Historias de allende los mares. Éranse unas batallas, unos fieros marineros y un montón de “Barquitos”, al mando de Vernon.

La de isla Flores no fue ni mucho menos una lucha épica a sangre y fuego, pero, por el contrario, si fue una batalla difícil de olvidar para la pérfida Albión. Y es que, las Azores vieron aquel día de 1.591 como una flota española ponía en fuga a los infames corsarios de su Graciosísima Majestad que, en este caso, fallaron estrepitosamente en su habitual intento de saquear hasta la última moneda de oro que los navíos hispanos traían de América en sus bodegas.

No corrían buenos tiempos para la corona hispánica –encabezada por Felipe II- en el ocaso del SXVI. De hecho, nuestro país hacía frente aquellas jornadas a una creciente deuda nacional que, a falta de liquidez, era sufragada con las insuficientes monedas traídas desde América. A su vez, España combatía por entonces contra su Majestad inglesa, la reina Isabel I, quien no dudaba en pagar a piratas – o corsarios, como eran conocidos estos sanguinarios mercenarios- para que saquearan y enviaran al fondo del mar a los navíos peninsulares que atravesaban el Atlántico cargados de joyas.

Los preparativos

Así, entre sable y mosquete, fueron pasando los años hasta que, en 1.591, los ingleses se enteraron de una célebre noticia: los españoles pensaban echar sus buques a la mar desde América con una gran partida de oro y joyas en dirección a España. Sin tiempo que derrochar los oficiales se pusieron manos a la obra para, en nombre de la Reina, armar una flota con la que interceptar el preciado cargamento.

Para ello, dispusieron una veintena de navíos –varios de ellos piratas-, cuyo mando fue otorgado al afamado oficial Thomas Howard, un viejo conocido por su participación en varios asaltos y batallas contra los españoles. Además, entre las filas se destacaba nada menos que el bucanero Richard Grenville, capitán del galeón inglés «Revenge» (el buque que, durante años, había navegado a las órdenes del cruel pirata Francis Drake).

Hechos los preparativos, la Royal Navy se dispuso a viajar a las Azores, donde darían una sorpresa a los súbditos de Felipe II. Sin embargo, lo que no sabía la cruel Inglaterra era que España, harta como estaba de la piratería, había dispuesto una flota de 55 barcos al mando de Alonso de Bazán para, de una vez por todas, escarmentar a los saqueadores.

Comienza la batalla

El 9 de septiembre, las dos flotas se divisaron en la lejanía para incredulidad de los ingleses. Preparado para derramar la sangre de Albión, Bazán ordenó en un principio que los españoles se dividieran en dos columnas que asaltaran al enemigo desde todos los frentes.

Sin embargo, este plan pronto zozobró debido al mal estado de uno de los buques. «Aviéndose navegado algunas leguas en esta conformidad, el general Sancho Pardo envío a dezir a don Alonso que llevaba rendido el bauprés de su galeón, que es uno de los de Santander, y no podía hazer fuerza de vela; y así conbino templar todas las de la armada, por hazerle buena compañía y no dexarle solo donde andavan cruzando de una parte y otra navíos de enemigos, que fue causa de no poder amanecer sobre las Islas», señala un documento de la época de la colección «González-Aller» ubicado en el archivo del Museo Naval y recogido por la «Revista de Historia Naval».

A pesar de que el asalto no se produjo con toda la celeridad que Bazán pretendía, los ingleses no tuvieron los arrestos de plantar combate en mar abierto y, para asombro de los españoles, la mayoría de la flota de la Royal Navy inició la huída a toda vela.

El «Revenge» mantiene la posición

Pero la retirada fue demasiado deshonrosa para Grenville quien, desoyendo las órdenes, decidió mantener la posición y, junto a otros dos navíos ingleses más, plantar batalla a los españoles. Por su parte, y mientras se sucedía un inmenso fuego de mosquetería y cañón, Bazán ordenó a parte de sus fuerzas acabar con el «Revenge» mientras varios buques seguían en su huída a los ingleses.

La contienda no fue muy extensa. A las pocas horas, los buques que escoltaban a Grenville habían abandonado sus posiciones y sólo el «Revenge» se enfrentaba valientemente a los navíos españoles, ahora al completo tras haber vuelto de la fallida persecución. No hubo victoria para los ingleses que, asediados como estaban por todos los flancos, cayeron bajo las tropas españolas.

Acaba el combate

Al anochecer, el «Revenge», buque insignia de Francis Drake, había caído en manos españolas. «El almirante, de los mayores marineros y corsario de Inglaterra, gran hereje y perseguidor de católicos, hízole traer don Alonso de Bazán a su capitana, donde por venir herido de un arcabuzazo en la cabeza le hizo curar y regalar, haciéndose buen tratamyento y consolándose de su pérdida; mas la herida eran tan peligrosa que murió a otro día. De 250 hombres que traía el navío quedaron 100, los más de ellos heridos», se añade en el antiguo escrito.

Por parte española fallecieron aproximadamente 100 soldados y marineros debido al hundimiento de varios buques durante la contienda. No obstante, aquel día España demostró a su Majestad Isabel I que no estaba dispuesta a sufrir más el pillaje de sus infames corsarios.

Blas de Lezo, el almirante que defendió Cartagena de Indias

Era cojo, manco y tuerto, pero a pesar de ello logró humillar a los ingleses en una de las batallas navales más importantes del SXVIII. Este marino no era otro que Blas de Lezo, un almirante guipuzcoano que, contra todo pronóstico, consiguió rechazar a la segunda flota más grande de la historia con apenas seis buques y poco más de 3.000 hombres en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias.

Esta dura batalla se fraguó aproximadamente en 1.738, año en que los ingleses declararon la guerra a España después de que nuestros navíos apresaran el buque de un contrabandista británico. Al parecer, esta excusa fue muy útil para la pérfida Albión que, como deseaba desde hacía tiempo, comenzó a planear un asalto sobre Cartagena de Indias (el centro del comercio americano y donde confluían las riquezas de las colonias españolas). Sin embargo, lo que no sabían es que allí les esperaba Blas de Lezo, un condecorado y experimentado almirante guipuzcoano conocido también como «Mediohombre» o «Almirante Patapalo» por ser cojo, manco y tuerto.

El número contra el ingenio

Para asaltar Cartagena de Indias, los ingleses armaron la segunda mayor flota de la historia (después de la que fue utilizada en el desembarco de Normandía). Concretamente, disponían de 195 navíos, 3.000 cañones y 29.000 soldados (4.000 de ellos milicianos estadounidenses), todos al mando del almirante Edward Vernon.

Por su parte, los españoles disponían de una paupérrima defensa en esta ciudad, pues a las órdenes de Blas de Lezo había únicamente 3.000 hombres, 600 indios flecheros, y 6 navíos de guerra (el Galicia, el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador).

No obstante, Lezo no dudó en aprovechar las ventajas estratégicas que le ofrecía el terreno. Y es que la entrada por mar a Cartagena de Indias sólo se podía llevar a cabo mediante dos estrechos accesos conocidos como «bocachica» (defendido por dos fuertes) y «bocagrande» (asegurado por cuatro). En un intento de resistir al invasor, el «Mediohombre» dividió sus buques en dos compañías y situó una en cada entrada. A su vez, dio órdenes de que, en caso de que fueran superados, se barrenaran los navíos españoles para que sus restos impidieran la entrada a la bahía.

Comienza la batalla

La armada inglesa se dejó ver por la ciudad colombiana el 13 de marzo de 1.741, y en solo dos jornadas se adueñaron de sus alrededores. A continuación, Vernon inició un bombardeo constante sobre los fuertes y los buques que defendían la plaza durante 16 días.

La frecuencia y la potencia de los disparos fue tal que, a pesar de que el español usó una decena de artimañas como lanzar bolas encadenadas para destrozar los palos de los navíos enemigos, no quedó más remedio que abandonar dos de los fuertes. Además, y ante la cantidad de fuego que caía sobre ellos, Lezo ordenó, como estaba previsto, incendiar sus buques para evitar el paso hasta la ciudad.

Sin embargo, esto no sirvió de mucho, pues el almirante inglés remolcó uno de los buques que aún no se había ido al fondo del mar y consiguió apartarlo de la entrada de Cartagena de Indias. Así, con los barcos españoles hundidos y varias fortalezas tomadas, Vernon cometió el mayor error de su vida: enviar emisarios a Inglaterra anunciando su victoria. Algo que, a la postre, le saldría muy caro.

El asalto final

Con sus buques en la bahía y bombardeando hasta la saciedad las posiciones enemigas, Vernon se hinchó de orgullo y decidió asaltar el símbolo de la resistencia española: el castillo de San Felipe (una de las fortificaciones donde quedaban poco más que 600 defensores). No obstante, y como asaltar frontalmente la fortaleza era una locura, el almirante prefirió rodear la posición y atacar por retaguardia. En este caso, el inglés cometió otro gran error, pues, para llegar hasta la parte trasera de la fortaleza era necesario atravesar la selva, algo que provocó la muerte de cientos de sus soldados.

Una vez en la posición deseada, y a pesar de las penurias, Vernon ordenó un primer ataque contra los muros españoles en los días sucesivos, asalto que los defensores resistieron heroicamente acabando con nada menos que 1.500 enemigos. Tras este primer combate, el almirante inglés se desesperó ante la idea de perder una batalla que hasta hace pocos días parecía ganada y ordenó a sus hombres llevar a cabo una última arremetida masiva usando escalas.

En la noche del 19 de abril, los ingleses se agruparon en tres columnas para tomar las murallas. Sin embargo, los asaltantes se llevaron una gran sorpresa cuando se dieron cuenta de que las escalas no eran lo suficientemente largas para alcanzar la parte superior de los muros. Y es que Lezo, haciendo uso de su ingenio, había ordenado cavar un foso para impedir el asedio. Con los enemigos a su merced, los españoles acabaron aquel día con centenares de casacas rojas.

Al día siguiente, y aprovechando el golpe psicológico que habían dado a los ingleses, el «Almirante Patapalo» salió de la fortaleza y, junto a sus hombres, inició una última carga que, sorprendentemente, acabó obligando a los ingleses a volver a sus buques. La victoria, milagrosamente, pertenecía a los españoles.

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