Historias de la historia de España; Érase un Presidente, unos asesinos anrquistas y una República que los indultó.

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Biografía de un magnicidio (por JJ Godoy Espinosa de los Monteros)
8 de marzo de 1921, Madrid, 8 de la tarde. El presidente del Consejo de Ministros, D. Eduardo Dato Iradier, me ha hecho saber por medio de los ayudantes del Congreso se encuentra reunido, con el marqués de Santa Cruz, está en el despacho de ministros con algunos consejeros (Guerra, Gracia y Justicia, etc.) por espacio de diez minutos. A la salida, el Sr. Dato, también jefe del partido conservador, es preguntado por dos periodistas, con los que mantiene una breve charla mientras se dirige hacia el automóvil.
El Presidente se está despidiendo de sus acompañantes, y me ha pedido, como siempre, que le lleve a casa. Adentrándose el vehículo por la calle Encarnación hacia Arenal enderezando camino hacia su domicilio, situado en Lagasca, 4. Llegando a la plaza de la Independencia, entre Olózaga y Alcalá y junto a la Puerta de Alcalá, una motocicleta –según veo desde mi ventanilla-, con sidecar en el lado derecho y ocupada por tres individuos, se aproxima a toda velocidad hacia el coche, donde el Sr. Presidente va recostado en la parte de atrás. Estoy empezando a perder la calma y a ponerme nervioso ya que con nosotros hoy, maldita sea, no viaja ningún escolta.
Don Eduardo, creo que nos vienen siguiendo desde Puerta de Alcalá, voy a acelerar.
                   – Cómo  hijo, quién nos sigue.
No lo sé don Eduardo, pero son tres y esto me da mala espina, estemos atentos. Están cerca, cada vez más cerca, están intentando adelantarnos pero no les voy a dejar que lo hagan. Pero… ¿Qué es eso? Señor presidente por favor échese al suelo del vehículo que van armados y nosotros vamos sin escolta.
Nos disparan señor Presidente, ¡Presidente, señor Presidente, señor Presidente! ¡Conteste! ¡Conteste! Por favor responda. ¡Malditos canallas, asesinos!
 He podido ver por los espejos como dos de ellos disparaban con una pistola en cada mano; el otro guiaba la moto. Una auténtica lluvia de balas ha barrido el asiento de atrás. Según oigo decir a la gente, han contado más de cuarenta disparos.
El presidente no responde está malherido y ésos asesinos se escapan, malditos sean, aunque estamos de suerte aquí cerca hay una Casa de Socorro, la del distrito de Buenavista en la calle Olózaga.
Ya hemos llegado, no se preocupe que lo atenderán y saldrá de ésta, sería mala suerte que le pasase como a Prim.
¡Un médico, un médico! Se trata del Presidente del Gobierno, está mal herido.
-Dónde.
En el coche, ahí afuera, rápido por favor.
El médico está examinando el cuerpo de don Eduardo y su cara no es muy esperanzadora.
-Joven, Tres balas han herido de muerte al Presidente. Uno de los proyectiles le ha penetrado por la región parietal izquierda, con salida por la región occipital; otro, con orificio de entrada por la región mastoidea, ha salido por la región malar. El tercer proyectil, con orificio de entrada por la región frontal izquierda, no presenta orificio de salida.  No se puede hacer nada por él, el Presidente está muerto, lo siento. Descanse en paz. Un sentimiento de impotencia y confusión se apoderó de todos los presentes.
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En la parte de atrás del coche presidencial he podido contar catorce disparos, agrupados en las proximidades de la ventana. La cartera que don Eduardo llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta quedó atravesada por un disparo. Por qué no se agachó cuando se lo dije.
Y lo peor de todo es que los tres asesinos campan a sus anchas por cualquier parte de Madrid.
Domingo 13 de marzo
Los inspectores encargados del caso ya saben que los criminales tenían alquilado un cuarto en el número 164 de la calle Alcalá. Siete policías se encargan de la tensa espera.

A las cuatro de la tarde se presentó un individuo de complexión robusta, de unos 27 años, bajo de estatura, ojos vivos, mirada enérgica: era el anarquista Pedro Matehu. Aunque iba armado con una pistola, no ofreció resistencia en el momento de la detención. Las investigaciones han establecido que la muerte de don Eduardo Dato se debió a un atentado anarquista, que la organización dice que justifica como una venganza por la represión del anarcosindicalismo en Barcelona. Averiguando que los autores materiales del asesinato han sido Pedro Matehu, Juan Casanellas y Luis Nicolau. Se sabe que éste último ha escapado a Alemania, siendo detenido. Más tarde el Gobierno ha conseguido su extradición. Por el contrario, Casanellas huyó a la URSS, escapando así al castigo. Matehu y Nicolau han sido juzgados y condenados a muerte, pero S.M. don Alfonso XIII les ha salvado del patíbulo, -quizá para que los anarquistas no vuelvan a intentar nada igual-. Y les ha conmutado la pena por 30 años de prisión.

1931
Pero aún me quedó por ver como ésta España sinvergüenza y desmemoriada da alas a tan grandes asesinos, cuando al proclamarse la República fueron favorecidos por un indulto, la Ley de Amnistía. Que fue del  general Severiano Martínez Anido y su “ley de fugas”.
Los asesinos en la calle y yo me quedé sin Presidente, sin un “padre”.
V.E.R.D.E.
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. El jefe médico telefoneó a la Dirección de Seguridad. Quince minutos más tarde la noticia de que el presidente del Consejo de Ministros había sido asesinado circulaba por todo Madrid. Algunos cines la anunciaron a su público. En la sala Royalty, por ejemplo, se supo antes de que terminara el espectáculo.

Entre tanto, curiosos y personalidades comenzaron a arremolinarse en la Casa de Socorro de Olózaga, donde permanecía el cadáver. Antonio Maura fue de los primeros en llegar, y al comprobar que era cierto lo que le habían dicho quedó tan profundamente afectado que sufrió un desvanecimiento. Inmediatamente llegaron allí otros personajes políticos de gran relieve: Bergamín, Sánchez Guerra, García Prieto, el conde de Romanones, el conde de Plasencia…

También se presentó el yerno de Dato, Eugenio Espinosa de los Monteros, quien al comprobar que su padre político había sido asesinado sufrió un síncope con pérdida del conocimiento, del que se recuperó para entrar en una profunda crisis nerviosa, de la que tuvo que ser atendido por los médicos.Minutos después, Sánchez Guerra y el propio Espinosa de los Monteros decidieron comunicar a la esposa de Dato lo ocurrido, aunque atenuando la gravedad. La primera en acudir fue una de las hijas mayores, precisamente la esposa de Espinosa de los Monteros, que se abrazó a su marido y le preguntó si su padre aún vivía. Acto seguido penetró, transida de dolor en la sala de operaciones, arrojándose con gritos desgarradores sobre el cadáver, cubierto por una sábana.
Todos los presentes se dejaron llevar por la emoción. Aún no estaban repuestos cuando llegó la esposa de Dato, acompañada por sus otras dos hijas. Antonio Maura se dirigió a ellas tratando de llevarles consuelo y resaltando que el presidente había muerto por la patria. La ilustre viuda iba vestida con traje de casa, tal como la sorprendió la noticia. No podía evitar que le desbordara el dolor. Entre sollozos, le dijo a Maura: “Ya se lo tenía yo pronosticado a Eduardo. Se empeñaba en ir siempre solo. Esto le ha costado la vida”. Poco antes, Dato había tenido graves presentimientos de que su fin estaba próximo.
El último domingo de febrero lo había pasado con su entrañable amigo el conde Bugallal, ministro de la Gobernación, quien habría de encargarse interinamente de la Presidencia del Consejo de Ministros. Sostuvo con él una conversación confidencial en la que le hizo partícipe de sus temores. Tan preocupado llegó a estar que redactó una cuartilla con las disposiciones para su entierro. Aunque con posterioridad esta cuartilla fue rota, mostrándose Dato tan sereno como siempre, no dejó por ello de insistir en la transmisión de sus previsiones en caso de muerte en conversaciones con sus familiares.
 El Rey se enteró del fallecimiento de Dato cuando se encontraba en el Teatro Real. La noticia le produjo una honda impresión. Inmediatamente se dirigió a palacio, desde donde mandó a sus ayudantes para recabar todo tipo de información sobre el suceso.
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