal moderado. De hecho, su trayectoria posterior nos lo mostrará mucho más inclinado hacia las posturas centristas representadaspor O’Donnell y su Unión Liberal. Pero debemos tener en cuenta que, en estos momentos de la guerra carlista, la aproximación a las tendencias progresistas o moderadas obedecía más a enfrentamientos personales que a la definiciónde una ideología concreta.

3. Los pronunciamientos de 1841 y 1843

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Lo cierto es que en 1841 encontraremos a Manuel Gutiérrez de la Concha junto a Narváez, O’Donnell y el desventurado Diego de León, asumiendo un papel protagonista en el intento de derrocar a Espartero de la Regencia. En torno a María Cristina se organizó una trama conspirativa en la que estaban presentes
generales como Diego de León, Concha, Borso de Carminati y por descontado, O’Donnell y el implacable Narváez. El proyecto de un primer levantamiento se ramificó pronto por toda España, dando lugar a un pronunciamiento en septiembre de 1841 que terminó en fracaso. Narváez desde Gibraltar, pasando a Andalucía, debía aprovechar la popularidad conquistada en las tierras del Sur por su actuación contra las partidas; Borso di Carminati trabajaría para levantar Zaragoza; O’Donnell, que había conseguido su cuartel para Pamplona, junto con Montes de Oca en Vitoria, esperaban arrastrar a los simpatizantes del carlismo,
que se suponía harían causa común contra su vencedor; sin tener en cuenta que Cabrera primero, y don Carlos después, habían dado la consigna de no implicarse en el pronunciamiento. Desde Bourges, donde residía la Corte carlista, no se deseaba la caída de Espartero, cuya política en lo referente a la Iglesia se esperaba provocara una reacción que favorecería el fortalecimiento de la causa del carlismo.

Y en Madrid, Diego de León, Pezuela y Concha preparaban simultáneamente el gran golpe de efecto: asaltar el Palacio real, donde contaban con la colaboración del comandante Marchesi, responsable de la guardia exterior, y secuestrar a las infantas. La consigna era sublevarse a toda costa contando con que, afianzada la sublevación en el Norte –que constituiría su base territorial– y devuelto el poder a María Cristina –de nuevo tutora de sus hijas–, Espartero se enfrentaría a la tesitura de resucitar la guerra civil o resignar la Regencia. Sin embargo, la decidida oposición que mostró el coronel Domingo Dulce, comandante de los alabarderos de Palacio, frustró el intento de rapto, a la vez que la descoordinación entre los implicados hacía fracasar los levantamientos en las ciudades.

Viendo fracasados sus intentos Pezuela, Concha y León, optan por la huida. El primero, herido y muerto su caballo, se salva gracias a la actitud del coronel que mandaba a los soldados de la Guardia Real que le perseguían. Sabiendo que se encontraba oculto en las cercanías, se dirige a sus hombres en estos términos: “Los soldados de España no son perros de caza. Nos han mandado que recorramos la carretera hasta Villalba; lo que pase fuera de la carretera no nos interesa. ¡A caballo todo el mundo!” Así, Pezuela pudo llegar hasta el deshabitado monasterio de El Escorial, donde el fraile que ejercía de guardián le dio cobijo. Concha consiguió igualmente escapar de sus perseguidores. Pero no le cupo la misma suerte a Diego de León, que se entregó, convencido de que Espartero no daría la orden de fusilarlo, pese a que las fuerzas enviadas para su captura le instaron a escapar. O’Donnell consiguió alcanzar la frontera, no así Borso, cuyo fracaso al menos parcialmente, atribuye Baroja en Juan Van Halen, el oficial aventurero, a su deficiente conocimiento del castellano que le hizo perder toda autoridad cuando arengó a los soldados diciéndoles: “¡Hijos míos: esos empapamientos de acuas serán mañana chorreones de la nostra gloria!”. La misma suerte corrió Montes de Oca, que fue hecho prisionero. Narváez regresó a París, renunciando a levantar Andalucía. La proclamación de María Cristina como Regente, efectuada por el general convenido Urbiztondo en Vergara, el 7 de octubre, quedó reducida a una pantomima.

El frustrado golpe coincide con la estancia de Serrano en Málaga donde se encontraba enfermo; pese a ello se traslada a Madrid al estallar la revuelta, poniéndose bajo las órdenes de Espartero, que le confió la primera división del Ejército del Norte. Este primer aviso, al que Espartero permaneció sorprendentemente ajeno reaccionando con una inusitada lentitud, tendría en su desenlace final perniciosas secuelas para la popularidad del Regente, ya que sometidos a los tribunales militares los implicados, fueron condenados a muerte, quedando en manos de Espartero conceder un indulto que se daba por descontado si se tenía en cuenta que todos los generales condenados habían sido heroicos combatientes en la pasada guerra civil. No obstante, y pese a las reiteradas peticiones de indulgencia que se le hicieron, Espartero se mostró tan inflexible como en ocasiones similares lo había sido durante la guerra, negando el indulto. Las sentencias fueron ejecutadas y los conspiradores convertidos en héroes de la libertad en la lucha contra el dictador, que así era como empezaba a ser visto Espartero por sectores cada vez más amplios lítica y militar.

Entre todos los ejecutados adquirió especial relevancia la figura de Diego de León, “la primera lanza del reino”, cuyo valor ante el pelotón de fusilamiento no fue menor al mostrado en el campo de batalla, convirtiéndose en una de las figuras más relevantes del imaginario romántico de la época. No cabe sin embargo, interpretar como un gesto románticamente desesperado ante el fracaso del pronunciamiento el asalto a Palacio por parte de Diego de León, cuando en realidad se trataba de la pieza fundamental de toda la conspiración cuidadosamente preparada. El pronunciamiento de 1841 tiene sin embargo una componente sentimental irrefutable: una Reina desterrada, una inocente hija huérfana retenida, y una defensa del Trono en la que se derrochan valor y heroísmo, elementos todos que llevó a calificarlo de “conspiración romántica” y que jugó mucho en la pérdida de popularidad del Regente al que se le asignaba el papel de villano, encerrado en su palacio y rodeado de una corte de aduladores.

Y nuevamente lo encontramos en 1843, cuando alcanza el éxito que marcará el inicio del reinado de Isabel II. Efectivamente, los conspiradores no se habían desanimado tras el fracaso de 1841. O’Donnell y Narváez, parece que a propuesta de este último, acordaron constituir una sociedad secreta, al estilo de las de masones y comuneros tan en boga en estos tiempos, con el objeto de preparar la revolución política que debía terminar con la Regencia esparterista. El Consejo Supremo de la “Orden Militar Española”, que así se denominó esta sociedad secreta, se constituyó a principios de 1842, siendo sus miembros, Narváez, Fernando Fernández de Córdoba, Pezuela, Benavides y Escosura, que actuaba como secretario. En Madrid se estableció una sucursal entre cuyos componentes figuraban Fulgosio y Aspiroz, que contaban con el apoyo de El Heraldo, redactado por Zaragoza y Sartorius. A la Orden no le faltaron medios de financiación, provenientes en buena medida de la fortuna de María Cristina, aunque también de otras fuentes, entre ellas del marqués de Viluma; y nutrió sus filas con numeroso afiliados, entre los que se contaban muchos jefes y oficiales descontentos con la política de Espartero, así como con políticos, entre ellos Donoso Cortés. La presidencia recayó en O’Donnell que aunque más joven, era superior a Narváez en graduación, y éste prefería que las cosas fueran así, confiando en el ascendiente que tenía sobre el joven general. Hay que admirar el golpe de vista y la astucia de Narváez. Sabe que los  progresistas confían en beneficiarse de la fuerza militar que apoya a los moderados, responsables del pronunciamiento militar. Igualmente sabe que Serrano en Barcelona y Prim en Reus, han tomado la iniciativa para imponer su opción, confiados en que él, alma del pronunciamiento, desembarcando en Cádiz tendrá pocas posibilidades de ganarles la mano. Pero Narváez, que intuye la maniobra, pretende entrar por la frontera catalana. Prim difiere el apoyo que le reclama, con us intenciones quedan claramente al descubierto. Sin embargo Narváez no abandona –siempre tuvo fama de testadura–. Se traslada a Marsella, alquila un vapor, “Le Rubis”, y el 27 de junio desembarca en Valencia, donde el levantamiento ya había triunfado. Mientras Concha sigue camino para ponerse al frente del levantamiento en Andalucía, Narváez toma el mando en Valencia. El Gobierno provisional no tuvo más remedio que asumir los hechos y el 30 le nombra Capitán General de Valencia.

4. Manuel Gutiérrez de la Concha en la política del reinado de Isabel II

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Su gran capacidad y prestigio militar hicieron que fuese considerado el mejor estratega del siglo XIX español, lo que llevó a que el gobierno de la Primera República en 1874 le entregara el mando del Tercer Cuerpo del Ejército del Norte, una unidad crucial para la defensa del régimen. En los tres meses durante los cuales estuvo al mando del frente carlista del Norte consiguió victorias de gran resonancia y significado, con especial relieve en la liberación de Bilbao, en mayo.

Hasta aquí podríamos concluir que el moderantismo sería la opción política de Manuel Gutiérrez de la Concha. Pero esto no sería cierto. A comienzos de los años cuarenta no cabían muchas más posibilidades. La rivalidad entre Espartero y Narváez trascendía de lo militar a lo político. No era probable que cualquier otra vía alternativa pudiera tener posibilidades de éxito. Como Concha, O’Donnell, Serrano, incluso el mismo Prim –que acabaría siendo el líder de los progresistas, cuyo símbolo era Espartero–, conspiraban contra éste. Pero eso no significará que en el futuro permanezcan aliados con Narváez de manera incondicional. La historia de los años siguientes, el cuarto  permanece Isabel II en el trono, sirven para poner de manifiesto algunas cuestiones claves para entender la figura de Concha.

Ante todo, y revisando su vida tras el triunfo del pronunciamiento que en 1843 puso fin a la Regencia de Espartero, una primera conclusión parece evidente. Si Manuel Gutiérrez de la Concha fue un espadón, lo fue en el sentido estricto que a este término da el Diccionario de la Real Academia: personaje de elevada jerarquía en la milicia. Según esta definición tan generalista, espadones serian todos los generales. Pero en una acepción más ajustada, que no contempla la Real Academia, entendemos por espadón a ese personaje que une, a su elevada jerarquía, el poder y la influencia que le permiten afrontar la aventura de imponer una solución política como alternativa a la existente. Poder e influencia ya es algo que no puede atribuirse a todos los generales, ni siquiera a una minoría amplia. Fueron contados los que realmente alcanzaron esa posición en una sociedad nacida entre guerras. Y ellos, terminadas éstas, serán los protagonistas en la nueva etapa de nuestra historia. De su mano se producirá la transición política del antiguo al nuevo régimen, de su mano reinará Isabel II, como de su mano le vendrá a la infortunada reina la pérdida del trono; aunque luego se lo devolvieran a la dinastía en la persona de su hijo Alfonso.

De entre todos ellos destacan de manera particular cinco: Espartero, Narváez, O’Donnell, Serrano y Prim. Podríamos hablar de otros, qué duda cabe. Luis Fernández de Córdoba por ejemplo, con quien Pabón pensaba que el “régimen de los generales” tuvo su inicio. O el fusilado Diego de León, cuya trágica ejecución se prestaría maravillosamente a la estampa del militar como figura romántica, el mismo halo de tragedia que podría tener la imagen de un Zumalacárregui. Pero los que pervivieron, los que llegaron al poder, los que incluso renunciaron a él en ocasiones, fueron los cinco mencionados. Y con ello estoy afirmando que, si bien Concha hubiera podido, no tenemos constancia de que haya querido ser un espadón en el sentido político del término. Cierto que lo encontramos simultaneando cargos políticos con sus responsabilidades militares. Lo vemos ocupando un escaño en el Congreso en las legislaturas de 1843 y de 1844-1845. Y desde 1845 es senador, siendo poco después, y como muestra de la confianza que su prestigio militar le había granjeado en la Corte, designado para ponerse al frente de las fuerzas de intervención en Portugal en 1847.

Pero esto es algo normal, que deriva del sistema establecido por la Constitución de 1845 a través del cual Narváez –y este será un mérito personal–, busca la manera de alejar a los generales del pronunciamiento mediante una política que pretendió vincularlos institucionalmente con la Constitución. Esto se hizo en parte a través del Senado, normalmente como senadores vitalicios designados por la Reina, al margen de su opción política. Excepto Prim –que no reuniría los requisitos para ser designado senador hasta 1858 aunque sí será diputado–, el resto de nuestros espadones serán senadores vitalicios; incluso Espartero, designado en 1847. La lista de capitanes y tenientes generales es numerosa. Junto a Narváez, Serrano y O’Donnell, encontramos a muchos otros, más o menos conocidos: los Concha (Manuel y José), Pavía y Lacy, Alaix, Infante, el anciano Castaños, Cleonard, Fernando Fernández de Córdoba, Rodil, etc. Indudablemente, la integración de generales como Alaix o el propio Espartero, podía ser un medio de evitar que, desde el exilio, se dedicaran a la conspiración. La experiencia y el sentido común estaban detrás de esta disposición. Esto forma parte del sistema aunque, por esto, no garantiza la permanencia al lado de Narváez. De hecho, éste se había convertido en 1850 en un gobernante autoritario, que prefería gobernar mediante decretos, marginando al Parlamento, y mostrando escasa paciencia con las contrariedades:

“[…] contestaba a ellas con actos de violencia
y de arrogancia que labraban cada
día su impopularidad en los altos círculos
de la política y en la opinión del país.
[…] A los que le hacían la oposición en
las Cortes, mirábalos como a enemigos
personales […]”

Continuará…

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Texto extraido de l artículo de Fernando Fernández Bastarreche
Profesor titular de Historia Contemporánea
Universidad de Granada Cilniana 22/23, 2009 – 2010: 117-126 ISSN 1575-6416

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